domingo, 13 de noviembre de 2011

137. El Cantar divino 8/10 - El huerto y la fuente


El  huerto,  la  fuente  y  los  brotes


Virgen elegida:
Lejos de nosotros ensalzar la virginidad a la defensiva. No, ni defensa ni polémica. Lejos de nosotros sublimar a la amable y excelsa como réplica a un instinto contrario inconfesado. ¿A quién va a envidiar la que se siente herida del amor puro? No, la virginidad revelada no necesita apologética para el creyente, como la mujer hermosa no necesita más presentación que su propio rostro.
No ofenderé, pues, tu amor puro, virgen amable, si ahora junto a la virginidad traigo otra palabra para la que me han pedido la luz de un pensamiento: maternidad.
***
Esos brazos que recogen cálidamente a una criatura apretándola contra el pecho, contra el corazón palpitante, y ese rostro y esos labios vueltos hacia el hijo querido, son la imagen inefable de la maternidad. El Señor se ha estremecido, y ha evocado el gozo de la madre que parece hundirse en lo infinito (Jn 16,21). Los que saben de amor ‑ los que por gracia sabemos, querida hermana ‑ también. Francisco de Asís llega a la purísima ingenuidad de escribir así en la breve regla de las ermitas (apenas una página): "Los hermanos que quieran vivir la vida evangélica en fraternidad en las ermitas estarán tres, o a lo sumo cuatro. Dos sean madres, y tengan dos hijos, o uno. Las madres hagan el oficio de Marta, y los dos hijos el de María... Y los hermanos que son madres procuren mantenerse alejados de toda persona, y por obediencia de su custodio guarden a sus hijos para que nadie pueda hablar con ellos.  Y estos hijos no hablen con persona alguna, a no ser con sus madres y con el custodio, cuando le plazca a éste visitarlos, con la bendición de Dios. Más los hijos de vez en cuando tomen el oficio de madres por turno y por el tiempo que les pareciere conveniente disponer". Este tipo de maternidad es la versión del amor de ternura que está en el seno de Dios trino. Con fastidiosa molestia de las palabras el hermano resulta ser madre para su hermano por el cariño divino y la ternura del corazón, " porque si la madre ama y cría al hijo según la carne, con cuánto más amor debe cada uno amar y cuidar a su hermano según el Espíritu" (Regla franciscana, cap. VI).
La maternidad vista así es inefable, se trasciende a sí misma. Pero obsérvalo bien, querida hermana. Esta es la maternidad por sí sola, la maternidad sin marido. Por esto cuando vemos a una criatura en alguien fruto de pecado, no en sí misma, puesta esta criatura en brazos de su madre enternece el alma, y se llevan la madre junto con la criatura todo nuestro amor, sin el menor resabio de amargura, sin la mínima objeción, sin ningún escrúpulo, sin ningún reparo.
Es que paradójicamente referimos esta maternidad al misterio nuclear del amor  que existe en Dios. Maternidad sin antecedentes..., maternidad que queremos pensar sin consiguientes..., maternidad sin más. Maternidad, forma misteriosa de amor, maternidad que ‑ entendámoslo bien en el abismo de la fe ‑ halla forma arquetipo en la virginidad. Tal es la evocación materna que nos produce la madre con la criatura, la madre sin marido.
No necesita la virgen, para hallar una oculta y misteriosa identidad suya, ir a amoldarse al modelo de la madre. Por el contrario, será la madre creyente la que encuentre su misteriosa fecundidad en el amor virgen. Si para hablar de virginidad no teníamos que medirnos con el modelo de los esposos porque "el que se une al Señor se hace un solo espíritu con él" (1Cor 6,17), mucho menos que ir al esquema de la madre.
***
Con el respeto que Dios infunde adentrémonos en el secreto de la maternidad.
La mujer fecunda que por Dios Creador lleva en su cuerpo, es decir, en su ser y en su identidad, entrañas para engendrar, pechos para criar, se siente más esposa que madre, y apetece más a su marido que a sus hijos. Igualmente el marido; más lleno se siente, más hombre, con el abrazo de la mujer que con los abrazos de los hijos. La mujer es única.
Quizás algunas mujeres se irriten por este "más" que recalcamos; no quisieran distinguir porque en el terreno del amor una distinción parece quitar un poco del amor total que tiene por los hijos. No quitamos; simplemente ponemos orden, descubrimos el orden callado que tiene el amor. Descubrimos para descubrir luego que hay otro amor más sabroso, más vivo, detrás de la maternidad, detrás de la esponsalidad, y es el amor que ha alcanzado la virgen.
¿Qué es lo que ve la madre cuando con amor incontenible, rompiendo barreras, ama abalanzada a los hijos? Se lo preguntaría a las madres esposas ¿No le veis al marido? Se lo preguntaré mejor a las vírgenes, porque en su intuición y dinamismo tienen algo mayor que el marido y los hijos. ¿A quién veis, vírgenes, en la corazonada de la madre por los hijos? En el fondo de tu amor, ¿a quién verías tú?
No está el secreto en los hijos, no está tampoco en el marido, que es amor más denso; está más al fondo. Hay que retraer la cuestión hacia esa intimidad última del amor. Ahí no alcanza el análisis; sólo llega la intuición y la vivencia.
A veces la apetencia maternal es la apetencia de afirmación mortal de la propia identidad y existencia. Raquel grita a Jacob, desesperada: "Dame hijos, o si no me muero" (Gen 30,1). Raquel sin hijos es nada; se siente humillada, y por eso celosa de Lía fecunda.
La pasión de maternidad es pasión por la vida; pero hay algo más sutil y fuerte en todos los relatos estremecedores de maternidad (leer Gen 29, 31‑30,24). Si Raquel y Lía quieren ser madres es porque quieren verse mujeres ante su marido. Cuando Yahvéh miró la cuita de Lía aborrecida le dio un hijo, y entonces Lía exclamó: "Ahora sí que me querrá mi marido". Al nacer el tercero dijo pletórica de gozo: "Ahora, esta vez, mi marido se aficionará a mi ya que le he dado tres hijos".
También sabemos en caso de Ana. Lloraba muy afligida porque su rival tenía hijos, y ella no los tenía: "¿Ana, por qué lloras y no comes? ¿Por qué estás triste? ¿Es que no soy yo para ti mejor que diez hijos? (1 Sam 1,8). Su rival la zahería, por eso quiere el orgullo de la maternidad; quiere verse como mujer (no lo indica directamente el texto) ante su marido.
Si en fondo misterioso del amor pudiera deshilarse, nos atreveríamos a ver esto:
De lo íntimo del corazón brota el amor, que es la emanación misma del ser, sin que el ser se siente arrancado de sí mismo. Mana el amor. ¿Para qué sale? Para darse. ¿A quién? Al Amado.
Si el amor pudiera sustanciarse, corporeizarse... Si el amor pudiera engendrarse a sí mismo, siendo engendro origen y término, manantial y corriente, amor amante y amor amado, corazón que ama y corazón amado... Si esto pudiera ser... Si la persona a quién amo pudiera ser tan amada que no solo viviera en mí, sino que fuera yo mismo y al mismo tiempo no yo mismo para amarla... Porque la esposa ama al marido y la madre a los hijos; pero hay un corte entre la esposa y el marido, entre la madre y los hijos. Ni el marido ni los hijos son la mujer amadora, por mucho que la mujer quisiera llevárselos a la sustancia íntima de su ser, asumirlos en una identificación personalizada consigo misma. ¡Imposible! Ahí está el marido, ahí están los hijos y la mujer amadora, abrasada y herida, contempla impotente que es imposible su loco empeño. Con la luz del Verbo podrá entrever que la fecundidad de su amor esponsal y maternal no es "la fecundidad", que sólo al reclamo de otra fecundidad puede hablar ella de su amor fecundo.
Hermana muy amada: Presiento que es grande tu gozo, porque nos hemos introducido en el seno de la Trinidad y estamos hablando de la fecundidad de Dios, que es Jesucristo, "el Hijo de su amor" (Col 1,13).
¿Cuál es la fecundidad de Dios? Dios mismo. Su amor se sustancia en él; Dios es el Amor amante y el Amor amado.
Cuando veas el agua que baja del monte, agua de nieve piensa en Jesucristo. La nieve la engendró, es criatura suya y lleva dentro la nieve. Mete tus manos en esa corriente, masa de luz compacta, y verás cómo quema, de fría y de pura. Es el agua engendrada por la nieve. La nieve y el agua..., como un símbolo muy fluido para decir que Dios engendra en sí mismo al que es Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero. (¡Cómo quema el agua de nieve, cómo hiere...! El agua de nieve y el fuego son lo mismo de puros, y purifican).
Ya nos vamos acercando a nuestro punto de llegada: la virginidad. La virginidad ¿es fecunda? Oh, ahora ya lo sabemos: se parece mucho más a ese manantial puro de luz de la Trinidad, mucho más que el delicioso amor esponsal y el feliz amor maternal. No compararemos, pues, a la virgen con la madre. A la madre la pondremos  frente a la Trinidad para cantarle el honor que le corresponde y también le pondremos a la virgen. Y vemos que el amor de la Trinidad es incorruptible, y el amor de la virgen, para dicha eterna y terrestre, también lo es. ¿Cuál es, pues, la fecundidad de la virgen, la fecundidad de su amor virginal? ¡El mismo amor, porque el engendrado de la virgen es incorruptible! El mismo amor, o mejor, el más amor. O de otra manera: ¿cuál es la fecundidad de la virginidad? Dios mismo, el Verbo santo de Dios.
Y la prueba de que esto es así es que hubo una Virgen en la tierra que tuvo  como virgen un fruto: el Hijo de Dios. La maternidad no es en María paralela a la virginidad, sino que la virginidad termina en  maternidad, y el fruto divino de su vientre es el fruto de su virginidad.
Este fruto que María lo mostró visible al mundo tú lo llevas escondido en tu amor virginal, virgen hermana, la fecundidad de tu virginidad es Cristo, el Hijo de Dios vivo.
No es otro el misterio de la Iglesia que se reconoce a sí misma como virgen y madre.
¡Qué fe más fina y certera nos hace falta para entender estas cosas y hablarlas comunicándonos el gozo de los hermanos! Pero a nosotros, hijos de la Iglesia, el Señor Jesucristo, en su insondable misericordia, nos la ha dado.
***
Cantemos, pues, la fecundidad  del amor virginal con palabras del Cantar:
Eres huerto cerrado,
hermana mía, esposa,
huerto cerrado,
fuente sellada.
Tus brotes, un paraíso de granados,
con frutos exquisitos:
nardo y azafrán,
caña aromática y canela,
con todos los árboles de incienso,
mirra y áloe,
con los mejores bálsamos.
¡Fuente de los huertos,
pozo de aguas vivas,
corrientes que del Líbano fluyen!

¡Levántate, cierzo,
ábrego, ven!
¡Soplad en mi huerto,
que exhale sus aromas!
¡Entre mi Amado en su huerto
y coma sus frutos exquisitos!

Ya he entrado en mi huerto,
hermana mía, esposa;
he tomado mi mirra con mi bálsamo,
he comido mi miel con mi panal,
he bebido mi vino con mi leche.
¡Comed, amigos, bebed,
oh queridos, embriagaos! (4,12‑5,1).
El amado dice a la mujer: "Eres huerto cerrado". La mujer enamorada sabe que es huerto del Amado: "Mi Amado ha bajado a su huerto" (6,2); y el Amado dice: "Ya he entrado en mi huerto" El amor se concluye en el amor; es huerto cerrado. Se concluye en ese "mi" posesivo del Amado: mi huerto, mi mirra, mi bálsamo, mi miel, mi panal, mi vino... La mujer entera es para el Amado la amada mía, hermana mía.
El huerto cerrado, la fuente sellada es la emanación del amor trinitario. La fuente no es un aljibe seco; es un pozo de aguas vivas, corrientes del Líbano fluyen. Del amor mana amor.
Y en este huerto cerrado ‑ comunicación trinitaria de amor ‑ lo mismo bullen las aguas vivas, brota la vida con toda la fragancia vegetativa: frutos exquisitos. El amor bulle, y el fruto del amor nace, florece y fructifica en el mismo amor.
Volvamos al huerto cerrado, imagen imposible para llegar al amor trinitario que engendra en el seno del Padre. Si la fe nos descubre la fecundidad de la virgen, sepamos que la misma fe nos descubre algo primario, más hermoso, que es la fecundidad misma de la virginidad de Cristo.
Si Cristo me dice: "Tu eres mío" (Is 43,1), y en este huerto cerrado llama a su virgen: Amada mía, tú eres mía, tú eres el huerto mío, entonces la misma virgen era el fruto de la virginidad de Cristo.
Así, hermana, ya no es la pregunta importante: ¿Cuál es mi fecundidad virginal?, sino que el anuncio revelador es este: Yo he nacido de la virginidad de Cristo; en Cristo está la fecundidad el Padre, y todas las vírgenes cristianas son el dulce fruto del Señor. Aquí había que centrar el asunto.
***
La fecundidad ‑ póngase en la expresión femenina de la maternidad o en el lado de la paternidad ‑ era algo de Dios. En él es incorruptible. Dios la comunica sin perder nada de la integridad de su ser. El pueblo creyente, la Iglesia de Cristo, es todo él fruto de la fecundidad incorruptible del Padre. Lo vemos en Abraham, en cuya revelación contemplamos el ser puro de la virgen.
"Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó él  en Yahvéh, el cual se lo reputó por justicia" (Gen 15,5‑6).
Abraham no puede fructificar. Si hubiera podido, no habría habido fruto de promesa. Abraham no puede nada, absolutamente nada. Lo que Dios va a dar es divino y Abraham es un hombre. Es que la fecundidad de Dios no es una fecundidad de los hombres, y el don que va dentro de esa fecundidad no es el  don de la fecundidad humana. Abraham no hace nada. Simplemente, dando en oblación su fe y su confianza a Dios, se deja llevar por las corriente de Dios, y Dios por esta fe íntegra, recoge a Abraham en su vida, lo introduce en la corriente de su ser, y Abraham fructificará; es canal de la fecundidad de Dios. Su descendencia será incontable como las estrellas del cielo y la arena de las playas del mar; en él se bendecirán todos os linajes de la tierra. Todo lo hizo Dios. Abraham simplemente recibió.
Así es, hermana, tu fecundidad. No es la tuya; es la fecundidad de Dios en ti. Eres el fruto de la virginidad de Jesucristo.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;