jueves, 10 de noviembre de 2011

128. La Hora de Jesús y mi triunfo final

 Domingo XXXIII del ciclo A
Mt 25,13-24

Hermanos:
1. La parábola de los talentos pertenece a ese grupo de parábolas finales de Jesús que están situadas en el Evangelio dentro de la Semana Santa, después de la entrada mesiánica en Jerusalén.
Esta circunstancia es importante, porque leídas las parábolas desde esta cumbre, puede cambiar bastante el acento de su significado. Estas parábolas, ante todo, hablan del destino de Jesús. En el lenguaje velado de la escena – sea una parábola, sea una alegoría – hay un protagonista, y éste es Jesús. Jesús nos advierte, nos habla de nuestros compromisos y responsabilidades, de lo que ha de ser el encuentro final, en el cual nos jugamos todo, pero, al mismo tiempo, nos habla de sí, del triunfador.
Es una pregunta que nadie la puede sacudir de su propia conciencia: ¿Qué ha de ser de mí? ¿Dónde termina mi vida? ¿Es triunfo,..., es fracaso? ¿Me resigno o canto ya victoria? Jesús, que se ha consagrado a una obra mundial y eterna, se ha preguntado: Todo esto ¿adónde va a parar?
Esta parábola tiene un personaje misterioso: el señor que va de viaje y luego vuelve. Este es justamente él. Su final es un viaje con decisión de retorno. La vida humana es un viaje pero sin retorno; es una peregrinación hacia un sitio donde no hay regreso.
Jesús ha introducido una novedad que está fuera de la cultura de los pueblos: me voy, pero volveré, mas no para reencarnarme, sino para tomaros a vosotros. En la Cena han quedado recogidos estos pensamientos en una conversación familiar: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros” (Jn 14,18). Incluso Jesús hablará de varios modos de la venida.
En todo caso, y es el punto que nos interesa destacar, dejando a un lado otros matices, Jesús ha visto y ha manifestado que su vida va ser coronada por el triunfo que Dios le otorga.

2. Desde este plano, que es el horizonte final, podemos pasar a la encomienda que Jesús hace hasta su vuelta. Él deja sus bienes en manos de sus siervos. Sus siervos figurativamente somos nosotros. Jesús se mete en el mundo del negocio y de la banca. Habla de cantidades gigantescas, que no podemos calibrar exactamente con el valor de nuestra moneda actual. Por hacer una comparación, que seguramente se queda corta, en vez de poner cinco talentos, dos talentos, un talento – que es la moneda que Jesús tiene en su fantasía – podemos convertirla en millones de dólares. Con cinco millones de dólares se podrá hacer algo; pero también con un millón de dólares, aunque sea cinco veces menos.

3. Jesús nos va a explicar que no es tanto la cantidad de cinco, dos o uno, lo que moviliza a la acción o deja a uno bloqueado para arriesgarse y emprender, sino algo diferente, que es lo que se refleja en la excusa del tercer comisionado.
Dice el texto: “Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.
Este hombre ha quedado paralizado por el miedo. Y el miedo le ha venido no de la suma que se le ha confiado, sino del carácter de su señor. Este siervo hace el retrato psicológico de su señor, y resulta que le tiene miedo. El miedo nos paraliza, nos agarrota.
No es un hombre emprendedor y arriesgado como los otros. Si en la vida uno no se lanza, se queda donde está. El dueño no le ha reprendido propiamente que no se haya arriesgado, sino que no haya hecho lo mínimo que podía haber hecho, sin haberse arriesgado a nada.
Las palabras condenatorias del amo son estas: “Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Conque sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo?  Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con intereses”. La condena es total; no tiene excusa.
Y como estamos en un contexto escatológico, lleno de simbolismo, la parábola concluye con el rechinar de dientes. “Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Estamos ante el juicio de Cristo sobre la historia, en el día de la vuelta del Señor.
Y ahora tenemos que vernos retratados nosotros dentro de la parábola, pero no en la condena del siervo miedoso e inútil, holgazán, sino en la felicitación de los siervos trabajadores que han sabido sacar el cien por cien del producto de su vida, de los bienes que se les han confiado.

4. Esta parábola, por tanto, nos abre al misterio den la Hora final de Jesús, al misterio del triunfo de mi vida, al tiempo que despierta todas nuestras fuerzas para trabajar por el Reino con plena responsabilidad. Mi vida ha de rendir cuanto sean las fuerzas que Dios me dé. En la causa de Jesús, no hay jubilación, no existe la retirada. Hasta el último suspiro por él todo el empeño del amor.
Pero hay un punto en el cual quisiéramos detenernos con especial deleite. El siervo inútil y haragán se ha visto así, porque ha hecho una caricatura de su amo: un amo duro, insoportable, exigente, que quiere segar dónde no ha sembrado.
El viejo refrán español dice: Dime con quién andas y te diré quién eres. Esto, poniéndolo en otras alturas teológicas, se puede verter así: dime quién es tu Dios, y te diré quién eres tú.
Y si un cristiano me respondiera: “Mi Dios es Jesús”, “mi Dios es el mismo Hijo del Padre, que ha muerto por mí, que ha resucitado, que vive en el Padre, que me está ayudando en todo momento”, yo podría atajarle: me basta, no me digas más. Al contarme quién es tu Dios, me estás contando tu vida. Porque si ese es el Dios real y verdadero en el que tú crees, me estás contando el proyecto de tu vida. Yo no te puedo ver un holgazán, si de verdad tú crees que tu Dios ha dado su vida por ti.

5. Prestemos atención, hermanos, a la bendición principal del Antiguo Testamento, la bendición aaronítica, transmitida en el libro de los Números (6,22-27): “El Señor te bendiga y te guarde”. Analicemos los tres miembros dobles de esta bendición; en dos de ellos se habla del rostro de Dios. En uno se dice: “ilumine su rostro sobre ti”; en otro se dice: “te muestre su rostro”.
¿Qué y cómo es el rostro de una persona y cómo es el rostro de Dios”. El rostro de una persona es la emanación de todo su ser. Dios puede iluminar su rostro; si lo ilumina, amanece el cielo. ¿Cabe mayor bendición que sentir el rostro de Dios, que se ilumina para mirarme? Ese es mi Dios.
La bendición de Israel es para toda la comunidad; sin embargo, no se dice: Que el Señor “os” bendiga, sino: Que el Señor “te bendiga”. Dios tiene un “tú” para mí, que es intransferible. Dios puede iluminar su rostro sobre mí.
O dicho de otra manera: Dios me puede mostrar no su foto, sino su propio rostro. Como es bien sabido, en el Antiguo Testamento se pensaba que nadie puede ver a Dios y seguir viviendo. Pues... no, podemos ver a Dios, gozarnos del rostro de Dios, y seguir viviendo.
¿Quién es mi Dios?, me pregunto. Y al punto me respondo: Pues ese, ese es mi Dios, el mismo Dios que se me ha revelado en Jesucristo.
Pues si ese es mi Dios, he aquí que se movilizan alma, vida y corazón para hacer la tarea de Dios en mi vida, la que Dios, mi Padre me ha encomendado.

En suma, hermanos: esta parábola escatológica nos habla de la Hora triunfal de Jesús, y del triunfo de mi vida con él y para él.
Amén.
Puebla, jueves 10 noviembre 2011.

¡Felicidades! ¡Muy bien!

Cántico de comunión sobre el Evangelio de hoy



Estribillo

¡Felicidades! ¡Muy bien

porque supiste cumplir!;

pasa ahora a compartir

mi gozo, tuyo también.



Estrofas

1. Dios Padre me ha regalado

del caudal de sus talentos,

que quiere vernos a todos

obreros de su Universo.

A cada quien como él quiso,

que no hubo merecimientos,

por amor, por puro amor,

que amor son sus pensamientos.



2. Y Dios estaba en mis manos,

y en mi pecho muy adentro,

cual brisa en el corazón

mientras sudaba mi cuerpo.

Cinco talentos me diste:

otros cinco te devuelvo;

o quisiste fueran dos:

otros dos son los que entrego.



3. ¡Y qué suave es el trabajo,

si nos mira el Padre bueno,

si lo tengo junto a mí,

cuando en su Hijo lo siento!

Mi fuerza se multiplica,

y con Jesús todo puedo,

y él ha de ser el milagro,

vivido en un gran proyecto.



4. Creo en el Dios del amor,

y por él creo en mi esfuerzo;

creo en su gracia divina,

que del mundo es el progreso;

confieso su humanidad

en Jesús, mundano Verbo,

creo en el rostro de Dios,

belleza del mundo entero.



5. Y creo en la Eucaristía,

la suma de los misterios;

Jesús de mi intimidad,

llave de mil secretos.

El amor es mi tarea,

y yo seré tu instrumento;

y cuando exhausto me acabe

tú serás mi solo premio. Amén.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;