martes, 11 de octubre de 2011

109. El Papa en la Cartuja de San Bruno

Visita de Benedicto XVI a la Cartuja de San Bruno
el pasado Domingo, 9 de octubre de 2011.
                                                                                            
Hermano:
¿Alguna vez te has acercado a una Cartuja?
Al preguntarlo, vuelvo con mi recuerdo a una visita que años atrás pude hacer a “Aula Dei”, junto a Zaragoza, una cartuja que hasta hace pocos años así lo era, y luego - ¡ay! – los poquitos cartujos supervivientes hubieron de emigrar... Como años atrás hubo de cerrar la cartuja de Jerez de la Frontera, Cartuja de la Defensión de Santa María.
La mención de la Cartuja viene al son de que el Papa el domingo pasado estuvo en la Cartuja de San Bruno (Serra de San Bruno), en Calabria, celebró las Vísperas con  los Cartujos y pronunció una homilía, que quisiéramos saborear.
Hoy la Cartuja que ha visitado el Papa es humilde en personal; en santidad escondida, Dios lo sabe. Componen esta "comunidad de solitarios", que así se define la Orden de los Cartujos, 14 monjes, incluidos en el grupo dos postulantes, dos novicios, dos profesos temporales. Y estos pocos monjes son un abanico internacional: Italia, Francia, Portugal, Eslovaquia. El Prior es un francés: Dom Jacques Dupont. Gentes de variada procedencia, incluso un antiguo futbolista del Sporting de Liboa de los años sesenta, fray Pablo, que en el siglo fue Joaquim Rafael De Fonseca. Son datos que tomo del mismo L'Osservatore Romano, escritas en esta ocasión.
De los Cartujos se han escrito cosas exóticas y, a veces estúpidas, y se han escrito páginas celestiales, muy puras y bellas. Tengo en mis manos un viejo libro de Estampas Cartujanas (1ª ed. 1944, 2ª ed. 1947), del escritor de muy pulida pluma, Antonio González, periodista, esposo y padre de familia, entrañable amigo de la Cartuja de Miraflores. Es un libro delicioso. El autor, que ha intimado con el Prior, nos revela nombre, vida y maravillas, porque nos da a conocer dos cartas salidas del corazón. Este monje se llamaba.,. Dom Agustín María Hospital, antiguo obispo en China como agustino, hombre que ocupó puestos de gran importancia en la Orden.
Una sana curiosidad me ha llevado a recorrer las vías de Internet para sorprender a quienes viven en suma soledad y silencio, y he visto que la Orden de San Bruno, que busca la más alta contemplación y soledad – la quietud en el Señor – se ha asomado a la red para dar testimonio de quiénes son y cómo viven. Fácil le será a cualquier navegante de estos mares invisibles llegar al sitio oficial de la Cartuja, y a Cartujas en particular, y ver allí los tesoros espirituales de una Orden tan singular. Hoy son pocos: no llegan a 400 en 19 monasterios de varones. En España antes eran cinco monasterios, hoy son tres... Hay tambvién Cartujas de mujeres, unos pocos monasterios en todo el mundo; en España uno.
Son pocos, pero el número, en este caso, no aminora la alta densidad de vida espiritual que vive la Cartuja.
Esto es lo que le hace meditar al Papa, el ideal sublime de san Bruno, que hoy es seguido genuinamente por el pequeño rebaño. El Señor les bendice y ¡sígales bendiciendo!
El clima espiritual que estoy evocando me invita a traer las palabras del Santo Padre, una selección de las mismas, para dar testimonio de los Cartujos, que contemplan a Dios como Moisés, como si vieran al Invisible.

* * *
 “...Fugitiva relinquere et aeterna captare: abandonar las realidades fugitivas e intentar aferrar lo eterno. En esta expresión de la carta que vuestro Fundador dirigió al Preboste de Reims, Rodolfo, se encierra el núcleo de vuestra espiritualidad (cfr Carta a Rodolfo, 13): el fuerte deseo de entrar en unión de vida con Dios, abandonando todo lo demás, todo aquello que impide esta comunión y dejándose aferrar por el inmenso amor de Dios para vivir sólo de este amor. Queridos hermanos, vosotros habéis encontrado el tesoro escondido, la perla de gran valor (cfr Mt 13,44-46); habéis respondido con radicalidad a la invitación de Jesús: “Si quieres ser perfecto, le dijo Jesús ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme" (Mt 19,21). Todo monasterio – masculino o femenino – es un oasis en el que, con la oración y la meditación, se excava incesantemente el pozo profundo del que tomar el “agua viva” para nuestra sed más profunda. Pero la Cartuja es un oasis especial, donde el silencio y la soledad son custodiados con particular cuidado, según la forma de vida iniciada por san Bruno y que ha permanecido sin cambios en el curso de los siglos. “Habito en el desierto con los hermanos”, es la frase sintética que escribía vuestro Fundador (Carta a Rodolfo, 4). La visita del Sucesor de Pedro a esta histórica Cartuja pretende confirmar no sólo a vosotros, que vivís aquí, sino a toda la Orden en su misión, de lo más actual y significativa en el mundo de hoy.
El progreso técnico, especialmente en el campo de los transportes y de las comunicaciones, ha hecho la vida del hombre más confortable, pero también más agitada, a veces convulsa. Las ciudades son casi siempre ruidosas: raramente hay silencio en ellas, porque un ruido de fondo permanece siempre, en algunas zonas también de noche. En las últimas décadas, además, el desarrollo de los medios de comunicación ha difundido y amplificado un fenómeno que ya se perfilaba en los años Sesenta: la virtualidad, que corre el riesgo de dominar sobre la realidad. Cada vez más, incluso sin darse cuenta, las personas están inmersas en una dimensión virtual a causa de mensajes audiovisuales que acompañan su vida de la mañana a la noche. Los más jóvenes, que han nacido ya en esta condición, parecen querer llenar de música y de imágenes cada momento vacío, casi por el miedo de sentir, precisamente, este vacío. Se trata de una tendencia que siempre ha existido, especialmente entre los jóvenes y en los contextos urbanos más desarrollados, pero hoy ha alcanzado un nivel tal que se habla de mutación antropológica. Algunas personas ya no son capaces de quedarse durante mucho rato en silencio y en soledad.
He querido aludir a esta condición sociocultural, porque esta pone de relieve el carisma específico de la Cartuja, como un don precioso para la Iglesia y para el mundo, un don que contiene un mensaje profundo para nuestra vida y para toda la humanidad. Lo resumiría así: retirándose en el silencio y en la soledad, el hombre, por así decirlo, se “expone” a la realidad de su desnudez, se expone a ese aparente “vacío” que señalaba antes, para experimentar en cambio la Plenitud, la presencia de Dios, de la Realidad más real que exista, y que está más allá de la dimensión sensible. Es una presencia perceptible en toda criatura: en el aire que respiramos, en la luz que vemos y que nos calienta, en la hierba, en las piedras... Dios, Creator omnium, atraviesa todo, pero está más allá, y precisamente por esto es el fundamento de todo. El monje, dejando todo, por así decirlo, “se arriesga”, se expone a la soledad y al silencio para no vivir de otra cosa más que de lo esencial, y precisamente viviendo de lo esencial encuentra también una profunda comunión con los hermanos, con cada hombre.
Alguno podría pensar que sea suficiente con venir aquí para dar este “salto”. Pero no es así. Esta vocación, como toda vocación, encuentra respuesta en un camino, en la búsqueda de toda una vida. No basta, de hecho, con retirarse a un lugar como éste para aprender a estar en la presencia de Dios. Como en el matrimonio, no basta con celebrar el Sacramento para convertirse en una cosa sola, sino que es necesario dejar que la gracia de Dios actúe y recorrer juntos la cotidianeidad de la vida conyugal, así el llegar a ser monjes requiere tiempo, ejercicio, paciencia, “en una perseverante vigilancia divina – como afirmaba san Bruno – esperando el regreso del Señor para abrirle inmediatamente la puerta" (Carta a Rodolfo, 4); y precisamente en esto consiste la belleza de toda vocación en la Iglesia: dar tiempo a Dios de actuar con su Espíritu y a la propia humanidad de formarse, de crecer según la medida de la madurez de Cristo, en ese particular estado de vida. En Cristo está el todo, la plenitud; necesitamos tiempo para hacer nuestra una de las dimensiones de su misterio. Podríamos decir que éste es un camino de transformación en el que se realiza y se manifiesta el misterio de la resurrección de Cristo en nosotros, misterio al que nos ha remitido esta tarde la Palabra de Dios en la lectura bíblica, tomada de la Carta a los Romanos: el Espíritu Santo, que resucitó a Jesús de entre los muertos, y que dará la vida también a nuestros cuerpos mortales (cfr Rm 8,11), es Aquel que realiza también nuestra configuración a Cristo según la vocación de cada uno, un camino que discurre desde la fuente bautismal hasta la muerte, paso hacia la casa del Padre. A veces, a los ojos del mundo, parece imposible permanecer durante toda la vida en un monasterio, pero en realidad toda una vida es apenas suficiente para entrar en esta unión con Dios, en esa Realidad esencial y profunda que es Jesucristo.
¡Por esto he venido aquí, queridos hermanos que formáis la comunidad cartuja de Serra San Bruno! Para deciros que la Iglesia os necesita, y que vosotros necesitáis a la Iglesia. Vuestro lugar no es marginal: ninguna vocación es marginal en el Pueblo de Dios: somos un único cuerpo, en el que cada miembro es importante y tiene la misma dignidad, y es inseparable del todo. También vosotros, que vivís en un aislamiento voluntario, estáis en realidad en el corazón de la Iglesia, y hacéis correr por sus venas la sangre pura de la contemplación y del amor de Dios.
Stat Crux dum volvitur orbis – así reza vuestro lema. La Cruz de Cristo es el punto firme, en medio de los cambios y de las vicisitudes del mundo. La vida en una Cartuja participa de la estabilidad de la Cruz, que es la de Dios, de su amor fiel. Permaneciendo firmemente unidos a Cristo, como sarmientos a la Vid, también vosotros, hermanos cartujos, estáis asociados a su misterio de salvación, como la Virgen María, que junto a la Cruz stabat, unida al Hijo en la misma oblación de amor. Así, como María y junto con ella, también vosotros estáis insertos profundamente en el misterio de la Iglesia, sacramento de unión de los hombres con Dios y entre sí. En esto vosotros estáis también singularmente cercanos a mi ministerio. Vele por tanto sobre nosotros la Madre Santísima de la Iglesia, y que el santo padre Bruno bendiga siempre desde el cielo a vuestra comunidad”.

* * *

El testimonio de nuestros queridos hermanos Cartujos es un aliento para cuantos desde la palestra de una vida laica o desde la consagración con los consejos evangélicos, buscamos con pasión el rostro de Dios.
El Señor les bendiga y les guarde.

Como homenaje traigo un himno compuesto con motivo del IX Centenario de la Cartuja. 
(Puede verse con su introducción en mercaba.org / Flos Sanctorum, 6 de octubre: Maestro Bruno, padre y compañero)

Maestro Bruno, padre y compañero
del alma buscadora,
¡qué paz baña tu cara, qué belleza
qué lumbre en tu mirada bondadosa!

Jesús te ha cautivado, te ha llevado
con él perdido a solas;
tu fuerza es el desierto, el puro anhelo,
el hambre de verdad que te devora.

Saciado de silencio y armonía,
tu corazón se postra,
y el éxtasis sereno te alza al cielo,
gustando a Dios Bondad, del que rebosas.

La lucha te rodea, hiere tu alma,
humana y amadora,
y en fuerte comunión de solitarios
tus armas son las lágrimas que imploran.

Oh santa soledad de la Cartuja,
doliente y fructuosa;
el mundo gira, y en el monte
está la Cruz, amada y redentora.

¡Honor a ti, oculto en el misterio
de amor y de victoria!
¡Bendita tu figura contemplada,
delicia y esperanza de la Esposa! Amén.

(Zaragoza, 1984)

2 comentarios:

BOIRA_A dijo...

Los cartujos aun no se han ido definitivamente, quedan unos pocos cartujos y no se sabe cuando lo haran, aunque hay otros que ya estan en valencia, la DGA esta buscando que venga otra orden que pueda adaptarse sin modificar nada de la actual cartuja de Aula Dei

Anónimo dijo...

PORTACOELI EN SERRA ES EL MARCO PERFECTO PARA DISFRUTAR DE UNA VIDA ESCONDIDA EN DIOS Y EN EL SILENCIO PERFECTO DE LA NATURALEZA. BIENVENIDOS A ESTA CARTUJA.

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