jueves, 3 de noviembre de 2011

124. La primera catequesis sobre los difuntos

Reflexión sobre los Muertos y nuestra unión con ellos
desde la Primera Carta a los Tesalonicenses

1. El mundo está lleno de creencias sobre los muertos. Pero esto es tan antiguo como la historia humana que se conoce. Las tumbas de los muertos traen recuerdos de las creencias que en torno a ellos se ha alimentado.
Ayer, Día de Difuntos, fuimos a ver los altares de muertos de la población llamada Huaquechula, que en el extenso estado de Puebla (México). En Huaquechula se venera a los muertos como en ningún otro sitio de estado. Es algo religioso entrañablemente sentido por las familias, que en su gran mayoría son católicas. Las familias protestantes no tienen esta “devoción”. Para el turismo, como reza el cartel oficial, esta tradición es “Patrimonio cultural del estado de Puebla”.
Las familias que han tenido algún difunto durante el año hacen su “altar de muertos” en casa. Todos los visitantes están invitados a pasar. No me detengo a describir el gasto económico que esto requiere..., y que, sin duda, lo hacen con amor. Respetuosamente hemos entrado en cuatro o cinco casas de las que tenían altar de muertos, perdidos en la caravana de visitantes.
Esta veneración a los muertos, me ha evocado a mí la primera catequesis acerca de los muertos que encontramos en el Nuevo Testamento,
Uno barrunta que desde el principio del mundo los muertos han dejado una huella imborrable; que no se puede vivir sin los muertos; y que, en definitiva, un día también uno ha de ser “muerto”, y donde haya terminado su cuerpo mortal habrá de ser venerado respetuosamente por los deudos que creen en la inmortalidad, o que sospechan de alguna manera que la cosa no se acaba aquí.

2. Pero vengamos a san Pablo. En el primer escrito a sus comunidades (año 51), san Pablo se ha visto obligado a aclarar creencias sobre los muertos. Dice así hablando a los fieles de Tesalónica:
“Hermanos, no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, de igual modo Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto. Esto es lo que os decimos apoyados en la palabra del Señor: nosotros, los que quedemos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que hayan muerto; pues el mismo Señor, a la voz del arcángel y al son de la trompeta divina, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán en primer lugar; después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos entre nubes al encuentro del Señor, por los aires. Y así estaremos siempre con el Señor. Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras” (1Ts 4,13-18).
Ya se ve que san Pablo está manejando aquí dos grandes verdades: una que se refiere a Cristo en su fase final tras la muerte; otra que se refiere a los cristianos en la misma fase. Pero estas verdades, la segunda en concreto, la transmite en un escenario mítico. El lector comienza a interrogarse: ¿Es posible hablar del misterio de esta manera...? En realidad ¿qué dice y qué no dice san Pablo, y qué es lo que quiere decir en definitiva? ¿Es que se puede hablar de los muertos? Si existen los muertos y si hay una relación entre ellos y nosotros, algún lenguaje tendremos que utilizar.
Sin pasar a otras cuestiones básicas que pueden dividir a los científicos y a los pensadores de la fe: ¿Qué es el mundo como ámbito de la realidad? ¿Puede haber dos mundos? ¿Se puede hablar de los muertos, como si en ese estado desconocido se comportaran como nosotros?
Trataremos de orientar la interpretación, que no es un asunto baladí para nuestra fe
Vengamos ahora, comparativamente a un altar de muertos, de los innumerables que se ponen en México.
3. Huaquechula es un ejemplo privilegiado. Los matices, el grado de las creencias serán tan diferentes, y a veces muy difuminadas. Mas he aquí cómo una narradora, una cronista del acontecer diario, una periodista, nos cuenta lo que ocurre en un altar de muertos: 

“...Altares: fusión de lo prehispánico con lo religioso
El vocero de la Comuna señaló que los altares de Huaquechula son una fusión del arte prehispánico con lo religioso... En la actualidad los altares cuentan con tres niveles, el primero es denominado "El mundo terrenal", y aquí se coloca pan de muerto que representan el cuerpo humano del difunto bañado en su propia sangre, además de pan de agua o blanco que simboliza la pureza del alma. También están las hojaldras, mismas que significan el cráneo y la osamenta del difunto.
En el primer nivel, por lo general también se pone la comida o bebida que vienen a probar los difuntos. Para este caso se seleccionan los platillos o bebidas favoritos del fallecido, entre los que se pueden ver mole, tamales, hojaldras, dulces, frutas, chocolate o atole.
Un elemento indispensable es la cera, ya que a decir de los lugareños, sirve para iluminar el camino del difunto en la oscuridad, además del agua bendita que ayudará a mitigar la sed en el camino que recorra; el punto central del primer nivel es la fotografía del muerto, ya que sirve para identificar a quién se dedica la ofrenda, esta imagen es reflejada en un espejo para hacer un llamamiento al alma del difunto del inframundo al mundo de los vivos.
Por su parte, el espejo simboliza la entrada del inframundo a este mundo, mientras que el incienso y copal que acompañan el altar se traducen en las plegarias que se elevan al cielo, así mismo, no puede faltar la flor de temporada. Otros elementos significativos son figuras de llorones, que representan a los dolientes directos, es decir, los familiares, así como los ángeles que implican el acompañamiento a este mundo terrenal.
El segundo nivel representa la unión del cielo y de la tierra, de lo humano y lo divino, aquí suele colocarse la imagen del santo o virgen de la cual era devoto el muerto; para el último nivel se considera la colocación de un niño Dios si fue un menor el acaecido, pero si se trata de un adulto, se culmina con una cruz; de esta forma se representa el cielo o la máxima divinidad” (Mayra Hernández, en “El Sol de Puebla”, Internet).

4. Los altares de los muertos nada tienen que ver con el culto supersticiosos de “La Santa Muerte” (tristemente muy extendida en México), ni propiamente con la “Catrina”, que es el esqueleto de la muerte engalanado como elegante señorita con largos vestidos y fantasioso sombrero. Son formas de honrar la memoria del ser querido que ha fallecido y que está delante, mejor que en su fotografía directa, con su foto reflejada en un espejo, un feliz invento, que nos muestra al difunto o a la difunta con cierta perspectiva de profundidad y como morando en una esfera celestial.
¿Qué es realmente lo que se cree y lo que no se cree? Porque es evidente que el muerto que viene no se come el pan que le han puesto ni se bebe el agua o el refresco que le han preparado.
Al ver estas creencias populares, me ha parecido más hermoso y espléndido el texto paulino, en el cual también se hace recurso a la fantasía. Qué verdades nos quiere inculcar Pablo desde la sola perspectiva del mensaje cristiano?
La primera. La mirada del cristiano y del pagano son – y tienen que ser – diametralmente opuestas. Para el cristiano el futuro está lleno de esperanza, y, por lo tanto, de hermosura; para el no creyente el futuro no es futuro, porque no hay esperanza. El futuro será una fantasía, que, a lo mejor, hasta nos puede entretener, si sabemos dramatizarla y convertirla en espectáculo, implicando en ello nuestros sentimeintos.
La segunda. El futuro tras la muerte es ni más ni menos que Cristo, que se resumen en dos palabras soberanas: muerto y resucitado. Cristo tuvo futuro; yo voy a tener futuro. El futuro de Cristo  fue Dios, el Padre; el futuro del cristiano es el Padre, a través de Cristo. Pero aquí san Pablo ha introducido una palabra entrañable: Jesús. ¡Qué dulzura tiene aquí el nombre histórico del hijo de María, que es, igualmente, un nombre celestial! No es el “Hijo Jesús” (1,10); no es “el Señor Jesús” (2,15; 4,2); no es “Cristo Jesús” (2,14); es simplemente JESÚS, palabra tan dulce como “el Señor”, que se repite cautro veces en el mismo párroco.
La tercera. La realidad de Jesús, agarrada en dos palabras – muerto y resucitado – es la realidad integral del cristiano: muerto y resucitado. Esto es, Jesús y yo somos troquelados por la misma historia. Mi historia no termina en la muerte sino que queda coronada en la resurrección. Este es nuestro destino; este es nuestro futuro. Esto es la fe en sus puras esencias que Pablo expresa transversalmente en sus cartas, en cualquier momento. “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que ya vivamos, ya muramos, somos del Señor” (Rm 14,8).
La cuarta. ¿Cómo será ese encuentro, esa nueva realidad? Aquí entra el catequista, y por fuerza tiene que crear personajes, escenas, movimiento, tiempo... que están fuera de la revelación. ¿Cómo “creer” que seremos arrebatados por los aires...? ¿A qué parte del cosmos..., cuando el mundo que viene es mundo nuevo, y mientras yo vaya volando por los aires estamos en este mundo de acá...? Es el catequista el que está hablando con el lenguaje mítico de los apocalipsis. Se habla de la trompeta divina... ¿Qué cuerpo sopla en esa trompeta divina...?
Se trata de una representación que tiene un punto focal: el Señor vendrá. Este es el mensaje, y esto no es mito; es verdad, pero no es una verdad intramundana para la crónica de acá. Es la pura escatología.
En suma, la comunión con el mundo futuro, desde Cristo, por Cristo, a través de Cristo, para Cristo... esto es verdad, verdad transcendente, que queremos objetivarla, precisarla, personalizarla – lo cual es legítimo – con los peligros correspondientes.  
Nosotros desde esta ladera constituimos santos, concretamos al intervención de este santo en este enfermo, ponemos patronazgos de tal santo o santa para esta necesidad... ¿Quién nos dado este conocimiento?
El mundo que viene es absolutamente inefable, aunque nosotros, en nuestra fe sencilla, hagamos esas concreciones, que nos estimulan en el camino de la fe; pero la gloria de Dios supera todo.
Y entretanto... yo seguiré componiéndole poemas a mi madre (+ 2008), y cantando a los santos en particular, mas siempre remitiéndome a Aquel que supera todo mi conocimiento, y cuyo amor colma lo que ni la fantasía puede soñar.
¡A Él la gloria por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla de los Ángeles (México), 3 noviembre 2011. 

Véase los Himnos escritos por el autor en "Flos Sanctorum" (mercaba.or), a saber:

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