miércoles, 28 de diciembre de 2011

164. “La humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva”

En torno a la Navidad,
“la fiesta de las fiestas” (S. Francisco)

(La FIESTA DE LAS FIESTAS). “Pues bien, Francisco no ha cambiado, no ha querido cambiar esta jerarquía objetiva de las fiestas, la estructura interna de la fe con su centro en el misterio pascual. Sin embargo, por él y por su manera de creer, ha sucedido algo nuevo: Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva. Este ser hombre por parte de Dios se le hizo del todo evidente en el momento en que el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, fue envuelto en pañales y acostado en un pesebre. La resurrección presupone la encarnación. El Hijo de Dios como niño, como un verdadero hijo de hombre, es lo que conmovió profundamente el corazón del Santo de Asís, transformando la fe en amor” (Benedicto XVI, Homilía de Nochebuena de 2011).

Hermanos:

1. Meditemos junto al Verbo Encarnado recién nacido qué significa haber descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva. Tratemos de ahondar por ese sendero hacia donde nos conduce la frase del Papa en su homilía: “Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva”.
Ciertamente que hay un realismo crítico para adentrarse en cada escena del Evangelio; pero hay un realismo sin más, que este puede definirse así: la historia de la Encarnación. Entonces el pensador se interroga de modo ineludible: Pero ¿cómo podemos hacer una historia de la Encarnación, en el sentido propio y preciso, si el sujeto central y sustentante de todo ello es el mismo Verbo de Dios? ¿Quién tiene el conocimiento directo del Verbo de Dios, que, por su naturaleza, transciende toda experiencia?
Este realismo “crítico” de pronto despluma el Evangelio, si entendemos por Evangelio la narración-reportaje de los hechos y palabras de Jesús... El creyente piadoso (decimos “creyente” y decimos “piadoso”, sin que una cosa anule la otra) recibe un mazazo del que quizás no le sea fácil recuperarse.
En el libro científicamente serio – que refleja, a no dudar, un amor entusiasmado y convencido a Jesús – sobre la “aproximación histórica” a Jesús, de José Antonio Pagola (2007; 80 ejemplares con sucesivas edicioens, ene spera de una refundición), se dice en el primer anexo sobre “el perfil histórico de Jesús”: “Probablemente (Jesús) nació en Nazaret, aunque Mateo y Lucas hablan de Belén por razones teológicas” (p. 471).

2. Claro que el autor no pretende infundirnos una evidencia histórica. Pero... ¿y si fuera crudamente histórico que Jesús, ciudadano del Imperio, naciera en esa mísera circunstancia de un empadronamiento que ciertamente existió...? ¿No sería el primer rasgo de la pobreza de Jesús, que ciertamente fue pobre de nacimiento, nacer fuera de su propia casa...? ¿No explicaría esto, de modo más realista y vívido, ese desarraigo de todo, absolutamente de todo, que Jesús pide a sus discípulos: desarraigo de familia y casa, de propiedades, de lo que se nos pega en el ser como cosa nuestra por ósmosis?
“Yo nací fuera de mi casa –podría decir Jesús... Pobrecita de mi madre, lo que tuvo que sufrir: tener que acudir a la caridad de otras personas para hacer más llevadero el parto y el tiempo que siguió...”
Si Jesús, hipotéticamente, nació en Nazaret..., entonces ¿cómo se sostiene el idilio de Navidad? ¿Será un cuento? Jamás un biblista serio dirá que, en semejante hipótesis, eso es un “cuento”; es un “midrash”, un relato, como tantos del Antiguo Testamento, que pretenden comunicar una verdad real.
Sigue el pensador meditativo: Pero ¿cuál es el verdadero entronque con lo real sustentante? ¿Cuál es la verdadera historia de la Encarnación que allí se esconde...?
Preguntas análogas se lanzan con el episodio de la huida a Egipto. ¿Será crudamente verdad que Jesús niño y su familia hubieron de padecer lo que cientos de miles padecen, el exilio forzoso de su tierra...? Si esto es así, el realismo histórico de la Encarnación, pone a Jesús en el área de la gran pobreza..., aparte de la mística de “De Egipto llamé a mi hijo”, del libro del Éxodo.
En suma, ¿cuál es la verdadera historia de la infancia, que vivida como historia de salvación, operativa en el presente, vivimos y sacramentalmente celebramos los cristianos?
Caemos en el problema que lleva en su seno la teología: ¿Quién es realmente el Jesús de la historia y quién es el Cristo de la fe?
La Iglesia responde: Es el mismo, pero hay que precisar perfiles. Aquí es donde vienen las distancias; donde pasamos al terreno de especialistas..., aunque el Evangelio sea patrimonio de todos los cristianos; donde la devoción puede recibir un “impasse”; y, en suma, donde la opción cristiana fundamental tendrá que reconvertirse de nuevo al Señor. Si la investigación histórica nos paraliza ¡qué difícil que la fe se convierta en amor!
Para la finalidad que escribo no me interesa entrar en la palestra, pero sí apuntalar muy claro, al eco de lo que me sugiere el Papa de ese acceso completamente nuevo a la humanidad de Cristo, que yo puedo pasar a una comunión del todo real y veraz con la humanidad santísima de Jesús, sean cuales sean las oscilaciones de la investigaciones críticas sobre la Infancia de Jesús.

4. La raíz de toda mística – digámoslo respetuosamente y con ánimo de búsqueda – no está en otra cosa, mejor dicho, en otro evento que en el encuentro del puro yo y del puro Dios. Y la novedad absoluta del sentir cristiano es que ese “puro Dios” es Jesús, hijo de la tierra, ciudadano del mundo, individuo de carne y hueso, humanidad latiente abierta al amor, al dolor y a la muerte.
Y ese Jesús, de quien hablamos, ¿será el “puro Jesús”, abierto a cualquier pregunta, asequible a nuestro tacto y oído, a nuestro pálpito del corazón?
Para san Juan, sí:
“Lo que existía desde el principio,
Lo que hemos oído,
Lo que hemos visto con nuestros propios ojos,
Lo que contemplamos y palparon nuestras manos
acerca del Verbo de la vida;
pues la Vida se hizo visible...” (1Jn 1,1).
Así comienza la “historia del Verbo de la Vida”.
Y esto es precisamente el Evangelio, la historia del Verbo de la Vida. Como es el Logos, el Verbum, en cada partícula de su historia humana está todo él; en cada partícula de su humanidad, soporte de toda su historia, está todo él. La historia de Jesús de Nazaret es toda divina, lo cual nos desborda en absoluto...
Para hacer su historia, partimos de estos axiomas:
1) Su historia humana es historia divina.
2) Esa historia humano-divina de Jesús, la única que se nos ha comunicado, es alcanzable por la fe en las vivencias concretas de mi propio yo.
En esto hemos de detenernos: yo puedo intimar con la humanidad santa de Jesús. Y esto no como un entretenimiento de con Jesús, sino como una fuente de amor saciativo, como una llamada al compromiso radical del seguimiento.
Este es el camino que ha seguido Francisco: el contacto con la humanidad de Cristo, que es un contacto personal (no transferible a nadie), y que es de una realidad en la cual se cifra mi presente y mi eternidad.  Mi “todo yo” queda inviscerado en el “yo de Jesús”, para poder entrar en diálogo, en una comunión de preguntas y respuestas.
En este punto de encuentro la escenografía de la Infancia queda tenuemente al lado, en el reverbero del centro. Poco importa que la escena hubiera acontecido así o de otro modo diferente. Los Evangelio nos está entregando lo que realmente vivía la Iglesia en la memoria perenne de Jesús, que nos ha marcado ruta.
Hay que entrar en la humanidad de Jesús hasta perderse en ella. San Ignacio de Loyola, siglos después de san Francisco, ha meditado así el nacimiento: “El primer puncto es ver las personas, es a saber, ver a nuestra Señora y a Joseph y a la ancila y al niño Jesú después de ser nascido, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en sus neccessidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia possible; y después reflectir en mí mismo para sacar algún provecho” (Ejercicios Espirituales, n. 114).
Como si presente me hallase, es la frase esencial. Bien sé que ni estuve ni voy a estar, pues ya pasó. Pero hay una presencia de la santa humanidad de Jesús que traspasa los siglos. Y en ella estoy. En esta perspectiva, lo mismo que hemos puesto el buey y la mula (evocando a Is 1,3, pues nada dice el Evangelio de animales en el sitio aquel, ni de corderos que llevaran los pastores), podemos poner una criadita (una ancila) haciéndole los servicios a María; pues, en el fondo, esa criadita soy.
Concluyamos: “Francisco ha descubierto la humanidad de Jesús con una profundidad completamente nueva”. E Ignacio de Loyola lo sabe. Es un camino realísimo de acceso a la humanidad de Jesús, al misterio de la Encarnación, a la historia de la Encarnación.
Humildemente y en búsqueda, dixi.

Puebla, 28 diciembre 2011

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