lunes, 14 de noviembre de 2011

140. El Cantar divino: final abierto

Mysterium corporis, mysterium amoris,
la mística de lo más sencillo

1. Al tiempo en que acabo de presentar en la mesa de Internet estas elevaciones sobre El Cantar divino, veo que justamente estos días se ha celebrado en Roma, organizado por el Ateneo Pontificio Regina Apostolorum (Legionarios de Cristo) un Congreso internacional, del 9 al 11 de noviembre, con este título: La teología del cuerpo. Y muy significativo el subtítulo: La revelación y el descubrimiento del significado esponsal del cuerpo.
Como saben los interesados “la Teología del cuerpo” es un conjunto de 129 catequesis que pronunció el Papa Beato Juan Pablo II en las catequesis de los miércoles, en los años 1979-1984.
Estas catequesis se estructuran en seis ciclos:
I. El principio: Mt 19, 3ss y las narraciones sobre la creación del hombre (cf. Gn 1, 26-31 y Gn 2, 7-25).
II. La redención del corazón.
III. La resurrección de la carne.
IV.  La virginidad cristiana.
V. El matrimonio cristiano.
VI. Amor y fecundidad.
Sin duda que el Papa volvió a sus carpetas de profesor de sus antiguos tiempos de Cracovia. El Papa tocada temas muy queridos para su sensibilidad pastoral e incluso poética.

2. Nos sorprende la audacia y claridad con que habló comentando los textos del Génesis. Por ejemplo, en la audiencia de 16 de enero de 1980, se manifestaba así acerca del significado esponsal (o esponsalicio) del cuerpo.
“La revelación y, al mismo tiempo, el descubrimiento originario del significado «esponsalicio» del cuerpo, consiste en presentar al hombre, varón y mujer, en toda la realidad y verdad de su cuerpo y sexo («estaban desnudos»), y a la vez, en la plena libertad de toda coacción del cuerpo y del sexo. De esto parece dar testimonio la desnudez de los progenitores, interiormente libres de la vergüenza. Se puede decir que, creados por el Amor esto es, dotados en su ser de masculinidad y feminidad, ambos están «desnudos», porque son libres de la misma libertad del don. Esta libertad está precisamente en la base del significado esponsalicio del cuerpo. El cuerpo humano, con su sexo, y con su masculinidad y feminidad, visto en el misterio mismo de la creación, es no sólo fuente de fecundidad y de procreación, como en todo el orden natural, sino que incluye desde «el principio» el atributo «esponsalicio», es decir, la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don y -mediante este don- realiza el sentido mismo de su ser y existir. Recordemos aquí el texto del último Concilio, donde se declara que el hombre es la única criatura en el mundo visible a la que Dios ha querido «por sí misma», añadiendo que este hombre no puede «encontrar su propia plenitud si no a través de un don sincero de sí»”.

3. Ya tenemos, pues, que la teología – que es la aplicación pensadora a la fe – va decantando ciertos temas de preferencia, que luego inciden poderosamente en la ascética: la Belleza (via pulchritudinis), el Cuerpo, el Amor.
Son temas sobre las esencias humanas, temas siempre vivos, temas actuales desde el día de la creación. Una labor que va haciendo la teología ha sido sacar el tema del ámbito “tabú” vivencia que las llevamos dentro, que todos las sentimos.
Si Juan Pablo II habló así acerca del cuerpo – consciente de que hablaba para la historia – ¿qué diremo de los que Benedicto XVI nos habla en su primera encíclica sobre el amor, Deus caritas est (Navidad 2005)?
El Papa quiere poner en evidencia la unidad y la realidad única del cuerpo y alma: ni el alma ama sin el cuerpo, ni el cuerpo sin el alma. El Eros y la Agápe (o Agapé) pertenecen al hombre, sin que hayan de disociarse.
“... Esto depende ante todo de la constitución del ser humano, que está compuesto de cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. El epicúreo Gassendi, bromeando, se dirigió a Descartes con el saludo: « ¡Oh Alma! ». Y Descartes replicó: « ¡Oh Carne! Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza.
Hoy se reprocha a veces al cristianismo del pasado haber sido adversario de la corporeidad y, de hecho, siempre se han dado tendencias de este tipo. Pero el modo de exaltar el cuerpo que hoy constatamos resulta engañoso. El eros, degradado a puro « sexo », se convierte en mercancía, en simple « objeto » que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía. En realidad, éste no es propiamente el gran sí del hombre a su cuerpo. Por el contrario, de este modo considera el cuerpo y la sexualidad solamente como la parte material de su ser, para emplearla y explotarla de modo calculador. Una parte, además, que no aprecia como ámbito de su libertad, sino como algo que, a su manera, intenta convertir en agradable e inocuo a la vez. En realidad, nos encontramos ante una degradación del cuerpo humano, que ya no está integrado en el conjunto de la libertad de nuestra existencia, ni es expresión viva de la totalidad de nuestro ser, sino que es relegado a lo puramente biológico. La aparente exaltación del cuerpo puede convertirse muy pronto en odio a la corporeidad. La fe cristiana, por el contrario, ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual espíritu y materia se compenetran recíprocamente, adquiriendo ambos, precisamente así, una nueva nobleza. Ciertamente, el eros quiere remontarnos « en éxtasis » hacia lo divino, llevarnos más allá de nosotros mismos, pero precisamente por eso necesita seguir un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación” (Deus caritas est, 5).

4. Y ahora Benedicto XVI se arrima al Cantar de los Cantares. “Según la interpretación hoy predominante, las poesías contenidas en este libro son originariamente cantos de amor, escritos quizás para una fiesta nupcial israelita, en la que se debía exaltar el amor conyugal. En este contexto, es muy instructivo que a lo largo del libro se encuentren dos términos diferentes para indicar el « amor ». Primero, la palabra « dodim », un plural que expresa el amor todavía inseguro, en un estadio de búsqueda indeterminada. Esta palabra es reemplazada después por el término « ahabá », que la traducción griega del Antiguo Testamento denomina, con un vocablo de fonética similar, « agapé », el cual, como hemos visto, se convirtió en la expresión característica para la concepción bíblica del amor. En oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda, este vocablo expresa la experiencia del amor que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca” (Deus caritas est, 6).

5. Qué es el cuerpo, se sigue preguntando el ser humano sobre la faz de la tierra desde el día en que pudo hacer preguntas.
El Cuerpo es el tema del Cantar, si por cuerpo entendemos el acontecimiento del encuentro y del amor, y, en definitiva, del encuentro de Dios con su criatura.
¿Qué es el cuerpo...? El cuerpo es esto: lo que llevamos, lo que tenemos, mejor dicho, lo que somos, lo mismísimo de nosotros, y, sin embargo, un inmenso misterio. Claro que al punto atajo mi propio pensamiento para decir: ¡un misterio de amor!
Un misterio, sí: ¿Qué pasa con mi cuerpo arrebatado de mí mismo en mi muerte, sin que mi yo se disuelva? Yo soy un átomo indestructible de la creación abocada a la eternidad. Y mi cuerpo es eso. Mi cuerpo es eternidad, solo Dios me podría destruir y él ha decretado no destruirme, sino eternizarme consigo y para sí.
Teniendo ante mis ojos el Cantar de los Cantares quiero “decir” mi cuerpo. Y ya lo estoy diciendo, si tomo como espejo el Cantar: mi cuerpo es una exultación de amor.
¿Me puedo “definir”, “confinar”, “aprisionar” en conceptos...? Mi cuerpo rechinaría ajustado a la lógica aristotélica de género y diferencia específica para elaborar una “definición”. Acudo entonces a la vis poetica, a la via amoris, a la chispa de la intuición, para ver si de alguna manera me represento a mí mismo sacándome del misterio.
Mysterium amoris, repito, aunque, a lo mejor, alguien con mente de otra forma estructurada me responda: disparates imaginativos.
 He aquí pensamientos, mensajes, profecías... que fluyen de Dios hasta mí para hablar de mi “hermano cuerpo” (cosa divina que suena a san Francisco).

- El cuerpo es la raya del Espíritu.
- El cuerpo es el alma encarnada.
- El cuerpo es amor apetente.
- El cuerpo es la tienda del Verbo.
- El cuerpo es el Yo apasionado.
- El cuerpo es la Historia universal en diminutivo.
- El cuerpo es mi propia cercanía.
- El cuerpo es el nido de las pasiones.
- El cuerpo es lo más hermoso que Dios ha creado.
- El cuerpo es la Biblia del pecado.
- El cuerpo es la luz pura del futuro.
- El cuerpo es el alimento del amor.
- El cuerpo es la brasa del amor.
- El cuerpo es el “polvo enamorado” (“polvo, si, mas polvo enamorado”, Quevedo).
- El cuerpo es la encarnación intrínseca del Hijo.
- El cuerpo es el beso de Dios.
- El cuerpo es el amanecer de mi vida.
- El cuerpo es mi ocaso de paz.
- El cuerpo es el aguijón del pecado.
- El cuerpo es las alas del espíritu.
- El cuerpo es el centro del universo.
- El cuerpo es la hostia de la liturgia.
- El cuerpo es la peana de los siete sacramentos.
- El cuerpo es el don del corazón.
- El cuerpo es el anillo entre tiempo y eternidad.
- El cuerpo es la flor de mí mismo.
- El cuerpo es mi presente y mi espera.
- El cuerpo es la desembocadura de los dones divinos.
- El cuerpo es la escalera del cielo.
- El cuerpo es el arpa de mi canto: (Aní ledodí wedodí lí: Yo para mi Amado           y mi Amado para mí)
- El cuerpo es mi fosa y resurrección.
- El cuerpo es el sello de mi misterio.
- El cuerpo es lo divino opacado.
- El cuerpo es lucecita de Belén...
- El cuerpo es... ¡alto, alto, vuelos del espíritu!

6. Todo esto que estoy narrando, como quien lee las estrellas, que es una relectura del Cantar divino, tiene ahora una campa de aterrizaje muy sencilla, muy amable y cotidiana. Es un texto de Pablo que he visto que recurre muchas veces en los escritos de Benedicto XVI. Con él quiero cerrar mis elevaciones y anhelos.
Dice el Apóstol:
“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: este es vuestro culto espiritual” (Rm 12,1, literalmente, “culto racional”).
Toda nuestra mística, impetuosa y alada, se remansa en una exhortación muy simple: ofreced vuestros cuerpos como sacrificio. Vuestros cuerpos... Los exegetas dicen: vuestros cuerpos significa “vuestras personas”. Sí, pero no quitemos la palabra: cuerpo, cuerpo, cuerpo...
Cuerpo..., cuerpo..., donde va el devenir cotidiano. Esa es la mística..., ese es el culto racional, el culto espiritual...
Ese es el resumen abierto del Cantar de los cantares.
Al final: Jesús, Dios mío, yo te amo con todo mi corazón, con todo mi cuerpo. Amén.

Puebla de los Ángeles, 14 de noviembre de 2011
Scripsi. fr. Rufino María Grández Lecumberri. Laus tibi, Christe.


Para acceder a la versión de "El Cantar divino", aquí indicada, véase en emrcaba.org Rufino María Grández / Año litúrgico / Adviento - Navidad / El Cantar divino

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