lunes, 31 de octubre de 2011

121. Envío, gratuidad y ternura

Nuevas consideraciones sobre el
Domingo XXXI, ciclo A (Mt 23,1-12)
1 Tesalonicenses 2,7b-9.13

1. Nuestra homilía en el domingo XXXI del tiempo ordinario (publicada con el título de “Vosotros no os dejéis llamar Rabbí”) se centró primordialmente en el Evangelio, tratando de sondear, en cuanto el Espíritu nos daba, en aquella durísima recriminación de Jesús a los escribas y fariseos, inicio del capítulo de los “Siete Ayes” del Señor.
Queremos ahora evocar el texto paulino, y empezamos por transcribirlo (texto de la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española):

“Nos portamos con delicadeza en medio de vosotros, como una madre que cuida con cariño de sus hijos. Os queríamos tanto que deseábamos entregaros no solo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas, porque os habíais ganado nuestro amor. Recordad, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no ser gravosos a nadie, proclamamos entre vosotros el Evangelio de Dios.
(Salto de los vv. 10-12).
Por tanto, también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, porque, al recibir la palabra de Dios, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes”.

2. Hicimos notar, de pasada, que esto es justamente la antítesis del cuadro de san Mateo de los escribas y fariseos.
Estos capítulos iniciales de la primera a los Tesalonicenses, que son el agua manantial del Nuevo Testamento, porque aquí, sobre el año 51, comenzó a adquirir forma escrita el Nuevo Testamento, nos dan la pauta para el Tratado Básico de la Evangelización.
Estamos en la hora. Recordad cómo el 15 de octubre se celebraba en Roma el primer Congrego para la Nueva Evangelización, promovido por el Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización que el año pasado creó Benedicto XVI. Hubo testimonios espléndidos: Vittorio Messori, Verónica Berzosa (volveremos sobre ello).
El perfil de la Nueva Evangelización nos dibuja una teología fresca y vibrante, que bulle de la fuente y se expande con inmensa esperanza. Quiero fijarme en tres rasgos, puesto en la línea titular de esta homilía: envío, gratuidad, ternura.

3. ENVÍO. La evangelización comienza no en la universidad, en la escuela teológica, en el adiestramiento científico del predicador o del organizador, sino en el envío. Comienza en ese acto soberano por el cual yo, por las debidas mediaciones, he recibido la misión: Vete y anuncia el Evangelio de mi Hijo. A partir de este momento yo soy apóstol, y mi palabra va a tener la fuerza y la autoridad que le confiere Dios mismo, no la ciencia de la cual he hecho yo mi provisión, y que la Iglesia, como comunidad de Dios, la requiere de todo punto. Vete; yo estaré contigo, yo te daré palabras, yo haré milagros por tus labios.
El envío, como acto inicial constitutivo de la Evangelización – la de antes, la de hoy, la de siempre en el futuro – puede ser visto con aspectos distintos y mutuamente relacionados tanto de parte del Evangelizador, como del Evangelizado. El Evangelizador debe negarse todo entero, para que Dios habite en él, y jamás se sirva de su sermón como de un pódium para su gloria; jamás utilice su oficio como disfraz de algo que no tiene. El Evangelizador vive en arrepentimiento, en humildad y en plena apertura a la gracia que se le da de lo alto.
El Evangelizador llega con su palabra milagrosa al Evangelizado. Y aquí ha descrito san Pablo la actitud del Evangelizado, que es la acogida. Es una frase que la debemos guardar incólume en nuestro corazón, como la auténtica regla de la acogida: “al recibir la palabra de Dios, la acogisteis no como palabra humana, sino, cual es en verdad, como palabra de Dios que permanece operante en vosotros los creyentes”.
Si uno recibe así la palabra, como palabra de Dios, verá el milagro: la transformación de su corazón, que no es obra de su esfuerzo sino puro don de la gracia. Esto se aprecia clarísimo en unos Ejercicios espirituales.

4. GRATUIDAD. El Evangelio es gratuito.
Esto tiene que ser una verdad meridiana para todos los cristianos. Y al decir “el Evangelio” podemos especificar:
La Misa es gratuita.
Los Sacramentos son gratuitos.
La atención a los enfermos es gratuita.
San Pablo coyunturalmente, para poner en evidencia esta verdad básica, dice que ha trabajado día y noche “para no ser gravosos a nadie”.
Este asunto, que siempre ha sido motivo de fricción, y que para san Pablo ha sido causa de apasionada polémica, lo trata escribiendo a los Corintios: “¿No sabéis que los que se ocupan en las cosas sagradas comen del templo, que los que sirven al altar participan del altar? De igual modo ordenó el Señor que los que anuncian el Evangelio vivan del Evangelio” (1Co 9,14-5). El Señor, en efecto, dijo a los apóstoles: “Gratis habéis recibido, dad gratis” (Mt 10,9). Y en el mismo lugar el Señor dijo: “Bien merece el obrero su salario” (v. 10).
Eso es el fundamento para que en la Iglesia se urja la responsabilidad de los fieles de contribuir como comunidad de Dios para todo lo que económicamente exige la predicación, el culto y la caridad. Los obispos en su momento recuerdan que es obligación de los fieles contribuir económicamente para el sustento de la Iglesia. Nos preguntamos si los obispos exponen a los fieles que la misma obligación que tienen para contribuir tienen igual derecho para saber, en una economía totalmente transparente, a qué se dedican los bienes de la Iglesia, si, en efecto, somos una iglesia de hermanos, si, como le escuchamos al Señor en el Evangelio de hoy “todos vosotros sois hermanos”. Entre hermanos se deben saber las cosas y también las cosas económicas; la Iglesia no puede ser una empresa espiritual con sus tributarios que la sostienen.
Tiene que resplandecer ante todos los fieles, con meridiana claridad, que el Evangelio es gratuito.
¡Qué revisión a fondo tendríamos que hacer si se entra en detalles de tipo pastoral y económico, por ejemplo, en las misas de las quinceañeras..., en la acumulación de misas y estipendios más allá de lo que permite el Derecho Canónico!
El dinero mata el Evangelio. El Evangelio es gratuito, nunca lo olvidemos.

5. TERNURA. El Evangelio, que es el pan de Dios para el pueblo, especialmente para los humildes, se entrega con ternura, y el testimonio de Pablo es estremecedor. Como un padre..., como una madre..., añade Pablo, lo hemos oído. Este elemento efusivo y afectivo es concomitante a la entrega del Evangelio. Es que Dios nos ha amado en su Hijo así, justamente así. Y por eso dice Pablo que él, y sus compañeros (se entiende), sentían tan intensamente el amor que querían dar no solamente el Evangelio sino las propias personas: “porque os habíais ganado nuestro amor”.
En el congreso de la Nueva Evangelización, antes citado, hubo un detalle de una enorme intensidad afectiva que todos pudieron ver – y allí estaban las cámaras – pero que discretamente en la galería de fotos oficiales, que suministra la oficina de l’Osservatore (y suelen ser centenares), se pasó por alto. ¿Por qué? La hermana Verónica Berzosa, una de las que intervinieron, como los otros tuvo el privilegio de saludar personalmente al Papa. La hermana se acerca a saludar cordial y respetuosamente al Santo Padre, pero en determinado momento quiere abrazarlo y besarlo, y lo hace con visible efusión. ¿O es que una hija no puede abrazar a su padre y en él a la santa Iglesia? Las cámaras que funcionan como una especie de ametralladora es de suponer que recogieron el momento..., pero no estaba en la galería.
(Véase las fotos al final de la entrada 113. )
Me acordé de esta foto de la misma hermana y madre Verónica, que recogí de un periódico, del día en que inicia Iesu Communio (Catedral de Burgos, 12 febrero 2011). Y me acordé de que ante esta foto compuse un soneto...

Y el soneto comenzaba así:
Serás sencillamente madre, así,
así… sin reverencias, sin honores;
mujer, de tu regazo nacen flores,
que de tu Amado son, ¡oh Rabbuní!

Y concluyo. ¿Es que la santa Iglesia no debe estar ungida de ternura?
La evangelización y la vida diaria de quienes dice el Señor: “todos vosotros sois hermanos”...
La Iglesia es un jardín, y la belleza de este jardín la ha puesto Cristo.

Puebla de los Ángeles (México), 31 octubre 2011,
lunes de la semana XXXI del tiempo ordinario.

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