domingo, 13 de noviembre de 2011

131. El Cantar divino 2/10 – Eucaristía

Eucaristía

Lo más dulce que guarda la fe es el Sacramento de la Eucaristía. Allí se dirigen los fieles para entablar conversaciones con Cristo, viviendo la vida escondida con Cristo en Dios (Col 3,3): "no hay cosa más suave que ésta, nada más eficaz para recorrer el camino de la santidad" (Mysterium fidei). Siglos de adoración eucarística de la Iglesia proclaman de lo que allí se esconde que es suavidad, dulzura, pan suavísimo: "O quam suavis est, Domine, spiritus tuus, qui, ut dulcedinem tuam in filios demonstares, pane suavissin de caelo praestito, esurientes reples bonis, fastidiosos divites dimittens inanes".
Allí donde la Iglesia se realiza más en la pureza de su fe y de su unidad, allí la Eucaristía es más adorada. Por ello la Iglesia dice así a los religiosos: "Este deseo de orar y consagrarse a Dios por la unidad de la Iglesia lo deben considerar como particularmente suyo los religiosos, hombres y mujeres, ya que ellos se dedican de modo especial a la adoración del Santísimo Sacramento, haciéndole como corona aquí en la tierra en virtud de los votos que han hecho" (Mysterium fidei).

¿De dónde sacó la Iglesia la adoración al Santísimo, cuando a una teología impía le parece superficial, de dónde el coloquio, el deleite, la suavidad hacia el Santísimo Sacramento? Si no lo sacó de la fe de la Escritura, en ninguna parte lo pudo encontrar.
Hay que remitirse a la Escritura, que es la palabra pura y meditarla en el Espíritu. Al aspirar la fragancia del Cantar, al gustar su coloquio y suavidad, por un toque del Espíritu se nos da a conocer: El Cantar de los cantares es un anuncio de la Eucaristía; su deleite es el sabor de la Eucaristía. No estamos fuera de la fe ‑ ¡todo lo contrario! ‑ cuando en el éxtasis del Espíritu interpretamos eucarísticamente este Cantar de amor.


Cantar: universo y Eucaristía

1. Cristo es el punto Omega de la historia (Teilhard de Chardin).  Cristo como hoy existe, glorificado. Hasta él ha ascendido el mundo, escalando nuevas esferas. El es la unidad esencial y convergente de todas las criaturas. Lo mismo que es el Sí de la historia, es decir, el Sí de las promesas (2Co1,20), lo mismo es el Sí de la materia y la vida, el Sí del universo. El, que es el Lucero radiante del alba (Ap 22,16), es la luz indeficiente de la tarde, es el Amor de todos los corazones, es el Hombre‑Dios, es el Amén. "Así habla el Amén" (Ap 3,14).

2. Es mañana y es tarde. Mañana, engendrado antes de la aurora (Sal 109); Tarde, porque "su reino no tendrá fin" (Lc 1,33). Cada Día del Génesis es un Evangelio de Cristo: "pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero" (Gn 1,5). Allí estaba él, Creador, en el principio (Jn 1,1), el mismo que hoy sustenta invisiblemente a la Iglesia.

3. Para leer el Cantar, hay que perderse en el universo, muy bueno (Gn 1,31), y embriagarse de esas sensaciones deleitosas que dejan todas una huella hacia lo trascendente. Nada termina en sí, sino que más lejos de todo se hace en el uno ‑ Cristo ‑ la unidad de lo múltiple.
Hay que ver a la gacela saltarina o al joven cervatillo brincando por los montes (2,8‑9), a una yegua fina y briosa, pura fibra (acaso una yegua blanca), que tira de la carroza (1,9).

4. Palomas... "Palomas son tus ojos a través de tu velo" (4,1). Palomas...; y el que ve la hermosura y el alma piensa en lo de detrás, que también el Espíritu es Paloma. Y no por unas asociaciones caprichosas, sino por otra cosa indecible: por la unidad revelada de todas las cosas, por la fuerza de gravedad de los corazones, que es el Espíritu Santo.

5. Rebaños de cabras, rebaños de ovejas... El sol y la luna, cumbres de las montañas... "Tu cabeza sobre ti, como el Carmelo" (7,6). Estanques, vides, granados, mandrágoras, azucenas... Perfumes, macizos de perfumes... "¿Qué es eso que sube del desierto, / cual columna de humo / sahumado de mirra y de incienso, / de todo polvo de aromas exóticos?" (3,6). Perfumes para aspirar y embriagarse, nardo y fragancia, bolsita de mirra...

6. Un huerto, oreado por el viento y exhalando sus aromas. "¡Entre mi amado en su huerto...! ...¡Oh queridos, embriagaos!" (4,16‑5,1). "Nardo y azafrán, caña aromática y canela, con todos los árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores bálsamos" (4,14). ¿Dónde existió jamás este huerto, que el Esposo dice que es su huerto. "Huerto eres cerrado, hermana mía, esposa, huerto cerrado, fuente sellada" (4,12). Un huerto así, que jamás se vio en la tierra, con esos aromas y ese pozo de aguas vivas sólo lo pudo plantar el Espíritu Santo.

7. Y perlas..., collares de perlas; oro, oro puro, marfil, zafiros, alabastro; perlas, como será la Jerusalén de Jesucristo (Ap 21)... Y la torre de marfil, y la torre del Líbano, y la torre de David, trofeos y escudos, arneses de valientes (4,4). Porque este amor de  lirios, amor que hace languidecer, amor para celebrarlo en el monte de la mirra, y en la colina del incienso (donde está el Templo de Jerusalén), es fuerte como la muerte, duro como el poder del abismo (8,6); este amor es de fuego, "llama de Yahvéh".

8. La clave es ésta: toda la hermosura de la creación, diríamos de cielos y tierra, la ve en esposo de la esposa, radiante con la gloria de Dios (Ap 22,11); y toda la hermosura del universo la contempla igualmente la esposa en el cuerpo del Amado. Y esa es la verdad en el Espíritu: la Amada es el universo, el Amado es el universo. ¿Qué hay en la creación que no esté en Cristo? Eso es la clave. ¿Qué hermosura o qué riqueza, qué inteligencia, qué poder o qué fuerza? Si no lo recibió de Cristo, nunca existió.

9. Padre, "todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío" (Jn 17,10). Toda la hermosura del Padre la tiene el Hijo, y ahora el Hijo se la ha dado a la esposa (Ef 5,27) resplandeciente. Por eso es resplandeciente y el universo entero reposa en ella, porque es la efigie de Cristo.

10. Como la creación ha salido de las manos de Dios, toda la creación en manos del Señor cambia sus propiedades a beneficio de los hijos amados:

“Los elementos cambiaron entre si sus propiedades
como cambian de ritmo los sonidos de un salterio...
Seres terrestres se tornaban acuáticos
y los que nadan pasaban a caminar sobre la tierra.
Por el contrario las llamas no consumían
las carnes endebles de los animales que sobre ellas caminaban,
ni fundían aquel alimento divino,
parecido a la escarcha, tan fácil, de disolverse” (Sa 19,18‑21).

11. Toda la creación apunta al Uno, a Dios, que es el Poderoso presente detrás de todas las cosas. En él, en su Hijo amado se hace la unidad. Hay un detrás de todas las cosas, punto Omega de revelación, Dios con su poder salvador lo ha establecido en la Eucaristía, donde está Cristo glorioso, y donde se nos da el signo del tránsito del mundo y de la historia hacia el Padre. Al arrodillarnos ante el Sacramento, en Cristo tocamos todo lo que hemos visto en el cuerpo de la esposa, suma de hermosura, todo lo que hemos contemplado en el cuerpo del Amado, síntesis de la creación; tocamos el corazón del universo, la meta de la historia. En la Eucaristía Cristo, el Primogénito de los muertos, la célula primera del mundo nuevo, atrae hacia sí a todo el universo. La Eucaristía es tránsito hacia los cielos nuevos y la tierra nueva, asumiendo toda la hermosura cantada al honor del esposo y de la esposa. En la Eucaristía se lee el Cantar anunciándose la pronta saciedad de los deseos mutuos del esposo y de la esposa, porque en la Eucaristía Jesucristo es el que vive.

12. La Eucaristía tiene una dimensión contemplativa esencial a su propio misterio, sin ceder en nada a sus dimensiones comunitarias de asamblea de la familia de Dios y cena de los discípulos de Jesucristo. La Eucaristía guarda un secreto de contemplación pura. "El alma se me salió a su huída" (5,6). Como es contemplación de "el mundo que viene" (Hb 2,5), abierto, por el Verbo, hasta el seno de la Trinidad, la Eucaristía que condensa toda realidad visible e invisible en Cristo resucitado, es vuelo: "¡Oh, ven, Amado mío, salgamos al campo!... Allí te entregaré el don de mis amores" (7,12‑13).

13. Todo se mueve en el Cantar; el corazón de la esposa es una  flecha, finísima, que cortante hiende el viento: "Yo soy para mi Amado, y hacia él tiende mi deseo" (7,11). Todo se mueve. La danza de la esposa nos resulta un símbolo: "Vuelve, vuelve, Sulamita, / vuelve, vuelve, que te miremos!... ¡Qué lindos son tus pies en las sandalias, / hija de príncipes!" (7,1.2) Todo se mueve, porque a una velocidad divina las cosas van más allí. Precisamente en ese "más allí" está el Resucitado de la Eucaristía. Allí está el movimiento de la soberana quietud; el universo ‑ cosas y hombres e historia y deseos ‑ todo se ha concentrado. "Mi Amado ha bajado a su huerto" (6,2): ¡La Encarnación!, ese es el movimiento de Dios salvando espacios infinitos, el movimiento que es puro y quieto en Cristo Resucitado presente en la Eucaristía.


El  Templo

14. Lo mejor del mundo es Jerusalén, y en Jerusalén el Monte Sión, y en el Monte Sión el Templo. "Su Monte Santo, una altura hermosa, / Alegría de toda la tierra: / el monte Sión, vértice del cielo, / ciudad del gran rey. / Entre sus palacios, Dios / descuella como un alcázar" (Sal 47). El Templo "orgullo de vuestra fuerza, encanto de vuestros ojos, pasión de vuestras almas" (Ez 24,21). En esta alianza de amor, la mujer amada, Israel, la Iglesia santa, sabe que su Amado es el Templo de Dios.

15. Por eso canta describiendo a su Amado con la ornamentación del Templo:

Mi Amado es fúlgido y rubio,
distinguido entre diez mil.
Su cabeza es oro, oro puro;
sus guedejas, racimos de palmera,
negras como el cuervo.
Sus ojos como palomas
junto a arroyos de agua,
bañándose en leche,
posadas junto a un estanque.
Sus mejillas, eras de balsameras,
macizos de perfumes.
Sus labios son lirios
que destilan mirra fluida.
Sus manos, aros de oro,
engastados de piedras de Tarsis.
Su vientre de pulido marfil,
recubierto de zafiros.
Sus piernas, columnas de alabastro.
asentadas en bases de oro puro.
Su porte es como el Líbano,
esbelto cual los cedros.
Su paladar, dulcísimo,
y todo él, un encanto.

Así es mi Amado, así mi amigo,
hijas de Jerusalén (5,10‑16).

16. En el Nuevo Testamento se nos ha revelado que el Templo verdadero es el Cuerpo de Cristo: "él hablaba del santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que era eso lo que quería decir, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús" (2,21‑22). Era eso lo que quería decir el cantar, y nosotros, hoy, en el Espíritu, lo "recordamos" (Jn 14,26), y creemos en la Escritura.
El Cuerpo cantado es el Templo glorificado para alabanza del Padre, y ese Cuerpo humano y celeste adviene a nosotros mostrándose, en la fe, en la Eucaristía.

Todos  los  deleites

17. El Cantar es el libro de todos los deleites. Es el deleite de quién siente la vida diluirse en un éxtasis de amor; el alma se desvanece. "Yo os conjuro, hijas de Jerusalén, si encontráis a mi Amado, ¿qué le habéis de anunciar...? Que enferma estoy de amor" (5,8). "Confortadme..., reanimadme, que de amor estoy enferma"(2,5). Es el deleite de un banquete y el deleite de la bodega; pero de un banquete que llega hasta la embriaguez..., una pureza embriagadora. "¡Comed, amigos, bebed, / oh queridos, embriagaos!" (5,1).

18. La Eucaristía es el banquete anunciado en el Cantar, banquete con el Resucitado (Ap 3,20; Jn 21,12: "Jesús les dice: Venid a comer" (Mt 26,26), banquete del Reino en el que ya ahora se come la carne del Hijo del hombre, se bebe su sangre (Jn 6,53). Cristo mismo es el manjar:

19. Todos esos deleites de sabor espiritual nos hablan del maná. La casa de Israel lo comió hasta su entrada en la Tierra Prometida; "su sabor era parecido al de una torta de aceite" (Num 11,8), y según Ex 16,31, el sabor era de "torta de miel".  Era pan dado por Dios, venía de arriba; era regalo de Dios. Era "pan del cielo" (Sal 104, 40); era: "un trigo celeste", "pan de ángeles" (Sal 77,24‑25).

20. Si venía del cielo, si Dios en su ternura, ¿cómo no pensar que tenía el mismo sabor de Dios? La contemplación del pueblo santo así lo ha gustado:
A tu pueblo, por el contrario, le alimentaste con manjar de ángeles;
les envía este sin cesar desde el cielo un pan ya preparado
que podía brindar todas las delicias y satisfacer todos los gustos.
El sustento que les dabas revelaba tu dulzura con tus hijos
pues, adaptándose al deseo del que lo tomaba,
se transformaba en lo que cada uno quería. (Sab 16, 20‑21).

21. Era "alimento divino" (Sab 19,21, el griego original dice 'ambrosía', que es el manjar de los dioses). Es el alimento que comeremos en el cielo: "Al vencedor le daré maná escondido" (Ap 3,17).

22. Todas las delicias, todos los gustos es lo que encuentra la esposa en el Amado; es lo que encuentra el cristiano en Jesucristo, que se entrega en la Eucaristía para ser comido y saboreado. El sabor del cielo será comer a Cristo. La Iglesia exhorta cálidamente a sus hijos, por las entrañas de la misericordia de nuestro Dios, que se acerquen a comer este pan supersustancial (Mt 6,11), "y que éste sea para ellos verdaderamente vida del alma y perenne salud de la mente, de tal forma que 'fortalecidos con su vigor' (1 Re 19,8), puedan llegar desde esta pobre peregrinación a la patria celeste para comer allí, sin velos, el mismo 'pan de los ángeles' que ahora comen bajo los sagrados velos" (Conc. de Trento, SS. Eucaristía, 8).

23. Alguien emite sensaciones deliciosas para que los ojos, el paladar, los oídos, las membranas más íntimas de nuestro ser puedan impregnarse de esa fragancia divina, del sabor de ese fruto exquisito..., y ese Amado cantado, el de todas las delicias, es Jesucristo en la Eucaristía: "Mejores son que el vino tus amores, / exquisitos de aspirar tus perfumes, / tu nombre, un ungüento que se vierte, / por eso le aman las doncellas. / Llévame en pos de ti: ¡Corramos!..." (1,2‑4).

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