domingo, 27 de noviembre de 2011

145. Adviento: Cristo esplendente, triunfo de Dios


Primer domingo de Adviento
Mt 24,37-44; Mc 13,33-37; Lc 21,25-28.34-36


Hermanos:

1. En esta meditación de Adviento prolongamos la homilía del domingo, recogida en el número anterior. Nos referimos ahora no a un testo del domingo A, del domingo B, del domingo C. A todos ellos en conjunto; más aún, a los textos que reaparecen aquí y allí en los Evangelios cuando Jesús habla de su destino final. Queremos poner en evidencia que Jesús ha vivido el Adviento de Dios como estrella polar de su vida, y que esto se muestra en tres hechos conscientes de su vida, que son alma de su existencia:
1° En el hecho de que él ha escogido como título y designación para sí el título de Hijo del hombre de la literatura apocalíptica del libro de Daniel.
2° En el hecho de que él ha hablado del final del mundo como el triunfo incuestionable de Dios, dentro del cual él se ha autopresentado como protagonista.
3° En el hecho de que la venida de Dios al mundo él, desde su propia vivencia individual, la ha puesto como la petición de sus discípulos, como la súplica primera de las peticiones del Padrenuestro. Expliquemos el padrenuestro como el adviento de Dios al mundo compartido con su Hijo amado.
Todo ello apunta a una conclusión: el anhelo del triunfo de Dios en el mundo, un deseo exultante que es certidumbre total es la verdad primacial de Jesús. Y de ahí deriva Jesús la verdad de su propia resurrección.

2. En la meditación de estos pensamientos surge en nuestro espíritu, por cierto atisbo intuitivo, lo que sería la oración de Jesús Hijo ante su Padre.


Oh Dios de amor, festín de mis deseos,
sutil cadena de mis pensamientos,
oh Padre de mi origen, gloria mía,
realidad fontal, mi tierra y cielo.

Tus brazos son la cuna que me acuna,
la santa sepultura de mi entierro,
tu voz con tu palabra es mi palabra
tu ser es dulcemente mi silencio.

Confío en ti, me arrojo a lo infinito,
y cual Señor del tiempo te confieso;
tu triunfo yo proclamo, tu gloria toda,
que se ha de hacer visible al universo.

Tu Reino, Santidad y Voluntad
es esa la oración que al mundo enseño,
tu Vida es mi delicia y esperanza,
la nueva creación de Padre bueno.

Mas yo de ti, mi Dios, jamás me escindo,
que en ti yo existo, en ti me siento y veo,
en ti y en el Espíritu amoroso,
que somos unidad y eterno beso.

De ti, mi Dios, Señor omnipotente,
el día del amor será mi Adviento,
de ti he venido, oh Dios, de ti vendré,
tu Reino y esplendor será mi Reino.


3. En la comunidad cristiana la Venida de Dios – la parusía del rey celestial – será con frecuencia la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Así aparece ya en la primera carta paulina, que es la primera a los tesalonicenses (año 51): “Os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien Dios ah resucitado de entre los muertos” (1Ts 1,9-10).
En la primera a los Corintios Pablo, al comienzo, da gracias a Dios, porque ha enriquecido a la comunidad en todo. Y añade: “de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientas aguardáis la manifestación de nuestros Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor” (1Cor 1,7-9).
Jesucristo ha de volver en gloria. No podría volver en tal estado si no lo tuviera, es decir, si previamente no hubiera resucitado. La fuerza de la frase no recae en la resurrección, sino en la venida gloriosa, que, al parecer, sin definirla absolutamente, se la veía que ya venía como algo felizmente sin remedio.

4. La meta de Jesús fue la gloria del Padre, que coronaba una historia divina, llamada Historia de salvación. Y la meta de la Iglesia es al vuelta del Señor. Con esto no queremos relativizar hasta el desprecio a este mundo pasajero, que sería cerrar los ojos para ver en él la huella indeleble de Dios. No es eso. Con esa visión de la vuelta de Jesús, en la gloria del Padre, queremos, más bien, ver el logro de Dios, que no queda garantizado actualmente en el mundo, donde tantas veces impera impunemente al injusticia.
Por poner un ejemplo de nuestro entorno: día a días se van acumulando cadáveres, obra de la maldad demoníaca del narcotráfico. La gran mayoría de analistas que observan la situación, anotan como una cruel constatación: la gran mayoría de los crímenes se pierden en la impunidad. Familias desoladas que, si no supieron antes llorar, lo aprenderán con la desaparición de los seres queridos.
El olvido y la injusticia no pueden ser la palabra de la Historia. Dios saldrá en la defensa de los humildes, que es salir en defensa de sí mismo.
Pero será seguramente no cuando lo hayan de ver nuestros ojos, “que han de bajar la sepulcro”, sino después. Uno podría objetar: Si eso va a ser después, y en tanto que durante nuestra vida no han de levantar la cabeza, a nosotros ya ¿qué nos importa?
No es justa la objeción. Sí que nos importa. Porque el saber, por la fe, que al gloria de Dios, ha de ser la afirmación frente a la maldad y al pecado, hoy mismo, sin esperar a después, vemos se se levanta ardorosamente nuestro ánimo dando la Razón a Dios.

5. Hermanos, Dios es la Razón de la historia. Y esa razón llega hasta mí en este momento en que vivo y escribo. Dios es la Razón de su Hijo y la Justificación de su Hijo amado.
He aquí este salto a lo divino, que robustece nuestra fe y le da el marco más hermoso al cuadro de todo cuanto creemos.
Nosotros en el triunfo de Dios: ¡levantemos el ánimo!
Hagamos de este triunfo la arquitectura de nuestra vida. Jesús así lo hizo y desde ahí predicó. Y él, como decimos y repetimos, se involucró en la victoria de Dios, haciéndose él mismo victoria inmortal.
Hagamos de este triunfo de Dios – celebrándolo, adorándolo, gozándolo – la dimensión verdadera de nuestros corazones, La vida y la muerte podemos meterla en es victoria inmortal.
El aliento de vivir hasta lo infinito se alimenta de esa esperanza que Jesús ha tenido en el triunfo de Dios en la historia.
¡La esperanza! Es la virtud que arranca de la fe, y está dispuesto a afrontar toda la dificultad que la vida nos depare.

6. En fin, hermano, al contemplar la cima final, brota de las entrañas un canto de exultación: la vida es fuerza, pues sin fuerza la vida estaría muerta.
La venida de Dios en gloria da un dinamismo nuevo a todo el devenir humano.
Hermanos, terminemos nuestra reflexión con una frase de Jesús que suena así en el primer Evangelio: “Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria” (Mt 24,30).
Estas son puras esencias del Adviento, el aire refrescante que nos llena de divinidad.
Pidámosle a Jesús:
Jesús, Hijo del hombre, que has alcanzado tu destino,
desde la altura tiende tu mirada a tu familia:
no pedimos un camino de rosas para alcanzar la meta.
Pedimos la esperanza que alentó en tu corazón.
Pedimos el mismo milagro de tu vida:
tus mismos ojos puestos en el Padre,
Amador de la humanidad.
Y entonces nuestra vida se contagiará
De tu amor que encendió la humanidad.
Amén.

Para este primer Domingo de Adviento véase en mercaba.org el himno: Vendrá con gran poder, con fuerte gloria
En este sitio se encuentra. incluso, íntegro cantado.

Puebla de los Ángeles, primer domingo de  Adviento 2011

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