sábado, 8 de octubre de 2011

108. La Iglesia, banquete nupcial del Hijo del Rey

Domingo XXVIII del ciclo A
Mt 22,1-14

Hermanos:

1. Quiero empezar esta homilía trayendo a la memoria el Evangelio del domingo pasado: la parábola de los viñadores homicidas. Aquella y esta, que es la Parábola del banquete de la boda del Hijo del rey, van juntas en el Evangelio de san Mateo, una detrás de otra. Las dos puestas en la misma circunstancia: la semana final de la vida de Jesús; las dos dirigidas a los mismos destinatarios: las autoridades del pueblo, muy especialmente las autoridades religiosas, en una concepción teocrática entonces del gobierno. Israel es la comunidad de Dios y los que están puestos al frente de ella son los representantes de Dios.
Siendo parábolas similares no son la repetición una de otra. El final de la parábola de hoy, el comensal que viene a la boda sin el vestido de fiesta y es rechazado, expulsado y condenado, que es el desenlace particular del drama de esta escena, es un elemento nuevo que va a detener hoy nuestra atención.

2. La parábola del domingo pasado - recordemos – era realmente trágica: el heredero, que es Jesús, es echado fuera de la viña y muerto violentamente a manos de aquellos criminales. Una parábola durísima y terrible, porque Jesús los está tratando de criminales; pero más pavorosa, si se piensa que Jesús está viviendo en su corazón esa tragedia.
Dicen los psicólogos que lo que se vive por dentro, de alguna manera sale afuera: una veces se “somatiza”, es decir, se hace carne tuya, dolencia tuya, enfermedad tuya, como cuando uno dice: “¡Ay, este hijo me va a quitar la vida! Otras sale por la boca en un “exabrupto”, rompiendo los diques de algo que durante mucho tiempo se ha contenido represado, y, al fin, explota.
No se puede hacer ningún estudio concreto, absolutamente ninguna, de la psicología de Jesús, del mundo de sus sentimientos y de la proyección al exterior. No hay psicología que se haya inventado, ni se va a inventar, para dar la razón íntima del corazón del Verbo Encarnado. Con todo, estos sentimientos que son matrimonio de todo humano corazón en la tierra, se los asignamos con pleno derecho a Jesús. Cuando llora ante la tumba de su amigo Lázaro, sabemos perfectamente qué son esas lágrimas, porque nuestro corazón las conoce. Cuando se queja de la ingratitud de aquellos leprosos curados que no han vuelto a glorificar a Dios y a dar gracias – de diez solo uno – sabemos lo que duele la ingratitud.
Jesús, pues, ha afrontado el final de su vida como un drama de ingratitud de su pueblo Israel. Más de una vez aparecen en el Evangelio dichos de Jesús sobre los primeros y los últimos. Y en la perícopa de hoy se concluye la selección evangélica con esta sentencia: “Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos”. De una forma espontánea decimos: Eso pasa siempre, comienzan muchos y terminan pocos. Por ejemplo, en una carrera. Por ejemplo, en el seminario: que comienzan cincuenta muchachos que quieren ser sacerdotes, y terminan solo cinco: porque ya dijo Jesús: “Muchos son los llamados y pocos los elegidos”.
No es ese el sentido. “Elegido” es una palabra.de la Biblia, de Teología. ¿Quiénes son los elegidos? El pueblo elegido de Dios, el pueblo de Israel, el pueblo de la Alianza. ¿Y “los llamados”? También es otra palabra del vocabulario teológico. Llamados son los de la última hora, los gentiles que vienen a la herencia que Dios prepara. Se ha invertido la historia, y ahora resultan que los elegidos son pocos, incluso, los pocos; y, al contrario, los llamados de la gentilidad, los venidos de los paganos son muchos, los muchos, los paganos que hemos pasado a la fe cristiana somos los más.
En cierta ocasión Jesús se expresó así, hablando también de un banquete. “Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos” (Lc 13,28-38).
Este banquete final es el que presenta la visión del libro de Isaías, un pasaje que tantas veces se lee en la celebración de las exequias cristianas:
“Preparará el Señor del universo para todos los pueblos,
en este monte, un festín de manjares suculentos,
un festín de vinos de solera;
manjares exquisitos, vinos refinados” (Is 25,6)

3. En este festín de Dios, en este banquete de la boda del hijo del rey que Jesús describe, hay un incidente fatal. Que cuando el rey entra para hacer la cortesía e ir saludando a los comensales, he aquí que hay uno que desentona de forma estridente. Todos van de gala, pero este va vestido de cualquier modo, ni más ni menos que como lo habían encontrado en el camino, con esa ropa gastada, seguramente sucia, que vale lo mismo para labrar el campo que para cuidar los animales. Y no se puede pasar, hermanos, del establo al banquete nupcial. Este hombre es del grupo descrito al final de las embajadas. “El rey montó el cólera, envió sus tropas que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: “La boda está preparada, pero los convidados  no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis llamadlos a la boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos”.
Todos hemos sido invitados, los buenos y también los malos. Cuando viene el rey, increpa airado al mal vestido: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.
Le trata de “amigo”, claro que sí, porque si lo ha invitado, es porque lo ha hecho amigo. La parábola dice que el hombre “no abrió la boca”, no pudo abrir la boca, porque no tenía nada que responder. Era un gran desacato el que hacía al rey, al hijo de rey, a todos los comensales... ¿Imaginan usted en medio de un banquete real, damas y caballeros elegantes, mientras van pasando los fotógrafos y ahora que se ha colado por ahí uno de la calle mugriento y maloliente...?
Esto no tiene sentido, y Jesús finge esta escena para decirnos dos cosas:
- Que en aquel banquete final, del que Jesús ha hablado muchas veces, en el banquete que es el reino de los cielos, solo tienen entrada los que llevan su vestidura blanca. Así los ha contemplado el Apocalipsis: “Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de todas las razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos” (Ap 7,9).
- Pero esta vestidura blanca, limpia y resplandeciente, es la vestidura que debemos llevar dentro de la Iglesia, En el día del bautismo, después de haber recibido el agua del sacramento, se dice al bautizado, pronunciando su nombre cristiano: “N., has sido transformado en una nueva creatura y te has revestido de Cristo. Que esta vestidura blanca sea el símbolo de tu dignidad de cristiano. Con la ayuda de los consejos y ejemplos de tus familiares, consérvala sin mancha hasta la vida eterna”.

4. Esa vestidura blanca, hermanos, es la que debemos mantener todos los días de nuestra vida cristiana.
Somos frágiles, es cierto, pecamos, y con el pecado queda ensuciada nuestra ropa bautismal. La ropa hay que lavarla de continuo, y más si es ropa blanca. A veces hay que lavarla con tal cuidado que hay que llevarla a la tintorería, como cuando se ensucia el ornamento (la casulla) del sacerdote.
Estos símbolos materiales significan algo del todo real. Nosotros debemos mantener nuestra alma limpia, nuestro corazón fragante. Si pecamos, el arrepentimiento inmediato, y Dios nos envuelve con la blancura de su santidad. Si pecamos, tenemos un sacramento de reconciliación y de paz.
En la Iglesia no podemos transigir con todo, como si todo fuera igual, y allá cada uno con su conciencia. Tú no te metas en lo ajeno, que eso es cosa de él, no tuya. Entonces... san Pablo ¿Por qué se metía con sus comunidades, cuando veía comportamientos que no eran dignos del Señor? Y más si se trataba del momento sublime de nuestra vida, que es la Eucaristía. “No podéis beber del cáliz de Dios y del cáliz de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O vamos a provocar los celos del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?” (1Co 10,21-22).

5. Hermanos, vamos a terminar nuestra homilía mirando al vestido que llevamos. No nos referimos, es evidente, a la ropa que hoy nos hemos puesto para venir a misa, que, a lo mejor, quisiéramos que fuera más bonita y elegante, si no pasáramos por la crisis económica que estamos sufriendo.
¿Tengo yo mi túnica de fiesta para sentarme junto al Señor en su mesa, pues él me ha invitado?
“Señor, yo no soy digno de que entres en mi alma, pero una sola palabra tuya bastará para sanarme”.
Un día pasaremos nosotros al banquete de Dios, pero ya la Iglesia, hoy mismo, es un banquete: el banquete nupcial del Hijo del Rey, anticipo del banquete eterno.
Y es lo que en este momento estamos celebrando. Bien podemos decirle a Jesús
Señor, yo no soy digno, tú lo sabes, pero bajo tu divina mirada, tú nos haces dignos de estar en tu presencia, celebrando estos misterios. Amén.

Puebla, sábado 8 octubre 2011.


Con mi túnica preciosa
Canción para la Comunión



Estribillo
Con mi túnica preciosa
de blanca humildad y amor,
regalo de mi Señor,
ya entro en la fiesta hermosa.

Estrofas
1. Vengo viniendo de lejos,
no de primer convocado,
pero una voz me condujo
y me he sentido llamado.
Vengo a las bodas del Rey
del Hijo de Dios amado,
y siento que estoy en casa
como el más digno invitado.

2. ¿Qué regalo he de traer,
si el traje me ha regalado,
si lo que soy, soy en él,
si soy un tú deseado?
Por eso vengo a cumplir,
Jesús, tu anhelo dorado:
ser tuyo en ser y en acción,
ser en ti santificado.

3. Es el banquete nupcial
desde siglos anunciado,
cuando ya en el Paraíso
nacía el Verbo Encarnado.
Las alas de los profetas
hasta Jesús me han llevado,
y esposo clavado en cruz
el Padre me lo ha mostrado.

4. La Cruz y la Eucaristía
son Jesús Resucitado:
son el divino manjar
a los hijos entregado.
Carne y carne, sangre y sangre,
Verbo esposo y humanado,
Jesús de mi adoración...,
yo lo digo enamorado.

5. Fiesta nupcial de mi Dios,
abierta al mundo creado;
venid, mis hermanos todos,
nadie se sienta olvidado.
Dame, Señor, tu presencia
en donde nadie ha llegado,
y teniéndote conmigo
no sienta ya mi pecado. Amén.

1 comentarios:

Carlos Rayón Nieva dijo...

Este domingo, haciendo laudes con la familia, trataba de explicarles a nuestros hijos que era esto del "vestido de boda" y me di cuenta mientras hablaba que el vestido es el amor, que querer ir a la boda es la fe y que tiene que estar acompañada de amor o de nada sirve. Gracias por sus palabras Padre me han animado mucho.

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