martes, 6 de septiembre de 2011

89. La Virgen de Europa, la Madre de Europa: Esplendor celeste


Meditación
ante unos cuadros europeos de la Virgen María


1. L’Osservatore Romano del día 6 de septiembre nos comunica esta noticia, acompañada por otra parte de un bello artículo del cardenal Giovanni Lajolo:
“Desde el martes 6 de septiembre se podrá visitar en Dresde “Esplendor celeste. Rafael, Durero y Grünewald pintan a la Virgen”, una exposición conjunta de los Museos Vaticano y de las Staatliche Kunstsammlungen organizada en la ciudad alemana con ocasión de la próxima visita apostólica de Benedicto XVI a Alemania del 22 al 25 de septiembre”.
La visita pastoral del Papa – un  hombre cultísimo, esteta de pensamiento y sensibilidad – promueve obras culturales como ocurre con esta exposición. Allí irán para dejarse ver dos obras cumbres de Rafael: La Madonna de Foligno (la ciudad para que fue destinada, si bien hoy está en la Pinacoteca Vatica, en la misma sala de la Transfiguración) y la Madona de Dresde.

2. Hoy, estas máquinas computadoras que usamos, con un leve golpe en el teclado nos introducen en el tiempo del Renacimiento italiana y europeo, para contemplar atónitos esas “Madonas” que con un refinado humanismo pintaron aquellos grandes: Rafael, de Urbino (1483-1520), Alberto Durero (Albrecht Dürer1471-1528), Matthias Grünewald (1470-1528), Lucas Cranach, padre, “el Viejo” (1472-1553). Una especie de mareada espiritual se filtra en el cuerpo y llena el alma. Y dejándose llevar por el candor – que son las azucenas que Dios ha puesto en todo corazón que quiera pensar amorosamente – uno se pregunta: ¿Y después de estos vino la Reforma? ¿Cómo es posible que después de haber pintado suave y divinamente a la Virgen, Madona de toda belleza, haya explotado la Reforma? En aquel momento se rompió Europa, y la fractura persiste.
 Madonna di Foligno (Pinacoteca Vaticana)
He aquí, ante la luz de la computadora, una de esas Madonas de la Exposición espiritual que acompaña al Papa y sigue a su visita hasta diciembre, la Madona de Foligno.

La de Foligno de alguna manera es hermana de la de Dresde (Alemania), llamada Madonna Sixtina, que se nos muestra así
Madonna Sixtina, de Rafael (Dresde)

El cardenal italiano Giovanni Lajolo comenta lo que ve en estos cuadros
“De María, en el cuadro de Dresde, se puede decir que está representada como en una “epifanía”, una aparición: se abre el cortinaje y aparece la mujer, muy sólida, verdadera señora romana, y tan ligera en su figura apenas movida por el viento, con la mirada atenta, dirigida a quien la contempla; tan escultural –Mulier fortis, Virgo intemerata– y tan viva. Aparece, y está presente. Ella con su Niño, no tan pequeño y ya crecido: el Hijo de Dios que es verdadero hombre.
Más que una aparición, la Virgen de Foligno se presenta casi como una visión que emerge del nimbo solar, entre un paisaje encantado y la corona de ángeles etéreos casi formados por la vaporosa sustancia de las nubes. En el oval ideal que la circunscribe, es una mujer toda dulzura en la sinuosidad de su actitud –Virgo sapiens, Mater amabilis– atenta al Niño todavía pequeño, el Dios partícipe de la fragilidad humana que parece quererse refugiar bajo su velo.
Por primera vez se nos permite admirar a las dos mayores Vírgenes de Rafael expuestas juntas por algunos meses en Dresde, junto a las obras de otros celebérrimos pintores alemanes de vísperas de la reforma luterana: Alberto Durero, Matías Grünewald y Lucas Cranach el Viejo. Obras todas estupendas que revelan a la mirada de los visitantes, en la diversidad de la propia configuración estilística, la unidad en la misma fe” (L’Osservatore Romano, 6 de septiembre).
Los angelitos del alféizar de la Madonna Sixtina,
muy célebres en todo el mundo
3. En nuestra reflexión hemos grabado este título: “La Virgen de Europa”, añadiendo el eslogan de la exposición: “Resplandor ceelste”.

Después de haber hablado tanto..., tanto de la pobreza..., los mariólogos no escogerán ninguna de estas imágenes como retrato histórico de María, la humilde entre los “anawim” del Antiguo y Nuevo Testamento. También lo sabían los artistas que la Virgen nunca llevó esos trajes de señora, ni fue una europea, sino una bella judía de tez morena y ojos profundos. Los artistas que, sabiendo la historia, la transcienden anhelaban un retrato espiritual de la Virgen María. La vieron pura, la vieron señora, la vieron  dulce y delicada, la vieron... quizás, por encima de todo, hermosa. La hermosura había venido de Grecia, y aposentada en Adán y Eva (el Adán y Eva de los renacentistas), en la Madre de Jesús la hermosura clásica, quería reproducir la hermosura santa... No era la santidad mística de los iconos de Oriente, sino la santidad que quería hermanarse con los tiempos modernos. Para rezar, ciertamente la santidad de un icono de la Santa Madre de Dios te eleva más que la total hermosura humana de las Vírgenes del Renacimiento; pero estas también elevan de otra manera. De hecho, esas Vírgenes las hemos visto en tantas estampas que iban a nuestros misales de mano. Luego vendría Murillo con su especial ternura, llena de devoción.

4. Pero mi pensamiento regresa al principio, a Europa, que la pienso con las inmortales Madonas de aquellos artistas. La Virgen era entonces la Madre de Europa, aunque no se le hubiera dado este título, la Virgen que se pinta en Italia, en Flandes, en Alemania... Porque esas imágenes nacían de una fe existente, de un orbis catholicus, que tanto había amado.
Los artistas no pensaban en Europa al sacar del corazón aquellas representaciones de la Virgen. Pero la fe que vivía, que les embargaba (aunque en su vida hubiese lances que no iban de acuerdo con los cuadros y tablas que pensaban), aquella fe |era el fono de la belleza que admiramos.
En la Virgen de Foligno vemos qué divinoe s el cielo y qué cerca está el cielo de la tierra. María, que no es una diosa, es la Madre de Jesús, y emerge desde la Trinidad como Tota pulchra, toda hermosa, en esa hermosura no de jovencita, sino de mujer plena. Los ángeles, que salen de las nubes, orlan esa belleza de la Señora; y lo mismo el angelito rollizo que a pie de tierra sostienes el cartel. Y debajo está el paisaje y las personas: el mundo.
Juan Bautista, el del dedo alzado, el que indicó a Jesús, está indicando lo mismo, pero esta vez al Hijo con la Madre. Francisco de Asís, que en la mano izquierda tiene una cruz, está orando. El Serafín de Asís era todo oración, y en este caso, este humilde miembro de la familia, está orando a la Madre intercesora.
San Jerónimo, que viene del desierto (ahí está la fierra) y que posa su mano sobre la cabeza de quien encarga hacer el cuadro, Segismundo dei Conti.
El cielo y la tierra tienen una clave: es cierto; es Cristo. Pero donde stá l Hijo está la Madre.
La Virgen María, que fue la Madre del Verbo en la vida, desde el cielo intercede y protege. No nos podemos escapar de su esfera, porque ella quiere caminar con nosotros.
Europa..., Europa..., los pintores descubrieron tu alma y es ésa. No te puedes marchar de la dulce mirada de la Madre. La realidad es esa;  la verdad es esa;  y la hermosura... es ese camino.
Desde lo íntimo del corazón, como Francisco siento, y a ella le dirijo mi palabra.
Y ella, deja hacerse una suave palabra en mi corazón:
- Haced lo que él os diga.

Puebla, 6 septiembre 2011.


POSTSCRIPTUM

1. Señora celestial y de esta tierra,

belleza de mujer, Santa María,

tu vida es un oasis cuando pienso

tu nombre es clave y luz me adentra.



2. Adán no fuera nadie, solo y mero,

si junto a Adán no fuera Eva;

y el mundo fuera opaco, oscuro y triste,

si eterno femenino no existiera.



3. Por eso yo me postro reverente

al pronunciar “María”, cinco letras,

que son los cuatro puntos cardinales

y el quinto, el corazón que reconcentra.



4. María es lo indecible muy sencillo

y a flor de labios rezo de quien reza,

y en mente de teólogos conspicuos,

sabiduría y ciencia sobre ciencia.



5. Mas hoy que anhelo, miro y me extasío

me place consentir que es la belleza,

aquello que presiento, ojos lánguidos,

mi vocación rescate que  me llena.



6. Belleza de la paz y bien cumplido,

que ha de ser la paz de la Asamblea;

María es la ruta de la marcha

y el ritmo del viajero que jadea.



7. Hoy te he visto al mirar una azucena

y no tuve valor para prenderla,

mis ojos con amor la acariciaban

y mi alma se vestía de pureza.



8. Ahora, Madre mía, me despido,

y dejo de pensar, mas no me dejas,

que al punto que despierte, te diré:

estás ahí, bellísima presencia.

Puebla, In Nativitate Mariae Virginis, 2011

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