martes, 22 de noviembre de 2011

143. Ha llegado la Belleza - 4


La belleza del rostro de Cristo, espejo del Padre


1. Habíamos comenzado a hablar de la Belleza como camino hacia Dios. (Me remito a los números 112, 113 y 114 de estas entregas, correspondientes al 17 y 18 de octubre). “Camino” es poco; porque es llegada. La Belleza es experiencia de lo divino. Para reemprender el vuelo, hablando hoy de la Belleza del rostro de Cristo, como este Papa por íntimo talante de pensamiento y estética, es especialista de la Belleza, o, si se quiere, del pensamiento Bello, voy a referirme a él.
En una de las audiencias generales hablaba del mensaje dimanante de la Catedral gótica. Era en la audiencia del 18 de noviembre de 2009, tres días antes del famoso discurso a los artistas, en la Capilla Sixtina (21 noviembre 2009). Y decía así:
“Queridos hermanos y hermanas, ahora quiero subrayar dos elementos del arte románico y gótico útiles también para nosotros. El primero: las obras maestras en el campo del arte nacidas en Europa en los siglos pasados son incomprensibles si no se tiene en cuenta el alma religiosa que las inspiró. Marc Chagall, un artista que siempre testimonió el encuentro entre estética y fe, escribió que "durante siglos los pintores mojaron su pincel en el alfabeto colorido que era la Biblia". Cuando la fe, especialmente celebrada en la liturgia, se encuentra con el arte, se crea una sintonía profunda, porque ambas pueden y quieren hablar de Dios, haciendo visible al Invisible. Quiero compartir esto en el encuentro con los artistas del 21 de noviembre, renovándoles la propuesta de amistad entre la espiritualidad cristiana y el arte, que ya promovieron mis venerados predecesores, en particular los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II.
El segundo elemento: la fuerza del estilo románico y el esplendor de las catedrales góticas nos recuerdan que la via pulchritudinis, el camino de la belleza, es una senda privilegiada y fascinante para acercarse al misterio de Dios. ¿Qué es la belleza, que escritores, poetas, músicos, artistas contemplan y traducen en su lenguaje, sino el reflejo del resplandor del Verbo eterno hecho carne? Afirma san Agustín: "Pregunta a la belleza de la tierra, pregunta a la belleza del mar, pregunta a la belleza del aire dilatado y difuso, pregunta a la belleza del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con su fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor modera la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire; a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y a los invisibles, que los gobiernan. Pregúntales. Todos te responderán: "Contempla nuestra belleza". Su belleza es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la Belleza inmutable?" (Sermo CCXLI, 2: p l38, 1134).
Queridos hermanos y hermanas, que el Señor nos ayude a redescubrir el camino de la belleza como uno de los itinerarios, quizá el más atractivo y fascinante, para llegar a encontrar y a amar a Dios”.

2. ¿Qué diremos del rostro de Cristo como encuentro con la belleza de Dios?
Estos días pasados se han dado en Puebla, en la Universidad UPAEP, unas conferencias sobre Imágenes no pintadas por manos humanas, y en concreto tres: la Sábana de Turín, la imagen de la Virgen de Guadalupe, y el Santo Rostro de Cristo de Manoppello (en los Abruzos de Italia). Personas críticamente muy serias porfían en que en este lienzo está grabado el rostro de Jesús, que estampó su imagen viva yaciendo en el sepulcro. Este lienzo sería en realidad el lienzo que según el Evangelio de Juan estaba “aparte” de las vendas cuando Pedro y Juan de madrugada fueron al sepulcro, vieron y creyeron. Personas de solvencia científica como el profesor de arte cristiano en la Gregoriana P. Heinrich Pfeiffer así opinan.
No entramos – por incompetencia –en el asunto del “milagro” e “historia” de este lienzo, que nos representa a Jesús con la boca entreabierta y como sonriente, y que se acopla perfectamente, sobreponiéndolo, al rostro que recoge la Santa Sábana de Turín, Santo Volto que visitó el peregrinación el Papa Benedicto XVI (6 septiembre 2006), y para el que compuso una oración.
Sin entrar en debate nuestra pregunta teológica y espiritual, en torno a la Belleza de Cristo, que es via Patris, es ésta:
- Pero ¿sabemos realmente cómo eran las facciones de Jesús?
- Y aun más: ¿es que se pueden saber en absoluto?
- ¿No hay una contradicción insoluble entre la belleza concreta de un rostro, el que sea, y la belleza infinita del divino rostro de Jesús, nacido de la Virgen María y hoy resucitado?
- ¿No sería una frustración profunda poseer una foto real de Jesús de Nazaret (como tenemos una foto nuestra), porque ningún ser humano, miembro de una raza, es bello a lo infinito, como es el rostro de Jesús, que se encarnó como hermano de todas las razas?
- ¿Qué aportaría en verdad es hipotética estampa, vera effigies, de Jesús de Nazaret?
A veces, por aproximar a Jesús a nuestro mundo cotidiano, se ha tomado a un joven artista – “agraciado” – se le ha puesto un turbante, con barba no muy crecida, se le ha pedido una dulce y simpática sonrisa, y de esta figura se ha hecho un ¡Jesús Nazareno!
¡Qué horror, Dios mío! Ese no es Jesús, me está diciendo el corazón; quítenlo. Prefiero mil veces un icono bizantino Jesús  con una extraña hermosura a esa bella imagen cinematográfica...

3. Acaso con estas ráfagas de pensamiento estamos dando en la clave. Digamos:
1. Jesús de Nazaret es el más hermoso de los hijos de los hombres.
2. Pero el Jesús de Nazaret que pasó por esta vida es absolutamente imposible separarlo del único Jesús que existe, que es Jesús resucitado.
3. Confieso que como el maná que era maná acomodándose a todos los gustos, el rostro de Jesús es el rostro para todos los hombres, para todos, de todas las razas. Del maná dice el Sabio alejandrino del libro de la Sabiduría: “Este sustento revelaba a tus hijos tu dulzura, pues se adaptaba al gusto de quien lo tomaba y se convertía en lo que cada uno quería” (Sa 16,21)
4. Por eso, el rostro de Jesús – que humaniza y diviniza – solo se puede ver con los ojos del corazón.
Ahora la Escritura viene en nuestro apoyo, y allí escuchamos frase como estas: “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor” (Sal 26,8).
Ya sabemos que Dios no tiene rostro, que no puede ser visto con los ojos de la cara. Por eso Israel desde su origen ha estado como vacunado para rechazar toda representación material de Dios, con rostro de hombre o de animal, porque habría sido la puerta de la idolatría. Dios no puede ser visto - repitamos – sino con los ojos del corazón.

4. Los santos se han enamorado de la hermosura de Cristo, porque donde hay6 amor hay hermosura, y es imposible el amor sin la hermosura que lo provoca. Es conocida la escena de aquel paso de “conversión” que da teresa de Jesús, al contemplar la imagen de Jesús: “Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle” (Libro de la vida, capítulo 9).
Pero la misma santa precisa que ella, arrebatada por la humanidad de Cristo, nunca se pudo representar su rostro; no podía dar figura, perfil, al rostro de Jesús: “.Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre. Mas es así que jamás le pude representar en mí, por más que leía su hermosura y veía imágenes, sino como quien está ciego o a oscuras, que aunque habla con una persona y ve que está con ella porque sabe cierto que está allí (digo que entiende y cree que está allí, mas no la ve), de esta manera me acaecía a mí cuando pensaba en nuestro Señor. A esta causa era tan amiga de imágenes. ¡Desventurados de los que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran, holgáranse de ver su retrato, como acá aun da contento ver el de quien se quiere bien” (9,6).
Un día vio las manos de Jesús, y otro el rostro. “Estando un día en oración, quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura que no lo podría yo encarecer. Hízome gran temor, porque cualquier novedad me le hace grande en los principios de cualquiera merced sobrenatural que el Señor me haga. Desde a pocos días, vi también aquel divino rostro, que del todo me parece me dejó absorta. No podía yo entender por qué el Señor se mostraba así poco a poco, pues después me había de hacer merced de que yo le viese del todo, hasta después que he entendido que me iba Su Majestad llevando conforme a mi flaqueza natural. ¡Sea bendito por siempre!, porque tanta gloria junta, tan bajo y ruin sujeto no la pudiera sufrir. Y como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo” (Libro de la vida 28,1).
En fin, para concluir con santa Teresa, que con tanta sutilidad y sagacidad ha hablado de las visiones, he aquí la hermosura de Jesús humano – en su totalidad – visto por esta mujer apasionada, hermosura beatificante de la santa humanidad:
“Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad como particularmente escribí a vuestra merced cuando mucho me lo mandó, y hacíaseme harto de mal, porque no se puede decir que no sea deshacerse; mas lo mejor que supe, ya lo dije, y así no hay para qué tornarlo a decir aquí. Sólo digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?” (28,3).
A santa Teresa se le ha atribuido esta letrilla del “Véante mis ojos” (la edición de las Obras Completas de la Editorial de Espiritual no la registra), que, en todo caso, expresa bien ese éxtasis de amor y de unión en busca del rostro de Jesús.

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quién quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines,
flor de serafines;
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

5. Venga la poesía en nuestro auxilio. Ni el “Santo Volto” de Manoppello, ni el de la Sábana Santa de Turín son la ecuación del Bello Rostro que llevamos dentro. Pero, al honor del Santo Volto, vayan estos versos:

SANTO ROSTRO DE JESÚS
en Manopello

1. Eternidad de amor en esos ojos,
los dulces ojos de Jesús amando,
mirada de mi Dios que se revela
y trae paz, inmensa paz, resucitado.

2. Tu frente luminosa y dilatada
acoge cuanto Dios haya pensado;
allí estoy yo, eterno pensamiento,
creado para ti en tu reinado.

3. Me dejo penetrar muy dulcemente
por la luz de tu rostro sacrosanto;
tu rostro buscaré; es mi refugio,
tu gloria es mi perdón, mi gracia y manto.

4. Tus labios son palabra para mí,
festín de la Escritura que yo amo,
divino Verbo de María Virgen,
mi todo Dios, donado y encarnado

5. Tu santo rostro brille, e ilumine
la faz del mundo entero atribulado,
y sea la alegría regalada
que el Padre y el Espíritu me han dado.

6. Dulcísima esperanza de mi vida,
oh santo rostro de mi Dios amado,
a ti mi gratitud y mi alabanza
ahora y por los siglos consumados. Amén.

(Puebla de los Ángeles, 15 noviembre)

He aquí otro himno al rostro de Jesús, ante el Icono del Rostro de Jesús. Es un himno pascual. En Cristo  habita “corporalmente toda la Plenitud de la Divinidad” (Col 2,29). Y todo está en su rostro.

Tu rostro, mi Señor, tu santo rostro,
tu luz, la eterna luz de tus pupilas,
tu rostro corporal, exacta imagen
del Padre y del Espíritu de vida.

Tus ojos sí, dulcísimos, hermosos,
venidos por los ojos de María,
tus ojos: que me miren y me basta,
que en ellos, si me miran, Dios me mira.

La espesa cabellera que circunda
tu frente esplendorosa y tus mejillas,
tus labios, como un beso regalado,
oh labios de perdón y de delicias.

Tu imagen adorable en los pinceles,
sagrado encuentro, bella epifanía,
que invita a estar, mirarte y deleitarte,
oh Dios de nuestra casa y compañía.

Icono del Señor, oh sacramento
que dice amor y hiere con herida,
oh rostro del Señor, oh paz perfecta,
en ti descubre el alma su semilla.

¡Oh Santa Trinidad que te revelas,
visible en nuestra tierra en faz divina,
la gran misericordia sea gloria,
brillando en esa luz que deifica! Amén.

(Jerusalén, 1985.)


Puebla de los Ángeles, 22 noviembre 2011,
Santa Cecilia.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;