miércoles, 19 de octubre de 2011

115. Domingo mundial de misiones

Domingo XXX del ciclo A
Mt 22,34-40

Hermanos:

1. Hoy, por ser el domingo penúltimo de octubre, es el Domingo mundial de misiones, y en torno a este mensaje quiero centrar la homilía. En la serie litúrgica de los domingos es el domingo treinta, y por esta circunstancia se da la posibilidad de sustituir alguna de las lecturas (preferentemente la primera) por otra lectura bíblica sobre la evangelización de los pueblos. Las hemos dejado tal cual, y desde esta palabra que nos llega queremos reflexionar sobre la Misión de la Iglesia en el mundo.
Si somos personas de una cierta edad, nuestra fantasía puede remontarse a años de la infancia, y volver a soñar con aquellas imágenes de los misioneros y de las misioneras, heroicos, que veíamos explicando el catecismo o curando a los negros de África, a los chinos y japoneses, a los indios de la selva... Paisajes exóticos, si los contemplábamos desde Europa; exóticos de otra forma si los contemplábamos desde el continente americano. Hoy aquellos escenarios de evangelización y civilización se han transformado totalmente. La geografía humana y social ha cambiado de raíz, porque la televisión ha penetrado en todos los rincones del mundo, y sin salir de nuestras casas tenemos ahí delante todos los rostros, atuendos y costumbres, como si fuesen parte de nuestro vecindario; por ejemplo, en los campeonatos mundiales, que se siguen en el mundo por muchos cientos de millones. Como se dice, la tierra es una aldea goblal, y en consecuencia, por distancias, en medio día de avión puedo estar en el corazón de África. Y desde allí, por la técnica, podré tener el Internet y el teléfono, para saludar a mi familia..., casi como si estuviésemos viviendo en la misma ciudad.

2. Entonces, ¿qué es la misión? Y ¿cuál es la geografía espiritual que hemos de llamar Misión? Y ¿a quién se puede llamar Misionero o Misionera? Y el Domund – o Domingo Mundial de Misiones – ¿es para recoger dinero o para otra cosa? Son preguntas a las que tenemos que saber responder con claridad y precisión.
Si hemos hablado de las Misiones, terrenos donde la Iglesia (y también otras confesiones cristianas) han derrochado amor, generosidad, entrega hasta el martirio, quizás haya llegado el tiempo de cambiar poco a poco de terminología y hablar, más bien, de la Misión.

Cartel del Domund 2011 en México

3. Y así la primera pregunta que nos sale al paso es esta: ¿Cuál es realmente la Misión de la Iglesia? La Misión de la Iglesia no es otra que continuar la Misión de Jesús, que vino a esta tierra para traernos el conocimiento de Dios, y enseñarnos el camino del amor, que es el único camino que lleva a Dios. “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo” (Jn 20,21), palabra de Jesús resucitado a los apóstoles cuando se les aparece en el Cenáculo aquella tarde. Es la consigna que escogió el Papa en este año y que la explica en su mensaje.
Tener la misma misión de Jesús es la cosa más bella que cabe en la tierra, la más hermosa, sí, la más comprometedora, la más sublime. Es una palabra que se le dirige a la Iglesia; pero que, si en un momento de gracia, uno la escucha en su corazón, al punto puede surgir un milagro: “Yo entrego mi vida, incondicionalmente, para esto y solo para esto”. Esta decisión sería una espléndida vocación misionera. Hoy es día de que surjan muchas vocaciones misioneras.

4. La misión que Jesús entrega a su Iglesia la recordamos todos los días en la Misa, al final, en las palabras de despedida que son simultáneamente de despedida y de envío. El sacerdote dice: “Id..., la Misa ha terminado”. Esto es: Id a la vida y llevad, anunciad y contagiad lo que acabáis de vivir como cristianos, como familia de Dios. Me serviré de palabras del Papa: “Este objetivo se reaviva continuamente por la celebración de la liturgia, especialmente de la Eucaristía, que se concluye siempre recordando el mandato de Jesús resucitado a los Apóstoles: «Id...» (Mt 28, 19). La liturgia es siempre una llamada «desde el mundo» y un nuevo envío «al mundo» para dar testimonio de lo que se ha experimentado: el poder salvífico de la Palabra de Dios, el poder salvífico del Misterio pascual de Cristo. Todos aquellos que se han encontrado con el Señor resucitado han sentido la necesidad de anunciarlo a otros, como hicieron los dos discípulos de Emaús”.
Recordemos, pues, hermanos, aquellas palabras de Jesús, final del Evangelio: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 228,18-20).

6. Lo que Jesús nos ha mandado y debemos enseñar a todos los pueblos es el amor. Lo acabamos de escuchar en el Evangelio de este domingo. Quisieron sorprender a Jesús con una pregunta y enviaron a un doctor de la ley con esta cuestión: Maestro, entre todos los mandamientos de la Ley, ¿cuál es el principal? Porque había muchos mandamientos. Los judíos de siglos posteriores numeraron hasta 613 mandamientos. Jesús los reduce todos a uno: El principal mandamiento es amar a Dios, con verdad y de todo corazón; pero, acto seguido, añade que hay otro, que es igual: Amar al prójimo con todo lo que se le puede amar.
El Antiguo Testamento tenía leyes que nos dejan estremecidos, como lo que hemos leído hoy: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo, ¿y dónde, si no, se va a acostar? Si grita a mí, yo le escucharé, porque soy compasivo” (Ex 22,25-26). Y bien sabemos cuál va a ser el examen final, que decide nuestra suerte: “Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis...” (Mt 25,35-36).

7. La misión de la Iglesia, la única misión de la Iglesia, es llevar al mundo, a todos los hombres, el amor, pero desde el verdadero conocimiento de Dios, desde la revelación de que “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
Si esto es así, ya no podemos decir: todas las religiones predican el amor, todas valen lo mismo. No es así. No es lo mismo amar sabiendo que el Hijo de Dios ha muerto por nosotros por amor, que amar simplemente porque Dios es nuestro Creador y quiere que nos amemos.
Esta semana, el día 27 de octubre, al cumplirse XXV años desde que Juan Pablo II invitó a los líderes de las religiones a orar unidos por el amor y la paz en Asís – ciudad del humilde y pobre Francisco de Asís –, el Papa Benedicto XVI va acudir para orar. Se trata de orar todos por lo mismo, cada cual desde su propia fe y a su propio Dios, por así decir.
Nosotros, cristianos, que hemos conocido el misterio de Dios Uno y Trino, es decir, de Dios amor, tenemos el mandato de Jesús: llevar este amor al mundo entero.

7. Desde hace unos años se ha puesto en circulación un eslogan: Nueva Evangelización. Nueva evangelización no es repetir lo mismo, sino dar el mismo anuncio de Cristo Salvador, de una manera “nueva en su ardor, en sus métodos y en su expresión” (Juan Pablo II, 1983).
El escenario de la nueva evangelización ya no es Mundo Cristiano y Mundo Pagano. No es un escenario territorial, sino de otro género. Son tres los campos de la evangelización:
Comunidades que fueron cristianas y mantienen viva la fe.
Comunidades que fueron cristianas y que, quizás, hasta sigue siendo de pertenencia cristiana, porque son bautizados; pero en las que de hecho Dios no cuenta. Necesitan una nueva evangelización.
Y, en fin, en tercer lugar, los hombres – varios miles de millones – a los cuales no ha llegado todavía el nombre de Cristo.

Cartel del Domund 2011 en España
8. En este panorama ¿cuál es mi cometido? Hace cuatro años, en mayo de 2007, se celebró la gran conferencia de Obispos de América Latina y del Caribe en el Brasil, en el santuario de la Virgen de Aparecida, patrona del país. Y se afirmó con una claridad y con nueva fuerza nueva: Todo cristiano como bautizado es discípulo de Jesús. Pero todo discípulo, que tiene la fe, el más grande regalo que Dios nos ha hecho, tiene que difundirla, donde sea y como sea. Y de ahí ha nacido la fórmula, el emblema: Discípulo Misionero. Si soy Discípulo, por lógica soy misionero.
El Domingo Mundial de Misiones nos invita a la reflexión y al compromiso.
Señor Jesucristo, que me has dado el infinito regalo de la fe, haz que viva esta fe como discípulo, y que allí donde estoy, la afirme con mi vida e incluso con mi palabra, como misionero. Amén.

Puebla, 19 octubre 2011.

Canción misionera para el Domund 2011


El Domund de 2011 tiene esta consigna:
“Como el Padre me envió a mí, yo también os envío a vosotros” (Jn 20,21).

Estribillo
¿Adónde quieres que vaya,
mi Pastor y mi Barquero,
que quiero ser misionero,
dispuesto a dejar mi playa?

Estrofas
1. Ya no hay mar ni continente,
ya no hay ciudades ni aldeas;
no haya grupo ni peleas
para el Anuncio a la gente.
Mi casa es el mundo entero,
está diciendo el Señor,
y el testimonio de amor
es la Misión que yo quiero.

2. Mas yo quiero la Palabra,
que palabra es amistad,
y ante amistad y humildad
no hay puerta que no se abra.
Id a hablar humildemente,
fundiendo Evangelio y vida,
y Dios que a todos convida
se ha de hacer amor presente.

3. Es la puerta de la fe
un corazón anhelante,
y a quien busque suplicante
yo me manifestaré.
Mas yo busco a quien envíe,
como yo fui enviado,
y busco un apasionado
a quien mi amor le confíe.

4. Aquí me tienes, Señor,
en tu escucha y compañía:
tu voluntad sea mía,
y al Padre torne el honor.
Imploro tu bendición,
tu Espíritu que fecunda
con él el mundo se inunda:
Nueva evangelización. Amén.

Puebla, 17 octubre 2011.


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