sábado, 31 de diciembre de 2011

166. 1 de enero: el Niño, la Madre, la Paz


Los tres ejes espirituales de esta Jornada
 

Hermanos:
1. Día1 de enero, Día de Año Nuevo. Ya ayer noche, quizás al dar las 12, y en todo caso después de la Misa, nos dimos el abrazo de Año Nuevo: ¡Feliz Año Nuevo!, que es la palabra que hoy resuena en todas las homilías.
¡Feliz Año Nuevo!, hermanos, es el deseo y augurio que yo, hermano en la fe, os comparto de todo corazón. Esa felicidad que da Jesús, esa alegría de la que él habló en las palabras de la Cena, es un don celestial que él nos comunica: “y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). Vestir hoy una prenda roja como buena suerte en el amor, o amarilla como buena suerte en el dinero, es una superstición. Ni el amor ni el dinero hay que ponerlos en la buena suerte, sino en la gracia de Dios y en nuestra tarea aplicada con humildad, constancia y perseverancia.

2. En los misterios de la Iglesia Año Nuevo es Navidad, octava de Navidad. Y en la liturgia de la Iglesia es Navidad vista desde el corazón de María, Madre y Virgen. De hecho, el título de esta fiesta es éste: Solemnidad de santa María Madre de Dios, como la ha fijado la iglesia después del Concilio.
Y desde el 1 de enero de 1968 el 1 de Enero, por invitación del Papa Pablo VI, es la Jornada Mundial de la Paz.

“Nos dirigimos a todos los hombres de buena voluntad para exhortarlos a celebrar «El Día de la Paz» en todo el mundo, el primer día del año civil, 1 de enero de 1968. Sería nuestro deseo que después, cada año, esta celebración se repitiese como presagio y como promesa, al principio del calendario que mide y describe el camino de la vida en el tiempo, de que sea la Paz con su justo y benéfico equilibrio la que domine el desarrollo de la historia futura”.

Vean hermanos, si no hace falta templar nuestro espíritu con pensamientos de paz: Aquí en México, desde esta ofensiva que se ha emprendido en México en el 2006 en la lucha contra el narcotráfico ya se han producido varias decenas de miles de muertos. En la prensa de estos días se hacían balances. Un dato: 27 presidentes municipales (alcaldes) asesinados en el sexenio; el último, el 2 de noviembre asesinado a pleno día y en plena calle, en La Piedad.
Día de la paz para todos los hombres de buena voluntad.

3. La liturgia del domingo se abre con una bendición, como lo hemos escuchado. Es la bendición que está puesta en labios de Moisés, para que los hijos de Aarón, es decir los sacerdotes del Señor la impartan al pueblo en las grandes ocasiones, contendida en el libro de los Números, en el capítulo 6, 22-27.
Nosotros la solemos llamar la Bendición de san Francisco, porque de su puño y letra la escribió en un pequeño pergamino para entregarla a un hermano muy querido de su corazón, llamado fray León, asediado de graves tentaciones. Es un pequeño pergamino que después de hace casi 800 años todavía se conserva en Asís.
El Señor te bendiga y te guarde.
El Señor te mire benignamente y tenga misericordia de ti.
El te muestre su rostro y te conceda la paz.
La paz es el conjunto de todos los bienes, en el sentido profundo de la Escritura. La paz verdadera no es la simple ausencia de guerra, sino la plenitud. Es lo más grande y delicado que podemos desear a una familia: la paz del Señor.
En este espíritu hay una oración muy extendida, que la llaman a veces “oración de san Francisco”. En realidad no la escribió él, pero releja muy bien el espíritu evangélico de san Francisco. Recordémosla:

Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.
Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.

Oh Señor, que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.
Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

La Madre Teresa de Calcuta la citó como Oración de san Francisco.

En esta oración se aprecia muy bien cuál es la paz cristiana que anhelamos para nosotros, para nuestras familias y para la sociedad. La verdadera paz tiene que venir del corazón, mejor dicho, de mi corazón. Yo tengo que vencer el orgullo, la ambición, el egoísmo y la comodidad dentro de mí, para ser ungido yo con la paz y para brindar la paz a mis hermanos. Lo demás sería construir desde fuera. Es como si una persona que padece un cáncer se el da un maquillaje, para que su cara sea sonrosada y joven. El mal queda adentra.
Bello propósito del año: Señor, haz de mí un instrumento de tu paz.


4. Al principio dije cómo hoy es la octava de Navidad, y cómo la Iglesia quiere poner su mirada contemplativa en la Virgen María. Hoy es, por excelencia, la fiesta de la Madre de Dios. En el año hay cuatro solemnidades centrales de la Virgen, que, siguiendo el curso de los tiempos, son éstas:
La inmaculada Concepción (8 diciembre)
Santa María, Madre de Dios (1 de enero)
Anunciación del Señor que se simultáneamente Anunciación a María (25 marzo)
Asunción de María (15 de agosto)

5. La Maternidad de María es una verdad de fe que al definió el Concilio de Éfeso el año 431, sancionando con la suprema autoridad lo que ya vivía la conciencia de los cristianos. San Atanasio, obispo de Alejandría, es uno de los padres luchadores de esta verdad.
María es Madre de Dios no en un sentido sublimado, espiritualizado, sino Madre porque el Verbo de Dios tomó la verdadera carne humana, la “carne de María”, y siendo Hijo de Dios fue igual que nosotros hijo de una mujer. María, al ser la madre de este hombre-Dios, es la Madre de Dios, la Engendradora de Dios, que esto significa el título de Theotókos, que ha traducido el latín no por “Marte Dei”, sino por “sancta Dei Genitrix”, santa Engendradora de Dios.
Y hoy, en el oficio divino, se recuerdan escritos de él. “Por lo tanto, el cuerpo que el Señor asumió de María era un verdadero cuerpo humano, conforme lo atestiguan las Escrituras; verdadero, digo, porque fue un cuerpo igual al nuestro. Pues María es nuestra hermana, ya que todos nosotros hemos nacido de Adán”.

La salvación se operó en la carne de Jesús, en su ser concreto, en su humanidad, y ahí en la carne es donde entra María en esta historia de Dios. María, siendo hermana nuestra, es tomada por la santísima Trinidad para que fecundada por el Espíritu Santo sea Madre de Cristo-Mesías (Christotókos), Madre de Dios (Theotókos). María queda elevada a un rango que ninguna otra criatura lo tiene. María es, por ejemplo, superior a los ángeles de Dios.
Uno pudiera pensar que esto es divinizar a la Virgen. No lo es; pero sí atribuirle a ella unas cualidades y misión y un oficio permanente que ningún otro lo ha tenido.
La liturgia de hoy está llena de alabanzas a María, que nos invitan a una contemplación de amor: “La Madre ha dado a luz al Rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad, y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya” (Antífona de Laudes).

6. Dulce siempre ese pensamiento de María, Reina de la Paz, Reina de la Paz. Con este pensamiento quiero terminar esta homilía de Año Nuevo. Cuántas veces vemos que debajo o detrás de un rostro risueño hay cruzado un pensamiento siniestro de suicidio, derivado de un desengaño y frustración familiar... Y tantas depresiones que llena los consultorios...
Faltaba la paz dulce, suave, del corazón que supera todas esas situaciones adversas. ¡Reina y Madre de la Paz, danos esa paz firme que tu Hijo nos prometió! Amén.

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