martes, 8 de noviembre de 2011

127. Adoración: recta vía

Reflexiones sobre la adoración permanente
al Santísimo Sacramento en una Parroquia

Pensamientos y rectificaciones

1. Adoración perpetua al Santísimo Sacramento en una Parroquia: sin duda, una lluvia celestial. Personas entusiasmadas la pueden poner, con cierta facilidad, en marcha. 24 horas tiene el día, y 168 la semana. Hace falta movilizar a unas 200 personas, incluso menos, para cerrar un ciclo semanal, que ininterrumpidamente se iría repitiendo. Y esto, en una parroquia de 40.000, 50.000, 60.000... almas, es factible
¡Ya está en marcha la Adoración perpetua! ¡Ya tenemos la Custodia día y noche en vela en nuestra parroquia! Es hermoso, quién lo va a dudar. Al mismo tiempo es frágil: las dificultades y las soluciones irán apareciendo por sí solas, y por sí solas se irán resolviendo, mientras la llama que prendió la Adoración permanezca encendida.
Al retorno de un mes de rodillas dobladas se imponen la reflexión, serena y clarificadora. Quizás haya “rectificaciones” que hacer, es decir, por toma un símil de la mecánica, ajustes de piezas y válvulas para que la dirección en todo tiempo se mantenga correcta y exacta. He aquí, pues, unos pensamientos contrastados y compartidos.

Primera rectificación: La Adoración no es un “ejercicio de piedad”

Sorpresa: ¿cómo que la Adoración no es un acto de piedad?
No, es más que un acto de piedad.
La Adoración no es una oferta más que las múltiples que ofrece una parroquia animada, donde caben tantos grupos e iniciativas. Que no falte tampoco esta posibilidad para las personas pías.
La Adoración no podemos meterla en esta órbita. La Adoración es el destello, la irradiación, la prolongación... de la celebración eucarística. Por tanto, me arriesgo a decir:
- Si en una Parroquia no se celebrara a diario la Eucaristía, que es el ritmo de la vida, ¿tendría sentido la adoración perpetua?
- Si un adorador no tuviera ese impulso interior de la Misa diaria como ideal de vida, preguntémonos: ¿Tendría sentido la práctica de la adoración?
Quede muy claro el principio: que la adoración arranca de la Eucaristía y culmina en la Eucaristía.
Me pregunto también, dando acogida a ideas mensajeras que acaso vengan del Espíritu, Si una parroquia se propone la adoración perpetua, ¿no necesitaría igualmente un rito de relevo de guardia, que reafirme el principio de que la Adoración brota de la Eucaristía y retorna a la Eucaristía?
No es un acto devocional; es otra cosa.

Segunda rectificación: En una parroquia así, la adoración  no es una oportunidad; es el pálpito y el centro.
El centro espiritual de una parroquia es la solemne celebración eucarística del domingo. Hacia eso, hacia ese encuentro divino con el Resucitado, debe converger todo: las actividades catequéticas, formativas, juveniles..., en suma todas “las pastorales”.
Si se acepta el principio de la Misa diaria, cosa muy deseable, el centro diario de la parroquia sigue siendo la Eucaristía, aunque fuera muy poquito concurrida, menos que la algarabía de los grupos.
Y si esto se entiende así, en la misma órbita está la adoración, reverbero de la celebración de la Eucaristía.

Tercera rectificación: La Adoración no es “mi adoración”, sino la adoración de toda la parroquia (aun de los que no vienen), la adoración de toda la Iglesia

La Adoración no es la posibilidad de la Visita personal a Jesús Sacramentado (cosa en sí muy bella). ¡Ah!, ojalá que nuestras iglesias, como antaño, pudieran estar abiertas todo el día... La Adoración, como la celebración eucarística, es la celebración festiva de la Iglesia santa de Dios..., aunque estuviéramos nada más que dos o tres.
La Eucaristía, suma de la vida de Jesús al partir de este mundo al Padre, nació así, y siempre ha de ser así. La Adoración lo mismo: abraza  a la iglesia entera y acoge el anhelo de todo el universo.

Y, escribiendo estas cosas, me he acordado de unas notas que años atrás (2005) proponía a unas hermanas capuchinas “sacramentarias”, que tienen como parte de su carisma la adoración noche y día. Helas aquí.

Guía de adoración

La adoración, como proyección del misterio pascual de la Eucaristía, tiene dentro de sí los mismos momentos o modalidades que la celebración de la Eucaristía, y en particular que la Plegaria Eucarística.
La Eucaristía, entendida como el momento culminante de la Historia de salvación que se concede a la Iglesia, provoca en nuestros corazones determinadas actitudes. Yo entraré en adoración como hija de Dios y miembro de la Iglesia, consciente de que Dios está haciendo con sus hijos una historia de salvación que, con otras palabras, es historia de amor, y esta hora ante el Santísimo es historia de salvación de la Iglesia. Es hora de acogida y amor; hora para recibir el amor que Dios me ofrece.

1.    En la Eucaristía, lo primero es la pureza del corazón. Sólo desde la pureza brota el anhelo. Y yo, al entrar en adoración, presento mi anhelo desde este corazón que Dios me ha dado.
2.    En la Eucaristía, uno escucha. Es la liturgia de la Palabra. Y aquí, en adoración, uno escucha. Acaso el Evangelio del día sea hoy mi mejor soporte para la escucha de Dios. Escuchar a Dios largamente, con una escucha amorosa, que se hace escucha contemplativa. Son mis oídos los que escuchan; son mis ojos... Mi ser entero entra en esa “acogida”, que es la escucha. Al escuchar yo, puedo sentir, sin vana imaginación, que en mí escucha la Iglesia, y escucha la humanidad, como familia de hijos de Dios. Yo y la Iglesia somos uno; yo y el mundo somos uno. Pues escuchar apoyando mi cabeza, como Juan, sobre el pecho del Señor.
3.    En la Eucaristía a la escucha sigue la respuesta. La respuesta es el diálogo, que es lo más personal e intransferible que uno lleva consigo. Si yo digo a Dios: “¡Dios mío, te amo!”, que lo puedo decir en silencio o a gritos, si alguien me escuchara, no escucharía lo que he dicho. Las mismas palabras, dichas por él o dichas por mí, significan algo “propio” y distinto. “¡Dios mío, te amo!” es la palabra total de mi vida; es la respuesta a todas las lecturas de la Biblia. “¡Dios mío te amo!”: te estoy diciendo que tú eres el que me amas. Te estoy diciendo todo mi secreto.
4.    En la Eucaristía, en el centro de la Eucaristía, está la Plegaria Eucarística que es Plegaria de alabanza, de acción de gracias y ofrenda. Plegaria que escucha el Padre, al ver en ella el amor y la ofrenda de su Hijo, y que nos la devuelve como comunión en el cuerpo y la sangre de Cristo, después que el Padre mismo ha comulgado a su Hijo. La adoración es la pura ofrenda del Hijo. Si yo adoro es porque el Hijo adora. Si yo alabo y doy gracias, es porque el Hijo alaba y da gracias. Estamos en lo más puro de nuestra adoración, de esta hora ante el Santísimo. No es ningún despropósito ir repasando y meditando en mis adoraciones las diversas Plegarias Eucarísticas; son una fuente riquísima de oración.
5.    La Eucaristía es “petición” e “intercesión”: petición por mí (y otros); intercesión por los demás. Ante Jesús Sacramentado yo derramo mi corazón para pedir e interceder.
6.    La Eucaristía se celebra en comunión con la Iglesia celeste: con la Virgen María, siempre mencionada en la Plegaria eucarística, con los apóstoles, los mártires y todos los santos... Yo puedo en mi adoración evocar en mi vivencia a mis hermanos que ya han alcanzado a Jesucristo.

Oración ante Jesús en la Adoración

Con este fondo espiritual brota en el corazón esta oración que puede servir de ayuda, cuando uno entra en la Adoración, Escuela de Contemplación.

Creo - Te adoro – Te pido – Me ofrezco

I

Creo en tu presencia viva,

memorial de amor


Señor Jesucristo
Dios de Dios, Hijo amado del Padre,
Ungido por el Espíritu de Dios,
heme aquí ante tu divina presencia
en el Sacramento de tu misterio Pascual
que es la vida de tu Iglesia
hasta tu vuelta.

Creo en ti,
profeso la fe que un día me fue infundida
en las aguas bautismales.
Me acerco a ti y te contemplo
no mirándote como un prisionero invisible
hecho sustancia en el Pan Consagrado.
Reconozco en ti la presencia viva y vitalizadora
de Dios Santo y Omnipotente
en el misterio de la Trinidad
y en toda la Historia de la salvación.
Te contemplo como la historia desplegada de Dios,
y en ti leo la verdad de las santas Escritura:
desde los orígenes hasta Abraham,
desde Abraham hasta David,
desde David hasta José,
esposo de María.
Te contemplo como a Dios Creador y Providente,
como al Hijo encarnado
nacido de las entrañas de la Virgen María.

Veo presentes y actualizados
todos los misterios de tu vida entre nosotros,
porque aquí eres el Evangelio viviente;
tus palabras y tus acciones aquí se concentran
y desde aquí irradia tu vida:
Belén y Nazaret,
los caminos de Galilea y el Tabor,
tus encuentros de misericordia,
tu victoria sobre el maligno,
tu poder salvífico a honra del Padre,
la cruz del Calvario,
la Roca radiante de la Resurrección
todo lo veo y lo encuentro aquí.

Señor Jesucristo,
tú eres la presencia de Dios que invade el mundo,
tú eres la salvación que el Padre nos regala,
tú eres la fuerza de la historia presente
y la verdad y única esperanza del mundo.
En nuestra peregrinación terrena
tú eres la esperanza que no falla,
la garantía de la vida eterna.

Que la fe que un día me diste
como signo de tu amor
guíe todos los pasos de mi vida,
y todo cuanto creo y espero
lo vea en la Eucaristía,
lo reciba sacramentalmente de la Eucaristía.

II

Te adoro


Señor Jesucristo,
Señor mío y Dios mío:
Te adoro,
Te alabo,
Te bendigo,
Te doy gracias.
Y con toda la Iglesia exulto de alegría
al proferir esta alabanza.
Contigo me llego hasta el corazón del Padre.
Que la gloria de Dios se haga santidad en mi corazón;
que su Voluntad impere suavemente en el mundo;
que su Reino llegue a nosotros.

III

Te pido


Mira, Señor, desde este Sacramento de amor,
a tu Iglesia, esparcida por toda la tierra.
Mira a toda la familia humana
que, herida por el pecado,
          busca la reconciliación y la paz;
mira a México doliente, agobiado de tanto dolor;
mira a mi familia de carne y sangre
que tú quieres bendecir con tu amor infinito.
Mira, Jesús, con ternura
lo que tú ves y yo no veo.
Mira...

IV

Me ofrezco


Señor Jesús,
tú te has entregado del todo a mí
en la Encarnación y en la Eucaristía;
por eso yo veo
que la única medida del amor es el todo.
Heme aquí con mi vida entera;
quede toda en tus manos:
mi pasado, mi presente, mi futuro
con una confianza sin fi.
Recibe mi amor:
que mi amor jamás sea infiel a tu amor.
¡Heme aquí sin reservas:
hágase en mí según tu voluntad!
Amén. 
Hay un libro litúrgico que debemos conocer, que es el Ritual de la Sagrada Comunión y del Culto a la Eucaristía fuera de la Misa (publicado en 1973, traducido en 1974).

Puebla, 8 noviembre 2011,
Bto. Juan Duns Scoto, 1266 – 8 nov. 1308.
Sea la Eucaristía suave luz del sacerdocio

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