jueves, 22 de diciembre de 2011

159. El día del Magnificat

Evangelio del 22 de diciembre
(Una de las ferias privilegiadas antes de Navidad)

Hermanos:

1. El día de ayer podía ser llamado “El día del Cervatillo”. Con el Evangelio de la Visitación de María (Lc 1,39-45) iba un poema del Cantar de los Cantares: El Cervatillo: Cant 2,8-14.
Hoy seguimos la lectura del mismo Evangelio de san Lucas: la respuesta de María a las felicitaciones y a las maravillas que la esclava del Señor está contemplando en este viaje a casa de su prima: El Magníficat (Lc 1,46-56), que nos trae de la mano el episodio de Ana consagrando a su hijo al Señor en el santuario de Silo, y el cántico de alabanza que ella pronuncia, que es el salmo responsorial del día.
El Magníficat lo canta la Iglesia todos los días en la oración vespertina de Vísperas, coronando la historia de salvación de Dios aquel día. He aquí el Cántico de María, que desde entonces no ha dejado de resonar, y que es el paradigma de la oración de la Iglesia:

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

2. ¿Qué es el Magníficat? Para responder a esta pregunta, quiero hacer otra previa: ¿Qué es la liturgia? Y la respuesta a esta segunda pregunta suena así: La liturgia el Magníficat con todas sus resonancias.
¿Qué es, pues, el Magníficat? El canto que, a impulsos del Espíritu Santo, entona María para cantar el misterio de la Encarnación, conmemorar la historia de Dios, que es siempre historia de salvación, e iniciar el canto final de toda la creación.
Isabel “se llenó de Espíritu Santo” para poder exclamar: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1,42). E igualmente al nacer el niño de Zacarías e Isabel – dice el evangelista san Lucas – “Zacarías, su padre, se llenó de Espíritu Santo y profetizó diciendo: Bendito sea el Señor, Dios de Israel...” (vv. 67-68).
María, pues, habla desde el Espíritu Santo. En el vientre lleva a su hijo, que es el Hijo de Dios, concebido por obra del Espíritu Santo, y este Espíritu le da el don de la alabanza y de la profecía.
Hermanos, estamos en lo más puro y auténtico de la liturgia, que tendrá sus ritos, sus textos, sus modulaciones, y hasta su dramatismo... pero el hontanar de todo es el Espíritu de Dios, la comunión con el Hijo viviente, el beneplácito del Padre, autor de toda la obra de la salvación.
Veámoslo por algunos puntos.

3. Proclama mi alma la grandeza del Señor, / se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador. La liturgia, es decir, el culto que tributamos a Dios la comunidad de los hijos de Dios, congregada por el nombre de Jesús, brota de ese hontanar de la Trinidad aposentada en el corazón humano.
Y en la liturgia cantamos la grandeza de Dios, la santidad de Dios: Su Nombre es Santo.
Nada hay que pueda ennoblecer más al hombre que reconocer a Dios y darle la gloria que él merece y que solo el merece. El libro de Isaías proclama: “Y mi gloria a otro no cedo” (Is 48,11). No la cede, porque no la puede ceder. Dejaría Dios de ser Dios si renunciara a su gloria, que dimana de su propia divinidad. Solo la puede ceder al Hijo, “para que todos honren al Hijo como honran al Padre”, leemos en san Juan (Jn 5). Por eso, en la sagrada liturgia con el mismo honor veneramos al Padre y honramos al Hijo.
Cuando María dice se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador...., no falta que alguien haya interpretado ese “Dios, mi Salvador”, como “Dios, mi Jesús”, pues Jesús es Salvador, según aquellas palabras de Mateo: “...y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”.

4. Esta liturgia María la eleva a Dios, su Creador y Salvador, desde “la humildad de su esclava”. La “humillación de su esclava” que dice el texto del Magníficat, la ha preferido verter la nueva “Sagrada Biblia” española para la liturgia como la “humildad de su esclava”, humildad que alude a la pequeñez de María.
La liturgia solo se puede realizar desde la humildad; es la más bella escuela de humildad. Para nosotros la humildad y la pequeñez es, ante todo, la conciencia de pecado.
El pecado, reconocido ante Dios, no nos humilla; bien al contrario, nos pacifica, nos apacigua el alma. Nada más hermoso para la criatura que reconocer su verdad ante Dios, y verse el ser humano amado en esa verdad, fortificado con una solidez que le hace capaz de afrontar la eternidad. En la Plegaria Eucarística rezamos con estas palabras: “y nos haces dignos de servirte en tu presencia”.
En efecto, yo, pecador, soy digno de entrar en la presencia de Dios Soberano.

5. Y ahora María canta y recuerda las acciones de Dios y repasa, en un instante, toda la Escritura, al tiempo que anticipa el juicio final de Dios sobre la historia. Ella, en concreto, es la primera beneficiaria de Dios, la obra primera que Dios ha creado en toda la historia de la salvación: el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Lo que Dios hizo con María es lo que sigue haciendo con su santa Iglesia, conmigo en particular. Yo soy una maravilla del poder de Dios. No es mía la gloria; es de Él.

Y  lo que hizo en María lo sigue haciendo hoy con nosotros, en ese hoy continuo de la historia humana. Quizás a los ojos humanos no se percibe; mas para los ojos del espíritu esto es una evidencia, y en todo caso, anticipa el veredicto final de Dios en la historia: derriba del trono a los poderosos / y enaltece a los humildes.
Este es el Dios verdadero, el Dios de la Encarnación, el que desde antiguo ha mostrado su debilidad por los humildes y los ha elevado hasta su corazón y allí los guarda. Este es el Dios de María, el Dios de Jesús; este es mi Dios. Esta es la dinámica íntima de toda la Escritura, del Antiguo y del Nuevo Testamento, porque la palabra de Dios es una.

6. Sigue María cantando, y de nuevo acude a la misericordia de Dios. La misericordia de Dios cubre la historia; es el dinamismo de la historia: acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres...
Cuando nos reunimos los cristianos, nos juntamos justamente para esto: para engrandecer a Dios y cantar su misericordia. Hasta el final de los siglos tendremos tarea.
Yo puedo contar y cantar la misericordia de Dios, si simplemente cuento lo que me pasó ayer.
- Pues... ¿qué te pasó ayer?
- Nada..., o mucho..., lo de todos los días..., y alguna sorpresa en particular (pues se acerca Navidad y a lo mejor te dan un regalo),  pero ¡era nada menos que la misericordia de Dios.
Hermano, amigo, me uno al canto de María, hoy, Día 22 de diciembre, Día del Magníficat.
Amén.

Puebla, 22 diciembre 2011

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