martes, 18 de octubre de 2011

113. Ha llegado la Belleza - 2

Coloquios  sobre la Belleza, vocación, presencia y destino
La belleza ¿de dónde nace y adónde lleva?

Hermano:

1. La belleza surge en el hontanar del alma, en esa zona en que en verdad no se sabe si es de acá o de allá. Esa zona es el paso franco a las riberas divinas; es la división del alma creada con el infinito increado.
Lo percibimos de modo neto en el fondo de nosotros mismos, aunque no sepamos especular sobre ello; si lo supiéramos, sería tanto como intentar aprisionar a Dios, y Dios dejaría de ser Dios, porque nosotros nos habríamos puesto en su lugar. Son las raíces del ser.
¿Has visto, hermano, el brote de un manantío? Allí, en un humilde repecho, brota el agua. Allí hay un borbotón que sale de la tierra. Pero ¿cuáles son las venas de la tierra?, ¿de qué senos escondidos viene la vena de agua? No los vemos, pero es evidente que ahí están.
Esa evidencia de lo divino en el alma está ahí. Esa evidencia, como algo que está, pertenece a nuestra experiencia íntima. Ya más no podemos decir: sale de Dios. Es que confinamos con lo divino, mas no como un predio que confina con otro predio y se marca la propiedad con una barda de adobes. Aquí no hay barda. Dios es el origen manante de la realidad creada que soy yo.
Dios es, por tanto, perpetuo nacimiento, incesante manantial que surte al alma.
De allí nacía mi tendencia mística a lo divino. De allí nacía la Belleza.

2. Como ejemplo puedo aducir un poema. El estado anímico en que ha brotado en mi corazón es este: Estoy justamente meditando sobre la Belleza, y acabo de leer (si bien fugazmente, como el roce de una ave que planea en la altura) el documento del Pontificio Consejo de Cultura La Via Pulchritudinis camino privilegiado de evangelización y de diálogo (marzo 2006).
Con estos pensamientos mezclo un recuerdo entrañable: el párrafo que, al escribir a toda la Orden, dedicó san Francisco a los Sacerdotes, cuando les exhortaba a celebrar la Eucaristía haciendo el vacío de sí mismo y dar paso a la invasión de Dios. Surge un poema, que no significa, por sí solo, la calidad mística que hubiera alcanzado el poeta, sino el estado de un anhelo, en sí mismo objetivo, que uno, con la sinceridad que alcanza, lo puede personalizar, haciéndolo suyo. Y entonces canto la identificación con el misterio personal de Jesucristo por la vía de la Belleza. He aquí, pues, este poema nocturno (domingo 16 octubre 2011).

Sumérgeme, Señor, en tu belleza

Nada de vosotros retengáis para vosotros,
a fin de que os reciba todo enteros
el que se os ofrece todo entero”.

Sumérgeme, Señor, en tu belleza,
pues quiero celebrar la Eucaristía,
y ¿quién, mi Dios, a ti se acercaría,
si no fuera bañado en tu pureza?

Rehuyo gestos, causa de extrañeza,
mas sea transparencia el alma mía,
que vive tu secreta compañía
e irradia lo que vive con certeza.

Oh santa Eucaristía cotidiana,
festín de paz, de amor y de dulzura,
misterio de la Pascua soberana,

me dejo conducir sin atadura:
Espíritu de quien la gracia mana,
conságrame cual nueva creatura.

3. Con esto, traído como ejemplo, vamos manifestando como el origen de la Belleza marca su destino. En efecto, la Belleza, nacida de Dios, ¿adónde nos lleva sino al seno de Dios mismo?
Este es el itinerario que recorre la Belleza: “ex Deo ad Deum”, pasando por las criaturas y asumiéndolas todas, transformando y divinizando todo.
Que la Belleza nazca de Dios es algo que todos, sensibles al Espíritu, podemos percibir.
El polo correspondiente es que la Belleza nos lleva a Dios. Y esto también pertenece a la experiencia espiritual que Dios, si somos sencillos, nos otorga a todos. Pensémoslo: la Belleza nos diviniza, es decir, nos aproxima a lo divino. Y es evidente que la Belleza no nos deshumaniza – sería absurdo pensarlo – bien al contrario, la Belleza nos promociona en nuestra humanidad. Siempre me ha impresionado esta frase de san Ignacio de Antioquía (+ ca. 110), como devoto de sus cartas, me impresionó esta frase: “Dejadme alcanzar la luz pura. Cuando esto suceda, seré hombre” (Carta a los Romanos VI, 2). Como si no acabáramos plenamente de ser hombres mientras no seamos transformados por la luz pura de Cristo.

4. Queda, pues, claro, en el plano de la vivencia y de la experiencia espiritual que la Belleza viene de Dios y lleva a Dios. Dios, y Cristo como Dios visible, es el Alfa y la Omega.
La belleza, como foco original, como punto polar, produce fascinación, y la fascinación se expresa en el entusiasmo. Con la fibra vibrante del entusiasmo se manifestaba Sor Verónica Berzosa, fundadora de “Iesu communio” (dic. 2010), en el congreso sobre Nuevos evangelizadores para la nueva evangelización en su intervención sobre “Espiritualidad y vida interior” (Roma, 15 de octubre 2011): “Nuestro testimonio, sencillamente, como posiblemente el de ustedes, es haber quedado cautivadas por el don incomparable de ser cristianos, por la belleza de vida de tantos cristianos que con su forma de vivir, de pensar, de sentir, de actuar señalan al misterio de Jesucristo, el más Bello de los hombres, que enamora y arrebata el corazón como “inseparable vivir” (Anotamos: La expresión es de San Ignacio de Antioquía: Él es nuestro vivir inseparable).

5. Hay un punto específico que conviene iluminar en esto que decimos que la Belleza de Dios es el punto de llegada. ¿Por qué, si la Belleza es irremediablemente fascinadora, no anhelamos la muerte “ya” como el encuentro más deseado?
El apóstol Pablo sí lo anhelaba: “Me encuentro en esta alternativa: por un lado deseo partir para estar con Cristo que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros...” (Flp 1,23-24).
Ignacio de Antioquía tuvo igualmente esta gracia, que nadie puede merecer. He aquí una sección de la lectura de su fiesta el día de ayer:
Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios.
De nada me servirán los placeres terrenales ni los reinos de esíe mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia.
El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis aun mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.»” (De la carta que escribió a los Romanos, en su ruta hacia el martirio).
El anhelo de Dios, Belleza infinita a la que aspiramos, vibra en nuestra alma; pero el deseo de morir no es un deseo que arranca de la naturaleza.
De Octavio Paz (1914-1998), la figura más emblemática de México en el siglo XX, ya muy anciano y en silla de ruedas, relata el escritor Enrique Krauze. “En un momento le pregunté: ‘¿Qué puedo hacer, qué es lo que usted quiere?’. ‘¡Lo que quiero es... vivir!’, me dijo cerrando el puño y con una mueca de coraje, de rabia. ‘¡Lo que quiero es... vivir!’. Había planeado vivir hasta los 88 años, como su abuelo Ireneo, a quien se pareció tanto en la vejez. Quería ese tránsito sereno...” (Revista Proceso n. 1823, 9 oct. 2011, p.16. En portada: Viaje a las entrañas de Octavio Paz).
Sí, queremos vivir... Pero hay quienes, por gracia, anhelan ya el paso a la vida de la Eterna Belleza.

Puebla de los Ángeles, 18 octubre 2011.

Benedicto XVI y Sor Verónica Berzosa, 15 oct. 2011 (Servizio fotografico L’Osservatore Romano TMP_1288-076).
El abrazo (fotógrafo particular)

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;