domingo, 13 de noviembre de 2011

132. El Cantar divino 3/10 - Virginidad

Virginidad

Cristo:
este cantar va para ti, Lucero, Pastor de azucenas. No lo guardo en el pecho, lo pronuncio ante la gran asamblea (Sal 39), y ¡goce el Señor con sus obras! (Sal 103).
Que el Rey Mesías, Pacífico, se digne escuchar sentado en el trono. Tu trono es un palanquín de madera del Líbano, fragante. Tiene columnas de plata, respaldo de oro, y es de púrpura el asiento. El interior lo han tapizado de amor las hijas de Jerusalén. Ciñes en las sienes la corona, y es el día del gozo de tu corazón (3,9ss).
Escucharás las entrañas de tu Amada, que se estremecen (5,4), como la cuerda sonora de una cítara; y recordarás tu oración en la Cruz: "mi descendencia le servirá" (Sal 21).
Acepta, Cristo bendito, la suave mirada de quien te mira; acepta la llamarada de la tarde (8,6); acepta el río de amor; abre tu pecho, que se llene de una exhalación sahumada de mirra y de incienso, de aromas (3,6);  toma la bolsita de mirra (1,13).

¡Qué hermoso eres, Amado mío,
qué delicioso!
Puro verdor es nuestro lecho (1,16).

De esto te quiero hablar: de tu virginidad.
No hay otra más que la tuya.

***

El que es Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, nos ha llevado hasta la Luz, al claro manantial, "porque en ti está la fuente viva y tu luz nos hace ver la luz" (Sal 35).
Todo el mensaje anunciado, el que de él hemos oído, es esto: "Dios es Luz, en El no hay tiniebla alguna" (1 Jn 1,5). ¿Como un inmenso mar transparente, parecido al cristal? (Ap 4,6). Sí, como un océano sin riberas, pero de luz, de luz encendida, de luz viva, blanca más que la blancura, de luz radiante y suave, de luz dichosa. Es luz para anegarse, para estar en la luz con Dios, y el ser abierto al "Torrente de tus delicias" (Sal 35).

Tiene que ser Dios tan absolutamente simple y verdadero..., porque ¿qué hay en la Luz que no sea luz pura? Ahí no hay mezclas; nada ambiguo; no hay mentira; no existe la doblez; todo es sinceridad, fidelidad, gloria; todo es paz en la luz (Jn 3, 20‑21).

Dios es luz. A ti te lo digo Cristo glorioso, a ti, de quién orando, con música del corazón cantamos: "Contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal 33).
Dios es luz. Recibe, Jesucristo, el homenaje de las mejillas pudorosas de tu Iglesia, como cortes de granada, a través del velo (4,3). Tú las has iluminado con el brillo rojizo de tu sangre.

Dios es luz..., mientras sigo pensando: Lo transciende todo, porque la Luz son los colores ardiendo que no acaban de consumirse (Ex 3,2), como el Sol de donde  recibe hermosura la blanca luna.  Y esta luz de Dios es su propia vida, "la luz de la vida" (Jn 8,12), es su forma de vida. Es más clara que todas las claridades; por eso no hay claridad que la pueda coger. Aunque en esta tierra tuviéramos nuestra soñada forma perfectísima de vida, no podríamos coger la "luz inaccesible" (1 Tim 6,16). Es más divina. Y por ello, humildes y agradecidos confesamos que la vida verdadera ‑ Luz ‑ es más simple que todas las formas de vida.

La virginidad del Verbo es la Luz, toda limpia y clara, sin mezcla de tiniebla.
Y la virginidad de la criatura es la comunión en la luz; es caminar en la luz " como El mismo (el Padre) está en la luz" (1Jn 1,7); y entonces, sí, "estamos en comunión unos con otros".

¿Qué es la virginidad cristiana, sino ser uno con Cristo en su propia luz, que es la luz del Padre? "El que se une al Señor, se hace un sólo espíritu con él" (1 Co 6,17). La virginidad es el límite de la transfiguración en la luz del Padre, que eres tú, Cristo, Puro (1 Jn 3,3), Sol de justicia (Mal 3,20), el que brillas para nunca apagarte.

La virginidad, vida esencial del Verbo, es el todo de todo: es la simplicidad, es la verdad, es la caridad. Es la única vida, la que arderá cuando todo se haya consumido, porque es la sola vida de Dios, su vida identificada consigo mismo. El coro celeste será un coro virginal, cuando no existe la muerte, ni llanto, ni gritos ni fatiga (Ap 21,4), y no hay incrédulos (21,8); coro sin mancilla, porque la fe habrá vencido al mundo, "pues son vírgenes" (Ap 14,4).
A ti, Fúlgido, Sol que nace del oriente, engendrado antes de la aurora, te pedimos tus vestidos de gloria y virginidad, según tu promesa: "Ellos andarán conmigo vestidos de blanco, porque lo merecen. El vencedor será así revestido de blancas vestiduras" (Ap 3, 4‑5).

"Mi Amado es fúlgido y rubio" (5,10). Eres dorado como el resplandor del sol a mediodía. Tu Cabeza y tu hermoso Rostro son "de oro, oro puro" (5,11), porque eres la luz celestial del Padre, su virginidad engendrada. Entiendo por qué los cristianos hermanos de Oriente te pintaron en los sagrados iconos con aureola de oro, y por qué el fondo de oro de la tabla lo llamaban 'luz'.  Veían allí la 'luz de las luces' y el 'milagro de los milagros'. Luego lo veneraban; le tributaban la ofrenda del incienso y el luminario, como era ya antiguo uso" (VII concilio de Nicea, 787). Y en Concilio Ecuménico proclamaron: "La santa imagen de nuestro Señor Jesucristo debe ser venerada a semejanza del santo libro de los Evangelios... Lo que la Escritura nos dice con palabras, la imagen nos lo anuncia y nos lo hace presente con los colores. El que no venera ahora el icono de Cristo, no lo verá cuando vuelva para honrar a sus santos" (Conc. de Constantinopla, año 869, canon 3).

El que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él; pasa al "resplandor de su gloria" (Hb 1,3) gloria del Padre), a "la libertad de la gloria de los hijos de Dios" (Rm 8,21). Resplandece como Dios, y siente la misma corriente de vida divina.
Esa es, Cristo glorioso, tu virginidad celeste, y hacia ella llevas a toda tu Iglesia santa, consagrada para la luz.  Cuando viniste a la tierra, porque no te apartaste de la plena Luz del Padre, fuiste virgen.

***

Como los corazones puros, según tu promesa y tu gracia, pueden ver a Dios, y como los limpios (Jn 13,10) todo es limpio (Tt 1,15), ahora la gloriosa libertad de los hijos contemplaremos tu virginidad en la obra santa de la unión conyugal. ¿Quién sino tú nos iba a revelar que el matrimonio rezuma tu virginidad, que destila tu pureza como los racimos prensados dan su jugo generoso?

Tu estar junto al Padre en el  Beso inefable del Espíritu no imita la íntima relación amorosa de ningún matrimonio. A la inversa, ligados en santidad, quieren decir los matrimonios que tú has establecido que la mutua entrega conyugal es imitación y parte de la luz pura donde tú vives.

Cuando las vírgenes cristianas te escogen ya en la tierra por heredad y por el Único, no quieren mirar: no quieren compararte a un marido soñado, porque tú pasas a todos y no te dejas comparar. Sencillamente, quieren vivir contigo, Amor imponderable, hacerse un espíritu contigo; hablarte y tratarte sin secretos, de corazón a corazón; entrar ya en este valle de peregrinación en la hora plena que tú has comenzado.

Pero acudimos a mirarte en el matrimonio, porque allí se ha derramado tu virginidad, como perfume precioso; tu nombre penetrante se ha escanciado como "un ungüento que se vierte" (1,3). Esa efusión, esa fragancia, esa mirada..., eso que el pudor retiene en la palabra callada y adoradora, eso es tu virginidad luminosa.

A ti te hablaremos, con el Cantar, como se habla a un Esposo, porque  ¡eres Virgen!, y pastoreas entre lirios.

El amor ni se compra ni se vende: se regala desde el cielo, porque no tiene precio. "Si alguien diera todos los bienes de su casa por el amor, sólo lograría desprecio" (8,7). Vale más que todos los tesoros del mundo. Sólo tú lo puedes dar. "Casa y fortuna se heredan de los padres, mujer prudente viene de Yahvéh" (Pr 19,14). Una mujer de amor sólo desde el cielo, dada por Dios, puede venir.

A ti te apetece la mujer amada con fibra y ansia de su ser, deseando el amor que apacigua. "Yo soy para mi Amado, y hacia mí tiende su deseo" (7,11). El hombre esclavo, malherido por el pecado, tiende febrilmente a la mujer; se entrega, pero la quiere dominar: "Hacia  tu marido irá tu apetencia, y él te dominará" (Gen 3,16). En cambio en esta alianza de amor el mutuo deseo es mutua fruición; en la saciedad del amor los dos descansan, tú y tu esposa virgen: una sola alianza de paz y amor, con un solo amor que nace, purísimo, del Padre.
¡Qué bello es el amor contemplado y gustado en el deleite recíproco de los dos enamorados, tú y ella, tu Iglesia consagrada, yo mismo!

Tu le hablas y descubres la hermosura de tu virginidad cuando dices: ¡Tu vientre, trigo y azucenas! (7,3). ¡Qué respeto, qué castidad, qué fragancia! Tú que vienes del amor del Padre puedes acercarte a la intimidad donde sólo el don amoroso tiene acceso y contemplarle: "dos crías mellizas de gacela, que pacen entre lirios" (4,5). Tú entre lirios, porque tu Amada es narciso de Sarón, lirio de los valles (2,1).

¿Qué será Dios en su amor, cuando la suavidad del amor esponsal tanto dice? Te has encarnado en perfume, atavíos, amor, besos y abrazos de esposos para que entendamos cuánto y qué finamente nos ha amado Dios. Te has puesto en el corazón de una mujer, porque "junto a ella el amor se inflama como fuego" (Pro 9,8), viene de tu virginidad. Los ojos puros han de ver que incluso en el pecado carnal ‑ amor corrompido ‑ hay, por contraste, un destello de la fascinante virginidad del Verbo Encarnado.

¡Qué hermosura poder abrirse a la vida por verla, con la presencia transfiguradora de Cristo ‑ tuya, oh Hermosura de Dios ‑ como un Cantar de cantares! Ese bullir de la sangre, sedienta de amor, es, en el fondo, inquietud de virginidad.
Sí, Señor, te decimos con Simón cuando te fuiste aquella madrugada: "Todos te buscan" Mc 1,37). Tanta inmundicia, tantas heridas purulentas, tantos labios salobres... ¿no los podrás ver como una confesión de tu virginidad? Recuerda tu amor, y verás que "Todos te buscan".

La Amada se acerca a ti y quiere besarte y abrazarte, tenerte para siempre, a ti que te escondes. Cuantas son las pulsaciones de su pecho, tantos quisiera que fueran sus besos. No le comprenden y la tienen por loca y despreciada. "¡Ah, si fueras tú un hermano mío, / amamantado a los pechos de mi madre! / ¡Te podría besar al encontrarte afuera, / sin que me despreciaran. / Te llevaría, te introduciría / en la casa de mi madre, y tú me enseñarías. / Te daría a beber vino aromático, / el mosto de mis granados" (8,1‑2).

La Amada quiere abrazarte, y sueña en una alianza de amor que sea todo: "Su izquierda está bajo mi cabeza y su diestra me abraza" (2,6; 8,3). Este éxtasis de amor es Cristo amadísimo, el tránsito; es tu paso al Padre, tu santa Pasión y Resurrección. Tú nos abres a la Trinidad; tú nos das la delicia de Dios; tú nos abres al Regazo.

Y ahí se ha quedado la mujer, quieta para siempre, ebria de un vino que es amor (1,2.4;  2,4; 4,10;  5,1;  7,10;  8,12). En la Cena aprendimos que este vino, mientras no lo bebamos de nuevo en el Reino, es la Eucaristía. La Eucaristía es el abrazo.

Insaciable la mujer fugitiva, que busca el amor por la noche y pregunta a los centinelas: "¿Habéis visto al Amado de mi alma?" (3,3).
Pero tu delirio, oh Cristo, Hijo de Dios  vivo, es infinitamente más cuando la codicias como el bien de los bienes, alucinado por su hermosura. Tú quieres subir a tu palmera y dices, sabiendo quién eres tú, fuera de la norma del buen decir de los humanos:

¡ Qué bella eres, qué encantadora,
oh amor, oh delicias!
Tu talle se parece a la palmera,
tus pechos, a los racimos.
Me dije: Subiré a la palmera,
recogeré sus frutos. (7,7‑9)

Te habías enamorado. La gracia deífica de la Amada era tu santa virginidad.
Te habías enamorado..., y alzado en la Cruz y en la gloria del Padre, tu corazón batiente ‑ no tus palabras ‑ habla:

¡ Toda hermosa eres, amada mía,
no hay tacha en ti!

Me robaste el corazón,
hermana mía, esposa,
me robaste el corazón
con una mirada tuya,
con una perla de tu collar.

¡Qué hermosos tus amores,
hermana mía, esposa!
¡Qué sabrosos tus amores!
¡más que el vino!
Y la fragancia de tus perfumes,
más que todos los bálsamos!
Miel virgen destilan
tus labios, esposa.
Hay miel y leche
debajo de tu lengua;
y la fragancia de tus vestidos
como la fragancia del Líbano. (4,7ss).

***

Acepta, Cristo glorificado, este homenaje cantado con tu voz, y si la vida ‑ que está en tus dedos ‑ asciende a la cumbre nevada, prepárame tú el Canto de virginidad de los ancianos:

Florece el justo como la palmera,
crece como un cedro del Líbano.
Plantados en la Casa de Yahvéh,
dan flores en los atrios de nuestro Dios.
Todavía en la vejez tienen fruto,
se mantienen frescos y lozanos,
para anunciar lo recto que es Yahvéh:
mi Roca, no hay falsedad en él.  (Sal 91).

Y al final, otra vez sin palabras, porque sólo tú eres la Palabra. Seas, pues, el amor y la esperanza...

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