domingo, 13 de noviembre de 2011

135. El Cantar divino 6/10 – Elogio de las vírgenes: Amor

Elogio  de  las  vírgenes

Amor



Virgen amada de Jesucristo
y de los santos hermanos:

Para terminar, la corona; pues corona en tu cabeza y anillo precioso en el dedo es la palabra última de la virginidad: el amor. ¿Qué es la virginidad si no es amor? El amor posible más allá de todo. En aquella región se está quemando en llamas el verbo más simple de todos, el que a todos sustenta, el verbo "ser", y la virgen dice: "Yo soy para mi Amado" (7,11). Está amando. "¡Dejadla!" (Mc 14,6).

***
Ahora me sitúo en el centro más vivo y comprometedor de la realidad para hablar del amor, porque quiero que este mensaje sea muy verdadero. Ese centro es la vida. Pues he aquí que la identificación más pura de la vida es el amor. ¡Qué feliz sorpresa! ¡Que para hablar del amor tengamos que meternos dentro del amor, llamarada de donde sube el "aroma para Yahvéh"...! (cf. Lev 1,9 y passim).
Con el entendimiento se toman las mediciones de la virginidad; pero ¿qué resulta? Inútil empeño si quisiéramos vivir con un simple "entendimiento". Sería como quién toma una cinta de un  metro para sacar las medidas del universo, o si quieres, de un kilómetro, o de in millón de kilómetros..., cuando el universo es más grande que todas las medidas de nuestro alcance. No se deja medir, porque es más grande.
Igual es la vida; no se le puede tomar mediciones a esta pequeña vida mía, porque es más grande. El entendimiento sirve, como el metro o el kilómetro para hacer carreteras y trazados en el amplio horizonte; pero el universo es más y se extiende allí donde no penetran las medidas. La vida es más y se extiende allí donde no alcanza el metro del entendimiento. ¿Quién la abarcará? El amor. El amor tiene toda la vida; y en minuto de ahora y en la extensión que va desde el nacer hasta el morir, confinados por el absoluto misterio, el amor es la respuesta completa. El amor es la ecuación perfecta de la vida. Por eso, es la solución de este momento, y es la solución plena de toda la tarea humana.
Pues he aquí, querida hermana, tu vida puesta en el centro más radical de la realidad: el amor, abiertas todas las compuertas, potenciando hasta donde el límite pierde su nombre. Esa es tu virginidad.

O quizás, te reprendas por haber visto así al entendimiento chiquito, detenido en el umbral sagrado de la vida, y respondas fraternalmente que la Verdad y el Amor suscitan la mismísima pasión de todo el ser, porque son categorías absolutas, idéntica versión del alma simple, y los dos tienen en mismo nombre de la vida; se diluyen allí donde hay vida, impregnan exactamente todo el contenido de la vida.
Si lo quieres... es cierto. Incluso sería como un intento de síntesis en la unidad de todo. ¡Qué hermoso abrazarse con la Verdad, con el mismo abrazo y beso que el Amor, si entender es perderse en el misterio, abrirse hacia la plenitud incomprensible e inefable de Dios revelado, con otras palabras, entender no entendiendo! Porque si el entendimiento se nos ha dado es para que nos vayamos lejos hasta allí donde ya no se entiende..., y allí se lo entreguemos al que nos lo ha dado. Esto es lo más noble del entender, entender no entendiendo, entender amando y adorando. Los santos nos lo han dicho así: "Deshácese toda (el alma), hija, para ponerse más en mí... Como no puede comprehender lo que entiende, es no entender entendiendo" (Sta. Teresa, Vida 18,14). Y san Juan de la Cruz: "Entréme donde no supe, / y quedéme no sabiendo, / toda sciencia trascendiendo" (Coplas hechas sobre un éxtasis de harta contemplación).

Pero con palabras más llanas que no causen fatiga a nuestra pequeña cabeza volvamos a ese centro cotidiano de la vida donde está el centro de tu virginidad, que es el amor. ¿Qué pasa en lo íntimo de lo íntimo cuando tenemos que decidir, esto es, dar una palpitación de vida?  Seguramente te verás reflejada en este retrato: El entendimiento se adelanta señor y amo, echa sus cordeles, hace sus medidas, toma sus precauciones, quiere ordenar como dueño, quiere ser rey de la vida..., pero, sutil y elegante, tiene un no sé qué de astucia; un extraño presentimiento me dice que me va a engañar, jugándome una mala partida. Porque mientras mi razón maquina así, un  profundo instinto, fuerte como corriente que salta de la roca, un impulso vigoroso de generosidad con una secreta intuición de sabiduría que viene de lo alto ‑ el no entender entendiendo ‑ me va diciendo otra cosa.  Y esto es el amor, que va más lejos que la solución corriente y ramplona del entendimiento. Por eso decía que sólo en el amor está la adecuación de la vida; que sólo el amor es el secreto, la clave, el éxito; que el amor no se entiende y es la hermosura luminosa de Jesucristo Resucitado. Tu virginidad, hermana, es el amor. Y en ese minuto entrañable de tu vida, riquísimo de la gloria de Dios, el amor es la auténtica solución de tu virginidad.

El que ama acierta siempre, porque el amor de una virgen no es bobo, sino que está lleno de la sabiduría de Dios. El amor sin sabiduría es impensable. He ahí la virginidad: la carne de Cristo en la Cruz. Nadie entendía aquello: era amor puro, amor virginal en todo su esplendor. Nadie lo entendía; sólo Dios podía entenderlo; y lo que en nosotros es entender no entendimiento (o "un entender no entendiendo", también de S. Juan de la Cruz en la copla citada) en Dios era un entender bien entendido. Por ello, sin que Caifás lo supiera, Dios se lo puso en la mente, porque le había dado la categoría de Sumo Sacerdote de aquel año (Jn 11,511). Dios puso este entender no entendiendo en la fe silenciosa de María, y la Mujer excelsa al pie de la Cruz era la Virgen amorosa. Y Dios, no ya en la potencia de la fe, sino en lo más vital del ser de Cristo, puso en su Hijo amado este entender no entendiendo, para que esta Víctima ofreciera su carne divina al mundo amando, simplemente amando. Esto era su virginidad: el amor entregado en la carne.

Lo mismo en la Eucaristía. Eso es el amor virginal de Jesucristo: entrega amorosa. La razón no entiende; la sabiduría revelada intuye. Se nos ha dado la virginidad de Dios a través de la carne crucificada y resucitada, víscera del mundo universo, presentada en el banquete sagrado de la Eucaristía.
La virginidad es el momento eterno del amor, el acto incorruptible de la entrega de Dios a los hombres. La vida en virginidad es la vida en amor.

Por ello el amor, síntesis de vida en el centro y desde el fondo, lo contiene todo: la gloria, la hermosura, la potencia...; sí, la gloria de Dios y la gloria de la criatura regalada, la hermosura de Dios y la hermosura de la criatura hermosa como hierbecilla vestida de Dios (Mt 6,30), la fuerza de Dios y la fuerza de la criatura a quién se ha dado "poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre toda potencia enemiga" (Lc 10,19).
Y si esto es así, ¿por qué negarlo?, ¿por qué disminuirlo? Si esto es obra de Dios, ¿por qué no reconocerla para adorarla?
Esto es, querida hermana, tu virginidad: obra de amor. En el momento de la generosidad no vaciles, porque tu virginidad vivida en un acto corriente guarda escondido un misterio muy grande.

***

Pues ¿qué diremos  ahora del amor virginal del Cantar? Diremos apenas nada: que él se llama Amado, Amado de mi alma,  mi Amado, Amado mío (1,7.13.14.16;  2, 3.8.9.10.16.17; 3,1.2.3. 4;  4,16;  5,2.4.5.6.8.10.16;  6,2.3;  7,11.12.14;  8, 14; tu Amado o su Amado cuando canta el coro: 5, 9; 6,1; 8,5); que el Amado se sabe que es el Amado (7,10); que él le llama a ella la Amada y Amada mía (1,9.15;  2,2;  4,1.7), más simple: Amor (2,7; 3,5;  8,4), y todavía más fuerte: ¡Oh Amor, oh Delicias! (7,7). "¡Qué bella eres, qué encantadora, oh Amor , oh Hija de delicias (que es: ¡oh Deliciosa!) !" (7,7).

El  y ella son el Amado y la Amada. Ahí están y ahí se aman. Es todo lo que dice el Cantar.
Ella está enferma de amor( 2,5; 5,8), y él más enfermo: ¡Oh  Amor, oh Deliciosa!

¿Dónde termina el Cantar? Pienso que en ningún lado, porque en el amor comienza, en el amor se expande, y en el amor se difunde disuelto... "¡Huye, Amado mío!" (versículo último).
El amor asume toda condición y circunstancia interna de la vida; asume la alegría y la pena, asume los años juveniles, frescos como el manojo de flores, y los años sucesivos, ardorosos, crecientes, y los años maduros, fuertes, y los años decrépitos cuando el amor es encomendado a una juventud eterna. Asume luego el estado de la patria celeste.

Asume la creación maternal, asume todo. Y en el corazón del Verbo se canta el Agape universal, allí donde la virginidad de Cristo es la generación eterna salida hacia el mundo creado.

La virginidad amorosa, hermana, asume el silencio sagrado de todas las criaturas, ungidas por el Espíritu Santo; asume igualmente el cántico explosivo del gozo caído del cielo: "servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores" (Sal 99).

La virginidad cristiana en ti, humilde virgen, es la celebración de la presencia expectante de Cristo. El va a venir, y tu, con el alma tiesa le das la canción del amor, que canción del amor es la oblación virginal.

En el corazón de la virgen se canta todo. Si es tiempo de pena, la pena tiene un plañido amoroso, y no otra cosa que amor dice esa pena sangrante con la sangre del Crucificado. Si es tiempo de alegría, la alegría por sí sola muy contenta canta el amor. Y así todo tiene una versión de amor. La virginidad ha consagrado la vida de todos los seres; la virginidad en tu sencilla existencia es la transparencia amorosa de todas las cosas.

El amor, la alianza en el Cantar está entre la quietud y la prisa. Y esto es toda la historia del amor: la prisa y el reposo. Es lo mismo la historia mía de la virginidad: prisa y reposo.

Prisa dinámica de la mujer que no tiene a su Amado. Lo lleva en el corazón, pero quiere su rostro, sus labios, su pecho hondo y palpitante.

Yo os conjuro,
hijas de Jerusalén,
si encontráis a mi Amado,
¿qué le habéis de anunciar?...
Que estoy enferma de amor (5,8).

Esta mujer presurosa, que busca con ansia, que jadea sedienta, que corre... a la deriva de un deseo más fuerte que ella misma..., ¡oh! ¿no veis como la creación entera gira y corre con ella? Esta mujer pena, y toda la creación es un remolino de dolor, "gime" (Rm 8,22)...; esta mujer presurosa, ansiosa y jadeante, pena por amor.
Va de vuelo, lo mismo que el Amado semejante a la gacela saltarina, a un joven cervatillo juguetón (2,9). Viene saltando por los montes, y se oye su voz; pero en el monte, donde suena el silbido de los vientos, la voz del Amado es canto, es silbido pastoril.
O viene la noche, cubierta la cabeza de rocío, cerca de la mejilla de la Amada que reposa. Se acerca y donde toca su mano unge con mirra preciosa (5, 2ss)... ¿Después? "Mi Amado se había ido de largo!" (v.6).
Y así está el amor de los Cantares, está de vuelo, porque el corazón busca.
Está de vuelo: "¡Oh, ven, Amado mío, salgamos al campo!" (7,12).
Esta Amada ama, "que ya sólo en amar es mi ejercicio", pero fíjate que vitalidad de amor, qué impulso, qué carrera... Esta mujer nació para volar. Alas tiene el amor. Y es la condición del amor virginal en la tierra: amor de vuelo. Amor vivo, amor que acucia..., así el amor virginal; nadie lo puede detener porque es más impetuoso que las grandes aguas y más caudaloso que los grandes ríos.

Pero el amor de la virgen es también sosiego, porque en esta vida llevamos el principio de la eternidad. Y la Amada desea encontrarse con Cristo en la Casa (8,2), que es el Templo; allí estaría en quietud: "tú me enseñarías".
La Amada desea el abrazo de amor (2,6;  8,3). Ya el tiempo se ha parado para abrazarse; ya la alianza de Dios se ha cumplido.
La Amada reposa quieta en la confianza: "Soy  a sus ojos como quien ha hallado la paz" (8,10).

***
Pues este amor de enamorados es amor virginal: Si alguien ama a la Sabiduría la amará virginalmente, con todo el ser vibrante, sí, pero sin la atadura carnal. El que se une a la Sabiduría se hace un sólo espíritu con ella, como "el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él" (1 Cor 6,17).  Y así la ama el sabio, virginalmente, pasionalmente, con un amor tierno como la carne, puro como el espíritu. Ella "le acoge como una esposa virginal" (Sir 15,2 ). Y él la ansía como enamorado: "Con toda tu alma acércate a ella" (Sir 6,26). "Dile a la Sabiduría: 'Tú eres mi hermana', llama 'Amiga' a la inteligencia" (Pro 7,4).
El enamorado que se ha acercado a la Sabiduría dice: "Yo la amé y la pretendí desde mi juventud;  / me esforcé por hacerla esposa mía / y me constituí en el amante de su belleza" (Sab 8,2; ver también Sir 14, 20‑27).
Esta unión en alianza con la Sabiduría es alianza virginal. Si no es la luz ¿cómo se puede uno alegrar a la Sabiduría?  "Radiante es la Sabiduría, jamás pierde su brillo...La amé más que la salud y la hermosura, / y quise que fuera, más que otra, la luz que me alumbrara,  /`porque la claridad que de ella nace no conoce noche" (Sab 6,12;  7,10).

Así es el amor del Cantar, amor entre vírgenes, amor virginal entre esposos de alianza. La donación es mutua; "te entregaré el don de mis amores" (7, 13); se abrazan. Pero es un amor que se concluye en amor, amor por sí mismo, cuya fecundidad es la misma vida divina del amor, sin la perspectiva de la maternidad.

***

El elogio que hemos hecho de la virginidad ‑ y de tí, virgen hermana ‑ es sin más el elogio del amor, y donde está el amor se encuentran los corazones. Por eso el amor virginal es el signo máximo de la fraternidad de los hombres; está en medio de los sudores humanos, de la guerra y de la paz, el que retorna al amor por el camino de la virginidad. Allí se ha encontrado la sangre de los mortales, allí su corazón se ha hallado en amistad con todos los que entienden de amor. La virginidad es canto supremo de humanismo.

¿Terminaré?
La última palabra para tí, Cristo. La virginidad es para adorar. Viene de tu luz. Tu eres sin pecado. Tu trasciendes toda pureza y virginidad. Nosotros amamos adorando y con la Iglesia te cantamos:
No te horrorizaste
de las entrañas delas entrañas de una Virgen.

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