sábado, 24 de diciembre de 2011

162. La Misa de Nochebuena: Teofanía de Navidad

Admiración, adoración, acción de gracias,
alegría y paz 

Hermanos:

1. El misterio de Navidad del día 25 de diciembre, que está precedido por el Adviento y por la Misa de la Vigilia para quienes deseen celebrarla por la tarde, tiene tres momentos en esa jornada sacratísima:
- la Misa de medianoche
- la Misa de la aurora
- y la Misa del día.
Cada una de las tres con sus textos propios del Antiguo Testamento, de las cartas de los Apóstoles y de los Evangelios.
Los textos sagrados, elaborados en tiempos muy antiguos, que recogen la tradición milenaria de la Iglesia, rezuman santidad, espíritu de admiración, de acción de gracias, de adoración. Todo ello no se puede vivir sino en la verdadera pureza de corazón – la confesión sacramental ha precedido muy espontáneamente a la celebración navideña –,  sin una profunda fe y sin una elevación contemplativa.
Si esto no se diera, las palabras en uso estos días, como alegría, amistad, paz... serán palabras útiles, ciertamente, beneficiosas y hasta oportunas y muy oportunas, pero son palabras incompletas, si no llevan dentro el calado del misterio. Pero el misterio, hermanos, no tiene palabras; o, mejor dicho, las tiene, pero muy comedidas, porque el misterio es “excesivo”, y así el exceso del amor es la vía de empalme.

2. ¿Qué es lo que esta noche acontece? Se abre la misa de medianoche no precisamente con un villancico, sino con una revelación luminosa, llena de gravedad espiritual: “El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy”, frase tomada del salmo (Salmo 2,7). Con ella la Iglesia nos invita a considerar la generación eterna del Hijo.
La Navidad no es simplemente la memoria histórica de lo que pasó al nacer Jesús; este evento recordatorio no sería todavía misterio, “mysterium salutis”. Estas palabras que confiesan la divinidad del Hijo, nos llevan al hontanar del misterio, la generación eterna del Hijo.
San Agustín (354-430), teólogo y pastor, se expresa así, extasiado ante el misterio: “Celebremos con alegría el advenimiento de nuestra salvación y redención. Celebremos el día afortunado en el que quien era el inmenso y eterno día, que procedía del inmenso y eterno día, descendió hasta este día nuestro tan breve v temporal. Este se convirtió para nosotros en justicia, santificación y redención: y así -como dice la Escritura-: El que se gloríe, que se gloríe en el Señor” (Oficio de lectura del día 24).
Son palabras de gran densidad teológica. Desde esa hondura ¡qué bien podemos entender y gozar lo que concluye el santo doctor: “no nos gloriemos en nosotros mismos, sino en Dios. Por eso se ha dicho: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza. ¿Pues qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios? Busca méritos, busca justicia, busca motivos; y a ver si encuentras algo que no sea gracia” (en el mismo lugar).

3. Las palabras de la Escritura suenan solemnísimas cuando escuchamos al profeta:
"Que un niño nos ha nacido,
un hijo se nos hadado;
lleva a hombros el principado,
y es su nombre:
Maravilla de Consejero,
Dios fuerte
Padre de eternidad,
Príncipe de la paz...
El celo del Señor del universo lo realizará" (Is 9,5.6).
Son títulos que exceden la misión de un Rey; pero es la misión del Rey Mesías, si el Mesías es, efectivamente, Hijo de Dios.
Esto se ha realizado en Jesucristo, y Pablo escribe así a su discípulo Tito y a toda la Iglesia:
“Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae salvación para todos los hombres ..., aguardando la dicha que esperamos y la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo”. (Tt 2,11.13).

4. Desde esta visión sublime contemplamos el Evangelio del día, la escena de Belén, narrada por el evangelista san Lucas, es decir, el nacimiento en la carne de Jesús Resucitado. ¿Qué es exactamente la escena de Belén, tal como la ha narrado san Lucas, testigo de la tradición cristiana y del culto que se ha dado a Cristo en las Comunidades, ya desde la primera hora?
Esa escena es una Teofanía, esto es, una aparición gloriosa de Dios en el mundo, en medio de los hombres. Abarcando con una mirada las Teofanías de Dios en las santas Escrituras, podemos enumerarlas:
- La primera y principal, la matriz de todas las demás, la Teofanía de la Resurrección de Jesucristo en los cuatro Evangelios.
- La segunda, unida a la primera, es la Teofanía de Pentecostés, narrada en los hechos de los Apóstoles.
- La tercera, la Teofanía del Nacimiento de Jesús, narrada por san Lucas.
- La cuarta, la principal Teofanía del Antiguo Testamento Testamento, que es la aparición de Dios en el Sinaí a su siervo Moisés; ya prefigurada en la Teofanía de la zarza ardiente, cuando a Moisés se le revela el nombre divino.
- La quinta, el conjunto de las Teofanías patriarcales a Abraham, Isaac y Jacob.
- La sexta, la Teofanía a los profetas (Isaías, Jeremías), ya prefiguradas en las Teofanía de anuncio a los Jueces, salvadores de Israel, como cuando se anuncia el nacimiento de Sansón.
Esa son las apariciones de Dios.

5. La Teofanía del nacimiento de Cristo es del todo singular. Había sido precedida por el anuncio del Ángel a María. En esa ocasión el Ángel no vino revestido de la gloria pascual; ahora sí: “Se les presentó un ángel del Señor; la gloria del Señor los envolvió de claridad, y se llenaron de gran temor” (Lc 2,9).
El ángel sel Señor les comunica la revelación del misterio: “Os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,10-12).
Y ahora la Teofanía se convierte en una explosión de alegría celestial, una alegría litúrgica que quiere unir cielo y tierra, y que quiere ser la alegría de la asamblea litúrgica esta noche. “De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo. Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (vv. 13-14).
El acontecimiento del nacimiento de Jesús, a quien ya ahora mismo el Evangelio lo llama “el Señor”, que vale tanto como Hijo de Dios es un acontecimiento celestial por antonomasia.  Antes de que los pastores lleguen a donde estaban María y José y el Niño acostado en un pesebre, los ángeles estaban celebrando la fiesta en el cielo. Era la fiesta de la Gloria de Dios, que querían que se convirtieran en la tierra en fiesta de paz para los hombres de buena voluntad.
Hermanos, esta es la Navidad de Dios, Navidad de adoración, de acción de gracias, de contemplación.
Navidad de alegría en cielo y universo. Navidad de paz en la tierra. ¡Feliz Navidad!
Amén.

Puebla de los Ángeles, 24 diciembre 2011.

Invitamos al lector a los numerosos himnos de Navidad que hemos consignado en mercaba.org, en la sección Navidad.

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