sábado, 10 de septiembre de 2011

91. Mi Padre, Dios de perdón y misericordia

Domingo 24, ciclo A
Mateo 18,21-35

Hermanos

1. La palabra final del Evangelio hoy proclamado dice así: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano” (Mt 18,35).
En esta representación de la parábola se habla de un Padre – mi Padre, dice Jesús  – que es Dios de perdón y de misericordia, y de una comunidad  de hermanos, en la que debe circular el perdón, que es la comunidad de Jesús. Por tanto, dos preguntas están ahí delante para que las respondamos:
- ¿Quién ese Dios, el Dios de Jesús, el Dios que yo quiero que sea el único Dios vivo y verdadero de mi vida?
- ¿Cómo debe ser la comunidad de hermanos, la comunidad de Jesús, como comunidad de perdón?
Cada una de estas dos preguntas es para un cristiano un manantial vivo de revelación, pues ese Dios a quien miramos no es el Dios de la razón sino el Dios de la revelación; y de modo correlativo la comunidad de que hablamos, en la que vivo, no es una mera realidad sociológica, comunidad y convivencia que hacemos los hombres, sino una comunidad que Dios ha creado y convocado, por ello “comunidad de hermanos”, como Jesús dice: cada cual de corazón a su hermano.

2. La parábola nos lleva al mundo de la fantasía: dos deudores, que provocan dos escenas paralelas al mismo tiempo que contrarias. El primero debía diez mil talentos; el segundo cien denarios. La primera es una suma fabulosa, que, según cálculos, es un millón de veces mayor que la deuda del segundo. Cien denarios son cien sueldos diarios; recuerden aquella parábola del mismo evangelista Mateo, la de los trabajadores en la viña, cuando a cada uno se le paga lo justo y suficiente, un denario por jornada. Cien denarios, cien sueldos, no es una cantidad despreciable, pero, en todo caso, es ridícula comparada con la otra, que es un millón de veces más. Diez mil talentos son cien millones de denarios.
Entrando en la escena,  advertimos que el rey todopoderoso, al ver que su siervo no tiene con qué pagar, ordena que lo vendan a él con su mujer, sus hijos y sus posesiones, y pague de esta forma. El siervo se arroja a los pies del señor y le suplica no que le perdone, sino que tenga paciencia: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo” (v. 26).
El señor se compadeció de él y le perdonó todo, una solución radical y desde el fondo. Aquel hombre empezaba a nacer como un hombre nuevo; e igualmente su familia.
Pero ahora da vuelta la parábola para presentar otra escena equivalente, pero justo al revés. Al salir el criado aquél, encuentra a un compañero, que, a su vez, le debe una cantidad, un millón de veces menos. “Y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: Págame lo que me debes”. Y se repite la escena, pues el deudor humillado, se arroja a los pies para suplicar: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Este acreedor soberbio y despiado no tuvo entrañas de perdón, lo agarraba del cuello y lo estrngulaba, y a su compañero lo mandó a la cárcel.
La tercera parte de la parábola se deja entrever: que, enterado el rey,  entregó al primer deudor a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Y Jesús saca la conclusión: “Lo mismo hará con nosotros mi Padre celestial, si cada uno no perdona de corazón a su hermano”.

3. Esta escena, que no ha ocurrido, sí que ha ocurrido en el orden espiritual, si detrás de las palabras vemos la aplicación que se impone:
¿Quién es el deudor insolvente?
Yo soy; ninguno de nosotros podía pagar la deuda de sus pecados, por hablar con términos bancarios.
¿Quién es el señor magnífico, que perdona espléndidamente, del todo?
El Señor es Dios, a quien podemos y debemos llamar nuestro “Padre”.
Al parecer Jesús, desatando su fantasía como un catequista plástico y visual,  pone un caso irreal, que no ha sucedido, para que saquemos las consecuencias: sí que ha sucedido, sí que puede suceder. Quien fue perdonado no sabe perdonar: incomprensible, pero cierto.
Nuestro Dios es un Dios de perdones, que no se ha cansado ni se va a cansar de perdonar. Nuestro Dios es Padre, el mismo Padre de Jesús.

4. Pero pasemos a esa segunda cuestión que enunciábamos al principio: la comunidad de Jesús ha de ser una comunidad en la que circule el perdón de unos a otros, porque todos entre nosotros somos hermanos. Es casi imposible que entre hermanos no ocurran desavenencias, desatenciones y ofensas, cuya solución generosa y completa tiene que ser el perdón. La vida humana nos dice que donde hay tres bien pronto surgen dos pensamientos, y tras los pensamientos vienen las distancias, y a nada que nos descuidemos los odios del corazón.
La comunidad cristiana tiene que ser una comunidad de reconciliación y de perdón.
Para introducir las palabras del Señor, hemos escuchado las reflexiones de un espiritual del Antiguo Testamento, un sabio, maestro de sabiduría que había reflexionado sobre la Ley y los Profetas, y como fruto de su meditación nos había dado estos consejos:
“Perdona las ofensas a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón de sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?” (Eclesiástico 28,2-5).

5. Esta lógica del perdón, hermanos, Jesús la consideró tan importante, tan esencial en la vida cristiana que la puso dentro de su oración, el Padrenuestro. Allí oramos al Padre: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Si nosotros no perdonamos a nuestros semejantes, no tenemos derecho a decir a Dios que nos perdone de lo que a él el ofendemos.
No se dice que lo que nos han hecho nuestros hermanos no haya sido una ofensa. Se supone que sí, que lo ha sido, que tenemos derecho para enojarnos, que hemos quedado profundamente heridos..., que ha sido una injusticia y humillación lo que hemos recibido. Es cierto...
Pero tenemos que perdonar, hermanos.
Incluso más, si seguimos el ejemplo de Jesús: tenemos que perdonar aunque no nos pidan perdón.
Y que a la hora de nuestra muerte no haya ninguna deuda con nadie: que todo esté en orden, arreglado y perdonado.
También el mensaje de hoy nos recuerda este momento final de la verdad, que es la salida de este mundo:
“Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos” (Eclesiástico 28,6).

6. “Equivocarse es humano; perdonar es divino”, dice una célebre sentencia en múltiples lenguas.
Hermanos, pienso que, al hablar, hablo como sincero expositor del Evangelio y en obediencia a Dios. Pero no puedo ignorar las situaciones dolorosísimas, e incluso dramáticas, en las que se ve envuelta la vida humana. Ahora pienso en los innumerables matrimonios rotos, definitivamente rotos, en los que el perdón no ha cundido su efecto. Hay matrimonios donde ha habido perdón otorgado, pero no aceptado, y uno de los dos se ha ido por su camino.
¿Hay que perdonar el adulterio, que rompe en su raíz el amor matrimonial? Es duro el decirlo, pero pienso que en cristiano, sí debemos decirlo: también  hay que perdonar el adulterio y restaurar el matrimonio en sus raíces.

Resumiendo, hermanos: Dios nos ha perdonado; nosotros hemos de perdonar. Sí, perdonar hasta lo imposible. Que triunfe el amor de Dios.
Equivocarse es humano; perdonar es divino.
Vivamos la vida divina que se nos regala. Amén.

Puede verse para la oración el himno que proponemos en este domingo: Setenta veces siete

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