sábado, 17 de septiembre de 2011

95. Llagas de dolor y gozo

En la fiesta de la Impresión de las Llagas a san Francisco
Fiesta del 17 de septiembre para la Familia Franciscana


Hermanos:
1. La familia franciscana celebra el día 17 de septiembre una fiesta que para nosotros resulta entrañable: Las llagas de san Francisco. Se trata de un episodio que ocurrió dos años antes de la muerte o tránsito del santo. Fue el papa Benedicto XI, Beato Benedicto XI, de la Orden de Predicadores, que fue Papa solo ocho meses (1303-1304) quien concedió esta celebración litúrgica a la Orden Franciscana. No aparece, pues, en el Misal de la Iglesia, ni, en consecuencias, en los pequeños “misales mensuales” a uso de los fieles.
Pero en nuestras iglesias franciscanas sí la celebramos. Se trata de aquel episodio en el mes de septiembre de 1226, en torno a la fiesta de la Santa Cruz, dos años antes de su muerte (atardecer del 3 de octubre de 1226).
El primer biógrafo de san Francisco, Fray Tomás de Celano, a quien el Papa Gregorio IX orenó que escribiera la Vida con motivo de la canonización (1228), evoca el episodio con estas palabras.

94. Durante su permanencia en el eremitorio que, por el lugar en que está, toma el nombre de Alverna (nota 5), dos años antes de partir para el cielo tuvo Francisco una visión de Dios (6): vio a un hombre que estaba sobre él; tenía seis alas, las manos extendidas y los pies juntos, y aparecía clavado en una cruz. Dos alas se alzaban sobre su cabeza, otras dos se desplegaban para volar, y con las otras dos cubría todo su cuerpo (7). Ante esta contemplación, el bienaventurado siervo del Altísimo permanecía absorto en admiración, pero sin llegar a descifrar el significado de la visión. Se sentía envuelto en la mirada benigna y benévola de aquel serafín de inestimable belleza; esto le producía un gozo inmenso y una alegría fogosa; pero al mismo tiempo le aterraba sobremanera el verlo clavado en la cruz y la acerbidad de su pasión. Se levantó, por así decirlo, triste y alegre a un tiempo, alternándose en él sentimientos de fruición y pesadumbre. Cavilaba con interés sobre el alcance de la visión, y su espíritu estaba muy acongojado, queriendo averiguar su sentido. Mas, no sacando nada en claro y cuando su corazón se sentía más preocupado por la novedad de la visión, comenzaron a aparecer en sus manos y en sus pies las señales de los clavos, al modo que poco antes los había visto en el hombre crucificado que estaba sobre sí.
95. Las manos y los pies se veían atravesados en su mismo centro por clavos, cuyas cabezas sobresalían en la palma de las manos y en el empeine de los pies y cuyas puntas aparecían a la parte opuesta. Estas señales eran redondas en la palma de la mano y alargadas en el torso; se veía una carnosidad, como si fuera la punta de los clavos retorcida y remachada, que sobresalía del resto de la carne. De igual modo estaban grabadas estas señales de los clavos en los pies, de forma que destacaban del resto de la carne. Y en el costado derecho, que parecía atravesado por una lanza, tenía una cicatriz que muchas veces manaba, de suerte que túnica y calzones quedaban enrojecidos con aquella sangre bendita.
Notas
5) En la montaña del Alverna (1.269 m), en Toscana, diócesis de Arezzo. San Francisco lo recibió como regalo del conde Orlando de Chiusi en 1213.
6) Tuvo lugar hacia el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (LM 13,3).
7) Cf. las visiones de Is 6,2, y, sobre todo, las de Ez 1,5-14.22-25.

2. ¿Qué había ocurrido exactamente? Que Francisco tenía en sus manso pies y6 costado las llagas del Crucificado.
Los artistas, para indicarlo de forma visual, representan al Crucificado alada en los aires, y de esta imagen viene unos rayos, que, como saetas luminosas, hieren a Francisco en las partes del cuerpo donde Jesús tuvo sus llagas. Pero, leído el relato con atención, lo que escribió fray Tomás de Celano no dice exactamente eso.
Dice que Francisco tuvo aquella visión admirable, y que, cuando pasó, Francisco cavilaba en su corazón qué es lo que aquello significaba, y entonces vio en su cuerpo aquellas maravillas.
Estamos en el mundo de la más pura mística y no es lícito meterse con curiosidad en los secretos de Dios.

3. Este eminente – y santo –escritor, Tomás de Celano no es el primer testigo de las Llagas. El primer testimonio escrito nos lo dio el que entonces era el superior de la Orden, Fray Elías de Cortona, hombre luego discutido, pero, sin duda, hombre de excelente cualidades. Él comunión la muerte de san Francisco con una carta “encíclica” de este tenor, que es un Canto a las Llagas y al cuerpo santo de Francisco:

“... Su nombre se ha divulgado hasta en las islas lejanas y toda la tierra se maravilla por sus obras admirables. Por eso, hijos y hermanos, no queráis entristeceros en exceso, porque Dios, padre de huérfanos, os consolará con su santa consolación. Y si lloráis, hermanos, llorad por vosotros mismos, no por él. Pues nosotros, en medio de la vida, vivimos en la muerte, mientras él ha pasado de la muerte a la vida. Y alegraos, porque antes de separarse de nosotros, como otro Jacob, ha bendecido a todos sus hijos y ha perdonado todas las culpas que cualquiera de nosotros hubiese cometido o pensado contra él.
Y ahora os anuncio un gran gozo y un nuevo milagro. El mundo no ha conocido un signo tal, a no ser en el Hijo de Dios, que es Cristo el Señor.
No mucho antes de su muerte, el hermano y padre nuestro apareció crucificado, llevando en su cuerpo cinco llagas que son, ciertamente, los estigmas de Cristo. Sus manos y sus pies estaban como atravesadas por clavos de una a otra parte, cubriendo las heridas y del color negro de los clavos. Su costado aparecía traspasado por una lanza y a menudo sangraba.
Mientras su alma vivía en el cuerpo no había belleza en él, sino un rostro despreciable, y ninguno de sus miembros quedó sin sufrimientos. Sus miembros estaban rígidos por la contracción de los nervios, como sucede con los difuntos, pero después de su muerte su aspecto se volvió hermosísimo, resplandeciente de un candor admirable, agradable a la vista. Y sus miembros, que antes estaban rígidos, se volvieron blandos como los de un niño tierno, pudiéndose doblar a un lado u otro, según su posición”.

Era la primera vez que la Cristiandad había conocido tal maravilla.
Años más tarde, cuando san Buenaventura, sucesor de san Francisco en el gobierno de la Orden, escribió al Vida de San Francisco (1262), al tiempo que “un santo escribía al vida de otro santo”, como teólogo de la vida de san Francisco hizo una teología del Crucificado. La cumbre y corona de este amigo del Señor, fueron “Las sagradas Llagas”: es el título que el seráfico Doctor da al acontecimiento del monte Alverna.

4. Pero todas estas cosas sublimes ¿qué nos dicen a nosotros, humildes cristianos, no destinados a esos sublimes carismas?
Nos dicen algo muy sencillo, muy verdadero, muy evangélico.
Nuestro modelo, en el fondo, no es Francisco; nuestro modelo es Cristo. Nuestro ideal no es configurarnos con Francisco, sino configurarnos con Cristo, con el misterio pascual de Cristo, que celebramos todos los días en la Eucaristía.
La “transfixión” de san Francisco, la “estigmatización” de este siervo de Cristo, es para nosotros referencia de vida, porque en ella vemos realizado el Misterio Pascual de Cristo. Este Misterio Pascual es simultáneamente, de modo indiviso, la realización de la muerte en cruz y la gloriosa resurrección: el dolor y el gozo. Si quitamos la resurrección, destruimos al Jesús verdadero de los Evangelio; si negamos la cruz, anulamos la resurrección.
Esto es lo que sucedió en Francisco y es lo que sucede en nosotros. Francisco experimentó un indecible gozo y un acerbísimo dolor. Si el dolor que nosotros padecemos en la vida, en el fondo no nos da gozo, no estamos gustando el Misterio Pascual. Y, a la inversa, si el gozo y placer de la vida no está sostenido por una comunión secreta en los padecimientos del Señor, tampoco estamos participando del Misterio pascual del Salvador.
La vi es este misterioso secreto: la Cruz y la Luz; la Luz con la Cruz.
Y el lazo de unión, solo Jesús, a quien amamos, a quien adoramos, en quien esperamos. Amén.

Puebla, en la Fiesta de las Llagas de san Francisco, 2011.

Para orar en la fiesta de san francisco, véase en mercaba.org, en Flos sanctorum, conb sus introducciones respectivas: En la cumbre de La Verna.

En la cumbre de La Verna

En la cumbre de La Verna

se han dado cita de amor

el siervo con su Señor

unidos en Pascua eterna.



Del cielo el Señor venía,

Hijo de Dios humanado,

tenía el cuerpo llagado

y el rostro resplandecía.



¡Oh Jesús, el más hermoso

entre los hijos de Adán,

libres tus brazos están

para el abrazo de esposo!



Y Francisco se ha quedado

de gracia y amor transido;

por Cristo se encuentra herido

en manos, pies y costado.



Ved la Regla ya cumplida

en el monte de la alianza;

amor que la sangre alcanza

es de aquél que da la vida.



¡Gloria a ti, Cristo benigno,

en el precioso madero;

para el gozo verdadero

guárdanos bajo tu signo! Amén



Himno compuesto en 1976

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