miércoles, 12 de octubre de 2011

110. Pero a Dios lo que es de Dios


Domingo XXIX del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 22,15-22

Hermanos:

1. Este episodio del tributo al César nos puede dar pie para un discurso político. Obviamente no va a ir por ahí nuestra reflexión y mensaje.
Y ese discurso político que podría titularse “Política y religión en el pensamiento de Jesús de Nazaret”, de obligación tendría que comenzar por un planteamiento de la política judío-romana del tiempo de Jesús: los grupos antirromanos entonces existentes, en contra de la dominación romana cuyo señorío ejercía a nombre del Emperador el Procurador Poncio Pilato. Jesús va a ser víctima, dentro de pocos días, de un decreto imperial, firmado por Poncio Pilato. Él lo ha dicho más de una y dos veces. Jesús tendría que haber sido antirromano, sobre todo a estas alturas en que ya nada había que perder, porque había sido jugado e iba camino de la muerte.
Pero Jesús, que ya en su nacimiento en tiempos del emperador Augusto siendo gobernador de la región de Siria Cirino, fue empadronado como súbdito del Imperio Romano, podía guardar en el fondo de su corazón un rescoldo antirromano. Y esta era la ocasión de pronunciarse con una invectiva.

2. La pregunta no es inocente, sino que tiene mucho trasfondo, porque subyacen muchos resentimientos revueltos. Los judíos tenían que pagar su tributo anual; y además odiosamente con el denario romano de plata que tenía la imagen del César Augusto, César Señor, que un judío, según el Decálogo (Ex 20,4) no toleraba. El Evangelio anota la torcida intención.
Le hacen a Jesús la pregunta, introducida con taimada elegancia: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias”. Así tiene que ser un maestro doctor, y sin  duda que así es Jesús, aunque las palabras tan bien arregladas sean la bandeja para un trampa: “Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?”
En otras ocasiones Jesús inventa de repente una parábola. Ahora, también de repente, no reacciona con una parábola verbal, sino con una parábola visual, profética, introducida no con una cortesía, al nivel del preámbulo de los consultantes, sino como una conminación de profeta. “Hipócritas, ¿por qué me tentáis?”
Se ha deshecho la trampa y el tramposo ha sido desenmascarado. “Enseñadme la moneda del impuesto”.
La moneda tenía que ser el denario de plata romano, que la numismática nos ha conservado bastantes ejemplares de esta pieza.
Y le presentaron un denario. Nos impresiona al ver la reproducción, el relieve del Emperador Tiberio.


Anverso: TI berius CAESAR DIVI nus AVG usti F ilius AVGVSTVS Cabeza del emperador hacia la derecha, con corona de laurel. Reverso: PONTIF ex MAXIM us Livia (madre de Tiberio y esposa de Augusto) representando a la "Pax" sentada hacia la derecha, con un cetro y una rama de olivo.

Jesús examina el denario y pregunta de quién es la imagen y qué dice la inscripción.
La imagen es de Tiberius, a quien se califica de Divino y Augusto en el anverso de la moneda, y en el reverso se lee: Pontifex Maximus.
Era lo más que se podía dar a una creatura, nimbada con un halo de Divinidad.

3. Y ahora viene la respuesta de Jesús, que aparece como una solemne sentencia, con una claridad inapelable, y que suena, al mismo tiempo, como un juicio, en una frase que queremos desmenuzar, porque está grávida de consecuencias.
Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22,21).
La moneda, signo del imperio, es, al mismo tiempo, por las palabras, como un signo sagrado, numinoso y mágico. Allí está el emperador y allí están sus títulos sobrehumanos.
Jesús, también con una autoridad sobrehumana, replica: “Pues al César lo que es del César”. La moneda lo está diciendo, salta a los ojos. En el imperio del dinero, el dinero es el emperador y el vasallo, y es lo que emite la plata, al tener delante esa deslumbrante efigie del emperador coronado con laurel.
Todo el mundo puede comprender que Jesús no entra en la palestra política. Jesús no se está pronunciando por un partido. No se afilia a los fariseos, antirromanos; no es de los Herodianos, que, por ventajas políticas, muestra connivencia con el poder de Roma.
La frase cortante y lapidaria de Jesús tiene un cierto dejo de desprecio: No me interesan las cosas mundanas, que las divinizáis con divinidades del Panteón Romano. No me interesa; no es ese mi cometido. Vosotros os ponéis vuestro régimen y cometido, pues ateneos a él.

5. Pero la sentencia de Jesús tiene su misterio precisamente en la segunda parte, que es una soberana proclamación de la gloria de Dios: “A Dios lo que es de Dios”.
Ahora, hermanos, como hombre inclinado sobre las Sagradas Escritura quiero desentrañar esa partícula, que está en el punto medio de los dos miembros de una misma frase, esa “y”, conjunción, que traducimos: “Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
Con una fría gramática se podría pensar que Jesús, como apacible pedagogo, está respondiendo por partes, a saber: primera parte: “al César lo que es del César”; Segunda parte: “a Dios lo que es de Dios”.
Pero la frase no es didáctica, ni tampoco apacible. Jesús responde predicando y desenmascarando. Además responde a lo que no le han preguntado. No le han preguntado sobre Dios, sino sobre la moneda. Jesús responde sobre la moneda e introduce su mensaje acerca de Dios, mensaje de claro corte profético. Lo que responde sin haberle preguntado es más importante que la pregunta formulada; y es lo que Jesús quiere anunciar.
No hacemos agravio a la gramática, si el “y” de en medio de la frase lo entendemos no como copulativo, sino como adversativo, traduciendo de este modo: “Al César lo que es del César; pero... ¡atención!: a Dios lo que es de Dios”, porque Dios es lo definitivo, lo que ajusta todo lo demás en orden y lo que lo relativiza poniéndolo a los pies: “Al César lo que es del César..., ¡pero (sobre todo) a Dios lo que es de Dios!” En el fondo y terminalmente: Solo Dios, solo Dios, solo Dios...  
Con este género de respuesta otra vez Jesús está relativizando los avatares humano, que han de supeditarse siempre a Dios, eje del mundo y de todo lo que afecta al hombre, como este denario que van a tener que pagar los judíos.

6. Ahora hermanos aterrizamos en nuestra praxis cristiana: ¿No mezclamos nosotros política y religión que Jesús nunca ha hecho?
Sin duda que las mezclamos, y esta amalgama sutil e insidiosa nos puede traspasar de tal modo, que, al final, ni nos damos cuenta... Es una rémora para la Iglesia acogerse a la benevolencia de los poderosos del mundo, poderosos tantas veces unidos a la política,  y encontrarse condicionada para anunciar el Evangelio “sin que te importe nadie”.
Es una rémora que la Iglesia, y específicamente la jerarquía, quede  contagiada por cierto estilo principesco en títulos, emblemas, escudos y palacios que, de su naturaleza, nada tienen que ver con el Reino de Dios, aunque nosotros los espiritualicemos. Pero, a lo mejor, la impotencia ante la historia que rueda por sí sola, nos somete a esta esclavitud.
Jesús no se ha evadido del problema, no lo ha sacudido como se sacude un insecto impertinente. Jesús emerge como profeta y nos centra ante la palabra definitiva de la historia: Dios, solo Dios.
Hermanos, nos quedamos prendidos de sus labios, y repetimos, llenos de admiración: ¡Dios, solo Dios...! ¡Dios, solo Dios...!
Amén.

Si Jesús es mi tesoro
Canción para la Comunión

Estribillo
Si Jesús es mi tesoro,
ya no es mi dios el dinero;
de nadie soy prisionero,
y solo al Señor adoro.

Estrofas
1. Solo Dios, el Uno y Trino,
en el mundo pasajero,
que amores está robando
y quiere súbditos ciegos.
Dios y yo, dos infinitos,
él la voz, y yo el eco:
el infinito increado
y el finito duradero.

2. Solo Dios, a él los ojos,
Señor de la tierra y cielo,
El que era y el que es,
y el que ha de venir muy luego.
Solo Dios, eterno Dios,
que da movimiento al tiempo,
el que me trajo a este mundo
con divino nacimiento.

3. Solo Dios, quien me besó
y me hizo barro y aliento,
y de regalo me dio
su historia y el firmamento.
Solo Dios, mi Dios amado,
lágrimas de nuestro encuentro
para contarnos amores,
vertidos en sacramento.

4. Solo Dios, aquí, Jesús,
en esta Pascua misterio,
mi soledad sin riberas,
mi plenitud y mi anhelo.
Solo Dios frente a mis labios
infinitamente hambrientos,
frente a mis ojos tendidos,
que, al mirar, están gimiendo.

5. Solo Jesús, que es la puerta
de todos mis pensamientos;
soy el que soy para ti
y en mi Yo tienes tu asiento.
Arrebátame contigo,
aunque me dejes sufriendo. Amén.

Para ver el poema con su introducción, véase en mercaba.org: Si Jesús es mi tesoro.

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