domingo, 13 de noviembre de 2011

133. El Cantar divino 4/10 – Elogio de las vírgenes: Sabiduría

Elogio de las vírgenes: Sabiduría

Virgen hermana:
Cerca de las fiesta de santa Inés dedicamos a Cristo Jesús con sincero corazón, con acentos expansivos de júbilo y fiesta, un canto a la virginidad. Como un canto nupcial, como un canto de Pascua, "como en la noche en que se celebra fiesta, con alegría de corazón, como el que al son de la flauta va a entrar en el monte de Yahvéh, hacia la Peña de Israel, con adufes y arpas, y con danzas" (Is 30, 29.31b)... Pensé concluir con eso el tema virginal del Cantar; pero ¡inútil!: "los que me beben sienten todavía sed" (Sir 24,21).
Es imposible levantar la tienda y hacer una nueva acampada, porque aquí se ha posado la Nube (Nm 9,17).
Aquí edificaremos un altar a Yahvéh (Gen 12,7), el Dios aparecido, aquí en la altura (Hab 3,19), y luego continuaremos. Aquí se ha derramado el Señor Resucitado, y lo llena todo: "Subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo" (Ef 4,10). Todo está lleno de él, todo repleto, transido de su presencia, de su gloria y de su perfume. "Somos para Dios el buen olor de Cristo" (2 Cor 2,15). La Palabra divina perfuma para nosotros la alabanza, y nos invita a bendecir con la fragancia del corazón:

"Creced como rosa que brota junto a  corrientes de agua.
Como incienso derramad buen olor,
abríos en flor como el lirio,
exhalad perfume, cantad un cantar,
bendecid al Señor por todas sus obras" (Sir 39, 13‑15).

Vamos, pues a cantar, como cantan las rosas, o como silencioso sube el incienso perfumado.
Me dirijo a ti, virgen hermana, partícipe de la misma fe dichosa. El corazón sabe su alegría (Pr 14,10) y su secreto; y el coro de los sacerdotes ha mirado siempre con respeto y adoración al blanco ejército de las vírgenes. ¿Sabéis por qué? Porque en vosotras vemos, con candor celeste, lo que nosotros por misericordia anunciamos: La Palabra pura. "La virgen se apacienta con la Palabra divina, que es rocío celestial enviado a su alma por el mismo Dios, se encierra en lo secreto de la doctrina, lo guarda como inviolable tesoro, y con él fabrica el dulce panal de la pureza de su cuerpo, defendida por las murallas del pudor, para sacar más tarde a la luz el fruto de su misterioso trabajo, tan libre de amarguras como rico en suavidad" (S.Ambrosio, Sobre las vírgenes I,40). La virginidad y el sacerdocio son gemelos. Precisamente en el designio de Jesucristo la virginidad es el sacerdocio de las mujeres.

Por eso los sacerdotes aman la virginidad como el Pan de la consagración. "Mi amor a la virginidad, de una parte, y de otra el que te profeso, ¡oh hermana mía! ‑ escribe a su hermana Marcelina ‑ me mueven a escribir sobre ella, porque pidiéndomelo, más que con palabras, con las razones mudas, pero elocuentísimas de tus virtudes, no sé negarme a tu requerimiento" (S.Ambrosio, Sobre las vírgenes I,10).

Torno con mi pensamiento  a Ambrosio, porque el misterioso parentesco de los corazones, salvando distancia de muchos siglos, te une con las almas puras, en la Palabra, y precisamente en el Cantar, y parece que es hoy cuando estamos los dos, y el coro de los sacerdotes, sentados a la misma mesa divina. Ambrosio no tiene más que  37 años, y a los 34, siendo prefecto de Milán, pasó de catecúmeno a obispo. Como sabe tanto del Cantar, escribe con santa malicia, "confiando a la pluma lo que la lengua no se atreve a declarar; porque el miedo a los oyentes que a menudo ata los labios del orador, no alcanza a los libros, ni éstos se avergüenzan de publicar su contenido, ni se encogen ante el público, ni a su vista se ruborizan jamás" (Sobre las vírgenes I,1).

El tiene gracia para decir, y además  tiene mucho que comunicar, porque está enamorado; o mejor, está embriagado de amor. "Bien sé que a muchos parecerán vanos mis cantos a la virginidad, y perdido el tiempo que gasto en repetirlos a los oídos de las almas; pero no me apena su censura, ni entablo disputa con ellos, ni han de ser parte a cerrar mis labios, que seguirán encomiando las grandezas de esta preciosa virtud, de quién estoy enamorado con tan ferviente amor, que aunque a nadie convirtiese pregonándola, con pregonar su hermosura se satisfaría mi alma, y recrearía con inefable gozo en la contemplación de la angelical belleza de las vírgenes, lo cual por sí solo bastaría a recompensar cumplidamente mi trabajo, ya que otro fruto no alcanzase" (I,57).

Contemplar la virginidad ya es delicia y premio, porque es "un ungüento que se vierte" (Ct 1,2); es inhalación de Dios para el espíritu. Si la mirada de Cristo alegra el corazón y la Buena Noticia del Evangelio "engrasa los huesos" (Pr 15,30), este ungüento derramado da suavidad y fragancia. Me dijeron ‑ y también esto viene del blanco ejército de las vírgenes ‑ que el frasco del ungüento se rompió cuando fue atravesado el costado de Cristo (Jn 19,34): de aquel cuerpo salió el Espíritu, la Eucaristía...; aquel cuerpo, roto el corazón, como queda roto el frasco de perfume, exhaló toda su fragancia  llenando de delicia a su Iglesia. "¡Oh amor, oh delicias! (Ct 7,7).

Aspirar la virginidad es delicia y premio; pero Ambrosio recibe además otro fruto, porque  sigue: "Mas por dicha mía sí lo alcanzo (el fruto), porque de Plasencia, de Bolonia, y aun de la lejana Mauritania, responden a mi llamamiento las vírgenes, viniendo a pedirme el velo de esposas de Dios, con gran regocijo de mi espíritu" (I,57).

Se ha alargado mucho la vena de mis palabras, porque todo esto no era más que saludarte y decir: ¡virgen hermana!
Pero, al fin... ¡qué más se puede decir en un tema donde sólo el corazón tiene la palabra? Es verdad que el corazón tiene razones que la razón no comprende: razones admirativas de gusto y adoración.
Es hora de sentarse tranquilos es esta acampada mientras se cierne la Nube luminosa. Sentados.

***

En el Tríptico de virginidad lo primero que vamos a pronunciar es el Elogio de las vírgenes prudentes.

"Inteligente como una virgen", debería ser proverbio de nuestra fe; porque más inteligente que una virgen no cabe. Sin revelación no hay virginidad, "No todos entienden" (Mt 19,11), dijo el Señor, La virginidad es "superinteligencia", es "epígnosis" (Superconocimiento); viene de arriba, no se aprende en ningún libro de buenas costumbres. El autor de la enseñanza de la virginidad es el Padre, como lo dijo Jesús: "No todos entienden este lenguaje, sino solamente aquellos a quienes se les ha concedido". Si no hay don de sabiduría no hay don de virginidad, es claro.

Por eso: Al anciano le adornan las canas y al joven la fuerza, pero a la virgen, la sabiduría.
Virgen hermana, sobre tu frente la corona de la sabiduría. Entenderás en el sabor de tu virginidad el sabor de esta Palabra trascendente:

“Come miel, hijo mío, porque es buena.
Panal de miel es dulce a tu paladar.
También es dulce la ciencia de la sabiduría para tu alma,
y si la hallas, hay una mañana,
y no habrá sido vana tu esperanza” (Pr 24,13‑14).

Tu virginidad está cargada de esperanza. Para ti hay un mañana. Audazmente quieres anticipar el mañana de la fe con la viveza y el realismo mayor que es posible en esta vida. Camino de ese mañana oscuro ‑ para ti claro ‑ te guía la sabiduría. Tu virginidad, mezclada en un sólo ser con la fe, hecha una cosa con ella ‑ porque la virginidad es más grande que una virtud ‑ mezclada así como te digo, se sustenta en la misma sabiduría de la fe.

"No alcanza ingenio humano a explicarla dignamente" (II,1).
Acaso un raciocinador responda:
‑ Como tampoco se explicará ninguna virtud sobrenatural; todas exceden la potencia de lo humano, porque vienen de Dios.
‑ De acuerdo ‑ replico. Y continúo: en esta armonía de virtudes, la virginidad es reina. Puesta en el cielo, donde tiene su casa original y su destino, es teologal; es la versión de la fe y de la caridad. No es esperanza sino posesión, porque cuando todo se haya cumplido subsistirá la virginidad. Con este lenguaje entendemos que la virginidad no es sino "el estado" de la filiación alcanzada. Será la condición universal de entonces. Así la mira la Escritura divina. Con estas categorías nos resultan molestas las consideraciones de las virtudes morales. La virginidad no es virtud moral, de la familia de la templanza. No regula bienes morales, bienes pequeños en comparación del sumo. Apetece el bien de los bienes: a Cristo Resucitado que nos asume en unión divina. Es la suprema potencia humana otorgada por Dios. La virginidad alcanza a Dios, y allí se queda en fruición eterna; es el estado completo de todos los bienaventurados; es el Espíritu de Dios derramado en el corazón de Cristo y desde allí desbordado a los verdaderos creyentes.

En la sinceridad de la fe dime: ¿Qué es lo que deja la virgen cuando precisamente al ser llamada a esta unión en un solo espíritu con el Señor se le da lo que de otro modo no se le daría? Nada deja quién hace sitio para tener el Todo.

Hay que saber mucho de cielo para hablar de la virginidad. Con lo que va por delante comprenderemos y nos agradará dulcemente la frase deliciosa de S. Ambrosio: "La patria de la virginidad es el cielo; allí mora, y de aquella invisible ciudad es cortesana, que no de la tierra, donde está sólo como viajero de paso" (I,20).

En el cielo se unifica todo, y la virginidad es el estado del cielo; es, por lo mismo, el paradigma de toda vida, porque la actitud virginal es la cúspide toda actitud humana, es la cima de todas las virtudes, es la misma caridad en su estado dinámico, es la caridad unitiva. Como nuestro corazón está dividido y disperso analizamos la realidad por partes, y en general oponiendo una cosa a otra. Admiramos la virginidad como proyección de un ideal de misterioso matrimonio, y no nos damos cuenta de que en la armonía perfecta de la fe el matrimonio tiene su paradigma en la virginidad, que la virginidad es el origen del matrimonio, porque el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios.

Trazamos, sí por cierto, una imagen de virginidad celeste, realidad invisible; es virginidad revelada. La conocemos por "una sabiduría de Dios, misteriosa, escondida" (1Co 2,7), y tratamos de explicar "expresando realidades espirituales en términos espirituales" (v. 13). Pues esta virginidad revelada es para esta peregrinación, es la verdadera y única virginidad cristiana. ¡Qué insospechada potencia de apertura y salto tiene el corazón humano, agraciado por Dios, qué vocación celeste, qué lirismo para salir de sí mismo y remontar hasta el mismo corazón del Padre!  Es el vuelo de la virginidad.

¿Te has fijado en el "hueco" del corazón? Nada sacia aquí en la tierra, porque sólo Dios infinito es medida del hombre: una prueba más de que el hombre hambrea virginidad. Si sinceramente nos sintiéramos "saciados", nosotros mismos habría puesto muro fatal a nuestros deseos, y habríamos firmado la insensatez como norma de nuestra existencia. No hay amistad, por íntima que sea ‑ ni la del marido ni la de la mujer ‑ que te pueda saciar, porque Dios es la vocación de tu corazón. No quedes drogada por las criaturas, ni por las más puras; no te engañes; sé cauta, que todas las criaturas, para el que no es sabio son traidoras. Llevan virginidad; de allí vienen y allí van, pero el insensato adultera con ellas.

Está la virginidad, como decimos, en esa filiación del Verbo de donde ha sido tomada, el cielo de la revelación. ¿Qué concluiremos de ahí? Que sólo se conecta con ella por la vía de la revelación. Si la virgen cristiana es sabia con sabiduría de Dios, su clima es la fe y la adoración. Vivir ininterrumpidamente en oración, o más bien en serena contemplación, es su propia identidad; es respirar su propia atmósfera. De otra manera no se sentiría identificada en su ser humano con el Verbo Encarnado. La virgen es transparencia de Dios, como la carne del Verbo.
Un cuerpo y un corazón consagrados por el Dios de amor y misericordia, como trasunto de lo que nos espera, esa es tu carne en Cristo, virgen cristiana. Porque si la quietud sensitiva no fuera más que una frigidez del afecto, y la guarda de la sexualidad fuera el amor amorfo, y a esto le llamáramos vivir en virginidad, habría desfigurado monstruosamente el don celeste de la revelación; habríamos caído en la ignorancia de Dios y en la insensatez.
Pero, no, la virginidad es vida en ebullición y sabiduría.
Veamos cómo es sabiduría desbordante, es decir, sabiduría de revelación.

¿Qué distingue a tu Amado de los otros,
oh, tú, la más bella de las mujeres?
¿Qué distingue a tu Amado de los otros,
para que así nos conjures? (9,9).

Es que la Amada conjura a las hijas de Jerusalén, enferma de amor (5,8), y se le ve exaltada, fuera de razón porque el Dios revelado está más alto que razón, "pues ¿con quién asemejareis a Dios, qué semejanza le aplicareis? (Is 40,18;  cf.40,25;  46,5). Dios Amado está en el reino de la sabiduría, y allí quiere vivir la virgen cristiana.
Dios transparente, Dios absoluto revelado en cruz y gloria, Dios encarnado, Dios de la luz y de la inmensa majestad, Dios de la entrañable ternura: ahí pongamos a la virgen cristiana, Que todo pase, que  vuele pronto la figura de este mundo, para que la virgen, cara a cara, vea a su Señor.

No pienso que esto sea una evasión, ni que esta teología se fugue hacia lo más recóndito, trascendente e invisible para escapar de lo vulgar cotidiano. No, no; que la virgen sabe exprimir el jugo de la vida, y ve con ilusión inquebrantable en momento de cada día. Es sencilla porque sabe que /la transparencia, apenas perceptible, de ese Dios de su amor / la sencillez es que lleva en su corazón y le llena.

Terminaré con una parénesis a la sabiduría. Es la palabra de Pablo, que por el corazón desbordado de amor se siente necio: "¡Ojalá pudierais soportar un poco mi necedad! ¡Sí que me la soportáis! Celoso estoy de vosotros con celos de Dios. Pues os tengo desposados con un solo esposo para presentaros cual casta virgen a Cristo. Pero temo que, al igual que la serpiente engañó a Eva con su astucia, se perviertan vuestras mentes apartándose de la sinceridad con Cristo" (2 Co 11,1‑3).
La sabiduría de la virgen cristiana es la sinceridad con Cristo, la integridad de su fe. Pero acecha la astucia de Satanás que corrompió a la virgen Eva, porque la arrastró al pecado y la hizo infiel.
Virgen hermana: como no hay ciencia fuera de la fidelidad, aparta tu corazón de la infidelidad y serás sabia en la integridad de la fe. Riega tu corazón virginal con la sabiduría y te encontrarás exactamente en la Iglesia, ahora y para las generaciones futuras.
Dije: Voy a regar mi huerto,
a empapar mi tablar.
Y he aquí que mi canal se ha convertido en río,
y mi río se ha hecho un mar...
Ved que no sólo para mí me he fatigado,
sino para todos aquellos que la buscan (Sir 24,31‑34).

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