domingo, 13 de noviembre de 2011

130. El Cantar Divino 1/10 – A su sombra apetecida

A  su  sombra  apetecida  estoy  sentada


Para empezar la lectura divina
del Cantar de los cantares.

Hay en la Sagrada Escritura un libro pequeño de amor divino que los Hebreos llaman Sir hassirim (léase Schir Hashshirim), El Cantar de los cantares, el más hermoso cantar. ¿Cuál puede ser el cantar más precioso si no es un cantar de amor de Dios?

Este divino libro de amor empieza, atrevido, diciendo: "¡Que me bese con los besos de su boca!"  ¿Qué arrebatada mujer es ésta, que así se ha desatado para decir todo desde el principio?  "Déjame ver, por favor, tu Gloria"  Y Yahvéh contestó a Moisés: "... mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo" (Ex 33, 18‑20).

Besar ¡y morir! Todo terminaría al empezar este cántico. Sería el tránsito al Padre; sería el éxtasis; sería la Gloria del Padre, la que se ha dado al Hijo y la que nos envolverá a nosotros. Pero, no; el Cantar es de este  valle, es para nosotros, publicanos, y pecadores limpiados. "Ya no estoy en este mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti" (Jn 17, 11). Cántico de peregrinación, cántico para escanciar el gozo puro en el corazón mientras se hace la marcha, fijos los ojos en Jesús (Hb 12,2), clavada la mirada en su rostro glorioso (2 Co 3, 18).
Este beso es de esta tierra, es para nosotros, pecadores. El icono santo del Niño que aprieta sus labios contra los labios de la Madre de Dios, Theótocos, nos dice cuál era ese beso purísimo. Es el encuentro del Verbo de Dios con la criatura, con María, la Virgen pura, que lleva en sus labios el brillo de la gracia. Ese beso entre labios ‑ el Hijo de Dios y la Inmaculada ‑ no lo pintó la Escritura, pero la fe de los cristianos de Oriente, tan severos, tan recatados y ungidos de adoración, ¿dónde lo aprendió, si no fue en la misma Escritura?
Así comienza el Cantar, con un beso. Recuerda nuestra fe los besos que Dios ha puesto en nuestros labios y rostros humanos: el de Jacob a Isaac (Gn 27,27), el de Jacob a Raquel (Gn 29,11), el de José a sus hermanos (Gn 45,15), el de Aarón a Moisés (Ex 4,27, el de Moisés a Jetró (Ex 18,7), el de Noemí a sus nueras (Rt 1,9), el de Ragüel a Tobías (Tb 7,6) y el de Asuero a la reina Ester: "Y tomando el rey el cetro de oro, lo puso sobre el cuello de Ester y la besó diciendo: " Háblame" (Est 5,2).  Besos y abrazos que arrancan del más puro cariño humano: "David... cayendo sobre su rostro en tierra, se postró tres veces. Se abrazaron los dos lloraron copiosamente. Dijo Jonatán a David: Vete en paz, ya que hemos jurado en nombre de Yahvéh: 'Que Yahvéh esté entre tú y yo, entre mi descendencia y la tuya para siempre' " (1Sm 20,42). Y en el Nuevo Testamento ¿cómo no recordar aquellos besos cristianos que caen sobre Pablo? "Dicho esto se puso de rodillas y oró con todos ellos. Rompieron entonces todos a llorar y arrojándose al cuello de Pablo, le besaban" (Hch 20, 36‑37).

Empieza diciendo, enamorada, la mujer del Cantar de los cantares: "¡Que me bese con los besos de su boca!" Esos besos, de alma a alma, de boca a boca, tan ardorosos, que transmiten "el perfume de tu aliento como el de manzanas" (7,9), no se nos han presentados tan directos y entregados en ningún sitio como en el Cantar:
"¡Ay, tu boca es un vino generoso
que fluye acariciando
y me moja los labios y los dientes!" (7,10)
(Versión de Schökel, que anota: El texto hebreo es dudoso, pero la referencia a los besos es bastante clara).
Todos esos besos, vengan de donde vengan, tienen una última referencia; y no es posible salir de esta mística si queremos coger el alma del Cantar; y esta referencia es: el Beso de Dios. El beso entre el Padre y el Hijo es el Espíritu. Así lo ha dicho la tradición.

Este beso sustancial, que es una persona, la Persona del Beso, explica todo. Se entiende el beso de adorante, respetuoso, íntimo de la Iglesia a su Señor, significado ya en los besos, con perfume y lágrimas, de la pecadora: "no ha dejado de besarme los pies" (Lc 7,45), y en el abrazo al Resucitado de María Magdalena (Jn 20,17) y de las mujeres (Mt 28,9).
También la liturgia primitiva tomó con respeto un signo cordial y delicado, en armonía con la cortesía del tiempo, el beso, que puesto en la comunidad litúrgica tiene un nombre cristiano: "el beso santo" (Rm 16,16;  1 Co 16,20;  2 Co 13,12;  1 Pe 5,14;  1 Ts 5,26).

* * *

Pero volvamos otra vez al principio, al Cantar más precioso, Sir hassirim.
Y en la calma del corazón, alejado todo prejuicio que daña, preguntémonos en silencio: ¿Qué es este libro? ¿Quién lo envía?  ¿Para qué?
Porque hay que poner en paz el alma ‑¡pureza! ‑ para alejar temores que aleja el amor: "no hay temor en el amor" (1 Jn 4,18). Es temor nuestro, ante todo, el que este escrito se nos presente como atrevido y crudo.
¡Deleitarse en el cuerpo de la mujer, suma de belleza, cuando la mujer, incluso esposa, debería recatarse con el velo y cubrirse el rostro (Gn 24,65)! Este gusto amoroso en el cuerpo grácil de la mujer ¿cómo se compagina con el resto austero de la Escritura?
Se compaginaría, sí, si el Cantar fuera el canto escatológico. Pues... eso es el Cantar, desde el momento en que Cristo, Hijo de Dios, ha venido a nosotros. La liturgia no sabe hacerlo de otra manera; y ésa admitimos como norma de interpretación: "El Cantar de los Cantares, en el que se prefigura la unión de Dios y el hombre en Cristo: 'Dios Padre se desposó con Dios su Hijo en el instante en que lo unió a la naturaleza humana en el seno de la Virgen, en el momento en que Dios, antes de todos los siglos, determinó que se hiciese hombre al final de los tiempos' (S.Gregorio Magno)" (Ordenación de la Liturgia de las Horas, 148).
Por eso la liturgia lo lee durante el tiempo de Navidad en el Oficio de lectura, año II, según este orden:

29  diciembre 1,1‑8
30  diciembre 1,9‑2,7
31  diciembre 2,8‑3,5
 2   enero 4,1‑5,1
 3   enero 5,2‑6,1
 4   enero 6,2‑7,10
 5   enero  7,11‑8,7

En la celebración litúrgica se lee el 21 de diciembre (opcionalmente): 2,8‑14; en la memoria de santa María Magdalena (también opcionalmente): 3,1‑4a; y como posible primera lectura de las misas de las vírgenes (8,6‑7).

Si pasamos a este terreno místico de interpretación, viendo en el Cantar, con la Iglesia, la alianza de Dios Padre con  Dios Hijo, entonces, ¿qué vamos a decir nosotros del Cantar? Precisamente yo..., imposible.
Sí, está bien aprender la palabra del Silencio como Palabra de adoración, como Palabra de esperanza y promesa, porque "el Sabio guarda silencio hasta su hora" (Sir 20,7). Todas nuestras palabras retienen, en el fondo, un silencio hasta su hora. Cuando nos encontremos con Jesucristo será otra cosa. Pero ahora con dolor callamos, o porque no sabemos, o porque no podemos, o porque nos da pudor, ya que dicen que en ciertos asuntos el pudor es no decir nunca lo que se está pensando siempre.  Me parece que ese es el pudor de Dios.
Se puede hablar del Cantar exactamente igual como se puede hablar de otro libro de la Escritura. ¿Quién se atrevería, si no, a hablar de san Juan? Se puede hablar del Cantar, como se puede hablar de la gracia, de la filiación, de la vida eterna.

Se puede hablar del Cantar sin eludir ni imaginar experiencias íntimas, tan engañosas. El juicio cercenante de san Juan de la Cruz es inflexible: "porque ni la alta comunicación ni presencia sensible es cierto testimonio de su graciosa presencia, ni la sequedad y carencia de todo eso en el alma lo es de su ausencia en ella" (Cántico, canc.1,3).

Se puede hablar desde la fe de la Iglesia, apoyados en la armonía y coherencia de toda la Escritura, y diciendo con mucha sencillez pensamientos de Dios en un libro que por su propio estilo, alusivo y simbólico, queda abierto, como una parábola, a la respuesta de cada individuo. ¡Es extraño! Un libro de amor divino, donde no se nombra a Yahvéh más que a lo último, para decir nada menos que el amor son dardos de fuego: "Saetas de fuego, sus saetas, una llama de  Yahvéh" (8,6). Es extraño, pero no..., porque el amor es alusivo. (Lo saben los poetas. Una figura eminente en la historia universal de la poesía amorosa canta: ¡Qué alegría más alta: / vivir en los pronombres!... Te quiero puro, libre, / irreductible: tú. Pedro Salinas, La voz a ti debida 1933).

¿Qué es este libro, y quién lo envía? Este libro es un canto de amor, y lo envía Cristo Resucitado, el que de amor nació y murió de amor.

***
Especular de amor no es amor, sino especular. Lo que significa que la revelación y el mensaje del Cantar es el tono, la vibración, el contagio. Como es un libro de amor, el amor es su mensaje.
Y el amor se da y se recibe amando. Por eso, para entrar en el Cantar, limpieza de corazón y amor. Entrar amando, no de otra manera.
Acaso esta fibra finísima de un corazón humano ‑ no importaría saber que es de Tagore, de la India orante ‑ pueda decir algo de lo que es ese tono de amor, que no es ningún silogismo.
Valga,  pues:

‑ Ten piedad de mí, reina mía.
‑ Pero, ¿cómo vienes ahora, di, cuando ya todos se han ido?
‑ Por eso; porque mi hora es la última de todas: Y vengo a preguntarte qué te queda de mandar a tu último esclavo.
‑ Y... ¿qué quieres que te diga tan tarde, di?
‑ Pues... hazme jardinero de tu jardín.
‑ ¡Jardinero de mi jardín...! ¿Te has vuelto loco?
‑ No... Dejaré todo lo demás. Tiraré espadas y lanzas. ¡ Y no me mandes a cortes lejanas, ni me pidas nuevas conquistas! ¡Yo no quiero ser más que jardinero de tu jardín!
‑ ¿Y qué vas a hacer, di?
‑ Te serviré en tus días ociosos. Tendré fresca la hierba del sendero por dónde vas cada mañana, y mis flores, ansiosas de morir bajo tus pies, te los colmarán de bendiciones. Te meceré en un columpio que haré para ti entre las ramas del saptaparme, y la luna del anochecer se estremecerá al besar el vuelo de tu falda entre las hojas. Renovaré el aceite perfumado de la lámpara de tu alcoba. Adornaré maravillosamente tu escabel con pinturas de azafrán y sándalo...
‑ ¿Y qué querrás por recompensa?
‑ Que me dejes tener entre mis manos los capullos de loto de tus puñitos y enlazar tus muñecas con cadenas de flores; que me dejes pintar las plantas de tus pies con sangre de  ashoca y quitar con mis besos el polvillo que cojan al azar...
‑... Bueno; desde hoy eres jardinero de mi jardín.

Si el amor habla, ¿cómo hablará el amor? Es así el lenguaje del amor, Y el Cantar hay que interpretarlo con amor: "su pendón que enarbola sobre sí es Amor" (2,4).

Amando es el gerundio de la vida.
Consuela mucho, para interpretar el Cantar, saber que la Escritura es imperfectísima, es impotente. La Escritura, por su propia naturaleza apunta a una Palabra indecible, el lenguaje narrativo, candoroso unas veces, ingenuo otras, de una manera; el lenguaje poético profético de otra; de forma distinta el lenguaje sapiencial; pero especial entre todas las maneras el lenguaje del Cantar. Y todas las palabras, con este estilo o el otro, apuntan al Amor, al Verbo de Dios. Toda la Escritura, imperfectísima, no es más que un principio, pero el único cierto en una especia de plenitud condensada, un principio, decimos, para que sepamos que en la patria lo tendremos todo, porque allí está Jesús en la gloria del Padre. "Padre, quiero que donde yo esté estén también conmigo los que tú me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo" (Jn 17,24).

Para interpretar el Cantar, abriéndonos hacia esa Palabra del Verbo junto al Padre, todo consiste en estar,  "estar sentada". Y la actitud es la de María de Betania: "sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra" (Lc 10,40). El Cantar más hermoso lo dice así:

“A su sombra apetecida estoy sentada" (2,3)

Interpretar el Cantar es escuchar. Con Juan diríamos que es aplicar el oído junto al alma de Cristo (Jn 13,25).
En la fe, y para los escogidos, el alma de Cristo está abierta, y en esa alma está escrito el Cantar.

Y si un parentesco universal en el amor nos une a todos, valga de nuevo, como una parábola, como un vientecillo conocido, la brisa suave de los que han cantado el amor:

El alma tenías
tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles...
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
‑ soñaba altos muros
guardándote el alma ‑
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dónde empezaba?
¿Acababa, en dónde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma

(Pedro Salinas, Presagios 1923).

Para leer el Cantar, leer amando, en oración, en pureza de corazón, en silencio...
Leerlo en el Verbo de Dios, salido de la boca del Padre. Leerlo como los hijos de la Iglesia.

"¡Oh queridos, embriagaos!" (5,1).

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