jueves, 1 de diciembre de 2011

147. “Yo envío mi mensajero delante de ti”

Evangelio del II Domingo de Adviento, ciclo B
Mc 1,1-8

Hermanos:
1. El primer domingo de Adviento nos había llevado a la escena final del triunfo de Dios en el mundo, apoteosis que Dios la comparte totalmente con su Hijo. Desde el desenlace final podemos entender los pasos que hasta allí han conducido.
La Encarnación del Hijo va precedida por el anuncio del Mensajero, el Precursor Juan Bautista. Este año B del ciclo trienal nos va a acompañar el evangelista san Marcos, el segundo Evangelio, que desde la primera línea está todo él cargado de teología. Hoy escuchamos los ocho primeros versículos de la obra, y el primero es el título limpio y solemne:
Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.
El lector del Evangelio sabe a lo que va: es un creyente que comienza desde la raíz: Jesucristo es el Hijo de Dios.
Por ello no necesitamos apologética para leer el Evangelio, ni san Marcos la va a hacer. El lector, que es el creyente que celebra el culto cristiano, no pide apologética, sino que busca revelación, para ahondar en el misterio insondable de Jesucristo  Hijo de Dios.

2. Escuchad, hermanos, la primera revelación del Evangelio de san Marcos, una vez que nos ha dicho que Jesucristo es el Hijo de Dios.
“Como está escrito en el profeta Isaías: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino”.
- ¿Quién habla en este pasaje?
- Dios, evidentemente.
- ¿A quién habla?
- A Jesucristo
“Yo envío mi mensajero delante de ti”, le dice.
- ¿Quién es este mensajero?
- Se trata, como es obvio, de Juan el Bautista.
Con esto el santo Evangelio nos está diciendo que en el plan de Dios la venida de Jesús es precedida por la aparición de un mensajero digno del Señor: Juan el Bautista.
Estamos leyendo el capítulo 40 del libro de Isaías, - que es justamente la primera lectura de este segundo domingo de Adviento - pero en aquel capítulo el lector no podría ver la figura del Hijo de Dios. Porque ese texto habla de la vuelta de los cautivos de Babilonia, después del destierro, cuando el emperador Ciro, en el siglo V (año 435) dio la orden de repatriación. Todo esto es el soporte para que ahora el evangelista Marcos, testigo de la comunidad que confiesa la divinidad de Cristo, nos dé la efigie tanto del Señor como de su precursor. 

3. Y ahora continúa el texto sagrado, mostrando exactamente cuál es la misión del Precursor: “una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos."
He ahí el mensaje de Juan y el sentido de su vida y misión: Preparar el camino del Señor.
La secuencia del Evangelio nos habla de la coherencia entre “mensaje y vida” por parte del Bautista, y la acogida de conversión que encontró en Judea y en Jerusalén, acogida que tuvo su signo en el bautismo de conversión, preámbulo del bautismo cristiano. Tenemos que ponderar los términos del texto sagrado, que dice así: “Se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando  un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén, Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: "Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, y no merezco agacharme para desatarle la correa de las sandalias”.
El broche de esta escena, tan fuertemente teológica, es la declaración final del Bautista, pórtico grandioso de todo el Evangelio: “Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.”

4. La figura y menaje de Juan apuntan ciertamente a la penitencia. Nos dice que hay enderezar los caminos, si bien este Evangelio no indica vicios y actitudes de pecados que hay que corregir. Uno las puede suponer; todo lo que sea pecado, orgullo, desobediencia a Dios.
Hay un rito sacro, que es el bautismo, acompañado de la confesión de los pecados. Este bautismo de Juan era mucho más que un acto simbólico que un profeta inventara; era la puerta para pasar a la era mesiánica que estaba a punto  de inaugurar Jesús, el que viene detrás de mí. Él es
- el Fuerte frente al poder de Satanás;
- el Todo Digno, ante el cual, yo no merezco agacharme para hacer los oficios que haría un esclavo: desatarle la correa de las sandalias;
- él es el que tiene consigo al Espíritu Santo que va a infundir mediante otro bautismo superior.
San Juan se presenta como el Nuncio de una era mesiánica que acaba de irrumpir.
Lleva un atuendo de profeta; viste con una severidad de quien vive en la periferia de la sociedad; come como comería un penitente del desierto. Con todo, el mensaje moral austero no es lo principal que Juan nos tiene que decir y enseñar. Es, más bien, su anuncio teológico, la presentación de Cristo como portador del Espíritu Santo. Esta es la grandeza espiritual sobresaliente con la que entra Juan en escena.
En una palabra, hermanos, Juan nos lleva a Jesús, y es el primer teólogo de Jesús en el portal de la era mesiánica. Toda su figura es ser de Jesús, ser para Jesús, llevarnos a nosotros mismos a Jesús. Es, pues, el mejor representante de toda la misión del Antiguo Testamento, pensado por Dios como el libro del Espíritu que nos indica la llegada de su Hijo amado.

5. Ahora, hagamos cuenta, hermanos, de cuál es nuestro Adviento al eco de las palabras del Bautista.
Nuestro Adviento es un Adviento sacramental. Con ello queremos decir: un Adviento que integra la confesión de nuestros pecados y la purificación de ellos por la fuerza del sacramento. Es hermoso caminar hacia Cristo, confesando nuestros pecados y recibiendo la fuerza del Espíritu en el sacramento. Juan Bautista  nos lo está diciendo. El apóstol Pedro, hablando no ciertamente de lo que nosotros podemos llamar venida navideña, sino de la venida gloria, nos ha exhortado: “Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz, intachables e irreprochables” (2Pe 3,14). La consigna vale igualmente para esta venida espiritual que acontece en medio de nosotros. Nuestro corazón “queridos míos” nos dice Pedro, ha de estar sin mancha.

6. Hay otro aspecto que hemos destacado. Juan Bautista que es un predicador moral, es, ante todo, un teólogo de Cristo. ¿Y por qué nosotros no hemos de ser unos teólogos de Cristo? ¿No os parece que sería una preparación de calidad para acoger el misterio de la Encarnación el ser teólogos de la Encarnación, en cuanto nuestra mente alcance, estudiando al Señor con los libros y la contemplación?
El amor moviliza la mente, la despierta, la agiliza y fecunda, porque el que ama quiere unirse al amado con todas sus facultades y posibilidades. El estudio en torno a Jesús, siguiendo a Juan Bautista, sería un ejercicio admirable del Adviento.
Concluyamos, hermanos.
Jesús ha oído en su corazón una palabra que le llega del Padre: “Yo envío mi mensajero delante de ti”. Acojamos gozosamente al mensajero que proclama, pero, sobre todo, acojamos al proclamado por el mensajero, a Jesucristo, el Hijo de Dios, el Señor. Amén.

(Guadalajara, Jal.) Jueves, 1 diciembre 2011.

Para sel segundo domingo de Adviento puede verse en mercaba.org el himno Trae el desierto voces de un profeta, donde se encuentra, incluso, cantado.

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