domingo, 13 de noviembre de 2011

134. El Cantar divino 5/10 - Elogio...: Hermosura, gozo y fuerza

Elogio de las vírgenes

Hermosura,   gozo  y  fuerza

 


Continuamos, virgen hermana, bajo las pieles de la Tienda, aquí en la altura de la Transfiguración. “La Nube cubrió entonces la Tienda de Reunión y la gloria de Yahvéh llenó la Morada" (Ex 40,34). Tienda de Reunión la llamaba el pueblo elegido porque aquella Tienda era el signo de la Reunión de la Iglesia. El Dios de amor que los había convocado salía al encuentro de su pueblo.

***

Es propio de la virgen la hermosura. En el Espíritu el amor y la hermosura van juntos. Si Dios crea el amor, le da la hermosura, que es su rostro natural. Y si el amor es divino, divina será la hermosura. Van juntos el amor y la hermosura como a la música perfecta le corresponde la voz entonada y melodiosa. El que a la virgen le dio el amor, a la virgen le dio la hermosura. Entiendes muy bien que la hermosura virginal es divina; viene por el mismo canal que la revelación; es el conducto de la gracia. Es la hermosura de la filiación. No es la composición de las facciones, ni los afeites del rostro, pues "engañosa es la gracia, vana la hermosura" (Pro 31,30).
Lo exterior es fugaz, y el peso de los años lo transforman y acaban por descomponerlo. Lo interior no se descompone, sino que cuanto más avanza más se rejuvenece. Pablo lo ve en los otros y en sí: "Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día" (1 Co 4,16). Cada día más joven, más fresco, más vigoroso. Esta es la juventud y la hermosura, la fuerza y la energía que vienen de Dios (Is 40,29‑31). La mujer cristiana ha descubierto en su corazón otra juventud y otra hermosura. Se lo dice así la fe de la Palabra: "Que vuestro adorno no está en el exterior, en peinados, joyas y modas, sino en lo oculto del corazón (lit., en el hombre oculto del corazón), en la incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto es precioso ante Dios. Así se adornaban en otro tiempo las santas mujeres que esperaban en Dios (1 Pe 3,3‑5).

La incorruptibilidad de un alma dulce y serena: esto, que es precioso, es la hermosura ante Dios; la obediencia de Sara, esa es su hermosura ante el Señor.

La virgen del Cantar es hermosa, porque esa Amada no tiene tacha en la pureza de su amor.

Negra soy, pero graciosa, hijas de Jerusalén.

¡Qué bella eres, amada mía,
qué bella!

¡Toda hermosa eres, amada mía,
no hay tacha en ti!

¡Oh, la más bella de las mujeres!

Hermosa eres, amada mía, como Tirsá,
encantadora como Jerusalén.

Cual la aurora,
bella como la luna,
refulgente como el sol.

Unica es mi paloma,
única mi perfecta.

La hermosura de esta virgen amada no se puede marchitar. Ese pensamiento no cruza, ni como lejana sombra, por el Cantar, porque la hermosura del amor es incorruptible.

A la virgen cristiana, la hija que ha inclinado el oído y ha olvidado su pueblo y la casa paterna, se le dirige la invitación del Salmo:
"Prendado está el rey de tu belleza,
póstrate ante él, que él es tu Señor" (Sal 44,12).

Porque van juntos el amor y la hermosura, se ha quedado prendado al verle su belleza: "Me robaste el corazón, / hermana mía, esposa, / me robaste el corazón / con una mirada tuya, / con una perla de tu collar" (Ct 4,9). "Ya entra la princesa, bellísima, / vestida de perlas y brocado" (Sal 44,14).
Todo este lenguaje lírico es el lenguaje de la fe. Es que si así no fuera, habríamos sufrido una morbosa inflación de sentimientos, para engaño y perjuicio nuestro. Entonces ¿cómo se explica este panorama, si el amor bíblico es tan robusto?. En efecto, es duro el amor de la Escritura. De él afirmará el Cantar: fuerte como la Muerte, obstinado como el Abismo (8,6). Este amor se muestra en los hechos de Dios, y en la guarda de los mandamientos (Jn 15,10). Pero el hecho es que Dios nos ha amado, y que al amar ha creado hermosura; luego se ha quedado prendado de la hermosura que él mismo había creado e infundido. Este es el hecho salvador. Nosotros nos hemos parado, nosotros, hermana en la fe común, para contemplarlo y gozarlo. La Escritura cuenta, sí por cierto, cuenta las hazañas de Dios, y nosotros nos paramos como el que mira sin acabar de admirar, alucinado y entontecido de tanta grandeza y de tanta hermosura. Y así también la hermosura es historia.
Nadie sino nosotros, los fieles cristianos, pudo pronunciar esto, que la hermosura es historia, la historia sagrada del Antiguo y del Nuevo Testamento.
En vosotras, vírgenes cristianas, alabamos la hermosura de Dios y la hermosura de la Iglesia santa. Vuestra hermosura es como llama del cirio que arde ante Jesucristo.

***
A ti, virgen de Cristo, te pertenece también el gozo. No hablaré del gozo nupcial, porque es poco. Diremos, como siempre, que el puro gozo nupcial brota del surtidor del gozo virginal. Entonces entendemos aquella fragante alegría, que es alegría salvífica, que en torno a sí difunde Jesús (Mc 2,19). Su presencia redentora es como para suprimir todo ayuno hasta que llegue la hora del dolor.
La alegría de Jesús se esparce como la luz del sol, y se promete un día en que este gozo purísimo, que viene de Dios mismo y que lo tiene Jesús dentro de sí porque él nunca está solo (Jn 16,32;  8,29) y que lo llama "mi gozo" (Jn 15,11;  17,13), se promete un día ‑ decimos ‑ en que este gozo de Jesús, traspasado, será el gozo colmado de sus discípulos (15,11). Gozo de Resurrección que trae Jesús y que nadie puede arrebatar: "Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os podrá quitar vuestra alegría" (16,22).

Pues he aquí el gozo de las vírgenes purificadas, lavadas en la sangre de Cristo. Es el gozo que brota de la Resurrección, porque ellas se han unido con un sólo Espíritu con el Señor. Y como al bienaventurado se le derrama el júbilo eterno, la alegría perpetua sobre sus cabezas, a las vírgenes se les da la alegría de Cristo Resucitado. Se privan de las alegrías mezquinas de la tierra ‑ sin poder renunciar al ciento por uno que Dios nos ha dado con persecuciones ‑ y Cristo les da su alegría, purísima alegría.

Lo mismo que siempre, decimos que esta alegría nace de arriba, proviene de la Trinidad; es un riego celeste de aquella patria para esta tierra de peregrinación.

No hay en el Cantar una gota de tristeza, porque todo él es un himno al Día de Cristo Resucitado, "el día del gozo de su corazón" (3,11).

Por ser libro de gozo, para la liturgia eucarística el Cantar es el libro de la alianza de la Encarnación, y como anotamos al principio de estas hojas de Sir hassirim, la Iglesia lleva el Cantar a la Eucaristía los días de Navidad. La liturgia judía lo pronunciaba en la Pascua. Por el amor, el gozo y la pureza es plenamente libro pascual, libro de Primavera, libro de la Pascua florida.

"¡Oh, ven, Amado mío,
salgamos al campo!
Pasaremos la noche en las aldeas. (Otra versión: Al abrigo de enebros pasaremos la noche).
De mañana iremos a las viñas;
veremos si la vid está en cierne,
si las yemas se abren,
y si florecen los granados" (7,12‑13).

Es Primavera:
Mira, ha pasado ya el invierno,
han cesado las lluvias y se han ido.
Aparecen las flores en la tierra,
el tiempo de las canciones ha llegado,
se oye el arrullo de la tórtola
en nuestra tierra (2,10‑12).

Así habla el Amado. Es Primavera porque Cristo ha resucitado; tiempo de canciones y promesas. Por eso el Cantar es libro santo. Para ponderarlo el Rabbí Aquiba decía: "Quien cante en los banquetes empleando palabras del Cantar de los cantares no tendrá parte en la vida futura". Es pues, un cantar de gozo para el banquete del cielo (Mt 26,29), ya anticipado en el banquete eucarístico de Cristo Resucitado. Y otra voz espiritual de los judíos decía: "Todos los escritores son santos, pero el Canto de los cantos es santísimo" (Trat. Yadayim 3,5).

Así pues, virgen cristiana, este libro hay que leerlo en tono de Resurrección, purificados de nuestros pecados por la sangre de Cristo y con el vestido blanco de la alegría triunfal (Ap 6,11), empalmando directamente con lo que anuncia el Evangelio del Resucitado: "los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor" (Jn 20,20).

Este es el libro de la Primavera, el libro de las ramas florecidas ‑ la higuera, la viña, el granado, el manzano (la rama incorruptible del ciprés y el verde siempre vivo de la palmera) ‑ el Libro de las vírgenes.
No es vana esta alegría, porque es la alegría vital de los amantes que han pasado por la dura prueba. Alegría pura de los corazones purificados; alegría que es introducción en la eterna del Apocalipsis.

***
También a la virgen cristiana la adorna como joya propia la fuerza. Es fuerte la Amada del Cantar como Judit, la heroína de Israel. Después de la victoria, "Judit tomaba tirsos con la mano y los distribuía entre las mujeres que estaban a su lado. Ellas y sus acompañantes se coronaron con coronas de olivo; después, dirigiendo el coro de las mujeres, se puso a la cabeza de todo el pueblo. La seguían los hombres de Israel, armados con sus armas, llevando coronas y cantando himnos. Judit entonó en medio de todo Israel, este himno de acción de gracias y todo el pueblo repetía sus alabanzas:

¡Alabad a mi Dios con tamboriles,
elevad cantos al Señor con címbalos,
ofrecedle los acordes de un salmo de alabanza,
ensalzad e invocad su Nombre!...
Que no fue derribado su caudillo
por jóvenes guerreros,
ni le hirieron hijos de Titanes,
ni altivos gigantes le vencieron;
le subyugó Judit, hija de Merarí,
con solo la hermosura de su rostro...
La sandalia de ella le robó los ojos,
su belleza cautivóle el alma
¡y la cimitarra atravesó su cuello!  (Jdt 15,12ss).

La Amada del Cantar es fiera en el amor, y atraviesa todo:
Me encontraron los centinelas,
los que hacen la ronda en la ciudad.
Me golpearon, me hirieron,
me quitaron de encima mi chal
los guardias de las murallas (5,7).

No hay remedio: el amor tiene vocación de martirio. Y el que ama de verdad ya tiene dentro de sí el fuego del martirio. Y Jesús lo dice: "El celo de tu casa me devorará" (Jn 2,17), que significa: Lo estoy viendo; este celo irremediable que yo tengo por tu Casa me va a quitar la vida. Cristo lleva su cruz dentro de su amor. Lo sabe perfectamente. El va a ser mártir ‑ testigo ‑ de su propio amor al Padre;  el amor lo va a matar, porque el amor es más fuerte que la Muerte.

Y así es al amor virginal, que es por amor tan acendrado, es por su propia naturaleza amor al martirio, amor martirial. Es mártir la virgen que ha sido encontrada digna de tal nombre, no mártir por lo que deja, sino mártir porque al entregarse lo quema todo. Todo ha ardido en holocausto.

Si el martirio es la integridad perfecta de la fe, ya nada más alto se puede pensar. Pero si la virginidad es precisamente lo mismo, integridad exhaustiva de la fe que lo ha penetrado todo, martirio y virginidad son entonces dos expresiones perfectas de amor total del discípulo. Elevados a un plano teologal podríamos ver a la virginidad como origen de todo y gérmen del martirio, de tal forma que dónde está la virginidad está el martirio.. Nos acercamos de nuevo a los sentimientos de san Ambrosio: "Y porque no creas que la ensalzo a la ligera, y como por incidente del discurso sobre el martirio (‑ ha hablado del martirio de santa Inés ‑), siendo ella virtud tan principal, desde aquí la declaro superior a él, de tal suerte, que lejos de parecerme cortesana suya, pienso que ella da ser a las demás concibiéndolas en su seno como verdadera madre de todas" (Sobre las vírgenes 3,10).

Así la virginidad por dentro, su palpitación íntima,  es martirio, es decir, holocausto de amor. A veces se mostrará al exterior y el calendario cristiano celebrará a la "virgen y mártir"; a veces no se mostrará al exterior. No importa; la virgen cristiana es siempre en el corazón virgen y mártir. Como María; es mártir, porque su amor fue íntegro, y su fidelidad no se tambaleó en la cruz.

Todo queda unificado en una cosa última: la fe, la hermosa fe que se nos ha dado, que ofrecida a Dios es amor. La integridad en la fe, la perfección del amor, alma de todos los mandamientos, eso es el martirio. Por eso en el coro vencedor del Apocalipsis virginidad y martirio se funden en eso que hace la unidad de todo: la fe, el amor:

no se mancharon,
son vírgenes,
en su boca no se encontró mentira (cf. Sof 3,13)
ni tienen tacha (Ap 51, 4‑5).

Estos siguen al Cordero a donde quiera que vaya.
Con otras palabras, el martirio es la fidelidad. Y lo que se busca en la virgen que ha entregado su amor es fidelidad, virgen hermana. Permanencia en la fe, permanencia en el amor, hasta el fin. La fidelidad de Cristo como oblación al Padre se nos muestra en la Cruz. Amó siempre y mantuvo su amor hasta el fin; por ello, el remate del amor es el signo y el sello de su fidelidad. "Hasta el fin" en él quiere decir "fin" en todo sentido: "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin".

Amor virginal, amor que venía del Padre, amor del todo, amor de fidelidad. El es mártir, que quiere decir testigo: "el Amén, el Testigo fiel (= el mártir absoluto) y veraz" (Ap 3,14). El que nació de amor y de amor murió. Este es Jesucristo. En él la virginidad halla toda su alabanza.

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