domingo, 13 de noviembre de 2011

139. El Cantar divino 10/10 - Sencilla

Sencilla


Virgen cristiana:
Esta, sí, es la palabra final acerca de la virginidad. Es la firma: sencilla. Lo digo a la virgen: virgen sencilla. O lo digo mirando con una sola mirada toda tu vida: Es más sencillo..., más sencillo.
De estos cantares gozosos de virginidad, cantares que cantan pensamientos de Dios, diremos con la oración de los Salmos:

Qué incomparables encuentro tus designios,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto:
si me pongo a contarlos, son más que arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú.
(Sal 138).

Después del recuento, después de tantas canciones, "aún me quedas tú".
Quedarnos embelesados ante ese "tú" perdido, Dios mío, ante "ese "tú", oh Jesucristo, es querer prender con la mirada y el corazón la última palabra: la sencillez. Porque habría mil cosas que decir después de haber dicho muchas por delante, resumimos lo indecible de una mirada quieta y contemplativa: la sencillez. Como quién volviera la cabeza después de haber hablado mucho y dijera: Bueno, la sencillez, eso es todo...
De la virginidad hemos hablado con palabras divinas. ¿Podría ser de otro modo? Su nacimiento es "entre esplendores sagrados". Así nace el Hijo en el seno del Padre.:

Yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora (Sal 109).

Y la historia de la virginidad del Hijo, pasando por las entrañas puras de María, se termina como virginidad pascual. Si es virginidad divina, ¿cómo la íbamos a secularizar? Si es virginidad que proviene de la gloria del Padre que ha consagrado y santificado a su Hijo, ¿cómo la íbamos a "moralizar "? Si es virginidad del Espíritu, ¿cómo hablar de ella sino con palabras del Espíritu, palabras de sabiduría espiritual? Si el Espíritu es fecundo como para asumir el pan y el vino y hacerlos cuerpo y sangre del resucitado, ¿cómo hablar de virginidad sino eclesialmente, sacramentalmente, místicamente...?
Ahora, después de este recorrido uno quisiera decir más y todo, diciendo simplemente: Es más sencillo... Sí, la virginidad, amor límite y amor revelado, es sencilla; tiene que ser sencilla como la Encarnación misma. El Dios humano es tan sencillo..., porque la sencillez es más fuerte que la grandeza.
La sencillez... apenas otra cosa que la nada, es el despojo de Dios (Flp 2,7), es la humildad del Hijo hecho siervo es la cruz, es el silencio, es el desamparo. La sencillez es lo que Jesús dijo a los Doce: "Si uno quiero ser el primero, sea el último de todos" (Mc 9,35). Ser el último es el término de llegada de la Encarnación y el primero será el campeón de la Resurrección, el primogénito de los muertos.
El sencillo es el "último", pero no desde fuera, no aceptando modosamente algo que no se es, sino identificándose en lo que más radicalmente se es: ser lo que se es como al extremo opuesto de Dios, eso es el sencillo.
Jesús se identificó como el sencillo poniéndose al extremo de Dios: el glorioso vino a ser varón de dolores, el último, el más hermano de todos los hermanos, el más sencillo. Y así la virginidad que se nos representa como el amor más hermoso y más puro, es tan sencilla; y la virgen cristiana es "virgen sencilla".

***
María, conducida por el Espíritu, es la virgen sencilla. Entró el Espíritu en ella (cf. Lc 1,35) y en ella "santificó" (consagró) un fruto santo, que es el Hijo de Dios. María fue sencilla porque creyó, ¿pues qué otra cosa es la sencillez sin la fe confiada? En la fe se acoge al Dios incontenible e inefable; en la fe está Dios que no se puede decir, el Inefable, el Inenarrable del que no se pueden contar sus maravillas, porque él sobrepasa a todas sus maravillas En la fe se deposita lo indecible; la fe contiene lo inefable. No se puede narrar, Y por eso decimos que la sencillez es la fe pura; y por eso añadimos que el alma sencilla no tiene nada que contar.
Y de este modo la Virgen María, habitada por el Espíritu y que llevaba en sus entrañas el misterio de los esplendores sagrados, la generación del Verbo que era engendrado en la tierra, no tenía nada que contar (Mt 1,18‑25). El único que tenía algo que contar era el mismo Espíritu que habló a los profetas. ¿Cómo iba a contar María nada a José si ni a sí misma se lo contaba? (Mt 6,3) No veremos en el testimonio evangélico de la concepción virginal de Jesús (texto citado) un relato "psicológico", porque el protagonista de esta escena no es José ni María ‑ cavilaciones  del corazón humano. angustias, temores... ‑ es el Espíritu del señor que  tiene su forma plástica en "el Ángel del Señor". Ese es el protagonista de la Sagrada Escritura, ése es el que está en el centro de la Anunciación de María y ahora es esta espera del nacimiento virginal. 
Por eso José huye. Solo el "santificado" (consagrado) puede acercarse al monte del señor. ¿Por qué va a entrar José a la presencia del Espíritu, por qué va a habitar en la hoguera sagrada, mientras no sea llamado? Por eso José huye con razón. El hombre marcha a su tierra porque no es digno de habitar en la compañía del Verbo. José huye del Sinaí. Pero "el Espíritu de Yahvéh los llevó a descansar" (Is 63,14), y este mismo Espíritu santo (Is 63, 10.11) es el que condujo a José al medio del misterio ardiente. El Espíritu dijo a José la palabra escatológica: "No temas". Y continuó: Si bien es verdad que lo concebido en María es obra del Dios (el Ángel hablaba y decía: lo concebido en ella viene del Espíritu Santo), tú también estarás asociado a este misterio; tú tendrás poder, porque a ti se te concede darle nombre.
Era un solo Espíritu el que obraba en María, un solo Espíritu el que conducía a José.
María, virgen santificada, callaba, y dejaba todo al Espíritu que había tomado la iniciativa para que él terminara la obra. Era virgen prudente y sencilla. José fue introducido ahora en esta obra de santificación; fue "consagrado" de Dios, nazir y más que nazir. Y después de estos sucesos de José ya no sabemos nada. La llama se consumió en la sencillez... El sencillo no tiene nada que contar.
Lo que allí pasó, en la virginidad de la joven nazaretana, no es para una crónica periodística; la forma de contarlo la Escritura no es la forma de nuestras crónicas, Por eso, guiándonos por el Espíritu que reside en la santa Iglesia, hemos tratado de acercarnos a lo íntimo de esa virginidad de María, virginidad tan sencilla y tan quieta.

***
El Antiguo testamento es como una fruta que madura. En la carne de la fruta se van haciendo los jugos dulces, el sabor milagroso de la tierra que es don y maravilla cuando asciende por el tronco duro de los frutales. Un árbol, que es una revelación, y un fruto, que está maduro en Jesucristo.
El amor anunciado en el Antiguo Testamento era  fruto con jugo de virginidad. Cuando nuestras encías entran en la carne de la manzana madura y sabrosa, por el sabemos la historia de la florecilla primaveral que sale en el manzano. Por esto mismo entendemos las palabras de virginidad que tiene el Antiguo Testamento. Y al fondo de todo lo que se nos diga de consagración a Yahvéh (consagración de la tierra y de sus frutos, consagración de primogénitos y primicias, consagración de los levitas...) y de alianza entendemos la última palabra de amor que se va haciendo en estos jugos: consagración sin rescate, La virginidad es consagración sin rescate; y el consagrado sin rescate es Jesucristo, el Hijo que pertenecía al Padre, solo al Padre.
El Antiguo Testamento es principio y atisbo de lo que viene. La sencillez no es el don del Antiguo Testamento, sino que es el fruto maduro del Nuevo, madurado en la carne del Señor.
¿Por qué en el Antiguo Testamento la virginidad no es más que un atisbo, un ideal apenas incipiente, un aura suave que se respira, perfumada y fragante, pero como venida de lejos? Porque en el Antiguo Testamento el corazón humano ha madurado en sencillez. Jesús redentor dos la dio. Su vida era la verdad cumplida de su muerte y resurrección y de la filiación que él traía. Fue sencillo. Siendo él virgen por vocación de su ser en el cual todos somos constituidos, nada extraño que el signo de la virginidad sea signo normal desde siempre y para siempre en la Iglesia cristiana. El signo de la virginidad por el Reino en los hermanos separados es el signo interno más fuerte de la unidad de los cristianos. Es el signo de la vida plena y escatológica de Jesús en ellos, signo de comunión hondísima en una sola fe.
La sencillez es de los maduros, como en el Evangelio todas las palabras de Dios llegan a granazón. La yema tierna del Antiguo Testamento se hace hermosa flor y fruto en el Nuevo. Y esto es la virginidad, revelación cumplida, porque no es otra cosa que la revelación de la carne de Cristo.

Los pobres y humildes de Yahvéh (So 2,3) – estamos en el siglo VII – son ahora los sencillos del Nuevo Testamento. Estos poseen el sabor del Antiguo Testamento; son el pueblo sencillo de Jesús, el pequeño rebaño (Lc 12,32), el pueblo de las bienaventuranzas. Y en este rebaño de sencillos están las vírgenes, no para envidia de nadie, sino para gloria de la carne de Cristo, para manifestar al pueblo santo que sólo Jesús humilde y crucificado es la norma de nuestra fe.
¡A dónde han venido a parar las andanzas del amor por la tierra...! A la virginidad, a la carne del Señor.
Ahora la amada virgen del Cantar:

Mientras el Rey se halla en su diván,
mi nardo exhala su fragancia (Cantar 1,12).

Ahora la realidad del Cuerpo Místico ‑ comunicación vital en la fe con el cuerpo de Cristo resucitado ‑ tiene una limpia transparencia. Nuestro ser cristiano, vivido en virginidad, don futuro del Reino, comunica con el Señor. A Jesús adoramos, por él vivimos y morimos. Esta contemplación invisible, que Pablo la desea a todos los cristianos es ápice de sencillez. Pablo pide para los fieles: "el pleno conocimiento de su voluntad con toda sabiduría e inteligencia espiritual, para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena" (Col 1, 9‑10). La contemplación auténtica, sin aspavientos, es sencillez.

Y asó Pablo, que ha comenzado a hablar de la exuberancia del Espíritu derramado en muchos dones vistosos (1 Cor 12), resume la fe y la vida cristiana en "un camino más excelente" (1 Cor 12,31): la caridad (1 Cor 13), esa caridad de cada día, sin aparente forma de Espíritu, algo tan sencillo que sólo los espirituales perciben que es el primero de los carismas, el camino más excelente y el más seguro.

***
También nosotros, a la escucha dócil del Espíritu, queríamos poner la firma de la virginidad donde Pablo pone la firma de la vida cristiana: en la sencillez.
Los fariseos pidieron a Jesús un signo apoteósico, "una señal del cielo" (Mc 8,11), porque el signo de su vida les desconcertó. Querían algo de fuera, porque la identidad y la sencillez de Cristo no les bastaba.
La virgen creyente, ¿también querrá un signo para sí? ¿o querremos nosotros un signo para apreciarla? No necesita la mujer hermosa cabellera prestada para ser hermosa; le bastan sus mejillas, sus ojos, sus cabellos para resplandecer como "sol que sale por las alturas del Señor", como "lámpara que brilla en sagrado candelero" (Sir 26, 16‑17). Ella misma es su propio signo.
E igual la virgen lleva en su virginidad su propio signo. El signo de la virgen no es ni la teología de la virginidad, ni la poesía, ni la estética que conmueva las fibras más entrañables del ser. La virgen sencilla, ella sola, es su propio signo. Herencia que debe dejar la virgen es su propia vida. Viviendo como virgen ha dicho todo; no necesitaba otra voz ni otra pluma.

Y este pensamiento nos obliga a reducir las preguntas a lo más escueto: ¿Qué es vivir? Sencillamente vivir. Vivir no es proyectar con altos pensamientos, no es figurar; es sencillamente atarse a la realidad cotidiana y escueta, sin vagar por el mundo de la fantasía. La vida potente de la Madre de Dios no ha dejado huella en las crónicas. Ella vivió y encajó cada cosa en su tiempo. La vida de la Virgen María hay que tejerla por dentro, por allí por donde misteriosamente la vida no tiene ni comienzo ni fin; por fuera la identidad de la Madre de Dios fue la identidad de toda criatura encarnada en la realidad.
Y así la virgen.
No aspires a la fama, que Jesús no la ha buscado. "Yo no busco mi gloria; ya hay alguien que la busca y juzga" (Jn 8,50).
La vida de Jesús fue sencilla porque le dejó actuar al Padre. Su identidad fue su obediencia; y ésta fue su sencillez y la fidelidad a sí mismo. Si se hubiera apartado de la obediencia ‑ absurdo pensarlo ‑ se habría traicionado a sí mismo, y habría oscurecido su genuina imagen. En Jesús el ser fue obedecer, y la versión de sí mismo su amorosa dependencia del Padre. Esto es la sencillez más allá de toda forma, de toda contingencia, la sencillez como realización primaria del ser que únicamente en Jesús ha tenido su figura típica, El es el sencillo, y su mensaje, siempre inalcanzable por sencillo, pregona al mundo: Es más sencillo.

La vida de la virgen no es de éxtasis ni de místicas ambigüedades. Es más sencilla, porque es obediencia pura al Padre silencioso; la vida de la virgen que con énfasis se explana en la celebración litúrgica es la vida más escueta y sencilla, porque quiere ser vida de Encarnación hasta lo último. Estamos hablando de la virgen cristiana.

A ti, hermana, te diré que la sencillez es la vocación misma de vivir, del vivir puro y pleno, sin falsificaciones.
De la sencillez, forma sin forma, elemental y previa de todo vivir, valga esta palabra que trigo de la Escritura:

Mucho más podríamos decir y nunca acabaríamos;
broche de mis palabras: 'El lo es todo' (Sir 43,27).

La sencillez, pues, la forma del Espíritu, que no la tiene porque es Espíritu; el latido de la Escritura, el pulso de la Palabra, el presagio de la vida divina.
Y si el amor mejor que ninguna otra palabra o cosa adonde mirar es la revelación de Dios, he ahí que la virginidad es como lo más dulce del amor, del único amor que canta la Escritura divina, desde el "Bereschit" hasta el Amén del Apocalipsis, pasando por las altas cumbres del Cantar.

Terminemos, pues, a gloria de la carne de Cristo como hemos comenzado:
¡Qué me bese con los besos de su boca!

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;