domingo, 13 de noviembre de 2011

136. El Cantar divino 7/10 – Virgen con todo el corazón


Virgen  con  todo  el  corazón


¿Por qué continuamos celebrando el Cantar de las vírgenes? Ya habíamos cerrado la tercera tabla del tríptico sacro Elogio de las vírgenes, y no se apaga este aliento en el pecho. Al contrario, el amor se dilata en más amor y alabanza. La virginidad es dulce, como la sabiduría, dichosa amiga, inseparable hermana: "dulce para tu alma" (Pr 2,10). A ti, pues, virgen, me dirijo para compartir el pan del amor, a ti, virgen de la nueva Alianza, a quien Cristo Esposo, contemplando en tu rostro la hermosura del suyo, dice: "Graciosas son tus mejillas... Zarcillos de oro haremos de ti..." (1,10‑11). Hablaremos más sobre el amor. "Mi Amado ha bajado a su huerto" (6,2).
***
¿Un corazón para la virgen? Sí, pero ya sabemos cuál es. Es el corazón nuevo. El corazón que ha creado Jesucristo para la nueva Alianza. A vino nuevo, pellejos nuevos (Mc 2,22), para la Alianza nueva y eterna, un corazón nuevo, porque "el que está en Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo" (2 Cor 5,17).
Purificado este corazón por el Espíritu que todo lo recrea (Jn 20, 22‑23), pasado a fuego que quema y abrasa (Lc 3,16; 12,49), demolidos, rotos, pulverizados y echados en las llamas todos los ídolos de prostitución (Dt 7,5),  y este corazón está cimentado  en la verdad y en la fidelidad, está consolidado en la justicia. "En justicia serás consolidada" (Is 54,14). Es un corazón libre, absolutamente fiel.
El corazón de antes era un corazón rebelde, prostituido y adúltero; era el corazón de piedra. Este, el corazón de la virgen, es el corazón de carne, el corazón ungido y suavizado de ternura para su Dios, el corazón que vibra, como nervio delicadísimo, en obediencia a Dios; un corazón... – por decirlo del modo más hermoso – muy parecido al corazón de Cristo. El corazón de Eva fue necio y rebelde en el pecado; el corazón de la virgen es el corazón de Cristo arrancado y trasplantado; el corazón nuevo que se embriaga con el vino de la nueva y eterna Alianza.
Es una maravilla ‑ gozada de cielo ‑ que podamos hablar del corazón nuevo, que tan humano, palpitante y divino lo vemos en la Virgen.
¿Cómo, Señor, un alma,
que vive aún en carne mortal,
podría dominar las leyes de la naturaleza,
limitar la libertad de escoger lo que es lícito,
elegir una vida no común
y vencer los estímulos de la edad,
si tú, Señor, no enciendes en ella
el amor a la virginidad,
 si tú no alimentas continuamente este deseo,
y no la fortaleces en su propósito?
(De la solemne oración consecratoria tomada del Ritual
 de la consagración de vírgenes)
La virgen a vencido a la madre Eva por la misericordia de quien es el Sembrador del casto propósito, y en quien Eva, madre de los vivientes, halló su fidelidad y su salvación. La hija encuentra en Jesucristo restaurada la hermosura perdida del rostro de la madre.
Este corazón nuevo de la virgen, que es dueño de todo lo mejor de los hombres, es el corazón ungido por la santa humanidad del Verbo Resucitado. En este corazón late Cristo; está lleno de óleo fragante, y de él vale el proverbio:
Aceite perfumado alegra el corazón,
la dulzura del amigo consuela el alma (Pr 27,9).
Así queremos verle a la virgen, con el corazón ungido de aceite perfumado, contagiada de la dulzura del Amigo; porque la unción espiritual es la dulzura del Verbo Encarnado. El corazón virginal es dulce, es como el de Cristo (Mt 11,29). No es otra la virgen de los Cantares. "Déjame escuchar tu voz, porque es muy dulce tu voz" (2,14). "Tus labios, una cinta de escarlata; tu hablar, muy dulce" (4,3). Así le habla el Amado; pero la esposa sabe bien de donde viene esta dulzura: "Su paladar, dulcísimo, todo él pura delicia" (5,16). Son las palabras de Cristo Amado "¡Qué dulce al paladar tu promesa, más que miel en la boca" (Sal 118,103); tus mandamientos "más dulces que la miel de un panal que destila" (Sal 18,11).
No nos engaña el alma para falsificar esta delicia divina del corazón llamada dulzura con una dulzura dulzarrona, porque esta dulzura viene del León (Ap 5,5), y para Cristo vale de adivinanza: "Del fuerte salió dulzura" (Jue 14,14). Todo el fruto de Cristo es dulzura. La Amada dice: "A su sombra apetecida estoy sentada, y su fruto me es dulce al paladar" (2,3).
El corazón amante, deseoso de saber secretos, se pregunta cuál es este dulce fruto del Amado que deleita a la mujer sentada. Es toda la delicia del Amado (2,4; 5,1;  8,5), y muy en concreto este fruto dulcísimo que produce el Amado es su palabra. Si la mujer está sentada, escucha (Lc 10,39). En una solo vivencia deleitosa se han fundido aquella mirada de Cristo y aquella palabra que desciende de sus labios. A esto llama dulzura la mujer, dulzura que se escurre de los labios del Señor: “Sus labios son lirios que destilan mirra fluida" (5,13).
Para ti, virgen cristiana, va esta dulzura de Cristo: "Mi recuerdo es más dulce que la miel, mi heredad más dulce que panal de miel" (Sir 24,20). Si todo el Cantar está lleno de vino (1,2.4;  2,4;  4,10;  5,1;  7,10;  8,12), y si esta mujer ha sido llevada a la bodega (2,4), si se ha embriagado ¿de qué otra cosa se puede embriagar si no es de dulzura de amor? Embriagada, desvanecida, porque el Dios de toda dulzura le llena el alma.
Siempre al filo de la Escritura podría precisarte de dónde o cómo viene eSab dulzura: es la dulzura de la Palabra de Dios (Ez 3,3;  Ap 10, 9‑10). De ahí, del paladar de Cristo que es la Palabra, nos viene la dulzura embriagadora.
Para ti, virgen hermana, va todo esto, para que sepas que la paz, la calma, la suavidad y la dulzura, nacidas de un corazón fuerte, es el fruto de un amor virginal. Tenlo en cuenta para cultivar lo que es flor de tu jardín: "La dulzura de labios aumenta el sabor" (Pr 16,21); "Palabras suaves, panal de miel; dulces de alma, saludables al cuerpo" (Pr 16,24).
***
Hemos sido anegados en las aguas profundas del corazón que el hombre inteligente sabrá sacar (Pr 20,5), y casi no acabamos de pronunciar la palabra a la que iba esta contemplación de virginidad: ¡un corazón de carne!
A la virgen de Cristo la vemos como mujer completa; de ternura de corazón no ha perdido una fibra. ¿O es que el amor que Cristo quiere para si ‑ amor indiviso, porque es celoso ‑ ha arrebatado la ternura por las criaturas? ¿O alguien cree ‑ blasfemo ‑ que el amor de Cristo es un truCor que a fuerza de espiritualizar la vida deshumaniza la ternura cálida de la carne? Si alguien así lo pensara, diga en su insensatez que el amor de Cristo es mutilación, y no mutilación genital, sino más grave, mutilación de lo más humano, que es el corazón.
Cristo, si nos pide amor, no nos engaña; no es para quitarnos nada, él, dadivoso de todos los dones. Y si él pierde, o mejor, da el amor virginal, que es amor hasta el límite, en él derrama toda la potencia del amor; en él vierte toda la ternura. No pasaremos por la tierra con un corazón seco, sino con el corazón que ha tenido a Cristo Virgen que tanto pudo amar y tanto se dejó amar.
Radiografías del corazón: fuerza y dulzura (no olvides la dulzura del León Ap 5,5, y el terrible poder del Cordero Ap 5,6),  fuego y viento. Esto es la integridad. Cristo la pide para sí, y al pedirla no la quita: la plenifica.
Quitar al corazón su manantial de vida ‑ fuerza y dulzura ‑ sería quitarle su ser verdadero. El mundo habría quedado paralizado. El don de la revelación habría traído muerte. Triste sería la salud que me quisieran dar, si para curar el corazón enfermo me lo quitan. Una persona sin corazón..., una masa de carne fofa, con puras reacciones vegetativas, sin la fogosidad de la vida, sin la intuición creadora.
Pero Cristo no ha venido a cortar y destruir, sino a dar vida: "Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia" (Jn 10,10). Y, ¿dónde está el centro de la vida sino en el corazón? Allí está lo puro y lo impuro (Mt 7,21), la vida y la muerte (Dt 30, 14‑15). Cristo coge la vida del corazón humano y le inyecta vida de Dios, la que él vive.
Ahora, el corazón, puro y libre, recreado, íntegro, lleno de ternura de Dios, palpitante con una sangre cuyo calor no sentía, podrá amar según el proyecto primitivo, corazón que ama con cuerpo y alma. Porque este es el proyecto revelado de Dios:
Schemá, Israel:
Yahvéh es nuestro Dios,
solo Yahvéh.
Amarás a Yahvéh tu Dios
con todo tu corazón,
con toda tu alma
y con toda tu fuerza (Dt 6,4‑5).
Todo lo que se llama vida es dominio del corazón. Es el cuerpo y el alma, es lo visible y lo invisible, es la familia y la ciudad, es el templo y el campo abierto. Todo es dominio del corazón, y el corazón debe impregnarlo todo con su amor fragante. ¿Por qué el intento impío de deshumanizarnos arrinconando el corazón como  quién lo metiera en una caverna misteriosa? ¿Por qué no sacarlo noblemente a la vida? ¿Por qué tener reservas para que Cristo, que es el corazón y el latido del mundo, se manifieste como el Padre lo quiere en todas las actividades de la creación?
El corazón seco es como una naranja sin jugo. ¿Quién meterá en su paladar un ovillo de esparto? Dios no ha creado la sequía y la muerte, sino que "Dios creó al hombre incorruptible, y lo hizo imagen de su misma naturaleza" (Sab 2,23). El corazón cristiano es un corazón jugoso, porque está lleno de amor.
Y así Israel sigue escuchando la Palabra revelada: "Queden grabadas en tu corazón estas palabras que yo te mando hoy. Se las repetirás a tus hijos, se las dirás tanto si estás en casa como si vas de viaje, cuando te acuestes y cuando te levantes; las atarás a tu mano como una señal, como un recordatorio ante tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas" (Dt 6,6‑9).
Amar con ternura y cariño, amar impregnándolo todo de amor: esa es la vida del corazón que Cristo no la quita, sino que la sana y plenifica. El corazón cristiano es un corazón nuevo ( Ez 18,31;  36,26). El antiguo era un corazón de piedra, duro, insensible para obedecer a la Alianza; el de ahora, creado nuevo y puro ‑ Oh Dios, crea en mi un corazón puro, Sal 50 ‑ es el corazón de carne, el corazón tierno y sensible, el corazón humano en las relaciones humanas que nos ha traído la Encarnación del Verbo. Ya no hay tope para la ternura desde el momento en que Dios se ha sensibilizado.
Y os daré un corazón nuevo,
infundiré en vosotros un espíritu nuevo,
quitaré de vuestra carne el corazón de piedra
y os daré un corazón de carne (Ez 36,26; cf.11,19).
Corazón de carne que ama con todo el ser, con toda el alma y con el cuerpo. Así es el corazón cristiano, y por antonomasia tu corazón de virgen. Es claro: un corazón que no sea cariñoso no sirve para la virginidad, que es plenitud de corazón y de amor. Y cuando a una persona le dices que le quieres en Cristo, ese "en Cristo" no es una sustracción, no es una evasión, no es un truco para negarle el amor verdadero y total. Es decirle: te quiero como Cristo te quiere, que es la única  verdad para querer.
Pero si Jesús dice que no todos entienden el lenguaje de la virginidad, sino aquellos a quienes el Padre se lo ha regalado, de igual modo no todos entienden este lenguaje. Y falsificar en este terreno es deslizarse traidoramente de la fogosidad mística al amor carnal. Y aquí está el corazón viejo, el corazón de piedra insensible a la revelación y al Espíritu, los amoríos del hombre viejo. Es que el amor de la virgen dulce, es al mismo tiempo renuncia. Y para amar como decimos hace falta que uno haya madurado en la prueba de la fe y del dolor. Entonces su amor tierno será discreto, bien lejos de un falso carismatismo.
El amor del corazón nuevo y limpio, que integra todo, lo humano y lo divino, la fuerza y la ternura, va acompañado de la sabiduría, porque la virginidad nace de la revelación y es sabiduría revelada. Situados en la revelación, es amor verdadero lo que dice el proverbio: " Al que ya de mañana a su prójimo bendice en alta voz, le será contado como una maldición" (Pro 27,14). Bendecir al hermano alborotadamente cuando tus labios no han tributado todavía el sacrificio de alabanza al Señor es un amor tonto y estúpido; es una fraternidad necia; y eSab bendición suena como una maldición, amor de muerte. Ese amor no nace de la revelación; quizás no todos lo entienden. En este caso el amor virginal, fino y verdadero, era el silencio de adoración y el juntar las voces para la alabanza, con toda ternura sí, pero en este tono de don revelado.
Y así como en este caso lo mismo en otros hay que purificar las expresiones de amor.  Quién más me ama es quién más me lleva hasta la Cruz de Cristo, con inmenSab ternura sí, pero con la plena verdad que el Padre nos ha dado: su Hijo.
Para todas estas cosas deja que el tiempo corra en la escuela de Cristo, que así son las cosas del amor: "Vino nuevo, amigo nuevo; cuando sea añejo, con placer lo beberás"(Sir 6,10). No te fíes de la comunidad carismática llena de amor que nace con un fervor de repente.
***
Vayamos otra vez al Cantar donde descubriremos a una mujer que ama y a quien llamamos virgen y que ama virgen con todo el corazón. El amor, que es ungüento, se le ha derramado por todo el cuerpo, como el Amado, de la cabeza a los pies. Tu nombre, un ungüento que se vierte. Es la Amada quien recibe el nombre y lo siente penetrado como un precioso ungüento que le impregna.
Amor por dentro y por fuera, una sola cuerda que vibra en el alma y en el cuerpo de Cristo amado. Así lo dice el Cantar como signo de la revelación definitiva, cuyas primicias tenemos hoy en el Espíritu aposentado en el alma y en el cuerpo. Amar con todo el corazón derramado en el cuerpo sin ignorar que este cuerpo, penetrado del corazón, sellado con el Espíritu Santo de Dios, es, en la espera del "día de la redención" (Ef 4,30), "cuerpo de carne" (Col 1,22;  2,11), ansiando que el Espíritu se manifiesta radiante y lo haga como ha hecho al cuerpo de Cristo.
Entonces, sí, con la ternura nueva de Dios, amaremos en el signo perfecto que profetiza el Cantar y que ya hemos comenzado en la tierra.
Que el don de tu virginidad te traiga el gusto de este amor.

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