martes, 1 de noviembre de 2011

123. Fieles difuntos: memoria y oración

Meditación ante los difuntos


1. El Día de Difuntos nos trae dos recuerdos: el recuerdo de los difuntos, y el de nuestros difuntos. Mucho tiene que cambiar el mundo para que esta fiesta desaparezca. No puede desaparecer, porque esta fiesta, se llame como sea, ha existido siempre y en todos los pueblos. No nos referimos a un día designado sino al hecho misterio y constante del culto a los muertos.

¿Qué vinculo nos une a ellos? Para que no los podamos olvidar. Hay un lazo umbilical entre esta vida y la otra, que, por una parte la soñamos como prolongación y por otra como superación. Si efectivamente es así, esta, mediante la muerte es el alumbramiento de que va a irrumpir.
El que visita las tumbas de los Faraones se encuentra con los muertos en los frisos pintados con la fe en la ultratumba. Ahí está “El libro de muertos” que nos ha legado al religión de los Egipcios.
Pero si regresamos a la tierra madre que nos vio nacer, leemos la crónica local, como leo de mi pequeña y entrañable tierra de La Rioja en España:

“Toda La Rioja se volcó ayer con sus muertos. Los camposantos de la comunidad entera -desde los grandes cementerios de las cabeceras de comarca hasta los pequeños rincones de los pueblos menos poblados- recibieron la visita de familiares, amigos y allegados venidos para rendir el tributo obligado a sus fallecidos. Las tumbas renovaron sus flores; los mausoleos se asearon; las lápidas restañaron las heridas del polvo acumulado. Siguiendo el ritual de cada año, los riojanos no olvidaron la cita con los que ya no están y reservaron unas horas para reencontrarse con el recuerdo de los que un día abandonaron este mundo. La melancolía propia de estas fechas se conjugó con la alegría de la memoria, y los ramos de flores pusieron una nota de color a lo largo de una jornada en la que, por lo general, acompañó el bueno tiempo y unas temperaturas más que razonables para un mes de noviembre que arrancó lleno de homenajes póstumos”. 
 Foto tomada de La Rioja, 2 nov, 2011


Hablamos del día de ayer, porque Todos los Santos, día laboralmente festivo, en cuanto afluencia al cementerio es más día de difuntos que el 2 de noviembre.

2. Pero de Europa yo vine a México y voy rumbo del décimo año. Aquí ya no los muertos no solo están en el cementerio (que en el lenguaje del país se llama “panteón”), sino que a los muertos los traemos a casa. No habrá familia (es un decir), no habrá iglesia ni convento en que los fieles devotamente no levanten su altar de muerto, que no dura un día solo, sino varios, incluso una semana. Y en un convento vivo. Y allí están los nombres de todos los hermanos asignados a su calaveritas de azúcar – o de chocolate – que luego uno agradecidamente se la puede comer. ¿Comerse uno su calaverita hecha de azúcar o chocolate...? ¿No será demasiado macabro...? Parece que no; que es un acto muy inocente.
La religión católica en México va bajando, bajando, y del 82% ya pronostican los sociólogos que se reducirá al 67% en el año tal. ¿Se irán retirando los altares de muertos...? De ninguna manera, porque, si uno requiere información, tiene que remitirse, con eruditos artículos a las culturas prehispánicas que entre religión y mitos y tradiciones de familia veneraban a sus muertos. El trato con los muertos es, por una parte, entrañable, y por otra festivo, cómico... y con no pocas superstición. El día de Muertos se escriben muchas “calaveras”, versos de bromas y chistes que se dedican unos a otros, procurando no herir con la muerte – la Calaca – en medio. Los misioneros hicieron lo que pudieron, pero, por lo visto, no destruyeron los altares de muertos, que perviven hasta hoy con el crucifijito, con los santos, con las fotos de los difuntitos, con sus ofrendas de toda especie de alimentos, según los gustos del finados, y con la “flor de muertos” de nombre indígena, que es la “Cempaxochitl” (xochitl en Náhualt es flor).
Cempaxochitl

3. En momento serenos de reflexión, tratando de no molestar – pues, al fin. uno es adventicio de una cultura que no mamó en su infancia  - se lanzan preguntas que suenan hueco. ¿Cuál es la fe que yo recabo de todo esto? Un mexicano culto sería un insensato si tratara de destruir los altares de muertos. Pero la pregunta persiste: ¿Cuál es la fe subyacente?
Por de pronto, hay un dato primario que se impone. Que aunque se juegue con las calaveras la Muerte no es una Broma, porque todo este mundo, oscuro y cuestionable, está diciendo una cosa: que ciertamente la tierra no acaba acá. Con responsos o con ofrendas a los muertitos, con juegos, con dulces..., la vida es seria porque continúa allí.
Este dato infunde respeto, y bien pensado puede quitar el aliento.
La muerte no es un chiste, ni es un accidente para vivirlo dormido... y morirse sin saber que uno se muerte – sería una cruel estafa – la muerte relama un supremo respeto. Y tanto el morir como el nacer está grávido de misterios, que inquietan si no lanzamos la referencia absoluta a lo divino. Xavier Zubiri (1898-1983), máximo de nuestros metafísicos, se enfrenta a la muerte con graves problemas de la Filosofía. “Cuando murió Zubiri se planteó un problema en la confección de su esquela. Lo clásico era pedir una oración por el eterno descanso de su alma. Después de tanto luchar contra el dualismo, no tenía mucho sentido poner alma en su esquela mortuoria. Parecía un sarcasmo. Después de mucho pensar decidieron sustituir alma por persona. Pero la estructura expresiva ya estaba hecha, y sonaba un poco raro decir “por el eterno descanso de su persona”. Mejor habría sido decir simplemente “por su eterno descanso”; pero nos e cayó en la cuenta de ello” (Conversaciones sobre Xavier Zubiri PPC 2008, 226-227).

4. Morir y afrontar la eternidad es gracia. Pero algo absolutamente extraño nos acontece. En vida, no tenemos tiempo para morir como se debe: con el tiempo propio que hay que darle a la muerte.
La muerte viene como ladrón – no como hermana – a arrebatar los despojos de un hombre que ya no es dueño de todas sus facultades. Esto es cruel e inhumano, pero los culpables somos nosotros. Esto es muerte digna.
Un cristiano muere como cristiano apaciblemente preparado. Me pregunto: Los que mueren en los hospitales ¿cuántos mueren con los santos sacramentos?
Y cuando a uno le llaman (anteayer asistí a un moribundo, y de paso, aprovechando la presencia de un sacerdote, atendí a otro...) ¿qué puede hacer el sacerdote en una sala de seis enfermos ante un moribundo? Mucho, por cierto, porque, al fin, Dios está ahí. “Mire, pídale perdón al Señor de todo lo que le haya ofendido en la vida..., porque Dios es nuestro Padre y nos perdona todo. Déle un beso al crucifijo”. Y le acerco a los labios un hermoso crucifijo. Eso y alguna frase más es el 90% de mis confesiones en los hospitales...
¿Es la forma humana de morir? No por cierto... Pero, por lo visto, la mayor parte de los familiares lo prefieren así.
Tenemos que pedirle al Señor que, cuando llegue la hora, nos dé una muerte hermosa, cuidadosamente preparada y vivida como celebración.

5. Día de Difuntos, día de oración por nuestros queridos difuntos, tantas veces inseparables del curso de nuestra vida, difuntos que los llevamos en nuestra sangre. Yo (permítaseme), cuando murió mi madre, casi centenaria, hace tres años, le fui escribiendo sonetos y sonetos. Los titulé “sonetos celestiales”. Es que, amable lector, entre los hoy siete mil millones del planeta a solo había un ser humano, solo uno, que era “mi madre”
¿Qué pasará después de la muerte?
La muerte es la posibilidad del supremo acto de amor de nuestra vida, porque nos ponemos absolutamente en manos de Dios, sin quedarnos con nada.
Me adhiero de corazón a lo que escribía Benedicto XVI en su encíclica Spe salvi (Salvados en esperanza) sobre ese tránsito de la vida hacia la Vida.
“Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, « como a través del fuego » (1Co 3,12-15).  Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios” (Spe salvi, 46).

6. Conmemoración de los fieles Difuntos, día de íntima serenidad, de callado gozo esperando al victoria pascual de Cristo.
¡Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz perpetua! Amén.

Puebla, 1 noviembre 2011, noche

En mercaba.org se pueden ver los Sonetos celestiales a mi madre; y en la sección "Flos Sanctorum" diversos himnos para la Conemoración de los Fieles Difuntos.




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