viernes, 16 de septiembre de 2011

94. La Madre de Jesús, del discípulo y de la Iglesia

En la fiesta de Ntra. Sra. de los Dolores
Jn 1,25-27
Hermanos:

1. La fiesta del 15 de septiembre figura en la Calendario de la Iglesia con este título: Nuestra Señora de los Dolores. El Evangelio es el de María al pie de la cruz, según san Juan. Este breve evangelio suena así:

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’. Luego dijo al discípulo: ‘Ahí tienes a tu madre’. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio”.

El Evangelio sugiere un mundo a la contemplación cristiana: el dolor, la fidelidad, todo lo más bello que se pueda decir sobre la femineidad, la nueva creación que Jesús anuncia al establecer una relación recíproca entre la madre de Jesús, que pasa a ser madre del discípulo amado, y el discípulo que se convierte en hijo, continuando la filiación de Jesús...
En ningún caso el evangelista ha puesto de relieve el dolor. El dolor queda asumido, sin ser expresado, y lo que pone en evidencia el apóstol Juan es lo nuevo que comienza con la muerte de Jesús en la Cruz. Nace el mundo, nace la Iglesia.
Pero la Iglesia durante siglos, los cristianos, se han complacido particularmente en meditar el dolor de María, la Madre, hasta el punto de que el título de la fiesta queda plasmado por el dolor, y esto en plural: Nuestra Señora de los Dolores.
Los dolores de la Virgen María, que según el Evangelio de la Infancia de Lucas, fueron anunciados por el anciano Simeón son un dato evangélico, que ha tocado la fibra más pura del corazón de los creyentes. El anciano Simeón había dicho a María, la madre del niño: “... y será como un signo de contradicción, y a ti misma una espada te traspasará el alma” (Lc 2,34-35). Cosa diversa es decir que un evangelista puede acentuar un aspecto u otro.
Nuestra contemplación de hoy, en esta fiesta de una dulzura entrañable, quiere examinar dos aspectos: los dos, venero de luz, de inspiración y de gracia. El primero es el de los dolores de María, considerados estos, sin fantasía. En la más cruda realidad histórica que un lector crítico advierte. El otro aspecto es sublime, espiritual y místico, que es el tono que asume el cuarto evangelista para asomarnos a un misterio de amor que, vertido por Jesús en la cruz, está protagonizado por la Virgen María, la Madre de Jesús.

2. ¿Qué fue la muerte de Jesús, ajusticiado en medio de dos malhechores? Tuvo que ser algo horrendo, que la imaginación rehúsa el representarlo. Tres cuerpos colgados de un palo, con un travesaño, seguramente que desnudos, bajo la maldición y la befa de quien pasara por allí.
Pero una madre estaba junto a su hijo. Los otros ¿tenían algún familiar, algún ser querido allí cerca? ¿Un hermano, una hermana, la mujer..., la madre, el padre? Cualquier respuesta es mera fantasía, pero el preguntarse estas cosas es una hipótesis razonable.
La madre de Jesús estaba allí, muda de dolor. Un familiar, María la de Cleofás, la acompañada, y otra de fuera de la familia: María, la Magdalena. Y un apóstol: Juan, el discípulo amado. Era la respuesta más pura y convincente al amor con que Jesús lo había distinguido.
Ningún evangelista no  ha querido detenerse en la descripción angustiosa que habría hecho un novelista, dando curiosidad y morbo a una escena que nos repele. Cuando se escriben los Evangelios todo había pasado y la historia que de Jesús se escribe, aun esta historia de la pasión y muerte es la historia de un Resucitado.
El dolor de la Madre hubo de ser un dolor sin fondo. Todos los sentimientos personales podían acudir a su sensibilidad para decir: Esto es incomprensible; este odio es absurdo. Pero hay otra cosa. María había visto a su hijo como alguien con una misión sublime de cara al pueblo de Israel y a los de fuera, en definitiva, con una misión universal. Ahora todo aquello se venía abajo. Las autoridades no habían reconocido la autoridad de Jesús, que incluso se presentó como profeta.
En este momento Jesús está abandonado, solo, y no tiene más consuelo que la confianza puesta en el Padre, con un salto infinito, y la dulce y compasiva mirada de su Madre, que le tiene que resultar una experiencia de paraíso.
De la contemplación de este cuadro – María con su hijo ajusticiando, muriendo entre malhechores – ha nacido aquella rima conmovedora del “Stabat mater dolorosa iuxta crucem lacrimosa, dum pendebat filius”, poema atribuido a Jacopone de Todi, franciscano del siglo XIII (1236 – 1306). Innumerables músicos le han puesto melodía. Y el gran Lope de Vega tradujo los 60 versos del poema en un castellano lleno de emoción y de ternura:
La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía.
Cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.
...
Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
Y ¿quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

3. Pero san Juan, seguramente que ya anciano, recuerda y escribe. Nos entrega una escena de Paraíso en medio de aquel sinsentido de la vida. San Juan describe una escena litúrgica y celestial. Jesús habla con sus labios y con dos miradas: una va para la madre, otra para el discípulo amado. “Dijo a su madre: Mujer, ahí tienes a tu hijo” (v. 26).
Habría sido la hora de decirle: Madre, Madre, Madre... con una infinita piedad, como un indigente para quien el amor ya resta como el único valor y agarradero de la vida. Y desde su trono augusto, Jesús le dice: “Mujer”. En realidad, está ejerciendo como Mesías, como Hijo de Dios. Mujer es Eva, la madre de los vivientes, la Esposa de la nueva Alianza, la Madre de la nueva creación de Israel, Madre de pueblos, Madre íntima y dulcísima de la Iglesia.

Es un acto sacramental con todo el poder divino lo que Jesús está haciendo en la Cruz. Está constituyendo a su propia Madre, madre de Juan discípulo, el más amado entre todos.
La maternidad específica con que María ha sido investida, gloria suprema de la Santísima Virgen, aquí está siendo declarada solemnemente aquella maternidad que empezó en Nazaret. La vida de Jesús terminó, pero esa vida, que es una con el misterio mismo de Jesús, se prolonga en el tiempo. Es lo que celebramos en esta escena: la presencia de Jesús.
Y de modo igual el discípulo amado queda constituido en hijo de la Virgen María. Ambas funciones –maternidad y filiación recíprocas - están derivadas del mismo de Jesús. María, esposa del Verbo, es madre de la Iglesia.
Hoy la mejor exégesis está de acuerdo en pensar que la interpretación de la escena no puede quedar reducida a un hecho afectuoso y familiar entre Jesús agonizante, la madre que queda sola y el discípulo. Sola había estado en el ministerio de Jesús; sola podía continuar lo mismo. Si ahora Juan es entregado como hijo y ella es declarada madre de alguien que no había engendrado de sus entrañas, es señal clara de que la escena queda elevada a un rango espiritual y místico.
María va a ser definitivamente la Madre del discípulo, lo que vale tanto como decir la “Madre de los discípulos”.
La Iglesia se revela como mariana desde su propia entraña. María desde la cruz y por la cruz es la esposa, es la madre. Nadie podrá arrancarla de la Iglesia, puesto que su propio Hijo la ha constituido Madre en el Espíritu Santo.
La Trinidad santísima es el alma de la Iglesia. Y en este misterio de gracia, María, primera discípula del Maestro, es en la Iglesia Madre entrañable. No se puede pensar en la Iglesia sin pensar en la Virgen María, porque, en el Calvario, esta Iglesia que nace del costado de Cristo, nace igualmente de las entrañas de la Madre de Jesús.
Misterio de contemplación, hermanos.
La Virgen nuestra Madre nos enseñe estos secretos de amor. Amén.

Como himnos de la Virgen de los Dolores puede ver el lector nuestras colaboraciones en mercaba.org, Himnario de la Virgen María:  Peregrina de la fe - La Madre de Jesús junto al madero - Padece el Rey de la gloria.


Puebla, 15 septiembre 2011

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