domingo, 13 de noviembre de 2011

138. El Cantar divino 9 /10. Virgen en el signo de Cristo

Virgen  en  el  signo  de Cristo.

El  amor  humanado


Cristo, hermano nuestro:
Tan lejos ya de mis propios pensamientos, caemos en ti, Sabiduría, Virginidad, en ti, Engendrado del Padre (1 Jn 5,18), Inefable. ¿A dónde iré si ya los pensamientos humanos no suministran cosecha para hablar de ti que eres Pensamiento del Padre? ¿A quién hablaré, a la virgen hermana, virgen fiel en la fe de la Iglesia, o a ti, el Único...?
Humilde, desde el fondo de la nada, ya nada sé, porque tu Carne virginal, tu Cuerpo engendrado por el Espíritu Santo de Dios anega la razón. En tu Carne el hombre se sumerge, gozoso, en un océano de luz, y se pierde. Es como una embriaguez...; pero ¿dónde está el pudor?, ¿dónde la buena lógica de los sensatos?, ¿dónde la humildad de los humildes?, ¿dónde está la discreción...?
Nada sé. Allí quedó la razón (¡tened piedad, los sensatos!), y aquí... como un bobo de otros mundos. Es doloroso... Nace un pensamiento que parece que quiere decir algo, y al fin ¡nada! Explota en la luz.
Muy audaz habla así un pecador, pero no es presuntuoso, porque lleva sangre de Dios
Nace un pensamiento – decía – y se pierde deshecho en la luz, y uno se corta a sí mismo, y comienza y vuelve  y dice lo mismo, siempre perdido. Es la fiebre.
Más allá de ti, no hay nada. Si buscamos, no encontraremos. Nada más hondo, nada. ¿Virginidad? Más allá de ti no hay nada.
Más allá de ti, Jesús, no hay nada. Fuera de ti, ídolos. En ti, todo.
En ti empieza y termina la sencillez. La sencillez tiene una blanca túnica, que es el silencio. También las palabras de la Biblia se visten con la blanca túnica, y entonces... lo que está detrás de la Biblia es el silencio. ¿Diremos que es un silencio parpadeante de luz, silencio suave, claro, blanco y luminoso? Sí, así es este silencio de la Biblia, la Palabra escondida, la Palabra pura detrás de todas las hermosas palabras.
Ahora me perece, querida hermana, que nos hemos situado en el punto del Cantar que queríamos. El es el Amado, y ella la Amada. Ahí están los dos, se aman, se entregan, hablan; ahí están sencillamente. Pero cuál es esa conversación, qué es lo que dicen, eso no lo dice el Cantar. Por eso el Cantar es divino, porque esa mutua locución, que es el Verbo de Dios – la Carne pura de Cristo – ha quedado escondida, prendida en los labios del Amado y de la Amada que hemos sorprendido conversando.
Esa vívida presencia tuya, oh Jesucristo, tan silenciosa como el fuego de una brasa encendida, ¡eso era el mensaje del Cantar, esa era la Palabra! ¿Quién la recogerá? El que suba a la Cruz y el que allí entienda de amor, ése la recogerá, porque la Palabra cálida del Padre era el Hijo muerto por amor.

***
El amor encarnado es la Palabra secreta, escondida y divina que se han cruzado los Amantes del Cantar. Eso es todo lo que dice el Cantar; pero precisamente esa es la Palabra no consignada. He ahí la Palabra del Espíritu. Los Amantes se han cantado su hermosura; pero por algo se la cantan: por lo otro que llevan en el corazón y se lo comunican, la Palabra inefable, que es el puro don personal. Y esa palabra no se dice, y sin embargo no hay nada más anunciado en el Cantar, puesto que para comunicar ese mensaje de don para eso se ha escrito.
Y como decimos que esa Palabra no se dice, tampoco aquí, al evocar la conversación deliciosa de los Amantes, la decimos porque en el Cantar no está  puesta en hebreo ni la han recogido las versiones. Ahí está como un íntimo acontecimiento; es la Palabra del Espíritu.
Es, pues, evidente, virgen hermana: el Cantar es tu libro de virginidad, palabra callada, silencio. El Cantar es la presencia real y suavísima de Cristo, amor del Padre; y esta presencia se nos comunica por el Espíritu. Cuando el Espíritu habla, el Cantar vive en el corazón.
Suba, Señor, en la paz, en la suavidad y silencio del corazón, suba a mis labios el susurro de esa palabra que yo voy tomando de la fe de la Iglesia.
***
En Cristo la virginidad no fue una opción superpuesta a otra cosa sustantiva de su vida. En él, la virginidad no fue una opción posible, por lo tanto adventicia. En él la vida y la virginidad no son dos cosas distintas, separables. Nació Hijo de Dios, nació virgen, Nació Hijo de Dios, nació sin pecado. Pues lo mismo. Nació virgen; queremos decir: no solo porque el Espíritu Santo lo trajo como fruto de virginidad, sino porque su ser constitutivamente era virginal.
Naciste consagrado, vocacionado, porque eres "aquel a quien el Padre ha santificado y enviado al mundo" (Jn 10,36). Naciste sin salir de la esfera de la santidad del Padre; por eso, tu vocación en el mundo fue el Amor. De allí venías engendrado, y allí volvías vestido de humanidad y de gloria (Jn 16,28).
Como en ti se bendijeron todos los linajes de la tierra (Gn 12,3), dentro de las células de la Carne divina - ¡sí, carne de Dios en la verdad más verdadera! ‑ nos encontramos reunidos todos los hombres. Ancho fue tu corazón como el universo, como la historia dolorosa de todos los mortales, de "todas las naciones" (Mt 25,32). En ti alcanzamos nuestro último vuelo, porque tú eres nuestra cima, tú eres el vértice.
Y todo esto ocurría en tu Amor, en tu Amor simple, dado por el Padre, en tu Amor que por vocación divina es Virginidad. Era, pues, virginidad el regazo amoroso del mundo, el fruto del Padre, la obra del Espíritu; y al mismo tiempo los trabajos de todos los hombres. Sus sudores estaban en tu virginidad concentrada, sus invenciones, y sobre todo, la vida misteriosa de su corazón, que nadie puede abarcar. Tu virginidad tenía todo este latido.
Y no hacía falta que entonces lo "supieras" en los actos distintos de tu conciencia humana, limitada como la nuestra. Estaba allí, allí latía, en tu vocación virginal y en el Padre que lo recibías. Así de sencilla fue tu virginidad humana. Fue silenciosa, silenciosa incluso para ti mismo. Lo tenías todo y el Padre te lo guardaba en tu corazón. En el día de tu Resurrección te lo regaló como a Hijo heredero.
Señor, te estamos mirando, llenos de gozo, situados dentro del tiempo eterno en el cual tu vives vencedor ya de todos los afanes humanos. Tu virginidad de Resurrección está cristalizada en tu nueva Carne, y el tiempo se ha acercado a tu cuerpo humano, tierno y glorioso, para pararse y hacerse él mismo cuero y persona, porque eres eterno. Y con esta luz derramada del "más allá" íbamos envolviendo tu virginidad del "más acá". No tienes dos tipos sustanciales de virginidad; allá y acá es una sola ‑ la virginidad de tu amor al Padre; y por ello tu virginidad terrestre nos embriaga divinamente el corazón, como quiere decirlo el Cantar.
No será tanta nuestra torpeza como para pensar que aquella virginidad que viviste en el cuerpo nacido de la Virgen María era una virginidad sin sangre y sin raíces. Sería horrendo el pensarlo. Pero no, tu virginidad distinta, sin contacto con la raíz venenosa del pecado, sin la lucha contra la carnalidad, tu virginidad plena, oh Jesús, libre, sana y fragante, fue lo más deliciosamente humano. Y fue tan divinamente sencilla... También por esto te damos gracias, pues así en tu corazón, archivo de nuestros tesoros, encontramos seguridad y promesa para el nuestro. Tú eres el jugo y la dulzura del corazón; tú eres la verdad callada de mi virginidad que en ti, sin saberlo, la aprendí. Aun de noche me instruye internamente...
Dialoga tu virginidad terrestre y la mía terrestre. No pueden decirse todo, porque, para dicha mía, tu eres distinto. "Jamás un hombre alguno ha hablado como habla ese hombre" (Jn 7,46); tampoco tu corazón, el más humano y verdadero, fue como el nuestro; el tuyo era el humano; el mío, sanado por ti, va avanzando hasta encontrarse con su imagen perfecta de una humanización revelada. Por ello el recuerdo de aquella virginidad tuya en la tierra, es hoy para nosotros refrigerio, promesa, anchura..., redención.

***
Hay un velo supremo, el último, oh Hijo de Dios, para posar en tu virginidad. Trataremos, porque la revelación se nos ha dado graciosamente a la pequeña grey. "¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis!" (Lc 10,23).
¿Qué vemos? Te contaré, Cristo, Señor y Dios mío, lo que tú nos has enseñado; te diré lo que se oye en el diálogo silencioso del Cantar; te lo mostraré, si tú vienes con el don de las palabras sencillas.
Que Dios nos ha amado con todo su amor con íntegro corazón. ¡Qué cosa más vulgar el decirlo! ¡Y es la Palabra más fuerte, más significativa... de toda la revelación! Su contenido es la revelación integral.
Conozco el amor limitado, que es el mío; el amor infinito lo ignoro. Excede todo poder de amor, toda capacidad receptiva. ¿Cómo podrá la criatura  dialogar con el amor infinito?
Pero en Cristo, donde Dios se engrandece a sí mismo, Dios dialoga consigo mismo en el mismo nivel de amor. Jesucristo, Dios distinto de Dios, es en realidad concretísima de su persona humano‑divina el receptáculo del amor infinito, es el testigo del amor, es el signo adecuado. Es el  amor entero; no más ni menos amor que ése ‑ su carne personal ‑ es el que existe. Y él murió. ¿Cómo puede morir el Viviente si no es en fuerza del amor? Murió él que era Dios: tan grande era nuestro pecado, sólo explicable por la muerte del Hijo de Dios, pecado que rebasa toda mente creada, humana o angélica, para que pueda ser comprendida. Pero si al morir por mi pecado moría en realidad por mí, moría porque me amaba. No empaña nada el hecho concomitante de pecado para que esta muerte del Hijo de Dios por mí, fuese la efusión infinita del amor del Padre. Yo me convertí, adherido a Cristo, en el receptáculo del amor infinito del Padre. El Padre me amó, o más bien me ama infinitamente hoy, porque siendo este amor infinito no se puede partir en partes y separar el momento de hoy de aquel momento de la Cruz del Hijo Amado; sería un atentado contra el amor integral del Padre, amor infinito sin partes.
La vida, en revelación y gracia, no es otra cosa sino la concreción, la individualización, de este amor del Padre que sin salir de sí mismo queda cristalizado en mí. Yo soy un espíritu, un hálito de ese amor, emitido de ese corazón amante. Intentos tenemos dejar suelto ‑ por así decirlo ‑ al entendimiento, parte de la vida, para que la vida entera reciba en fe ese amor que se nos ha derramado (Rom 5,5). Nuestro ser es "ser en Cristo"; de otra manera: "amados de Dios". Fuera de esto en nuestra persona regenerada no haya nada; el amor, espíritu, jirones del espíritu, se ha densificado y hecho individuo: esto es un cristiano.
En Cristo, confluencia del Padre que engendra y del Hijo engendrado, el amor ha besado al amor. Porque el retorno del amor humano que sube al cielo, nacido este amor humano en Cristo, se sustantiva en el Hijo, única persona que existe en el Señor.
Estamos en este momento tocando el corazón mismo de todo el misterio revelado: El amor de Dios, saliendo de sí mismo y sin dejar de salir, se muestra totalmente contenido en un ser humano: Cristo. Y en correspondencia a esta Alianza, el amor del hombre al Padre revelado alcanza en Cristo la misma categoría y altura que el amor que baja del cielo. Amor descendente y amor ascendente confluyen, se estrechan, se besan y abrazan con un abrazo que no se ha de soltar en la eternidad. Es el amor de Cristo; y es también, asumido, el amor de la criatura, el mío que ya no existe sino existiendo en Cristo.
Ese abrazo único del único amor, ascendente y descendente, ese abrazo con esa palabra del aliento que pasa de labios a labios es el diálogo que quería decir el Cantar de los cantares. Ha pasado a la Iglesia en el Espíritu: "os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho" (Jn 14,26).
Cantaremos, pues, gozosos, oh Cristo, Hijo de Dios vivo y dulce Hermano nuestro, tu virginidad. ¿Qué es tu virginidad, sino la única forma de tu amor? Inconcebible en ti una forma de amor que no estuviera anclada, incrustada, o mejor, fusionada, en ese beso mutuo del Padre y del Hijo. Y ese Beso es el Espíritu. Por eso, tu virginidad en tu carne palpitante que cruzó la tierra es el hálito del Espíritu que te cogía de raíz, tu "realidad espiritual", tu realidad central, verdadera, definitiva, única. La virginidad en tí no venía de fuera (ni siquiera de algo tan sutil como una inspiración que nos viene  de fuera), sino que nació de dentro como único camino del amor. Tu virginidad era tanto el amor del Padre a ti como tu amor hacia él.
A la altura de este diálogo de donación de Jesús con el Padre está puesta nuestra virginidad, que es asumida en la filiación del hijo de Dios. ¡Gozo escatológico que se nos abre!
"Dios es espíritu" (Jn 4,24), anuncio que nos quiere significar: Dios no es carne. La "carne" son las más nobles posibilidades humanas, lo que no es el Dios de la revelación; carne es el corazón generoso (fuera de la revelación), la voluntad firme (fuera de la revelación), el entendimiento limpio y perspicaz (fuera de la revelación), la religión que de todo esto nacería. Pues Dios no está en este ámbito, porque no es carne sino espíritu y revelación. Aquí le han de alcanzar los verdaderos adoradores, no en la carne, sino en el espíritu, en la revelación. "La carne no sirve para nada" (Jn 6,63).
Dios es espíritu, y la virginidad, incluso en esta realidad de nervio, de sangre, de cuerpo, de sicología, es espíritu. Nuestro diálogo virginal con Cristo, nuestra comunicación con él, nuestra palabra callada que hemos aprendido en la palabra no dicha  en el Cantar se alza hasta el Espíritu, y allí nos entendemos. Allí, en el monte de la mirra, en la colina del incienso, hablaremos de amor. Y hablando de esto, es decir, viviendo de amor, sólo de amor, estaremos dentro del amor infinito del Padre que se ha aposentado para toda la eternidad en la Carne de Cristo.
Señor Jesús, que ya en esta tierra nos embriagas con tu virginidad, principio de la gloria del cielo, danos un corazón sencillo y humilde para poder hablar contigo en el Espíritu Santo. Amén.

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