domingo, 2 de octubre de 2011

104. Los ojos de san Francisco

En la fiesta de nuestro Seráfico Padre san Francisco
A mis hermanos franciscanos
A mis hermanas franciscanas.

Cuando llega san Francisco, una extraña nostalgia embarga mi corazón. “Heimveh” llaman los alemanes a la nostalgia, palabra que literalmente significa: “Dolor (Veh) de casa (Heim)”. Esta palabra es bella; es una palabra fotográfica, porque retrata muy bien el corazón como con un paisaje de otoño. El corazón que recuerda se tiñe en los ojos de húmeda neblina, suave y misteriosa, pacificadora, que produce en el paladar un sabor agridulce: nostalgia. La nostalgia es “pasado”, pero la vida no es pasado, sino presente. Ahora bien, el presente nada sería sin el pasado. Queremos recuperar lo que no es recuperable; o, al menos, gozarnos un momento, porque recordar es resucitar en la conciencia casas y lugares, rostros, sentimientos..., que son personas metidas dentro. Este balance de pasado y presente/futuro pertenece al ritmo de la vida humana, que no tiene marcha atrás.
Cavilando, cuando eran joven, en ciertos momentos, tenía ganas de “no ser franciscano, para ser franciscano...”, sutilísimos sentimientos albergados en la zona misteriosa de los anhelos, no propiamente en el registro de la voluntad. Y no me digan que este es un sentimiento pueril o romántico. No me digan que eso es una tentación. Porque les responderé, silencioso: No me han entendido... Me lo comprenderás, hermano, hermana..., si fuiste un fervoroso joven franciscano, y recuerdas cómo a tus dieciséis años, y antes, te zambullías en una primavera franciscana.
Si no fuiste soñador, no fuiste franciscano.
Si no fuiste enamoradizo, no fuiste franciscano. Enamoradizo... ¿de qué? De lo bello, de lo imposible, de los pobres, de las misiones, de la vida... por no entrar en zonas que el sagrado pudor guarda para cada uno. Enamoradizo de ideas voladoras.
No son devaneos de juventud, no. Son impulsos de adentro, cuando van a salir las jóvenes alas con plumas de terciopelo... Luego la vida nos lleva de acá para allá, y quizás terminamos siendo el perrito de casa (que cumple su función de guardar y dar alegría), más que la alondra que va y viene y despierta la vena de los poetas. En mi caso, que, según el calendario, ya soy mayor, quisiera ser alondra y no perrito, alondra de atardecer, como aquellas que gorjearon la primera liturgia del Tránsito en torno al cuerpo de Francisco, 3 de octubre de 1226
Esos jóvenes franciscanos (y la millonada de Madrid era como un plantel franciscano, sin querer hacer reclamo para la propia familia, porque san Francisco pertenece a más allá que toda la familia franciscana)..., estos jóvenes franciscanos, son capaces de hacer un vigilia de oración, aunque luego en la vida ilógicamente sean egoístas, comodones y sensuales. Pero ese lirismo de pasarse la noche con el Señor era sincero, dulce caramelo del amor que el Señor da para poder comenzar.

* * *
Como te darás cuenta, hermano, estoy hablando de Francisco de Asís.
Francisco de Asís fue un santo fuera de esquema, con lo que no queremos decir que fuera extravagante en el sentido vulgar de la palabra. Su originalidad fue su profundidad pura. Esto hacía emerger de su corazón una libertad total. Francisco fue traspasado por Dios.
Visto externamente, Francisco es un personaje exótico, y, como una vez que dejó las vanidades del siglo, su talante exótico estaba del todo polarizado en las cosas divinas, conservando siempre su originalidad, su atractivo espiritual se ceba al punto en la juventud. La juventud generosa ha buscado, busca y buscará. Algo distinto de la rutina que día a día nos aplasta.
San Francisco tiene eco cuando se lo presenta
como el pregonero de la Paz,
el cantor de la creación hermana,
el hombre libre sin dinero,
el servidor de los leprosos,
el itinerante del Evangelio,
el empedernidamente alegre...
Francisco de Asís, el de “Los motivos del lobo” de Rubén Darío.
Esta imagen, verdadera, puede traernos un santo un tanto desvaído. La originalidad de Francisco es su profundidad. Y la profundidad de Francisco hay que buscarla en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo. Ellos son quienes le hicieron alcanzar la profundidad del corazón y abrir los ojos al bien y al mal.
San Francisco queda aterrado ante la maldad que puede esconder los corazones en nosotros, “hediondos y pútridos”.
La profundidad de Francisco es el Evangelio.
A Francisco no hay que interpretarle; hay que escucharle simplemente, por ejemplo, cuando escribe a todos los fieles, haciendo un repaso de frases del Evangelio.
Ese es él, el hombre de la Trinidad, el hombre del Evangelio, el hombre de la santa Iglesia Romana, el hombre que puede llamar al hombre “hermano”, porque ha recibido la divina revelación en la Cruz de Jesucristo.

* * *


Y cuando uno se asoma a estas profundidades es cuando le viene la nostalgia. Francisco es todo verdad, todo pureza, todo luz, todo transparencia... Y entonces es cuando a uno le entra... ¿envidia?; no, otra cosa que no sé cómo se llama.
Francisco ha alcanzado el ser humano, y, a lo mejor, uno, lleno de libros, anda por la periferia..., por los arrabales...
Pensamientos que uno los pasa a la Orden, tan sabia como la Orden a la que, por gracia de Dios, pertenezco, miembro de esta Ordinis Fratrum Minorum Capuccinorum. Mi Orden está pertrechada de sabiduría en sus documentos, pero... ¿será esa la imagen simplicísima de Francisco...?  Vuelve entonces la nostalgia..., la nostalgia matinal y vespertina de la fiesta de san Francisco.

* * *
Pero hoy he visto los ojos de Francisco, y entonces la nostalgia se ha estrellado, para hacerse paz indecible.
Los ojos de Francisco son la ternura de Dios. Y ante esa ternura se pulverizan todos nuestros discursos. Porque esa ternura perdón, acoge, resuelve lo que no tiene solución.
Hoy san Francisco mira a la Orden y siento que me está mirando a mí...
Ser mirado es casi pasar a la eternidad, recrear todo el pasado en un nuevo acto de amor...
Los de san Francisco, pintado por Cimabue, me han traído el dulce mensaje de este año.
Y ¿cuál es? No lo sabría decir, hermano. Porque, si empiezo a discurrir, dejo de mirar, y, sobre todo, dejo de ser mirado...
Pues seguiré bajo esa bondadosa mirada de aquel que fue un “buen cristiano”. San Francisco quería que los franciscanos fuéramos unos buenos cristianos, o, cada día, mejores cristianos. Nada más.
Yo sí quiero ser un buen cristiano.
Y para ser un poquito mejor cristiano he dejado que esta suave mirada de Francisco caiga, como una acogedora cobija, sobre mi alma entera.
Quiero ser un buen cristiano bajo esos ojos, protegido por esa mirada. Y tanto lo he querido que hasta me han salido unos versos.
Se los ofrezco de corazón al hermano, a la hermana que pueda sentir algún agrado al leerlos.

Los ojos de Francisco

Mirando los ojos de san Francisco
que pintó, iluminado,
Cimabue (s. XIII).

1. Quedaron mero los ojos
cuando se fue su figura
como un resquicio entreabierto
a la divina hermosura.

2. Sus ojos apaciguados
están llenos de ternura,
y la ternura es remanso
de todas nuestras preguntas.

3. Ojos que traen del alma
lo que el alma adentro oculta,
la noticia cristalina
de la divina aventura.

4. La Encarnación nos habita
y teje nuestra textura
y en la mirada se filtra
la Trinidad, gracia pura.

5. Destruid Filosofía,
si el amor nos configura,
que en nuestro nido recóndito
Dios ha dejado sus plumas.

6. Y Francisco que miraba
con infinita dulzura
era Evangelio hecho carne
mecida en la blanda cuna

7. Dios es amor, contempladme,
Dios es perdón, no amargura,
un amor que es más que amor,
porque es amor de locura.

8. Mirad mis ojos tendidos
a mi familia futura:
soy vuestro hermano, no más,
y Jesús es quien nos junta.

9. Seguid siempre el Evangelio,
no hay otra Regla segura;
cuando miréis a mis ojos
entended esta escritura.

10. Lo que quise es lo que quiero,
una cosa, solo una:
ser Jesús en cuerpo y alma,
y darlo a sus creaturas.

11. Y mirando quedaré,
ahora en secreto y altura,
podéis mirarme sin miedo,
la mirada es atadura.

12. Mis ojos...: son mi regalo,
mi herencia que no caduca;
miradme: Cristo os enseñe,
y solo él os conduzca.

Puebla, 2 octubre 2011

Fr. Rufino María Grández Lecumberri,
hermano menor capuchino

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Leo con gusto cuanto el P. Rufino escribe. Hoy me he detino en el comentario a las palabras del Papa a los seminaristas. sobre todo me ha gustado conocer la afirmación de que la exegesis tiene dos alas: la oración y la poesía. Creo es así.

lucia baeck dijo...

Muy Hermoso,me ha hecho emocionar tan bellas palabras y poema,Gracias...Soy Franciscana de María-Misionera del Agradecimiento(laica consagrada) y gracias tambien compartir con todos vosotros en oracion.Gracias Fray Rufino por vuestra amistad...oremos uno,por otros.

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