viernes, 4 de noviembre de 2011

125. ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!

Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo A

Mt 25,1-13


Hermanos:

1. Hay verdades en la vida que es mejor decirlas en poesía: se entienden mejor y penetran más suavemente en el alma. Este criterio estético vale para captar el sentido espiritual de la reflexión primera de hoy que nos llega de labios un poeta, pensador, filósofo, místico.
Estamos en Alejandría en el siglo primero antes de Jesucristo. Alejandría es famosa por su faro cara al Mediterráneo; y lo mismo de famosa por su biblioteca. La luz de la noche que orienta los barcos y la luz de la mente que dirige los espíritus tienen un claro parecido.
Aquel hombre espiritual, el pensador de Alejandría, nos habla de la Sabiduría. No se está refiriendo a la Sabiduría que se enseña en la Escuela de la ciudad. Se está va refiriendo a la Sabiduría que Dios depositó en las Sagradas Escrituras, la divina revelación que gratuitamente se dio al pueblo de la Alianza, y más concretamente a esa Sabiduría personal, íntima, directa que Dios va dando en secreto a cada uno. Es cierto que en cada uno de los buenos pensamientos que se labran el corazón, Dios está presente como Sabiduría.
En este pasaje y en otro texto del libro de los Proverbios, la Sabiduría aparece como personificada. La Sabiduría no es la diosa Sabiduría, pero es una representación de Dios mismo que llega personalmente al corazón de uno. La sabiduría es la Embajadora de Dios.
Incluso este hombre espiritual la ha imaginado como la esposa confidente en quien uno puede verter su corazón. Esta audacia para hablar de Dios con un lenguaje esponsal la han tenido los profetas y los sabios espirituales.
Dios es el amor soñado; pero nunca es el amor irreal.
Dios es la belleza a mi alcance.
Dios es la paz que todo lo apacigua cuando mi corazón zozobra en la tormenta de la vida.
Y el filósofo, que navega por los senderos infinitos del conocimiento, podrá decir: Dios es lo más íntimo de mi propia intimidad. La verdad es que ya lo dijo san Agustín: intimior intimo meo.
En la raíz del ser está Dios, Dios es la savia y el jugo de mi vida.

2. Jesús en su vida ha hablado desde esos efluvios del amor. Así cuando invita a sus discípulos y a todo el que quiera oír: “Venid a mí todos los que estás cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11,28).
Es la Sabiduría que nos está invitando. Su lenguaje no es el lenguaje seductor, sino la palabra soñada que a mí me dilataría el alma hasta lo infinito. Eso es lo que Jesús tiene; eso es lo que él ofrece.
Estamos usando un lenguaje tan singular, que parece que estamos en la mística. Así es: estamos en la mística. La realidad a determinado nivel, sin remedio es una realidad mística que nos transciende, pero que es nuestra.

3. La parábola de hoy, que mira al encuentro final  de la Iglesia con Cristo, es de este género de lenguaje. Las vírgenes que salen al encuentro del esposo que llega, es la comunidad creyente que va al abrazo final del Señor.
Quiero decir, hermanos, cómo la vida cristiana es una historia de dos encuentros: el encuentro inicial, y el encuentro final.
La vida empieza con un encuentro: eso es la fe. Y termina con un encuentro: eso es la muerte, el tránsito a la eternidad y un día la Parusía, cuando Cristo, de un modo que ignoramos, venga a recibirnos.
El primer encuentro es el punto de partida. Uno es cristiano cuando ha encontrado a Jesús, Y encontrar a Jesús es lo mismo que enamorarse de él. Esto lo repetimos mucho en la predicación, porque es el lenguaje que se está utilizando desde la conferencia de los Obispos en Aparecida, Brasil (2007).
Y ya antes lo dijo muy expresivamente Benedicto XVI en su primera encíclica (Navidad 2005), al principio de la misma: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (n. 1).
Repitámoslo, pues, una vez más: la vida empieza con un encuentro. Y creer no es aceptar mentalmente, humillando la cabeza, un cúmulo de verdades que nos transcienden, sino haberse encontrado vitalmente con una persona, con Jesús de Nazaret.

4. Pero ahora digamos, en correspondencia, que la vida se corona con un encuentro: el encuentro con Cristo que nos invita a celebrar con él banquete pascual. Esto será la muerte.
Y nos ocurre decir estas cosas justamente en este mes de difuntos, cuando estamos recordando a nuestros queridos difuntos, a tantos que fueron compañeros de camino en el rumbo misterioso hacia la eternidad.
San Pablo nos lo ha dicho, y al eco de sentimientos que nos trajo el ver los “altares de muertos”, meditábamos sobre lo que fue “La primera catequesis sobre los muertos”, en la primera carta de san Pablo a los Tesalonicenses (véase en este sitio la intervención precedente, que lleva por título “La primera catequesis sobre los difuntos”, n. 124).
San Pablo nos habla de “la venida del Señor”. Y ¡con qué íntima fruición nos dice: Y así estaremos siempre con el Señor! Luego concluye: Consolaos, pues, mutuamente con estas palabras.

5. Hay muchísimas personas que viven su muerte con ese gozo embriagador de lo más grande que se espera. Dios les ha concedido la gracia de ver disipado todo temor ante el misterio, de por sí tremendo, del más allá, y están viviendo ese momento como los últimos momentos del reloj antes de la boda. Se trata de una gracia superior que Dios concede. Estas personas dicen: “Toda la vida la he dedicado al Señor; he tratado de servirle; ahora... ¿le voy a tener miedo? Yo salgo con mi lámpara encendida al encuentro del Señor. Yo voy con el corazón exultante de alegría, porque nada más bello me puede ocurrir”.

6. Pero en la parábola vemos un grupo que no pueden ir a la fiesta de bodas a cantar al esposo y gozarse con él. Hay vírgenes prudentes, y hay vírgenes necias. Las necias son las que no se encuentran preparadas a la hora de la llegada. La puerta se ha cerrado y no pueden entrar. Llama, pero no pueden entrar. Y hay un diálogo brevísimo y fatal:
"Señor, señor, ábrenos."
Pero él respondió:
"En verdad os digo que no os conozco.
Jesús está hablando a sus contemporáneos, y su voz resuena en toda la Iglesia, porque el mismo aviso nos lo dirige a nosotros. Ese final es realmente trágico, y no es propiamente lo que acontece en una boda.
El Señor nos está invitando a considerar la vida como la oportunidad. La oportunidad de Dios se da a todos, absolutamente a todos. Pero yo puedo ser necio, y verme excluido porque, en el fondo, no me ha interesado.

7. La sentencia conclusiva del Señor es esta: Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.
Esta ¿es acaso una amenaza para el espanto? La vida cristiana no puede basarse sobre la conciencia del espanto. La vida cristiana no puede alimentarse de la psicología el miedo. Por el contrario, el suelo sustentante de nuestra fe debe ser la serenidad, de donde brota la confianza.
Firmes en esta serenidad hemos de afrontar el futuro, mirando a Dios, y alimentando nuestro espíritu de convicciones que han atravesado mi ser, que son éstas:
- El Dueño de mi vida es Dios.
- El Dueño del tiempo que se me concede es Dios.
- El Dueño del conocimiento sobre lo que va a venir es Dios.
- El Dueño de mi futuro es Dios.
- Por todo ello, mi salida, amplia y gozosa, es esta. Dios mío, me pongo en tus manos. Lo que haya de ser sea según tu voluntad, ni un minuto antes ni un minuto después. Dame el espíritu nuevo, que es el espíritu de una gozosa esperanza.
De aquí brota una oración a Jesucristo:
Señor, mi muerte sea tu triunfo;
tu venida sea mi tiempo,
tu venida mi eterna primavera
con la lámpara nupcial en mis manos. Amén.

Puebla, viernes, 4 noviembre 2011.


Con la lámpara encendida
Cántico de Comunión

Estribillo
Con la lámpara encendida,
con la fe viva y  preciosa
Iglesia, su amante esposa,
espérale en su venida.

Estrofas
1. Diez las vírgenes amigas,
y de ellas cinco prudentes,
con las lámparas a punto
y bien provistas de aceite;
resuena la algarabía
del bello esposo que viene:
¡Salid al divino encuentro
venid a cantar y verle!

2. Salid al final encuentro
el día de los laureles,
por la gran puerta del triunfo
que abre la hermana Muerte,
y lanzaos a sus brazos
heridas de amor en fiebre,
ya la espera se ha acabado
y el tiempo se desvanece.

3. Jesús de mis largos días,
ahora ya todo tan breve,
estás todo verdadero
para cantarte cual eres,
Jesús, amado del Padre,
pasión de todos los seres,
ya para siempre mi Pascua,
mi banquete para siempre.

4. Fundidos el tú y el yo,
en un abrazo celeste,
Jesús de la creación,
que en ti todo se contiene,
Jesús, eco de mi voz,
luz de mis amaneceres,
a la hora de la tarde
serás mi premio con creces.

5. Yo anhelo contigo estar
y a ti te pido que alejes,
los temores del pecado
que tu fulgor ensombrecen.
Jesús de amor derramado,
cuando en el mundo anochece,
como a esposo yo te espero.
Jesús, mi flor y banquete. Amén.

Puebla, 4 noviembre 2011.

1 comentarios:

Capclares dijo...

Lindo el comentario y poesía, querido P. Rufino. Dios lo bendiga

Publicar un comentario en la entrada

 
;