viernes, 9 de diciembre de 2011

151. Adviento, la gracia de la alegría

Tercer domingo de Adviento, ciclo B

Hermanos:
1. Este domingo, siendo domingo de Adviento, tiene un color diferente. Hace siglos se introdujo la costumbre de suavizar el morado, que evoca instintivamente penitencia, por un color rosado o un morado muy rebajado, para significar con este signo convencional que el tono del día es la alegría, la primavera espiritual, porque nos viene el Salvador.
El mensaje de las lecturas va por ahí: el anuncio de la alegría. El bello oráculo tomado del libro de Isaías lo dice con un lenguaje glorioso:
Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios:
porque me ha puesto un traje de salvación
y me ha envuelto en un manto de justicia,
como novio que se pone la corona,
o novia que se adorna con sus joyas.
Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia y
los himnos ante todos los pueblos.

Aquí se habla de una fiesta de bodas que el Señor nos prepara y de ese traje y de esas joyas que corresponde al esposo y a la esposa en la boda. El motivo está dicho en el mismo poema: que el Señor hará brotar la justicia (es decir, la santidad, la gracia) y que se cantarán himnos ante todos los pueblos.
Y Pablo, en la primera carta que ha escrito a los cristianos, a la comunidad de Tesalónica en concreto, les da la consigna de la alegría cristiana: Estad siempre alegres. El domingo de hoy se llama “Domingo de la alegría” (en latín Domingo Gaudete) porque para abrir la celebración se ha tomado otras palabras de san Pablo, dirigidas a los Filipenses: “Estás siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres, el Señor está cerca” (Flp 4,4.5). En el Evangelio reaparece Juan el Bautista, como en el domingo pasado, como un testigo de fe, que da paso al Mesías. “El confesó y no negó: “Yo no soy el Mesías.”, dice enfáticamente el evangelista. Y confiesa al que viene detrás de él: ““Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.”
Desde varias fronteras el mensaje es el mismo:
- Existe la alegría,
- que es la alegría de Dios,
- y esta alegría es el don que nos trae Jesús Mesías.

2. Vamos reflexionar sobre la alegría, que a la escucha de los textos de la Biblia, es algo constitutivo de la vida cristiana.
Quisiera recordar, volviendo a vivencias muy gratas que las llevo grabadas en el alma, que el anciano Pablo VI en 1975, con ocasión de un Año Santo, en pentecostés, envió al mundo católico un mensaje sobre la alegría, una especie de tratado de la alegría. El título de esta exhortación apostólica es “Gaudete in Domino”, Alegraos en el Señor (Pentecostés 1975). El Papa vivió tres años más (+6 agosto 1978), pero ese bellísimo escrito bien podía ser como un mensaje de despedida en la cima de su vida. Hacía diez años que había terminado el Concilio, y en la Iglesia se iban tomando unos rumbos desbordados. El Papa sufría, y comenzó a aparecer como el Papa doliente, muy preocupado, para algunos quejumbroso, lamentándose de que las cosas, bajo la bandera del Concilio, no iban siempre en el espíritu del Concilio. De hecho, surgieron esos movimientos reaccionarios, que persisten hasta hoy. Se habló de un Papa triste. Pero este Papa, que tenía un corazón en el que no cabía tanto amor, este Papa pensativo, no era una Papa triste; sí un Papa doliente. Y en estas circunstancias lanzó al mundo una proclama de la alegría. Como el apóstol san Pablo a los Corintios, él podía decir al mundo entero: En medio de mis sufrimientos, desbordo de alegría. Porque la alegría es constitutiva del ser cristiano.

3. ¿Cuáles son las alegrías del ser humano, las legítimas alegrías que Dios, como Padre bueno, nos brinda? El Papa las concentraba en tres grandes y fecundas fuentes de las alegrías más sanas:
La primera es el disfrute de la naturaleza, la belleza y el placer que nos brinda la naturaleza: un paisaje, una música, una comida... son placeres de la vida que dan vigor y sustento. Son disfrutes legítimos que Dios nos pone al alcance de la mano.
La segunda fuente de alegría es superior: es la alegría del amor compartido, la alegría de la amistad. Dichoso el que puede disfrutar de un amigo, porque el placer de la amistad no se paga con nada.
Pero hay una tercera alegría que habita en el corazón humano: la alegría de la amistad de Dios, sentida, vivida, disfrutada. Es la alegría de sentirse amado por Dios: soy, aunque me falte todo.
Esas son las verdaderas alegrías de la vida a las que somos invitados. Ahora bien, hermano, abriendo los ojos a lo que pasan en la vida, ¿adónde se va en busca de alegría? Nacimos con el ansia de ser felices, y esa hambre ni de niños ni de viejos nadie nos la va a quitar. ¿Dónde se busca la alegría? Generalizamos, por necesidad; y en este panorama genérico vemos igualmente tres manantiales que, de pronto, parecen chorros de alegría.
- El primero, la alegría se busca en el pasatiempo y la fiesta. A veces uno se cuestiona si lo que se busca es una alegría que yo apetezco o lo que busco es huir de la monotonía y el aburrimiento que nos oprime.
- El segundo pozo de la alegría parece que tiene que ser el sexo, lo cual termina en enormes desengaños.
- Y la tercera mina de la alegría es el dinero. Quien tiene dinero parece que tiene la felicidad. La experiencia dice que de ninguna manera es verdad.

4. Pero la alegría existe, y la alegría es deseable, y es muy confortable. Es señal de salud espiritual. El no estar alegres hasta puede ser un pecado, o puede esconder sutiles pecados, como, la envidia. El que se reconcome de envidia se enferma de tristeza.
Para apreciar la hermosura de la alegría Pablo VI nos ponía delante el ejemplo de Jesús, y escribía estos párrafos:
“Hagamos ahora un alto para contemplar la persona de Jesús, en el curso de su vida terrena. El ha experimentado en su humanidad todas nuestras alegrías. El, palpablemente, ha conocido, apreciado, ensalzado toda una gama de alegrías humanas, de esas alegrías sencillas y cotidianas que están al alcance de todos. La profundidad de su vida interior no ha desvirtuado la claridad de su mirada, ni su sensibilidad. Admira los pajarillos del cielo y los lirios del campo. Su mirada abarca en un instante cuanto se ofrecía a la mirada de Dios sobre la creación en el alba de la historia. El exalta de buena gana la alegría del sembrador y del segador; la del hombre que halla un tesoro escondido; la del pastor que encuentra la oveja perdida o de la mujer que halla la dracma; la alegría de los invitados al banquete, la alegría de las bodas; la alegría del padre cuando recibe a su hijo, al retorno de una vida de pródigo; la de la mujer que acaba de dar a luz un niño. Estas alegrías humanas tienen para Jesús tanta mayor consistencia en cuanto son para él signos de las alegrías espirituales del Reino de Dios: alegría de los hombres que entran en este Reino, vuelven a él o trabajan en él, alegría del Padre que los recibe. Por su parte, el mismo Jesús manifiesta su satisfacción y su ternura, cuando se encuentra con los niños deseosos de acercarse a él, con el joven rico, fiel y con ganas de ser perfecto; con amigos que le abren las puertas de su casa como Marta, María y Lázaro.
Su felicidad mayor es ver la acogida que se da a la Palabra, la liberación de los posesos, la conversión de una mujer pecadora y de un publicano como Zaqueo, la generosidad de la viuda. El mismo se siente inundado por una gran alegría cuando comprueba que los más pequeños tienen acceso a la revelación del Reino, cosa que queda escondida a los sabios y prudentes (Lc 10,21). Sí, «habiendo Cristo compartido en todo nuestra condición humana, menos en el pecado» [5], él ha aceptado y gustado las alegrías afectivas y espirituales, como un don de Dios. Y no se concedió tregua alguna hasta que no «hubo anunciado la salvación a los pobres, a los afligidos el consuelo» (cf. Lc 14,18). El evangelio de Lucas abunda de manera particular en esta semilla de alegría. Los milagros de Jesús, las palabras del perdón son otras tantas muestras de la bondad divina: la gente se alegraba por tantos portentos como hacía (cf. Lc 13,17) y daba gloria a Dios. Para el cristiano, como para Jesús, se trata de vivir las alegrías humanas, que el Creador le regala, en acción de gracias al Padre” (Gaudete in Domino, 23).

5. Hermanos, no podemos prolongarnos, pero en lo que acabamos de anunciar está la pauta de la alegría. Dios, nuestro Padre, nos llama a la alegría. La alegría consiste en la victoria sobre el pecado y en la acogida de la gracia que Jesús nos trajo con su venida y nos brinda en cada momento.
Que esta alegría del Adviento del Señor perfume nuestra alma. Amén

9 diciembre 2011

Como himno propio para el tercer Domingo de Adviento puede verse (introducción, texto y música): Alégrate, Sión entristecida. En el tono de este domingo véase también el himno : Alegría, Belleza y Ternura. (véase introducción), cuyos versos son estos: 

Alegría, Belleza, Ternura,
como tres mensajeras del cielo,
van y vienen, las tres reposando
cuando canta la Iglesia en Adviento.

Bienvenida, Alegría sin mancha,
pura flor de un purísimo anhelo;
fue Jesús quien te trajo a la tierra,
anunciando a los pobres su Reino.

Oh Belleza, de Dios vestidura,
entregada por Él en su Verbo,
con Adán te perdimos pecando,
y con Cristo más bella te vemos.

De Ternura y amante Pobreza
fue el Pesebre del Rey de los cielos,
oh Ternura de amor, Dios pequeño,
que nos alzas a ti en tu descenso.

¡Gloria a Dios en su santa morada,
alabanza por siglos eternos,
gloria al Hijo en su trono de gracia,
que la Virgen lo lleva en su seno!
 

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