miércoles, 14 de septiembre de 2011

93. Los viñadores de la gracia

Domingo XXV del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 20,1-16a


Hermanos:

1. Esta parábola de los viñadores contratados y enviados a la viña, muchos años ha traído a mi mente recuerdos de infancia. En aquellos tiempos, ya muy lejanos, en mi pueblo agrícola, si uno quería peones para tareas eventuales del campo, iba a la Plaza Chica y allí encontraba corros de hombres charlando que podía contratar, para la vendimia, para la remolacha, peones temporeros. Y cuando yo, niño, oía esta parábola, decía: Mira, como en mi pueblo. Eso lo hacían solo por la noche, no cinco veces al día como pinta Jesús.
Hoy, al oír la parábola, el pasaje evangélico me evoca cosa muy distinta: las primeras palabras que pronunció el actual Papa Benedicto XVI recién elegido, cuando apareció en el gran balcón de la Basílica Vaticana frente a la Plaza de San Pedro. Dijo que era un humilde trabajador de la viña del Señor. Se me quedó y espero nunca olvidarlo, porque pienso que es verdad lo que el Papa creía y decía de sí mismo. El discursito entero de siete líneas, sin escribir, antes de dar la bendición “urbi et orbi” era este:
“Queridos hermanos y hermanas: después del gran Papa Juan Pablo II, los señores cardenales me han elegido a mí, un simple y humilde trabajador de la viña del Señor. Me consuela el hecho de que el Señor sabe trabajar y actuar incluso con instrumentos insuficientes, y sobre todo me encomiendo a vuestras oraciones. En la alegría del Señor resucitado, confiando en su ayuda continua, sigamos adelante. El Señor nos ayudará y María, su santísima Madre, estará a nuestro lado. ¡Gracias!” (19 abril 2005).

2. Estamos en un pueblo campesino de Galilea. A lo mejor, cuando Jesús recobra una escena de la vida, la exagera, la adorna, porque un narrador es inventor para sus fines.
Había, pues, un hacendado que salió a contratar jornaleros para su viña. Salió de madrugada antes de levantarse el sol, y se ajustó con el jornal adecuado: un denario. Eso era lo justo y equitativo. Pero he aquí que volvió a media mañana, que es también una hora oportuna. El texto evangélico va marcando el horario según el reloj romano: hora de tercia, que son las 9 de la mañana – media mañana –; hora de sexta, que son las 12 del mediodía; hora de nona, que son las tres de la tarde; hora undécima, que son las cinco de la tarde, cuando falta una hora para la duodécima, que sería el fin del día. Y a cada una de esas horas encuentra gente.
En la hora última, al atardecer, el amo de la viña, lanza una pregunta que suena a reproche: “¿Cómo es que estáis el día entero sin trabajar?” (v. 7). Acaso son unos indolentes, unos holgazanes..., acaso. Esto daría más dramatismo y sorpresa al desenlace del episodio.
Se terminó el trabajo y le mandó al capataz que les pagara, pero con dos circunstancias: la primera que les pagara “el jornal”, es decir, a todos lo mismo, el jornal completo; y la segunda circunstancia que comenzara por los últimos.
Aquí la escena tiene dos cuadros: el pago de los últimos y el pago de los primeros. A los últimos se les da un denario, un sueldo entero. Los primeros, cuando les toca la fila, tienen un pensamiento: Si a esos que han doblado la espalda solo una hora les da un denario... ¿cuánto nos dará a nosotros? Pues estos reciben igual, un denario, y viene la protesta. “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor de la jornada”. ¡No hay derecho! Y en un sindicato de trabajadores, en una oficina de reivindicaciones, tienen razón: a cada uno el precio de su trabajo; esto es justicia social.

3. Pero, hermanos, estamos dentro de las santas Escrituras, que nos descubren los planes de Dios, las maravillas y quereres de Dios. Dios no es caprichoso; Dios es amoroso y hay que saber las querencias de Dios. La primera lectura de hoy nos ha alertado. En el libro de Isaías, en el capítulo 55, hemos escuchado esta sentencia: “Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros, y mis planes de  vuestros planes” (Is 55,9).
¿Qué le responde el amo a los jornaleros que protestaban de la injusticia perpetrada? “Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?” (Mt 20,15).
Si uno lo piensa, tiene que decir que el amo tiene razón. Ha habido un contrato, y ese contrato se ha cumplido. Por lo tanto, toma lo tuyo y en paz.
Lo que da el amo al trabajador que ha bregado solo una hora es propina..., es un regalo que el amo lo da porque quiere darlo. Tapa esa boca, que no tienes razón.
Extraño proceder, pero la cosa está clara: el amo está en su derecho, el amo tiene razón. Y aquí se acaba la historia, hermano; y aquí empieza otra: la verdadera historia de Dios con los hombres, la verdadera historia, que es la historia de Dios conmigo y con su Iglesia.

4. Volvemos a la pregunta que hacíamos el domingo pasado a propósito de “cómo es Dios”. ¿Dios es caprichoso? No. Dios, que no es ni puede ser injusto, no es caprichoso. Dios es amor y verdad, Dios es gracia.
Dios es bondad, pero nosotros, humanos, ignoramos los secretos de su bondad.
Ahora bien, la Sagrada Escritura nos da pistas, desde las primeras historias del Génesis. Dios escoge lo pequeño, lo humilde, lo que aparentemente no vale, lo que a los ojos del mundo no es apreciado. El ejemplo más admirable lo encontramos en la humilde esclava del Señor. “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava” (Lc 1,46-47).

5. Tomando de estas vistas nuestros puntos de reflexión y de síntesis de vida, nosotros, cristianos iluminados, confesamos: la vida es gracia, solo gracia, todo gracia...
Y el trabajo humano ¿qué? ¿Vamos a cantar un canto a los perezosos? De ninguna manera. El trabajo es gracia, y no modifica para nada el principio que estamos estableciendo. El trabajo, el empeño humano para transformar, para producir, para cambiar el mundo, es gracia. Es gracia el que Dios infunda ese anhelo en mi corazón; es gracia el que yo sepa responder, venciéndome a mí mismo y dándome a la tarea.
En la anécdota que citaba al principio, las primeras palabras del recién elegido Papa, hemos oído. “Soy un simple y humilde trabajador en la viña del Señor”. Por edad, ya era un hombre jubilado, acababa de cumplir 78 años; pero los cardenales pusieron los ojos en él, porque vieron que Dios podía hacer grandes cosas con él. Un humilde trabajador que no descansa, abierto y disponible a lo que Dios quiera hacer con él. Y sigue en la brecha a sus 84 años.

5. Hermano, Dios es gracia, Dios es gracia para mí. Y en la historia de los pueblos Dios es gracia. Dios fue gracia para Israel, el primero; Dios es gracia para los gentiles, los últimos.
Dios fue gracia para San Pablo. “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí” (1Co 15,10).
Dios es gracia para mí y Dios ha de ser gracia en mi muerte. Entretanto, mi respuesta es la de un humilde trabajador de la viña del Señor.
Dios espera mucho de mí, porque Dios es gracia. Amén.

Puebla, 14 septiembre 2011.


Mi vida es gracia, Señor

Canto para cantar el amor gratuito de Dios


Estribillo

Mi vida es gracia, Señor,
de tus manos recibida:
que mi entrega sin medida
sea respuesta de amor.

Estrofas
1. Venid presto, viñadores,
a trabajar en mi viña,
que el fruto de la campiña
requiere vuestros sudores.
Os daré vuestro salario,
sin engaño ni codicia,
sin faltar a la justicia:
por la jornada un denario.

2. Y de par de madrugada
fue la gente a su tarea
bajo el sol de Galilea
para toda la jornada.
Otros a media mañana,
otros más a mediodía,
y a media tarde aún había
gente en la plaza cercana.

3. Ya la tarde iba al caer,
avanzada la faena,
y era ya la hora oncena
para cerrar el quehacer.
¿Qué habéis hecho todo el día,
parados, sin trabajar?
Nadie nos quiso emplear...
porque nadie nos quería.

4. Los de la última hora
Venid, vosotros, también,
que para Dios sois un quien
y Dios en vosotros mora.
Y el amo fue generoso
con un sueldo familiar
que él les quiso regalar
por corazón dadivoso.

5. ¡Dios Padre, Dios sorprendente,
Dios de sorpresas de amor,
Dios de gracia y de estupor,
por ser Dios omnipotente!
¡Gloria a ti por ser quien eres;
quita de mí toda envidia,
que es maldad y que es perfidia!
¡Yo solo sé que me quieres! Amén.

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