miércoles, 7 de diciembre de 2011

148. Los himnos de San Ambrosio

La suavidad de la Escritura y la belleza de los Himnos sagrados


1. Hoy es la fiesta de san Ambrosio, obispo de Milán (7 diciembre), que murió hace más de 1600 años, la noche entre Viernes Santo y Sábado Santo, Sábado que anuncia la gloria de Pascua, en el año 367.
El tiempo, cuando se pasa la barrera de la muerte, es otro ente que nadie podrá atrapar. Por eso, decir que murió el año pasado, hace cinco años, o hace 1614 años... resulta bastante accesorio para entablar una misteriosa contemporaneidad con los santos. Cuando los santos han dejado escritos y nosotros los podemos leer y paladear, experimentamos el misterio de la presencia de los santos, a quienes, de pronto, los vemos como hermanos, metidos en la misma faena. Y surge una grata empatía.

2. El oficio de lectura nos trae alguna página del santo – si ha sido escritor – y hoy era una delicia escuchar el fragmento de una carta escrita por el óptimo literato, el culto obispo Ambrosio de Milán; una delicia, máxime, si uno como internauta se ha lanzado a llevar el Evangelio por estos misteriosos espacios:
Recibe, pues, de Cristo, para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo, aquella que alaba al Señor. Recoge el agua proveniente de diversos lugares, la que derraman las nubes de los profetas.  
Todo aquel que recoge el agua de los montes, el que la hace venir y la bebe de las fuentes, la derrama luego como las nubes. Llena, pues, de esta agua tu interior, para que la tierra de tu corazón quede humedecida y re‑gada por sus propias fuentes. 
Para llenarse de esta agua es necesaria una frecuente e inteligente lectura; así, una vez lleno, regarás a los demás. Por esto dice la Escritura: Si las nubes van llenas, vierten lluvia sobre la tierra.   Sean, pues, tus palabras fluidas, claras y transparentes, de modo que tu predicación infunda suavidad en los oídos de tu pueblo y con el atractivo de tus palabras lo hagas dúctil. De este modo te seguirá de buen grado a donde lo lleves.  
Tus exhortaciones estén llenas de sabiduría. En este sentido, dice Salomón: Las armas del espíritu son los labios del sabio; y, en otro lugar: Tus labios estén atados por la inteligencia, es decir, que tus sermones brillen por su claridad e inteligencia, y que tus exhortaciones y tratados no tengan necesidad de apoyarse en las afirmaciones de los demás, sino que tus palabras se defiendan con sus propias armas, y que ninguna palabra vana y sin inteligencia salga de tu boca”.

3. He acudido a una “Patrología” para situarme en esta figura de primera magnitud en la historia cristiana de Occidente, y he ido a una de plena garantía, la del profesor salmantino, el sacerdote riojano Ramón Trevijano (a la que se puede tener acceso en Internet), refrendada por muchos años de docencia de verdadero maestro.
Y he leído la deliciosa catequesis de la serie de los Padres que Benedicto XVI impartió sobre san Ambrosio el 24 octubre de 2007.
Dos gracias quiero guardar de este santo para mí:
- esa mística suavidad que tiene al interpretar la Escritura;
- y esa maestría en la composición de Himnos para la liturgia, de quien puede llamarse el Padre de los himnos en la liturgia latina.

4. La clave espiritual para adentrarse en la Escritura la aprendió de Orígenes. Y dice el Papa al respecto: “Aprendió a conocer y a comentar la Biblia a través de las obras de Orígenes, el indiscutible maestro de la "escuela de Alejandría". De este modo, san Ambrosio introdujo en el ambiente latino la meditación de las Escrituras iniciada por Orígenes, impulsando en Occidente la práctica de la lectio divina. El método de la lectio llegó a guiar toda la predicación y los escritos de san Ambrosio, que surgen precisamente de la escucha orante de la palabra de Dios”.
De ninguna manera podemos renunciar a la interpretación crítica de la Biblia, que ha sido conseguida por el estudio y la aventura de unos cuantos siglos. Pero ahí, aunque sea una maniobra necesaria, no está la clave. La clave es la fe iluminada por el Espíritu que asume la ciencia. La Biblia, por encima de todo, requiere una lectura santificada para que sea una lectura santificante y la verdadera fragua de la teología. Lo podemos aprender de san Ambrosio, esteta en alma y cuerpo, que no alcanzó las cumbres especulativas de otros Padres, pero que gustó divinamente, con sus fieles, la Palabra que el Espíritu había dado a la Iglesia.
Hablando de la exégesis de san Ambrosio, Trevijano explica: “La interpretación moral queda subordinada a la "mística"; pero no se puede alcanzar el nivel místico sin pasar por el moral. La mística es lectura del aspecto teocristocéntrico de la Escritura. Es la interpretación por excelencia, capaz de captar la armonía de los Testamentos”.

5. Arrimados a la Escritura van los himnos, con los cuales, cantando en la liturgia terrestre queremos hacernos de algún modo partícipes de la himnodia celeste.
Y de nuevo tenemos que ir a informarnos a fuentes fiables. En la Encyclopedia Cathólica encontramos un estudio muy documentado para saber cuáles fueron los himnos de san Ambrosio y los “Ambrosianos”, así llamados los himnos que se han compuesto a lo largo de siglos con la métrica de número de sílabas y sílabas acentuadas.
Es célebre la cita de san Agustín, que fue bautizado por san Ambrosio en el año 386.  "Cuántas lágrimas derramé oyendo los acentos de tus himnos y cánticos, que resonaban dulcemente en tu Iglesia" (Confesiones 9,14).
En la explicación de los salmos, en determinado momento el obispo Ambrosio se dirige a la asamblea: “¿Se dice que yo encanto al pueblo con los himnos? No niego que éste sea un encantamiento. ¿Qué cosa en efecto más conmovedora que la confesión de la Trinidad repetida diariamente por la boca de todo un pueblo, cuando las voces de la muchedumbre, hombres mujeres y niños, con flujo y reflujo, se elevan en un estrépito, semejante al de la mar, de grandes oleadas que se entrechocan y se rompen?”.

6. Hay cuatro himnos de san Ambrosio que desde san Agustín su autoría nos e discute:
(1) “Aeterne rerum Conditor”;
(2) “Deus Creator omnium”;
(3) “Jam surgit hora tertia”;
(4) “Veni Redemptor gentium”.

Los ocho siguientes también, con buenas razones críticas, pueden ser asignado al insigne literato Ambrosio:
(5) “Illuminans altissimus”;
(6) “Aeterna Christi munera”;
(7) “Splendor paternae gloriae”;
(8) “Orabo mente Dominun”;
(9) “Somno refectis artubus”;
(10) “Consors paterni luminis”;
(11) “O lux beata Trinitas”;
(12) “Fit porta Christi pervia”.

7. Los himnos de san Ambrosio son perfectos en elegancia y nobleza, y, aunque se han hecho innumerables traducciones nunca, y menos con tal desfase de cultura, los himnos traducidos serán del todo los himnos del padre que los compuso... Los himnos perfectos en literatura son, al mismo tiempo, hijos de un imperio y de una cultura que ya pasó...
Los himnos ni han sido ni nunca serán “palabra de Dios”, pero sí “palabra que eleva a Dios”. Los himnos son dúctiles, y en ellos se nos da licencia para reflejar el alma de las generaciones y culturas que se van sucediendo.
Lo digo con especial sensibilidad porque me he aplicado a esta tarea, y veo que pasan los años y no son tantas las piezas que nos hagan exclamar. Este es un  himno que debe durar siglos. Hágase, si no, la prueba, con el muestrario de Adviento que venimos usando de años.
Para que un himno pase a la liturgia debe ser literariamente bello, teológicamente grávido, y de una eterna modernidad... Ahí es nada.
Si no conseguimos tanto, sí que debemos mejorar – y de modo urgente, porque rápida una generación sucede a la otra – el Himnario litúrgico que hasta hoy se nos ha ofrecido. Nuestro hermano san Ambrosio interceda para que surjan verdaderos poetas, enamorados de Cristo en la Escritura y de este mundo al que tanto amó el Padre que por él entregó a su Hijo.
Que sea en alabanza de Cristo.

Puebla de los Ángeles, memoria de san Ambrosio 2011.

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