domingo, 6 de noviembre de 2011

126. La virginidad de la Iglesia es la fe


Meditación sobre el Evangelio del Domingo XXXII, ciclo A
Mateo 25,1-13


1. La parábola de las Diez vírgenes era la parábola del domingo pasado (domingo XXXII del ciclo A). Y nuestra homilía estuvo orientada con ese grito en la noche, que se escucha en la parábola: ¡Que llega el esposo, salid a su encuentro! En esta reflexión meditativa queremos concentrarnos en una palabra que da el tono espiritual a la escena: “virgen”. Y entre las vírgenes, ponemos nuestra mirada en las cinco prudentes. Las necias, al ser calificadas así, han roto su virginidad. No estamos hablando de conceptos sexuales, sino de la virginidad del alma, que es la fe viva.
La versión latina de la Vulgata durante tantos siglos ha leído erróneamente el comienzo de la parábola, de esta forma: “El reino de los cielos será semejante a diez vírgenes, que, tomando sus lámparas, salieron al encuentro del esposo y de la esposa (exierunt obviam sponso et sponsae)”. Críticamente no es así; sino que la lectura correcta, como lo aceptan hoy las ediciones del Nuevo Testamento y la Nova Vulgata, es la siguiente: salieron al encuentro del esposo. Uno se pregunta: Y la novia ¿dónde está?
La respuesta es patente: En esta boda que Jesús representa no hay novia. Extraña boda. Pero ¡claro que la hay! La esposa es la Iglesia, y la Iglesia está representada por esas vírgenes prudentes.
Ya veis, hermanos, cómo la omisión o la presencia de una palabra no es inocente; el da un giro distinto al significado de la parábola.

2. Detengámonos ahora en la palabra “virgen”. “Diez doncellas” dice la versión de la liturgia en España; “diez jóvenes” dice la versión mexicana. Dejemos la palabra tal como está: diez vírgenes, con todas las resonancias que esta palabra provoca. Cinco eran prudentes y cinco eran necias. No digamos que cinco eran previsoras y cinco descuidadas. Dejemos los términos como están: prudentes y necias. Toda la literatura sapiencial habla de estos personajes antitéticos: el sabio y el necio.
Ya tenemos, pues, los elementos clave para interpretar esta parábola:
- Cristo esposo de su Iglesia que viene para el banquete nupcial.
- Las vírgenes prudentes que salen a recibirle.
- Las necias que, al momento de la llegada no están, y como no están, cuando llaman y quieren entrar, son excluidas. Las vírgenes necias, al ser necias, han perdido su virginidad, han violado su fidelidad al esposo; quedan fuera de este matrimonio que el Dios del cielo ha preparado para su Hijo.

3. Para adentrarnos más en el sentido íntimo de lo que Jesús nos quiere comunicar, hemos de saber que Jesús que ha hablado, usando el lenguaje de los profetas, de esta “generación adúltera”. Adúltero, adúltera es el que dejando a su propia mujer o marido, se va con otra o con otro. Ese es el adulterio carnal, pero hay un adulterio espiritual. “Esta generación perversa y adúltera exige una señal” (Mt 12,39). Y en otra ocasión: “Quien se averguence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles” (Mc 8,38).
Esa generación adúltera es la que ha dado las espaldas a Dios. Se están avergonzando del Hijo del hombre, que es el amor de Dios enviado al mundo.

4. San Juan nos ha presentado en el Apocalipsis una visión celestial, Ha visto a 144.000 señalados (12.000 por cada una de las doce tribus de Israel), una representación mística de una gran totalidad, que cantan el cántico nuevo delante del trono. “Estos son los que no se contaminaron con mujeres, porque son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que vaya. Estos fueron rescatados como primicias de los hombres para Dios y para el Cordero. En su boca no se halló mentira: son intachables” (Ap 14,4-5).
La visión celestial nos aproxima al significado de la parábola de Jesús.

5. ¿Quiénes son y qué representan estas vírgenes prudentes? Representan a la Iglesia que está preparada para el Señor. ¿Y las lámparas encendidas? Esas lámparas son las lámparas de la fe. Al bautizar a un niño se entrega una lámpara encendida que se ha prendido del Cirio pascual, y se dice: “A ustedes, padres y padrinos, se les confía el cuidado de esta luz, a fin de que estos niños que han sido iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz y, perseverando en la fe, puedan salir al encuentro del Señor, con todos los santos, cuando venga al final de los tiempos”.
Somos todos invitados todos los cristianos a tener durante toda la vida la lámpara de la fe viva y resplandeciente.
Estamos recalcando esta verdad: que la virginidad es la fe. El Concilio nos ha explicado cómo María es madre y virgen (Lumen gentium, 63); y de modo correlativo la Iglesia es madre y virgen. “Y es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera” (Lumen gentium, 64).
Todo los cristianos estamos llamados a esta virginidad de nuestra. La fe del bautismo tiene que convertirse en fidelidad. Ahora hablamos de modo indiferente de casados y célibes. Ocurre que tantos cristianos, por una voz interna del Espíritu Santo, son llamados a consagrar su vida a perpetuidad en estado de célibe, ofreciendo a Cristo esposo el matrimonio al que legítimamente podía haber optado.
Pero llega el caso en que una joven se acerca al sacerdote: Yo quisiera consagrarme así al Señor, pero no soy digna, porque tuve novio y tuve relaciones sexuales con él.
El sacerdote debe aclarar: Ni tú ni nadie es digno. Se trata de una llamada, no de un premio. Cristo Jesús, que deshace todo el pecado, está deseo de recrear en ti un corazón nuevo, a cimentar tu fe en humildad, para que esa fe llegue a ser de una fidelidad total. En el nombre del Señor, adelante.
Pero el caso es sin comparación más grave. Yo he conocido el mayor pecado, porque he abortado.
También aquí sale al encuentro el Señor. No vamos a dar un consejo fácil, como si nada hubiera pasado. La Iglesia ha declarado: “El aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (Gaudium et spes, 51). No hay que disimular la palabra: el aborto es un crimen, y un “crimen abominable”. Si así ocurriera, hay que sanear el corazón desde la raíz, hasta encontrar no solo la paz del perdón, sino la paz psicológica, que recrea mi persona desde el fondo. La madre que así ha procedido piense que su hijo no se ha perdido en el vacío, sino que vive en Dios; y piense que su hijo intercede por ella ante Dios; que, mientras exista la misericordia de Dios, cabe una regeneración desde las últimas raíces del ser. No es cosa de una confesión y punto. Seguramente que Dios está pidiendo un largo tiempo penitencial para encontrar esa última paz que él quiere regalar. Pero aun en estas condiciones cabe optar, en contra de todo lo que se pudiera pensar, por una consagración en un vida nueva, sobre la base de que Dios todo lo ha perdonado y restaurado, e iniciar un nuevo camino de “virginidad en la fe”. La fe íntegra, sin fisura, la fe por pura gracia, transformada en fidelidad es la virginidad de la Iglesia, incluso para quienes perdieron, con gravísimo pecado, la virginidad personal por el pecado carnal.

6. Las vírgenes fieles van al encuentro del Señor; van al banquete de las bodas eternas. “Ánimo, nos llaman a bodas”, así escribía un anciano capuchino, P. Bernabé de Larraul, a un hermano en religión, dándole aliento para aceptar la enfermedad y la previsible muerte (Rufino María Grández, Historia de un pobrecillo, 1990, p. 169).
¡Qué hermoso prepararnos para el día de nuestro encuentro de esta manera!: ¡Nos llaman a bodas!
Sí, hermanos: ¡Nos llaman a bodas...! ¡Nos llaman a bodas...!
Y Cristo es el esposo. Y yo, con el corazón de la Iglesia, soy la esposa.
¿Faltará mucho tiempo?, ¿faltará poco?
¡Velad!, añade Jesús.
Señor Jesús, aquí estoy yo con mi lámpara encendida. Que mi rostro brille con esa luz, que es reflejo de la luz de tu rostro.
Que allí por donde transite en esta vida, quienes me vean puedan sospechar: ¡Va de bodas!
Amén.

Puebla, domingo 6 noviembre 2011.

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