domingo, 20 de noviembre de 2011

142. Jerusalén la amó desde el principio

Fiesta de la Presentación de la Virgen María
en el Templo - 21 noviembre


Hermanos:
1. Hoy celebra la Iglesia una fiesta venida de Oriente. Se introdujo muy tardíamente en Occidente. A la hora de reformar en Calendarium Romanum (1969) tras el Concilio (1962-1965), no fue suprimida como legendaria. Por el contrario, Pablo VI, en la exhortación apostólica “Marialis cultus” (2 de febrero de 1974) “para la recta ordenación y desarrollo del culto a la Santísima Virgen María”, observaba: “prescindiendo del aspecto apócrifo, proponen contenidos de alto valor ejemplar, continuando venerables tradiciones, enraizadas sobre todo en Oriente (21 noviembre: la Presentación de la Virgen María)”.
La Presentación de María en el Templo, ningún fundamento histórico nos evoca la fiesta evangélica de Jesús en el Templo, a los cuarenta días de su nacimiento, hecho que nos narra san Lucas en la parte primera de su Evangelio, que llamamos el Evangelio de la Infancia. El Evangelio de la Infancia, que es lo último que se escribe del Evangelio, cuando la Iglesia va acumulando experiencia y ha asimilado plenamente el misterio de Jesús, es un Evangelio cargado de Teología. Parece como si el Evangelio quisiera un Evangelio de la Infancia de la niña María, escogida para ser la Madre de Dios, y deleitarse en todos los pasos de esa criatura celestial. Y diciendo estas cosas, quizás esté dando al clave profunda para interpretar el misterio que la Iglesia hoy nos propone.
2. En mis años de estudio en Jerusalén (1984-1987) me impresionó el origen de esta fiesta, y al amparo de mis maestros franciscanos, leí para informare con exactitud, y escribí un himno con su introducción (21 noviembre 1984), me place recordar:
“El 20 de noviembre del año 453, bajo el emperador Justiniano, fue dedicada en Jerusalén la iglesia llamada Santa María la Nueva, la Nea (excavaciones arqueológicas en 1969-1971), espléndida iglesia descrita por el contemporáneo Procopius. Asociada a esta dedicación se celebra la fiesta de la Presentación de María. La iglesia está cercana al área del Templo.
La Theotókos antigua era la iglesia constantiniana, emplazada donde hoy está la de Santa Ana (entre la Via Dolorosa y la Puerta de San Esteban). Pero el culto a María estaba asociado en Jerusalén desde tiempos anteriores a la tumba, hoy llamada Tumba de la Virgen, en la zona del Monte de los Olivos, en un terreno que era zona sepulcral en el siglo I.
María está profundamente enraizada en la Iglesia judeo-cristiana, y en concreto en la Iglesia Madre de Jerusalén. El Protoevangelio de Santiago (siglo II), que habla de María en el Templo, es fantasía. No obstante, hay que saber leer ese lenguaje; por ejemplo, la defensa invicta que hace de la virginidad de María. Si María en el Templo es alimentada por los ángeles, es porque el pío escritor piensa en la inocencia paradisíaca de antes de la caída.
La Virgen toda santa, consagrada al Señor, es la Virgen pensada por la Iglesia de Jerusalén. Con este trasfondo de Iglesia Madre jerosolimitana cantamos a la Virgen un himno compuesto precisamente en Jerusalén y en la fiesta de la Presentación de María”.

3. Una legítima curiosidad nos invita a ir a aquel apócrifo del apóstol Santiago (así se denomina él al final del escrito), que por su antigüedad de mediados del siglo II, puede suministrarnos material para consideraciones muy valiosas. Para la Presentación de María hay que contar con tres apócrifos: el Protoevangelio de Santiago; el Evangelio del Pseudo-Mateo /siglo IV) y el Libro de la Natividad de María (refundición del apócrifo anterior).
Oigamos aquel relato del llamado Protoevangelio de Santiago:

La niña infante María. VI 1. Y la niña se fortificaba de día en día. Y, cuando tuvo seis meses, su madre la puso en el suelo, para ver si se mantenía en pie. Y la niña dio siete pasos, y luego avanzó hacia el regazo de su madre, que la levantó, diciendo: Por la vida del Señor, que no marcharás sobre el suelo hasta el día que te lleve al templo del Altísimo. Y estableció un santuario en su dormitorio, y no le dejaba tocar nada que estuviese manchado, o que fuese impuro. Y llamó a las hijas de los hebreos que se conservaban sin mancilla, y que entretenían a la niña con sus juegos.
2. Y, cuando la niña llegó a la edad de un año, Joaquín celebró un gran banquete, e invitó a él a los sacerdotes y a los escribas y al Consejo de los Ancianos y a todo el pueblo israelita. Y presentó la niña a los sacerdotes, y ellos la bendijeron, diciendo: Dios de nuestros padres, bendice a esta niña, y dale un nombre que se repita siglos y siglos, a través de las generaciones. Y el pueblo dijo: Así sea, así sea. Y Joaquín la presentó a los príncipes de los sacerdotes, y ellos la bendijeron, diciendo: Dios de las alturas, dirige tu mirada a esta niña, y dale una bendición suprema.
3. Y su madre la llevó al santuario de su dormitorio, y le dio el pecho. Y Ana entonó un cántico al Señor Dios, diciendo: Elevará un himno al Señor mi Dios, porque me ha visitado, y ha alejado de mí los ultrajes de mis enemigos, y me ha dado un fruto de su justicia a la vez uno y múltiple ante Él. ¿Quién anunciará a los hijos de Rubén que Ana amamanta a un hijo? Sabed, sabed, vosotras las doce tribus de Israel, que Ana amamanta a un hijo. Y dejó reposando a la niña en el santuario del dormitorio, y salió, y sirvió a los invitados. Y, terminado el convite, todos salieron llenos de júbilo, y glorificando al Dios de Israel.
VII 1. Consagración de María en el templo. Y los meses se sucedían para la niña. Y, cuando llegó a la edad de dos años, Joaquín dijo: Llevémosla al templo del Señor, para cumplir la promesa que le hemos hecho, no sea que nos la reclame, y rechace nuestra ofrenda. Y Ana respondió: Esperemos al tercer año, a fin de que la niña no nos eche de menos. Y Joaquín repuso: Esperemos.
2. Y, cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla, y que tome cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás, y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor. Y ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. Y el Gran Sacerdote recibió a la niña, y, abrazándola, la bendijo, y exclamó: El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti, hasta el último día, el Señor hará ver la redención por Él concedida a los hijos de Israel.
3. E hizo sentarse a la niña en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies y toda la casa de Israel la amó”.

4. Tras estos textos y testimonios, detengamos nuestra reflexión. No podemos construir la liturgia celebrando hechos que son pura fantasía. Entonces ¿por qué seguimos celebrando este hecho que nadie puede demostrar, y que sin más podemos pensar que es fruto de la pía creación de leyendas edificantes? ¿No será más bien en detrimento de la fe mantener tales usos y costumbres?
Olvidémonos, de momento, de nuestras objeciones ilustradas y entremos en la iglesia, escuchando a nuestros hermanos orientales.  La liturgia de la Presentación de María en el Templo, o de la Entrada de Madre de Dios en el templo, tiene el genuina sabor divino de la “Divina Liturgia” de Oriente. En la representación escénica evocamos ciertamente a una niña; pero sucede que estamos celebrando a la Madre de Dios, a esa Virgen que la Teología sabe que es el Templo purísimo de la Divinidad. El plan de la historia humana y el plano de la realidad divina se funden, y brilla la majestad divina sobre los acontecimientos humanos que quedan del todo transfigurados. Poco importa en este caso el acontecimiento humano, porque hay una realidad divina, que tomó lo humano desde su raíz. Canta, pues, la Divina Liturgia de Oriente:

“...Tú has sido llevada al Templo del Señor para ser elevada al Santo de los Santos, como criatura santificada. Entonces a Ti, Inmaculada, fue enviado también Gabriel, para portarte alimento...”; “...escucha, joven Virgen pura: diga Gabriel el designio antiguo y veraz del Altísimo. Apresúrate a acoger a Dios, porque gracias a Ti el inmenso habitará con los mortales”.
“Hoy nosotros, esta gran multitud de fieles aquí reunidos, celebramos espiritualmente una fiesta solemne, y piadosamente aclamamos a la Virgen, Hija de Dios y Madre de Dios, que es conducida al Templo del Señor: Ella que fue elegida por todas las generaciones, para ser el tabernáculo de Cristo, Soberano universal y Dios de todas las cosas. Oh vírgenes, haced camino portando lámparas, para honrar el augusto paso de la siempre Virgen. Oh madres, depuesta toda tristeza, seguidla llenas de gozo, para celebrar a Aquélla que llega a ser la Madre de Dios, causa de la alegría del mundo. Por tanto, todos, junto con el ángel, gritamos con alegría: ¡Alegraos! Por la llena de gracia, por Aquella que siempre intercede en favor de nuestras almas”
(Véase el artículo del día de hoy en L’Osservatore Roma, escrito por el P. Manuel Nin, La Presentación de la Madre de Dios en el Templo, en la Tradición Bizantina).
En suma, con otro texto oracionalo, admiremos:
“El Templo purísimo del Salvador, Preciosa Morada  y Virgen,  Sagrado Tesoro de la Gloria de Dios, es presentado hoy a la casa del Señor, trayendo consigo la gracia del Espíritu Divino, que los ángeles de Dios alaban. ¡Verdaderamente Ella es la Morada de los Cielos!” (Kontakion).

5. Nuestros hermanos de Oriente así celebran hoy, 21 de diciembre, la Fiesta de la Presentación de María, que es una de las grandes 12 fiestas que con sus correspondientes iconos van jalonando el año litúrgico, a saber, la Natividad de la Madre de Dios (8 de septiembre), la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre), la Entrada de María en el Templo (21 de noviembre), la Natividad de nuestro Señor y Salvador Jesucristo (25 de diciembre),la Teofanía (6 de enero, que comprende la Epifanía a los magos, el bautismod e Jesús, las Bodas de Caná), el Encuentro del Señor (2 de febrero), la Anunciación de María (25 de marzo), la Entrada de Jesús en Jerusalén, La Ascensión del Señor, Pentecostés (a los 50 días de la Pascua), la Transfiguración del Señor delante de Pedro, Santiago y Juan (6 de agosto), la Dormición de María (15 de agosto).
Esta Fiesta privilegiada de María – una de las doce fiestas mayores del Calendario – en Occidente a una Memoria (obligatoria) de María. Como lectura del día no se toma una homilía de la Presentación de los Padres de Oriente, sino intencionadamente un sermón de san Agustín (cuando en Occidente no existía tal fiesta) que pondera bellísimamente la fe de María.
“Dichoso el seno que te llevó. Y el Señor, para enseñarnos que no hay que buscar la felicidad en las realidades de orden material, ¿qué es lo que respondió?: Dichosos más bien los que escuchan la palabra de. Dios y la cumplen. De ahí que María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo. Cristo es la verdad, Cristo tuvo un cuerpo: en la mente de María estuvo Cristo, la verdad; en su seno estuvo Cristo hecho carne, un cuerpo. Y es más importante lo que está en la mente que lo que se lleva en el seno. María fue santa, María fue dichosa, pero más importante es la Iglesia que la misma Virgen María. ¿En qué sentido? En cuanto que María es parte de la Iglesia, un miembro santo, un miembro excelente, un miembro supereminente, pero un miembro de la totalidad del cuerpo. Ella es parte de la totalidad del cuerpo, y el cuerpo entero es más que uno de sus miembros. La cabeza de este cuerpo es el Señor, y el Cristo total lo constituyen la cabeza y el cuerpo. ¿Qué más diremos? Tenemos, en el cuerpo de la Iglesia, una cabeza divina, tenemos al mismo Dios por cabeza.
Por tanto, amadísimos hermanos, atended a vosotrosmismos: también vosotros sois miembros de Cristo, cuerpo de Cristo. Así lo afirma el Señor, de manera equivalente, cuando dice: Éstos son mi madre y mis hermanos. ¿Cómo seréis madre de Cristo? El que escucha y el que hace la voluntad de mi Padre celestial es mi hermano y mi hermana y mi madre. Podemos entender lo que significa aquí el calificativo que nos da Cristo de «hermanos» y «hermanas»: la herencia celestial es única, y, por tanto, Cristo, que siendo único no quiso estar solo, quiso que fuéramos herederos del Padre y coherederos suyos”.
Evidentemente aquí no se habla de la Presentación, ni tampoco de la ofrenda inmaculada y total de la vida de María. Se habla de la fe de María y de la fe de la Iglesia...
La sensibilidad de Oriente y Occidente van por dos rumbos diferentes en una misma fiesta.

6. Pero volvamos una vez más al Evangelio. Todo empezó en el Evangelio de la Infancia, y el Evangelio de la Infancia nació de la Resurrección de Cristo.
El Evangelio de la Infancia es el primer salto desarrollado que se dio del misterio pascual de Jesús al misterio integral de María. Y estos e depositó en la Iglesia de Jerusalén.
Del Evangelio de la Infancia, donde la Iglesia, por labios de Isabel, llamó a María “la Madre de mi Señor”, que es decir, la “Madre de mi Dios”, nació... la Tumba de María, la Dormición de María..., la primera Basílica de María..., la Basílica Nueva (Nea) de María..., la Presentación de María en el Templo...
El Protoevangelio de Santiago ha visto a María la toda pura, alimentada por los ángeles, la toda pura como luego la han de ver y predicar los padres de Oriente: San Epifanio, San Andrés de Creta, San Gregorio de Nisa, San Gregorio Nacianceno, San Juan Crisóstomo, San Cirilo de Jerusalén, San Germán de Constantinopla y San Juan Damasceno.
María es la Madre del Señor, y su recuerdo es el deleite de todas las Iglesias, la celebremos con unas fiestas u otras.
María es la Madre de la Iglesia, María es mi Madre.
Madre mía..., Madre mía...

Puebla, 20 de noviembre de 2011.


Jerusalén la amó desde el principio
y santa la pensó, Eva sin mancha,
María siempre Virgen, bendecida,
por gracia de Jesús santificada.

Jerusalén guardó entre sus olivos
la huella de una tumba iluminada;
no cae en el torrente de la muerte
quien va a María, senda de esperanza.

Jerusalén la amaba y bendecía,
porque era suya y en ella se gozaba;
¡oh santa Iglesia, madre de las gentes,
que miras a María y ves tu alma!

Jerusalén por ella, toda hermosa,
un templo y otro templo dedicaba;
¡oh templo santo tú, Virgen humilde,
en ti por fe y amor tu Dios descansa!

Jerusalén recuerda eternamente
y sabe de ella que es la consagrada;
¡oh Madre del Señor, santa María,
por ti, por tu oración, venga su gracia!

¡Oh Cristo del Calvario y del Jardín,
al Padre consagrado en las entrañas,
la gloria tuya brille con los tuyos
y sea él la gloria de su casa! Amén.


Jerusalén, Presentación de la Virgen María, 1984.

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