jueves, 8 de diciembre de 2011

150. De Maria numquam satis

De Maria numquam satis (S. Bernardo)
Continúa nuestro coloquio sobre la Inmaculada

Amigo:
- Conversábamos ayer sobre la Inmaculada. Un buen sabor se me ha quedado en el paladar.
- A mí también.
- ¿Continuamos?
- Continuamos.
- “De Maria nunquam satis”, dijo san Bernardo, según mil veces se nos decía de pequeños: “De María nunca suficiente”: de la Virgen María nunca se hablará lo suficiente, nunca se ponderará lo bastante...
- Un proverbio afectivo, que quizás haya que meterlo en vereda.
- Seguramente. El corazón y la cabeza han de ir de acuerdo, aunque como dijo Pascal “el corazón tiene sus razones que la razón no conoce en modo alguno” (Le coeur a ses raisons que la raison ne connaît point, Pascal, Pensées).
- Me parece que te puede fallar el corazón.
- Creo que no, porque los que nos hemos bañado en la Escritura, estamos inmunizados de muchos virus y se crea por dentro un misterioso instinto reactivo a cualquier doctrina espuria.
- ¿Y Lutero a quien has citado?
- Precisamente de ahí quiero comenzar.
- Sabrás que Lutero escribió un Comentario al Magnificat, Cántico de la Madre de Dios.
- Sí.
- Es una joya. Dicen, además, que con algún otro escrito viene a ser una isla dentro de la producción del Reformador, por su nobleza y ternura. Lo escribió, entre noviembre del 1520 y junio de 1521. Ya era “hereje” (bula Exurge, Domine, 15/VI/1520) y sobre él había recaído la excomunión canónica (bula Decet Romanum Pontificem, 3/I/1521). Se lo dedicó al joven de 17 años Federico de Sajonia que doce años después heredaría el principado.
- Podríamos leer algún párrafo.
- Prestemos atención al comienzo de la obra en su Introducción.

* * *
Para la ordenada comprensión de este sagrado cántico, es preciso tener en cuenta que la bienaventurada virgen María habla en fuerza de una experiencia peculiar por la que el Espíritu santo la ha iluminado y adoctrinado. Porque es imposible entender correctamente la palabra de Dios, si no es por mediación del Espíritu santo. Ahora bien, nadie puede poseer esta gracia del Espíritu santo, si no es quien la experimenta, la prueba, la siente. Y es en esta experiencia en la que el Espíritu santo enseña, como en su escuela más adecuada; fuera de ella, nada se aprende que no sea apariencia, palabra hueca y charlatanería.
Pues bien, precisamente porque la santa Virgen ha experimentado en sí misma que Dios le ha hecho maravillas, a pesar de ser ella tan poca cosa, tan insignificante, tan pobre y despreciada, ha recibido del Espíritu santo el don precioso y la sabiduría de que Dios es un señor que no hace más que ensalzar al que está abajado, abajar al encumbrado y, en pocas palabras, quebrar lo que está hecho y hacer lo que está roto.
Porque lo mismo que al comienzo de la creación hizo el mundo de la nada (por eso se llama creador y omnipotente), de la misma forma seguirá actuando hasta el final de los tiempos de tal suerte, que lo inexistente, lo insignificante, los menospreciado, lo miserable y lo que está muerto lo trueca él en algo precioso, honorable, dichoso y viviente. Y por el contrario, todo lo precioso, honrado, dichoso y viviente lo trasforma en nonada, pequeñez, en despreciado, miserable y perecedero. Ninguna creatura puede obrar de esta suerte, le resulta imposible crear algo de la nada.
Por eso, la mirada de sus ojos se dirige sólo hacia abajo, no se eleva hacia arriba, como dice Daniel: «Estás sentado sobre los querubines, y miras hacia lo profundo del abismo»; y el Salmo 137: «Dios es el más excelso, mira hacia abajo y se fija en los pequeños, a los elevados los conoce de lejos»; lo mismo en el Salmo 111: «¿Dónde hay un Dios semejante al nuestro, que se está sentado en las alturas y que, sin embargo, mira hacia abajo, sobre los humildes del cielo y de la tierra?». Y es que el Altísimo no tiene nada por encima de sí mismo: por eso no puede mirar hacia arriba; como nadie hay que sea igual a él, tampoco puede mirar en torno suyo. Por eso sólo puede dirigir sus ojos o hacia sí o hacia abajo, y cuanto más bajo se encuentre uno en relación con él, tanto mejor lo ve.

- Todo eso lo podría haber firmado el Vaticano II.
- Sin duda. Lutero nos está dando la clave de su “Mariología”: No se trata de acumular virtudes, grandezas... en María, sino de exaltar la misericordia de Dios en ella.
- Eso es correcto.
- Escuchemos otro largo párrafo, antes de iniciar la exégesis “experiencial” (diría), palabra por palabra, de lo que María está viviendo para alabar a Dios. Lutero, hereje, cree en la maternidad divina de María y en la virginidad de María. No cree ni en los sacerdotes ni en esta Iglesia. Escuchemos de nuevo.

* * *
Isaías (cap. 11) profetizó: «Brotará una rama del tronco de Jesé y nacerá de su raíz una flor sobre la que se posará el Espíritu santo». Este tronco y esta raíz son la familia de Jesé o de David, en concreto la virgen María, y la rama y la flor es Cristo. Ahora bien, así como no es probable, incluso ni creíble, que de un tronco y una raíz secos y podridos broten ramas y flores hermosas, tampoco se puede concebir que María, la virgen, se tornase en la madre de un hijo así.
Porque yo creo que no se la denomina tronco y raíz únicamente por haber sido una madre que de forma sobrenatural concibió virginalmente (como resulta sobrenatural que una rama brote de una cepa muerta), sino también porque la rama y la familia de David, en sus tiempos y en los de Salomón, verdearon y florecieron en honor grande, en potencia, riqueza y prosperidad, y fueron tenidas en gran estima ante los ojos del mundo incluso.
Pero al final, cuando Cristo tenía que llegar, los sacerdotes se habían apropiado tal honor, eran los únicos que gobernaban, y la casa real de David se había visto reducida a la pobreza y al desprecio. Justamente como una cepa muerta, que no dejaba sospechar ni esperar que de ella pudiera brotar un nuevo rey de tan elevado rango. Y precisamente entonces, cuando esta falta de vistosidad había tocado su punto máximo, llega Cristo para nacer de esta menospreciada estirpe, de esta insignificante y pobre mozuela; el renuevo y la flor brotan de una persona a la que las hijas de los señores Anás y Caifás no hubieran creído digna de ser su más humilde criada. De esta suerte las obras y mirada de Dios tienden hacia la bajura, las de los hombres sólo hacia las alturas.
Y éste es el motivo de su cántico de alabanza que ahora vamos a escuchar palabra por palabra.

- Y todas estas cosas ¿las ha meditado el protestantismo?
- No lo sé. Lutero, profundamente religioso (y léase lo que este año el Papa dijo en Erfurt) fue, al mismo tiempo, fue al mismo tiempo – es mi humilde opinión (no soy ningún especialista) – un “hombre turbado”. Y... en tiempo de desolación no hacer mudanza, dice san Ignacio en los Ejercicios. (En Erfurt el Papa decía de Lutero: “Lo que le quitaba la paz era la cuestión de Dios, que fue la pasión profunda y el centro de su vida y de todo su camino. “¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?”: Esta pregunta le penetraba el corazón y estaba detrás de toda su investigación teológica y de toda su lucha interior. Para Lutero, la teología no era una cuestión académica, sino una lucha interior consigo mismo, y luego esto se convertía en una lucha sobre Dios y con Dios” Erfurt, 23/IX/2011).
- ¿Tú crees que la Reforma nace de esa turbación?
- Así opino o intuyo. Y añado que seguimos en esa “turbación”. Y tenemos que retornar a ese Cristo, como, pese a todos los pesares, nos lo ha entregado la gran Tradición.
- Acaso la Virgen ha sido “endiosada”.
- Acaso. Y Lutero, recogiendo un modo de hablar de san Agustín quiere exaltar las maravillas de Dios en ella. En esto no hay peligro.
- ¿Qué puede hacer la Virgen para deshacer esa confusión?
- Qué podemos hacer nosotros, diría. Si los teólogos protestantes, con sencillez y humildad de corazón, partiendo del mismo Lutero, vuelven a configurar el papel de María en la obra de Dios, a una reestructuración del sentir de la fe en el misterio de la Encarnación, verán que de la maternidad y virginidad van naciendo suavemente todos los dogmas.
- Pero hay una invasión de afecto popular que se ha adueñado de la Virgen, y les puede parece a nuestros Hermanos que la piedad católica ha hecho de María un sustitutivo de Cristo.
- El peligro es obvio. Pero, cuando el Concilio tomó la reflexión sobre María, en una extensión y síntesis como nunca se había hecho anteriormente, fue a los Evangelios y a lo mejor de la tradición patrística, y puso a María como la creyente, y rotundamente afirmó que el camino de María fue la fe y que avanzó en la peregrinación de la fe.
- Y así tuvo que ser hasta el último suspiro de su vida.
- Así..., así... El anuncio a María y su concepción virginal fue un misterio de fe; el nacimiento de Jesús fue un misterio de fe; la resurrección de Jesús también para su Madre fue un misterio de fe.
- Pues parece que no es ese el panorama.
- Si no lo fuera, tiene que serlo.
- ¿Y no peligra nuestra piedad?
- Justamente lo contrario. La fe que nos dice que Cristo viviente está en la Eucaristía (cosa que parece una febricitante fantasía), esa misma fe, y no otra, nos hace contemplar a María participando de la gloria de su Hijo. Y si esto es así, ahora se abre el campo divino de la mariología, y las verdades y experiencias que nos dejan atónitos.
- ¿Cómo cual?
- Pues como decir que María está presente en la Iglesia. Sería infiel a mí mismo si no afirmara que María está presente en mí – creyente y predicador – porque si no estuviera presente ni diría ni escribiría lo que en este momento estoy escribiendo...
- ¿Así lo crees?
- Pues sencillamente así lo creo. ¡Cuánto me ha consolado en la vida este grandioso pequeño párrafo del Concilio, que voy a transcribir. “La Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador”. (Lumen gentium, 62). Lo que particularmente me conmueve es lo de la “experiencia”. No se experimenta una idea, sino una “presencia”, o una idea en cuanto presencia de un algo, que en este caso es un “alguien”. María está presente en la Iglesia. María intercede y está presente.
- Y de ahí nace la piedad...
- ¡Oh...!, esto es un discurso de no acabar... Porque desde que se escribieron los Evangelios de la Infancia, lo último de los Evangelios, el corazón creyente no ha dejado de latir y de crear innumerables relaciones en el tejido del misterio cristiano. El que ha aceptado a María como la Madre terrestre de Jesús, como la Madre de Dios, como la que está glorificada con su Hijo, se ha visto inmerso en unas relaciones de “intimidad con la Santísima Virgen” que le han dado espacio para dialogar con María, escuchar a María... Todas las situaciones del devenir humano las hemos reencontrado en el corazón de la Virgen, y hemos hecho de ella modelo y referente.
- Del gozo y del dolor.
- De todo lo humano. Del candor de los niños, de la ilusión de los jóvenes, del dolor de las madres, del luto de quienes perdieron a su hijo asesinado o muerto en la guerra. Es conmovedor ver a La Dolorosa con su Hijo yerto en brazos y junto a ella los nombres reales de quienes cayeron en la guerra... Y hemos tratado de comprender en ella la gama de todas las situaciones humanas posibles.
- ¿Qué me dirías de los milagros de la Virgen?
- Es otra forma de entender las recias verdades del Concilio. Si María está presente, tendrá que hacer algo..., que nosotros, en ocasiones, podremos interpretar en clave de milagro. Si existen los milagros, existen los milagros de la Virgen María.
- Por lo que veo, esta forma de concebir el misterio de María enraizado en el misterio de Cristo, nos puede llevar a la omnipresencia de María. ¿No será demasiado?
- Podemos “marianizar” la vida espiritual en exceso, y desplazarnos de su centro: Cristo. El peligro es cierto. Podemos tener una piedad desinformada y cuasi infantil, en la cual la imagen de María sea más importante que el Sagrario, la Novena más importante que el Sacramento de la Reconciliación y la recepción de la Eucaristía.  Si se diera, hay que tener lucidez para descubrir el peligro y evitarlo. Esto no obstante, hemos de reconocer que también, por insinuación del Espíritu Santo, hay un “carisma” para tonificar toda nuestra vida con la presencia discreta de María.

- En misa has hablado de la Consagración a María.
- Es verdad. Nuestra contemplación de la Inmaculada puede terminar en una sencilla consagración a la Virgen (si bien la consagración como de latría debe terminar solo en Dios). Una consagración filial a María, dándole a ella las riendas de nuestra vida..., captando su intimidad y viviendo en esta intimidad, para pasar, sin sentirlo, a la intimidad con Cristo.
- Que así suceda.
- Fiat, fiat!

Y ahora, al eco de nuestro  de nuestros coloquio derramo mi poema:
Jamás será bastante de María
con todos sus devotos lo decimos,
María, encrucijada en que se encuentran
los corazones todos de sus hijos.

Historia entreverada con nosotros
por ser del Verbo el íntimo latido,
el gozo y el dolor de los humanos
es gozo y es dolor de tus suspiros.

¡Oh Madre universal, oh toda madre,
oh pálpito de Dios estremecido,
esclava del Señor, del Verbo esposa,
en Cristo toda en único destino!

María, intimidad de mis deseos,
que tuyos son por ser deseos míos,
qué dulce compañía me acompaña,
al verme en tus entrañas renacido.

Purísima..., belleza deseada,
derrota del imperio del Maligno,
la senda del amor y la esperanza
abierta por tu planta la seguimos.

¡Oh Dios de toda gloria y hermosura,
oh Dios de gracia pura en el bautismo,
bañados de alegría por tus obras,
con Ella, Dios de amor, te bendecimos!

Puebla de los ángeles, en la solemnidad de la Inmaculada 2011.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Con todo el respeto que me merecen los hermanos protestantes, que suplicio vivir privado del amor maternal de Maria!! Quien mejor que Maria para enseñarnos a amar a Jesus?, quien mejor que Maria para enseñarnos a amar la Santisima Voluntad del Padre Celestial?, quien mejor que Maria para mostrarnos el camino de la humildad para agradar al Señor y ser dignos de regresar a Su Casa?!

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