martes, 18 de octubre de 2011

114. Ha llegado la Belleza - 3

Coloquios  sobre la Belleza,
vocación, presencia y destino

Via pulchritudinis – Porta amoris


1. Estaba el Papa en Castelgandolfo, en su descanso estival. Descanso..., entiéndase. El Papa no salió de vacaciones ni a la montaña ni al mar. Claro que tantos pobres del Señor tampoco pueden ni saben qué son vacaciones, en la dura rueda de cada día...
La residencia veraniega de Castelgandolfo, no tan distante de Roma, pero bien distinta por las colinas y el lago Albano, por el aire que se respira, ofrece un clima apacible para el descanso y el trabajo. También en Castelgandolfo tiene el papa audiencia los miércoles, y en una de ellas (31 de agosto pasado) se entretuvo en el tema de la Belleza y la Oración; en suma, digo yo para mis adentros, de la Belleza y el Amor. Arte y Oración, dice el título que han puesto a esta catequesis.

2. “... Hoy quiero reflexionar brevemente sobre uno de estos canales que pueden llevarnos a Dios y ser también una ayuda en el encuentro con él: es la vía de las expresiones artísticas, parte de la «via pulchritudinis» —«la vía de la belleza»— de la cual he hablado en otras ocasiones y que el hombre de hoy debería recuperar en su significado más profundo.
...  El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de infinito. Más aún, es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, impulsándonos hacia lo alto.
Pero hay expresiones artísticas que son auténticos caminos hacia Dios, la Belleza suprema; más aún, son una ayuda para crecer en la relación con él, en la oración. Se trata de las obras que nacen de la fe y que expresan la fe. Podemos encontrar un ejemplo cuando visitamos una catedral gótica: quedamos arrebatados por las líneas verticales que se recortan hacia el cielo y atraen hacia lo alto nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras al mismo tiempo nos sentimos pequeños, pero con deseos de plenitud… O cuando entramos en una iglesia románica: se nos invita de forma espontánea al recogimiento y a la oración. Percibimos que en estos espléndidos edificios está de algún modo encerrada la fe de generaciones. O también, cuando escuchamos un fragmento de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro espíritu se ve como dilatado y ayudado para dirigirse a Dios.
Vuelve a mi mente un concierto de piezas musicales de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al concluir el último fragmento, en una de las Cantatas, sentí, no por razonamiento, sino en lo más profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor, y me impulsaba a dar gracias a Dios. Junto a mí estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: «Escuchando esto se comprende: es verdad; es verdadera la fe tan fuerte, y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios».
... Es profundamente verdadero lo que escribió un gran artista, Marc Chagall: que durante siglos los pintores mojaron su pincel en el alfabeto colorido de la Biblia.
¡Cuántas veces entonces las expresiones artísticas pueden ser ocasiones para que nos acordemos de Dios, para ayudar a nuestra oración o también a la conversión del corazón! Paul Claudel, famoso poeta, dramaturgo y diplomático francés, en la basílica de «Notre Dame» de París, en 1886, precisamente escuchando el canto del Magníficat durante la Misa de Navidad, percibió la presencia de Dios. No había entrado en la iglesia por motivos de fe; había entrado precisamente para buscar argumentos contra los cristianos, y, en cambio, la gracia de Dios obró en su corazón.
... Termino con la oración de un Salmo, el Salmo 27: «Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo» (v. 4). Esperamos que el Señor nos ayude a contemplar su belleza, tanto en la naturaleza como en las obras de arte, a fin de ser tocados por la luz de su rostro, para que también nosotros podamos ser luz para nuestro prójimo. Gracias”.

3. Al leer en el mismo día la catequesis, traté de internarme en el mundo de la belleza y dejarme llevar mar adentro en alas del amor, y ese día – o, más bien, esa noche – escribí un poema, cuyo título es el primer verso:

Belleza pura, puerta del amor

1. Belleza pura, puerta del amor
y de un suave deleite que enajena,
acaso nunca sepa yo cantarte
y mi silencio sea mi saeta.

2. Mas eres tú, Jesús, la que enamora
belleza que ha creado y que recrea,
que en mí la siento, atisbo, abrazo y beso,
presente ella también como indigencia.

3. Belleza, balbuceo de palabras,
y avara de silencio en la azotea,
paisaje de los cielos en la noche,
secreto que se esconde en cada estrella.

4. Mas eres tú, y solo tú, el nombre
que tiene la belleza en este tierra,
Jesús de Nazaret, el de María,
Mujer vestida toda de pureza.

5. La via pulchritudinis, me dicen
que debo transitar, porque es la senda
por donde tú viniste y te encarnaste;
pues sea tu verdad mi vida bella.

6. Jesús de mis anhelos infinitos,
Jesús de mi mirada que te otea,
Jesús de mis respiros anhelantes
y de estos labios míos que te besan.

7. Bendice tú, Jesús, a Benedicto,
que te predica, ensalza y te hermosea,
y guárdalo debajo de tu mano,
tocado por tu luz, tu gracia y fuerza.

8. Tu eres la belleza y  yo me callo
y vuelvo ya a mi Biblia, que me espera.
que sepa yo leerte iluminado
y que al leerla a ella, a ti te lea.

4. Los pensamientos del Papa eran sencillos. Y nos cuenta tres anécdotas: una personal, en Munich; otra, que más que anécdota es una cita erudita del artista judío Marc Chagall; y lo que pasó en la conversión de Paul Claudel (1868-1955). El mismo artista escribió el relato de aquella su conversión a los dieciocho años veintisiete años después:

“Así era el desgraciado muchacho que el 25 de diciembre de 1886, fue a Notre-Dame de París para asistir a los oficios de Navidad. Entonces empezaba a escribir y me parecía que en las ceremonias católicas, consideradas con un diletantismo superior, encontraría un estimulante apropiado y la materia para algunos ejercicios decadentes. Con esta disposición de ánimo, apretujado y empujado por la muchedumbre, asistía, con un placer mediocre, a la Misa mayor. Después, como no tenía otra cosa que hacer, volví a las Vísperas. Los niños del coro vestidos de blanco y los alumnos del seminario menor de Saint-Nicholas-du-Cardonet que les acompañaban, estaban cantando lo que después supe que era el Magnificat. Yo estaba de pie entre la muchedumbre, cerca del segundo pilar a la entrada del coro, a la derecha del lado de la sacristía.
    Entonces fue cuando se produjo el acontecimiento que ha dominado toda mi vida. En un instante mi corazón fue tocado y creí. Creí, con tal fuerza de adhesión, con tal agitación de todo mi ser, con una convicción tan fuerte, con tal certidumbre que no dejaba lugar a ninguna clase de duda, que después, todos Tos libros, todos los razonamientos, todos los avatares de mi agitada vida, no han podido sacudir mi fe, ni, a decir verdad, tocarla. De repente tuve el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una verdadera revelación inefable. Al intentar, como he hecho muchas veces, reconstruir los minutos que siguieron a este instante extraordinario, encuentro los siguientes elementos que, sin embargo, formaban un único destello, una única arma, de la que la divina Providencia se servía para alcanzar y abrir finalmente el corazón de un pobre niño desesperado: "¡Qué feliz es la gente que cree! ¿Si fuera verdad? ¡Es verdad! ¡Dios existe, está ahí! ¡Es alguien, es un ser tan personal como yo! ¡Me ama! ¡Me llama!". Las lágrimas y los sollozos acudieron a mí y el canto tan tierno del Adeste aumentaba mi emoción.
   ¡Dulce emoción en la que, sin embargo, se mezclaba un sentimiento de miedo y casi de horror ya que mis convicciones filosóficas permanecían intactas! Dios las había dejado desdeñosamente allí donde estaban y yo no veía que pudiera cambiarlas en nada. La religión católica seguía pareciéndome el mismo tesoro de absurdas anécdotas.  (...)Esta resistencia duró cuatro años. Me atrevo a decir que realicé una defensa valiente. Y la lucha fue leal y completa. Nada se omitió. Utilicé todos los medios de resistencia imaginables y tuve que abandonar, una tras otra, las armas que de nada me servían”.

5. No dice cuál era la cantata o coral de Bach, acaso una de ellas era esta que no se puede oír sin sentirse uno “in via sanctitatis”. Puede hacer la prueba el lector, porque en Internet está todo...
Juan Sebastián Bach, pintado por Hausmann, 1746
Jesus bleibet meine Freude
Meines Herzens Trost und Saft,
Jesus wehret alem Leide,
Er ist meines Lebens kraft,
Meiner Augen Lust und Sonne,
Meiner Seele Schatz und Wonne;
Darum lass ich Jesum nicht,
Aus dem Herzen und Gesicht.

Jesús sigue siendo mi alegría
consuelo y savia de mi corazón,
Jesús me defiende de toda pena,
Él es la fuerza de mi vida,
el gozo y el sol de mis ojos,
el tesoro y el prodigio de mi alma;
por eso no quiero a Jesús
fuera de mi corazón y mi vista.
Referencia: de la Cantata: Herz und Mund und Tat und Leben BWV 147 de J.S. Bach (1685-1750)

6. La Belleza es un soto espiritual, plácido y meditativo. Nos hace respirar distinto y nos eleva al amor.
Es la Puerta del Amor. No hay amor que no empiece encendido por la chispa de la Belleza: la belleza del rostro, de los ojos, del tale... o de otra belleza de dentro que uno percibe en un "chip", el flechazo. En este poema al Amor le he dado un nombre, que es Jesús.
Otro día seguiremos.

Puebla, 19 octubre 2011

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Nunca me imaginé que iba a leer este artículo, gracias por compartir esa anécdota. Realmente le pido a Dios en nombre de su hijo Jesucristo, que toque mi corazón y el de mi hija, en especial el de mi hija, para que ella pueda creer en ti Dios Padre, Hijo, espíriti Santo y la Virgen María, quiero que mi hija encuentre la felicidad y el gozo de vivir una vida llena de fe, amor y paz espitual.
Gracias su Santidad por haber dirigido la iglesia católica durante estos años. Que Dios lo bendiga hoy y siempre.

Anónimo dijo...

Muy lindo artículo. Tiene razón, no hay nada más hermoso e inspirador que Dios. Gracias querido Benedicto XVI por haber guiado y fortalecido a la Iglesia durante estos años.

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