martes, 1 de noviembre de 2011

122. Jesús, corona y comunión de todos los santos

Homilía-contemplación del misterio de Todos los Santos

Hermanos:

1. Hoy es la fiesta hermosa de Todos los Santos. Hoy es la fiesta de la hermosura de la Iglesia. Hoy es la Fiesta del Apocalipsis. Hoy es fiesta del Cuerpo Místico. Hoy es la fiesta de Jesús, Corona y Comunión de todos los Santos.
Y en esta Corona María es la perla brillantísima.
Hoy es la fiesta del Cielo.
Hoy es la fiesta de la cruz y de la esperanza.
Hoy es una de las diez grandes fiestas que dispone la Iglesia en su calendario litúrgico, después del domingo, que, como proclama el Concilio es la “fiesta primordial”, y esto viene de la tradición apostólica. La Iglesia no puede modificar este tesoro del Domingo que nos han legado los Apóstoles; las otras Diez Fiestas, sí.
Dice, pues, el derecho Canónico, luego de presentar el Domingo:
“Igualmente deben observarse los días de NAVIDAD, EPIFANÍA, ASCENSIÓN, SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO, SANTA MARÍA MADRE DE DIOS (que es Año Nuevo, octava de Navidad), INMACULADA CONCEPCIÓN y ASUNCIÓN, SAN JOSÉ, SANTOS APÓSTOLES PEDRO Y PABLO, y, finalmente, TODOS LOS SANTOS” (c. 1246).

2. Para entrar en el secreto de esta fiesta hemos de caer en la cuenta de que es una fiesta pascual. Hoy, en la celebración eucarística no leemos el Antiguo Testamento, como lo hacemos en los domingos ordinarios, sino que, como usa la Iglesia en el tiempo pascual, solo se proclama el Nuevo Testamento. Las tres lecturas de la Misa son:
- Vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, del Apocalipsis, capítulo 7.
- Veremos a Dios tal cual es, de la primera carta del apóstol san Juan, capítulo 3.
- Y las Bienaventuranzas, del Sermón de la Montaña, en San Mateo 5.
Esta es la perspectiva gloriosa para pasar por este Arco de Triunfo y cantar con toda la iglesia celestial, como lo hemos compartido en el Oficio divino del Día de Todos los Santos:
“Y aquel coro inmenso de voces decía:
«Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza y la sabiduría, la fuerza y el honor, la gloria y la alabanza.»
Y escuché a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -  todo cuanto hay en ellos -,   que decían: “ «Al que está sentado en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.»
Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos cayeron de hinojos y adoraron” (Ap 5.12-14).

3. Con esta perspectiva gloriosa, triunfal y pascual, con esta apoteosis del triunfo de Dios en su Hijo y en la Historia, se deshacen pequeñas ideas nuestras, que pueden ser toques de piedad, útiles y benéficos en ciertos momentos, pero que, puestos en primer plano, desfigurarían el sentido sacramental de esta inmensa celebración.
Es la fiesta de nuestros familiares que hoy gozan de Dios, a veces se escucha; por ejemplo, de nuestros padres, de tantas personas de bien que se han ido cruzando por el camino de nuestra vida y pasaron ya la ribera sagrada.  Sin duda, pero la celebración alcanza toda la marcha peregrina de la familia humana.
U otras veces se aduce: Claro que la Iglesia ha puesto en los altares a muchos santos, pero ¡hay tantísimos que podrían tener este honor...! Vamos a incluirlos a todos. También esto resulta estrecho, hermanos; porque, quisiera decir algo, por sorprendente y escandaloso que, de improviso, suene a nuestros oídos: En el cielo no hay santos, hermanos: no hay vírgenes, no hay mártires, no hay confesores, no hay papas, no hay obispos..., como no hay “marido y mujer”, según dijo Jesús: ¿No estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dada en matrimonio, serán como ángeles del cielo” (Mc 12,25-26). Y, por tanto, no habrá ni judíos, ni musulmanes, ni católicos... Seremos simple y puramente “hijos de Dios”.
“Y dijo el que está sentado en el trono: Mira, hago nuevas todas las cosas” (Ap 21,5).

4. Pero vengamos al Evangelio, que nos pone en la situación de la espera: “Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra...” Y así va dejando caer Jesús de sus labios esas palabras de paz, que son felicitaciones para sus discípulos, Ciudadanos del Reino, herederos de la misma herencia que él va a recibir de su Padre.
Hay unas barreras, hoy infranqueables, pero que no pueden romper la unidad del misterio: ellos, los que celebran la liturgia celestial, y nosotros, que ensayamos nuestros cánticos hoy y aquí en la tierra, formamos un solo Cuerpo Místico. Para ellos y nosotros la savia es la misma: Cristo. Para ellos el amor no puede llamarse esperanza, no va unido a la esperanza, porque el amor llegó a su sazón; para nosotros, el amor está rebozado de esperanza.
Para nosotros el amor es peregrinación; para ellos, es patria.
Para nosotros el amor es Fe y teología; para ellos el amor es visión.
Para nosotros el amor es anhelo; para ellos es fruición.
Pero la familia es la misma: ellos y nosotros. Ni ellos sin nosotros, ni nosotros sin ellos, pues en el centro está Cristo, solo Cristo, santificado por el Espíritu, ensalzado en gloria.
Por eso, esta fiesta es la coronación de Cristo, la exaltación de su misterio pascual. Pero simultáneamente es “Corona y Comunión”. Cristo habita en mí como habita en ellos: no hay dos pertenencias, sino una sola, centrada en Cristo.
Por esto, yo soy beneficiario de todo el bien que mis hermanos hicieron en vida y ha sido transformado en gloria. Los múltiples carismas que adornan y hermosean el vestido de gala de la Esposa-Iglesia revierten sobre mí, cuando alzo los ojos para contemplar a Todos los Santos.

5. Pero hay un último dato que quiero evocar, con alegría de corazón mirando la asamblea celestial. El Papa Siervo de Dios Pío XII, escogió la fiesta de Todos los Santos para proclamar en esta ocasión, el 1 de diciembre de 1950 (hace hoy 61 años) a María Asunta en cuerpo y alma a los cielos. Quien habla, en este momento era un seminarista, un “niño seráfico” de tercer curso del seminario menor. En aquel tiempo, en que no existía la televisión, no había tampoco radio en el Seminario. Pidieron de prestado a un bienhechor, para seguir el acto y escuchar de rodillas la fórmula sagrada de la constitución apostólica Munificentissimus Deus:
“Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acrecentar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste”.
Es la solemnidad de la Asunción de María que celebramos el día 15 de agosto, y en la octava, el 22 de agosto, como irradiación de la Asunta celebramos a María Reina.

6. Hermanos, esta es, pues, la fiesta esplendorosa de Todos los Santo. Aclamemos a Dios, en el Espíritu Santo, y glorifiquemos a Cristo, Corona y Comunión de Todos los Santos.
Amén.


Puebla, 1 noviembre 2011

Sobre la Solemnidad de Todos los Santos puede verse, con su introducción, en Flos Sanctorum, mercaba.org, el himno: La fiesta universal cantemos todos.



Himno para la solemnidad de Todos los Santos

1. La fiesta universal juntos cantemos,
unidos en un coro cielo y tierra:
el triunfo de Jesús, de cuya frente
la santidad de Dios desborda y llena.

2. La Iglesia peregrina mira al cielo,
y ve la inmensa gloria que le espera:
la patria jubilosa de salvados
que el Padre ha reservado como herencia.

3. Cantad, hermanos míos celestiales,
la gloria de Dios trino, gracia vuestra;
volved vuestra mirada a nuestra ruta,
en tanto que miramos a la meta.

4. Allí mora la Reina de los ángeles,
la Virgen preservada, la primera,
los mártires, testigos fieles en la arena,
las vírgenes y esposos sin afrenta.

5. Miríadas un día conocidas
por solo Dios, que mira y nos alienta,
ahora, en comunión de amor perfecto,
sois luz de Dios y hermosa transparencia.

6. La paz y el gozo inundan las mansiones
de aquel feliz convite que congrega
a hijos y a dispersos que guardaron
su santa Ley que todo lo renueva.

7. Ciudad de Dios, festín de eterna Pascua,
el corazón del Padre es puerta abierta,
y amores son los cantos entonados,
cantares que el Espíritu despierta.

8. ¡Oh santa y adorable Trinidad,
mi Dios, mi Creador, mi dulce espera,
tú eres nuestro origen amoroso:
que seas hoy y siempre nuestra fiesta! Amén.

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