jueves, 6 de octubre de 2011

107. Steve Jobs, la muerte, y... san Francisco de Asís

Con admiración y reflexión
Una meditación cristiana


Ayer, 5 de octubre (día siguiente a san Francisco), murió Steve Jobs, genio de la informática, iniciador de las computadoras portátiles, inventor de programas y fórmulas para el cine animado y para este mundo de fantasías, que son los ordenadores. Tenía 56 años; murió de cáncer de páncreas. Era un hombre de bien. El Señor lo tenga en su santa paz.
Para quienes hacemos de la religión, de Jesús, en concreto, el centro de nuestra vida, una pregunta de primera importancia llama a nuestra puerta: ¿Cómo era espiritualmente este magnate?
La respuesta, sorpresiva, es esta: Steve Jobs era budista, meditador del Zen. Y había unido la serenidad del budismo a la agitación electrónica de sus inventos y fortuna.
De joven hizo un viaje a la India para meditar con los monjes y volvió budista. Tuvo un maestro Zen, Kobun, que le enseñó doctrinas de este tipo: “El verdadero objetivo de la práctica es descubrir la sabiduría que siempre has tenido”; "Descubrirte a ti mismo es descubrir la sabiduría; sin descubrirte, no puedes comunicarte con nadie",
Con ocasión de la muerte de este singular Ciudadano, los periódicos nos han hablado del discurso de graduación que pronunció en 2005, texto originalísimo que pasará a las enciclopedias de la cultura. Lo he buscado, lo he escuchado, lo he archivado.
Todo su discurso “académico” ha sido contar tres “stories” de su vida, tres relatos de su vida, que arrebatan tu atención y la dejan en suspenso hasta el final. El que escucha queda admirado y atónito ante la genialidad de este hombre.
Luego, cuando he sabido su convencimiento y praxis budista, he comprendido que, efectivamente, su reflexión – tan edificante sin duda – ante la muerte es una meditación budista. Y más si uno escucha los detalles en torno del gurú con quien se formó.
Dicen los informes informáticos: “Un monje budista Zen que ha sido el gurú y amigo de Steve desde su adolescencia. (Kobun) era una personalidad agradable, poética, romántica, conocida por hablar muy despacio (incluso en su japonés nativo) y por dar conferencias ininteligibles... era un renegado que se rebeló contra la disciplina estricta y la responsabilidad onerosa de ser un sacerdote. Era el Steve Jobs del Zen.
Kobun presidió el matrimonio de Jobs con Laurene Powell en 1991. La relación entre Jobs y Kobun es el tema de una novela gráfica que muy pronto publicará Forbes. El libro, que es ficción pero inspirada en una relación real, se titula The Zen of Steve Jobs”.
En el famoso discurso de 2005 no suena en ninguna línea la palabra “Dios”.
He aquí, pues, la tercera historia (story), el tercer relato sobre la muerte, sobre la muerte sabio y poderoso motor de la vida.

* * *
“Mi tercer relato es acerca de la muerte.
Cuando tenía 17, leí una cita que decía más o menos lo siguiente: “Si vives cada día como si fuera el último, algún día seguramente tendrás razón.” Me impresionó, y desde entonces, por los últimos 33 años, he mirado en el espejo cada mañana y me he preguntado: “¿Si hoy fuese el último día de mi vida, querría hacer lo que estoy por hacer hoy?” Y cada vez que la respuesta ha sido “No” durante demasiados días seguidos, sé que debo cambiar algo.
El recordar que estaré muerto pronto es la herramienta más importante que he encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones en la vida. Porque casi todo – todas las expectativas externas, todo el orgullo, todo temor a la vergüenza o al fracaso – todas estas cosas simplemente desaparecen al enfrentar la muerte, dejando sólo lo que es verdaderamente importante. Recordar que uno va a morir es la mejor manera que conozco para evitar la trampa de pensar que hay algo por perder. Ya se está indefenso. No hay razón alguna para no seguir los consejos del corazón.
Me diagnosticaron un cáncer hace un año aproximadamente. Me practicaron una tomografía computada a las 7:30 de la mañana, y claramente mostraba un tumor en mi páncreas. Yo ni sabía lo que era el páncreas. Los médicos me dijeron que éste era seguramente un tipo de cáncer incurable, y que no llegaría a vivir más de tres a seis meses. Mi médico me aconsejó ir a casa y arreglar mis asuntos, que es el código médico para prepararse para morir.
Quiere decir que hay que tratar de explicarles a los hijos todo aquello que pensaba que iba a tener diez años para contarles, en pocos meses. Significa asegurarse de tener todo puntualmente arreglado de modo que sea lo más fácil posible para la familia. Significa empezar a decir adiós.
Pasé el día entero con ese diagnóstico. Luego por la tarde me realizaron una biopsia, en la que introdujeron un endoscopio por la garganta, a través del estómago y hasta los intestinos, pusieron una aguja en mi páncreas y retiraron algunas pocas células del tumor. Estaba sedado, pero mi esposa, que estaba allí, me dijo que cuando vieron las células bajo el microscopio los médicos comenzaron a gritar porque resultó que era una forma muy rara de cáncer pancréatico que se cura mediante cirugía. Me realizaron la cirugía y estoy bien ahora.
Fue lo más cerca que me encontré de la muerte, y espero que sea lo más cerca que me encuentre por varias décadas. Habiendo pasado esto, les puedo decir lo siguiente con un poco más de seguridad que cuando la muerte era un concepto útil pero puramente intelectual: Nadie quiere morir. Aún la gente que quiere ir al cielo no quiere morir para llegar allí. Y sin embargo la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha logrado escapar. Y así es como debiera ser, porque la muerte es muy probablemente la única mejor invención de la vida. Es el agente de cambio de la Vida. Retira del camino lo viejo para dar paso a lo nuevo. En este momento lo nuevo son ustedes, pero algún día no demasiado lejano, gradualmente se convertirán en lo viejo y se los sacará del camino. Lamento ser tan dramático, pero es realmente cierto.
Su tiempo es limitado, así que no lo malgasten viviendo la vida de otro. No se dejen atrapar por el dogma – que implica vivir con los resultados de las creencias de otros. No permitan que el ruido de otras opiniones ahogue vuestra voz interior. Y lo que es más importante, tengan el coraje de seguir a sus corazones e intuición. De algún modo ellos ya saben lo que ustedes realmente quieren llegar a ser. Todo lo demás es secundario”.

* * *
Ocurre que, por estar en la Semana Franciscana, con motivo de la fiesta de san Francisco, en mi parroquia se han hecho actos espirituales evocando la figura singular del Poverello de Asís.
En una de estas ocasiones se leyó íntegramente la breve carta que escribe san Francisco a las Autoridades de los pueblos, y que literalmente suena así:

“A todos los "podestà" y cónsules, jueces y gobernantes de toda la tierra y a todos los demás a quienes lleguen estas letras, el hermano Francisco, vuestro pequeñuelo y despreciable siervo en el Señor Dios, os desea a todos vosotros salud y paz.
Considerad y ved que el día de la muerte se aproxima. Os ruego, por tanto, con la reverencia que puedo, que no echéis en olvido al Señor ni os apartéis de sus mandamientos a causa de los cuidados y preocupaciones de este siglo que tenéis, porque todos aquellos que lo echan al olvido y se apartan de sus mandamientos, son malditos, y serán echados por él al olvido. Y cuando llegue el día de la muerte, todo lo que creían tener, se les quitará. Y cuanto más sabios y poderosos hayan sido en este siglo, tanto mayores tormentos sufrirán en el infierno. Por lo que os aconsejo firmemente, como a señores míos, que, habiendo pospuesto todo cuidado y preocupación, recibáis benignamente el santísimo cuerpo y la santísima sangre de nuestro Señor Jesucristo en santa memoria suya. Y tributad al Señor tanto honor en medio del pueblo que os ha sido encomendado, que cada tarde se anuncie por medio de pregonero o por medio de otra señal, que se rindan alabanzas y gracias por el pueblo entero al Señor Dios omnipotente. Y si no hacéis esto, sabed que tendréis que dar cuenta ante el Señor Dios vuestro, Jesucristo, en el día del juicio.
Los que guarden consigo este escrito y lo observen, sepan que son benditos del Señor Dios”.
* * *

Y ahora viene mi reflexión, nuestra reflexión.
Extraña consideración de san Francisco ante el misterio de la muerte. San Francisco es el pregonero del amor de Dios, no es el profeta que amenaza con la condenación. Pero ¿este texto?, ¿y otros semejantes a este...?
En el fondo, sin entrar en investigaciones y sutilezas de especialista, el asunto ya no es la muerte, la verdad de la muerte como motor de la vida. El asunto es pura y simplemente Dios: el Dios de la vida, el Dios del amor, el Dios de la santidad, el Dios de la muerte. En suma, el Dios personal de mi existencia.
San Francisco ¿es un tremendista al hablar a las Autoridades?
No, san Francisco es el hombre para quien Dios – el Altísimo – la presencia real y cotidiana de su vida.
Se trata del Dios de nuestra fe, que es el Dios de la vida cotidiana y de nuestro destino.
Antes de morir, antes de su suave Tránsito en manso de Dios Padre, el pobrecillo Francisco de Asís, cantó a la Hermana Muerte y añadió estos versos a su Cántico de las creaturas:

Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal!:
bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.
Load y bendecid a mi Señor,
y dadle gracias y servidle con gran humildad.

A ese Dios vaya nuestra adoración y todo el amor que bulle del fondo del corazón, que es don suyo.

Puebla, 6 octubre 2011.

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