sábado, 29 de enero de 2011 0 comentarios

13. La Virgen de la Presentación


(2 de febrero, Día de la Vida Consagrada)
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Hermanos:

1. Una nota de todas las fiestas de la Virgen es esta: que son bellas, profundamente bellas. La belleza misma es mensaje que de ellas emana. Y nada enriquece tanto como el abrir el corazón  a la belleza.
Y hoy es bello contemplar a esta joven madre, María de Nazaret, que, acompañada de su esposo, José, juntos presentan su gavilla ante el Señor. “Estas son las primicias, Señor”, parece que les escuchamos. “Esto es lo más precioso de la humanidad, regalo del cielo donado a la tierra, y esto lo que ofrecemos, primicia de la humanidad consagrada a ti. Acéptalo; es tuyo”.
Nuestra imaginación vuela, y vuela de la tierra al cielo. En este vuelo de amor no nos traiciona la fantasía; es la intuición contemplativa la que penetra el misterio, y, con el don de la palabra, queremos balbucear algo que allí dentro se oculta.
Hoy es la Presentación del Señor, y tal es el título litúrgico de nuestra celebración. Es fiesta del Señor. En la escena aparecen, en primer plano, la Madre y el Hijo, en penumbra José; y en segundo plano los ancianos de Israel, Simeón y Ana, que han llegado para dar la bienvenida al Mesías que acaba de entrar en la tierra.
Mirando las capas profundas del misterio, no diremos que Israel – Simeón y Ana – sale al encuentro de su Señor. Más bien, es el Señor el que entra en su santuario y salen al encuentro de su pueblo, y en este caso, llegada la plenitud de los tiempos, Israel que recibe a Cristo es ya la Iglesia quien viene a saludarle. Y mejor: es Cristo quien sale al encuentro de su iglesia, de su Esposa. “Adorna tu tálamo, Sión” – dice la liturgia – gustando este epitalamio celestial, “y recibe a Cristo Rey que viene a ti”.
Son muchas las cosas que concurren en el sentido de esta fiesta. Acabamos de entrar en un jardín, que es el jardín de Dios, cuajado de maravillas.

2. No es todo. Como esta es una fiesta de luz, según proclama el anciano Simeón con el Niño en brazos – lumen ad revelationem gentium, luz para revelación de las gentes - , los misioneros que llegaban a América, sintiéndose portadores de la luz de Cristo, pudieron vivir esta escena evangélica como una fiesta misionera. La fiesta de la Candelaria, y la Virgen de la Presentación era la Virgen de la Candelaria. En la geografía espiritual del Nuevo mundo, la Candelaria, que de alguna manera cerraba el ciclo navideño.
Y con la ternura de la piedad popular, podemos decir, como lo aprendí hace unos años, al llegar a México, si en la Nochebuena, con la arrullada del Niño – arrorró, ni Niño; arrorró, mi Sol – festejábamos la “acostadita del niño”, hoy, cuarenta días después, es la “levantadita” para llevarlo al Templo y consagrarlo al Señor. Por eso, las gentes sencillas traen hoy a la iglesia al Niño Dios para presentarlo al Señor.
Gloria de Israel, sí, y Luz de las naciones. Este niño que en Belén se manifestó ante el mundo entero – primero a los pastores, y luego a los magos venidos de Oriente – hoy también es proclamado como Luz de las naciones. María lo entrega al mundo, al entregarlo al Padre.

3. Ya ven, hermanos, múltiples motivos que concurren en una sola fiesta; múltiples destellos brillan en el misterio. Y todo ello recordando un episodio común que vivía cualquier familia con la madre primeriza de un hijo. San Lucas dice, en efecto, que lo que hicieron fue para cumplir la ley del Señor. Recordémoslo: “Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén  para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor” (Lc 2,22-24).
La Ley del Señor, y en este caso el Levítico, capítulo 12, señala cuál debía ser la ofrenda. Se hacían dos sacrificios: por un sacrificio, un cordero de un año, que se quemaba en holocausto; por el otro, un pichón o una tórtola (Lv 12,6), como purificación. Pero la misma ley preveía con caridad: “Mas si a ella no le alcanza para presentar una res menor, tome dos tórtolas o dos pichones” (v. 8).
María se atuvo a este privilegio de los pobres.
Nosotros, cristianos, estamos interpretando este rito común de las jóvenes madres con unas claves espirituales, que, obviamente, nuestros hermanos hebreos no pueden aceptar. Para nosotros Jesús es el verdadero Mesías y por esos estamos diciendo todo lo que acabamos de expresar.

4. En este cuadro espiritual, y concentrando nuestra atención en la ofrenda preciosa que lleva María en sus brazos, nos fijamos en un aspecto particular: hoy, fiesta de la Presentación, es el Día de la Vida Consagrada. Así lo quiso y determinó el Siervo de Dios Juan Pablo II, próximo Beato, quien escogió este día como fiesta emblemática de consagración, como el día de la vida consagrada. Lo recordaba Benedicto XVI el año pasado, celebrando las Vísperas de la Presentación del Señor.
“En concomitancia con esta fiesta litúrgica, el venerable Juan Pablo II, a partir de 1997, quiso que en toda la Iglesia se celebrara una Jornada especial de la vida consagrada. En efecto, la oblación del Hijo de Dios, simbolizada por su presentación en el Templo, es un modelo para los hombres y mujeres que consagran toda su vida al Señor. Esta Jornada tiene tres objetivos: ante todo, alabar y dar gracias al Señor por el don de la vida consagrada; en segundo lugar, promover su conocimiento y estima de parte de todo el pueblo de Dios; y, por último, invitar a cuantos han dedicado plenamente su vida a la causa del Evangelio a celebrar las maravillas que el Señor ha realizado en ellos”. (Celebración de Vísperas en la Basílica Vaticana en la fiesta de la Presentación del Señor y XIV Jornada de la vida consagrada).
Reflexionemos, pues, ahora, con sencillez y con amor, en este significado de consagración por manos de María, pensando en quienes como religiosos que un día pronunciamos los votos y en la otras formas de consagración que existen en la Iglesia, pusimos nuestra vida incondicionalmente como ofrenda sagrada a honor y disposición de Dios. Bien sabemos que el Bautismo es la consagración del cristiano; nada puede superarla. Nada tiene una categoría superior a esa consagración plenaria con que Cristo Jesús, Redentor, nos asume en el sacramento de las aguas bautismales. Los religiosos no somos una “élite”, por así decir, de perfectos en la Iglesia, un escalón superior al grado común y corriente de los cristianos. Lo que sucede es que en un momento determinado de la vida el Señor se cruzó en mi camino, y me hizo una invitación: “Si tú quieres, yo te ofrezco esto…” Si yo hubiera vuelto la espalda, no habría sido fiel a esa voz que surgía del fondo de mi ser, precisamente de mi consagración bautismal.
¿Qué vemos en la Virgen? Externamente cumple un rito de purificación y de oblación. La mujer parturienta se reincorporaba a la comunidad de Dios, mediante el rito previsto. No es que la maternidad, desde ningún punto de vista, tuviese una connotación de pecado, cuando en ella todo es santo, sino que era una nueva vuelta a la Comunidad de Dios así santificada.
Pero, al mismo tiempo, en un segundo rito ella hacía la ofrenda del primogénito. Todo primogénito había de ser ofrecido al Señor, lo mismo de animales que de hombres. La vida irrumpía y esa vida, reconocida como regalo de Dios, había que brindársela entera a Dios. Lo mismo había que hacer con los primeros frutos del campo. La ofrenda de las primicias significaba lo mismo: era regalo de Dios, y era obsequio para Dios.
El rescate de un ser humano era el sacrificio de un animal, un cordero de un año, que se quemaba en holocausto; y en caso de familia pobre, en vez del corderito, una tórtola. Fue el caso de María. Por este detalle la escena de la Presentación del Señor tiene una viva actualidad en el ancho mundo de los pobres. María, que vio a su Hijo nacer pobre, ahora, con el privilegio de los pobres, va a presentar su ofrenda.

5. Ahora ya podemos pensar en lo que significa para María ese ofrecimiento. ¿Qué es lo que María ofrece? Ni más ni menos que lo que ofreció el día de la Anunciación; es decir, lo ofrece todo, lo ofrece sin reservas, lo ofrece a Dios, lo ofrece al mundo.
“Aquí está la esclava del Señor”, dijo María. Y en la fe, entregó su presente, su futuro, su destino. La respuesta fue plenaria. María, al decir “Hágase en mí según tu palabra” ofrece lo que tiene, lo que viene, lo que viniera… Esto incluye la ofrenda de la Encarnación.
Y ahora, tras los meses de gestación, y a los cuarenta días del nacimiento, estamos en la misma lógica y en el mismo nivel de entrega. María ofrece el todo, ofrece al Hijo y en el Hijo a sí misma. Es la actitud permanente de su corazón, la misma que la podremos ver al mirar lo que pasa en el Calvario.
A todos los cristianos la Virgen, nuestra Madre, nos está diciendo y enseñando cuál debe ser nuestra ofrenda.
A los religiosos y religiosas, a los consagrados de esta manera peculiar, que son los votos o promesas que hemos hecho y que nos dan un estilo de vivir para siempre, nos lo está diciendo con una entrañable intimidad y con una especial ternura.
Nos acercamos, pues, a ella, para decir con ella al Señor, el día de la Anunciación, lo que dijo Jesús al entrar en este mundo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Y María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Y al decir estas palabras, que oigamos un susurro en lo secreto del corazón.
“Hijo mío, hija mía, yo lo acepto”.
Mis hermanos, mis hermanas, que así sea.

Himnos para orar. 1. La Virgen oferente; 2. Dos tórtolas declaran tu pobreza; 3. En brazos de María presentado.
martes, 25 de enero de 2011 0 comentarios

12. Saulo de Tarso y Pablo de Jesús Resucitado


(Día 25 de enero, fin del Octavario por la Unidad de los Cristianos)

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Hermanos:

1. Hoy es una fiesta singular en la Iglesia. No es propiamente la fiesta de un santo recordando su santa muerte o su martirio. Es la fiesta de un episodio bíblico, cuyo protagonista es Cristo Resucitado, el Nazareno perseguido en su Iglesia, y con Cristo Resucitado, deslumbrante de gloria, el derribado en tierra ante la luz divina: Saulo de Tarso. Hoy es la fiesta que en la liturgia se llama “La Conversión de San Pablo”.
La palabra conversión nos puede despistar, porque en un sentido vulgar, usual, un convertido es uno que llevaba una mala vida y da un cambio dejando sus vicios y pecados. Saulo de Tarso no fue nada de eso; él dirá a los fieles de Filipos, recordando su vida primera que en cuanto a la justicia de la Ley él fue intachable (Flp 3,6).
Pablo es un convertido en el sentido en que volvió sus rostro a Cristo, lo “convirtió” a Cristo y entonces vio lo que antes no había visto. Podemos aplicar a su caso lo que él dice hablando a los judíos: “Pero se embotaron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento. El velo no se ha levantado, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo. Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad” (2Co 3,14-17). Se alzó, pues, el velo que cubría sus ojos.
Así tuve la oportunidad de oírlo de labios de un anciano judío, en años de estudio en Jerusalén. “Yo me llamo – decía – de circuncisión y de bautismo Abraham. Y no me considero un “convertido”, sino como Pablo alguien a quien le ha sido levantado el velo”. Era un sacerdote, el P. Abraham, que con una hermosa voz grabó toda la Biblia hebrea en 47 casetes, a uso de nosotros, aprendices.

2. ¿Qué ocurrió, pues, a este ardiente judío, que nació primero para la Ley y luego para el Evangelio?
Tres veces nos cuenta San Lucas en los Hechos de los Apóstoles el episodio, clave para la vida cristiana. La primera, en el capítulo 9, en forma narrativa, en tercera persona. La segunda y la tercera es el mismo Pablo el que habla en unos discursos redactados por Lucas. Pablo, prisionero por el pueblo amotinado, les habla a los judíos en la escalinata del Templo de Jerusalén, en lengua hebrea. Es la lectura que hoy toma la liturgia de la misa. Luego, llevado a Cesarea hablará ante el rey Agripa (Hch 26,9-18) y contará los mismos episodios de su vida.
Es una delicia escuchar cómo san Lucas reproduce el discurso de Pablo a sus compatriotas los judíos. Oigámoslo.
“« Hermanos y padres, escuchad la defensa que ahora hago ante vosotros. » Al oír que les hablaba en lengua hebrea guardaron más profundo silencio. Y dijo:
“Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié aquí, en Jerusalén; fui alumno de Gamaliel y aprendí a observar en todo su rigor la ley de nuestros padres y estaba tan lleno de fervor religioso, como lo están ustedes ahora.
Perseguí a muerte a la religión cristiana, encadenando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres, como pueden atestiguarlo el sumo sacerdote y todo el consejo de los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco y me dirigí hacia allá en busca de creyentes para traerlos presos a Jerusalén y castigarlos.
Pero en el camino, cerca ya de Damasco, a eso del mediodía, de repente me envolvió una gran luz venida del cielo; caí por tierra y oí una voz que me decía: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’ Yo le respondí: ‘Señor, ¿quién eres tú?’ El me contestó: ‘Yo soy Jesús de Nazaret, a quien tú persigues’. Los que me acompañaban vieron la luz, pero no oyeron la voz del que me hablaba. Entonces yo le dije:
‘¿Qué debo hacer, Señor?’ El Señor me respondió: ‘Levántate y vete a Damasco; allá te dirán todo lo que tienes que hacer’. Como yo no podía ver, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano hasta Damasco.
Allí, un hombre llamado Ananías, varón piadoso y observante de la ley, muy respetado por todos los judíos que vivían en Damasco, fue a verme, se me acercó y me dijo:
‘Saulo, hermano, recobra la vista’. Inmediatamente recobré la vista y pude verlo. El me dijo: ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad, vieras al Justo y escucharas sus palabras, porque deberás atestiguar ante todos los hombres lo que has visto y oído. Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el bautismo, reconoce que Jesús es el Señor y queda limpio de tus pecados’ ” (Hch 22,1-16).

3. ¿Qué es lo que pasó camino de Damasco, cuando la luz envolvió a Saulo y lo llevó hasta el corazón de Cristo Resucitado?
San Pablo mismo lo explicó escribiendo a los Gálatas: “ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco” (Ga 13-17).
San Pablo se ve a sí mismo en el espíritu de los profetas: de Isaías (Is 49,1), de Jeremías (Jr 1,5).

4. San Pablo  vio a Jesús Resucitado. Y allí lo vio todo. Comprendió que esa era la realidad definitiva que Dios introducía en el mundo. Desde la resurrección, tendiendo la mirada al futuro, comprendió que la parusía, el advenimiento glorioso de Dios, sería el triunfo final del Resucitado. Desde la resurrección del Señor comprendió qué había sido la muerte en Cruz. Entendió que la comunidad de los cristianos era la presencia real de Jesús, el Señor. En suma, la misma entrada de Jesús en  el mundo, se entiende desde la Resurrección.
En una palabra, toda la teología que luego había de desarrollar, iluminado, en sus cartas, nacía en aquella luz del encuentro.
Y todo esto, hermanos, es lo que ha llegado hasta a mí. Yo soy beneficiario de aquel momento, único en la historia.

5. Un autor protestante llamó a Pablo “el primero después del Único”.  Recordando con gozo y agradecimiento estas cosas, nos peguntamos cuál es la aportación que el Apóstol san Pablo ha entregado a la Iglesia.
Lo primero, esa síntesis de la fe, fascinadora que nos ha legado en sus cartas. No podemos lee a san Pablo sin quedar prendidos de un misterioso arrebato.
Pero hay otra, que va unida a la primera: que Pablo es un teólogo enamorado, y  nos contagia su entusiasmo personal. Él no solamente ha pensado en Cristo: se ha identificado con Cristo. Pensamiento y vida se funden en una sola realidad. Aprendamos de memoria esta frase: “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Ga 2,19-20).

5. Pablo es este Pablo. Lo sentimos tan cerca… Él nos hace enamorarnos de Cristo, pero nos brinda también su propio corazón, acercándonos a sí, para acercarnos a Cristo.
La Iglesia trae hoy una plegaria a los pies de Pablo. Pablo tuvo una mortal pasión por la unidad con sus hermanos judíos. “desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las  promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén” (Rm 9,3-5).
Esa pasión de amor y de unidad, al final del Octavario de la unidad de los cristianos, es la que nosotros anhelamos, para formar una familia de fe, una familia visible bajo el cayado del Buen Pastor.
Señor Jesús, que puedes hacer, que puedes hacer lo que ninguno de nosotros puede, por el honor de tu Padre, concédenos la unidad. Amén.

Puebla, 25 enero 2011.

Un himno para la fiesta de la Conversión de San Pablo  
La fuerza luminosa del Vencido.
lunes, 24 de enero de 2011 0 comentarios

11. Las Bienaventuranzas


(Domingo 4 del tiempo ordinario, ciclo A)

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Hermanos:

1. Nuestra carta de Presentación ante los hombres de hoy y ante la Historia, si quieren saber qué es el Cristianismo y quién ha sido el Fundador del Cristianismo, es esa página del Evangelio que acabamos de proclamar: Las Bienaventuranzas.
Jesús está en aquella colina de Galilea y a sus pies ondea plácidamente el lago de Generaset. Y dice: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados
Y nos place dar curso a una fantasía legítima, llena de amor. El rostro de Jesús, sus ojos, hienden el aire y el eco de su voz la escuchan los siglos.

2. ¿Qué es exactamente lo que dice Jesús? Aunque no supiéramos acertar del todo, su palabra nos cautiva, y su programa se lanza como una alternativa nueva de humanidad para sus discípulos y el mundo entero; para hoy y el mañana que haya de venir. No nos presenta un plan de acción para hoy, que, pasada la emergencia, habría cumplido su sentido. El programa, su Evangelio, expuesto de una forma poética e insinuante, es un programa para el discípulo como tal, que pervive mientras haya discípulos.
Comencemos nuestra reflexión con una pregunta. Las Bienaventuranzas ¿son un catálogo de virtudes, que tendríamos que practicar para alcanzar la patria celestial? No son eso las Bienaventuranzas.
¿Serán acaso dichos de sabiduría de un Maestro que enseña a sus discípulos los secretos de la vida? Tampoco son eso las Bienaventuranzas.
Las Bienaventuranzas son felicitaciones que brotan del corazón de Jesús; y felicitaciones no ante una hipotética realidad que acaso pueda acontecer. Son felicitaciones por lo que veo, por lo que está pasando, y concretamente por lo que Dios, nuestro Padre, está haciendo en el mundo.
Jesús habló diversas veces con el mismo estilo de las Bienaventuranzas. “¡Dichosos los ojos que ven lo que veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron” (Lc 10,23-24), dijo en cierta ocasión Jesús, volviéndose a sus discípulos. Y también: “…no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10,20).
3. Jesús está viendo a Dios; contempla que algo nuevo está amaneciendo en la tierra. Ve que el Reino de Dios es verdad, pues, de hecho, él mismo está predicando el Evangelio y los humildes se abren a la gracia de Dios, al paso que los prepotentes se cierran.
Las Bienaventuranzas son ocho, y así han pasado al Catecismo, tomadas del comienzo del sermón de la Montaña, capítulo 5 del Evangelio de san Mateo; en el Evangelio de san Lucas quedan concentradas en cuatro (Lc 6,20-23). Es que las Bienaventuranzas de Jesús son ocho, y puede ser doce y veinte, y en el fondo son una, dicha con variados matices. Hela aquí: Dichoso aquel que como María de Nazaret ha acogido a Dios, y se ha visto como una humilde criatura que todo lo espera de Dios, que todo lo recibe de lo alto.

4. En la escuela de Jesús, hagamos un repaso de lo que él nos dijo y nos está diciendo.
Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. ¿Quién es el pobre? Sólo aquel que puede decir: No tengo nada, y Dios, solo Dios, es mi riqueza y mi vida. En verdad, solo Jesús puede hablar de este modo. Y si una persona está abundando en riquezas es muy difícil que pueda decir con verdad: No tengo nada. El rico epulón, así llamado, que banqueteaba espléndidamente cada día, no podía decir: No tengo nada. El mendigo Lázaro, tirado a la puerta del palacio, sí podía decir: no tengo nada, solo Dios es mi esperanza.
Podía decirlo no porque el no tener nada sea una bendición; sino porque, realmente, no teniendo nada de esta tierra, su corazón ablandado, transformado, podía decir ante Dios: Padre mío, mi riqueza eres tú. Este es pobre de espíritu.
En la historia de los santos hay alguien que se ha distinguido como nadie: san Francisco. No tenía nada, ni quería tener. Y en la Regla mandó a sus hermanos que, a pesar de ello, de ninguna manera criticaran o juzgaran a personas que vieren con vestidos elegantes y refinados. Si uno las juzgara, las rechazara…, saldría de la pobreza.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Los que lloran, cuyos gemidos tantas veces se escuchan en los salmos, son quienes levantan su voz a Dios, porque los hombres que deberían atenderles no los escuchan. El día de la consolación, el día del Mesías, Dios les dará el consuelo.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Quisiéramos conquistar el mundo, como Israel conquistó la Tierra prometida, que fue la herencia que Dios le dio. Quisiéramos conquistar el mundo por la fuerza, pues, a la verdad, el que tiene más poder visible, es el más poderoso. Pero Dios no necesita fuerza para vencer; al contrario, la fuerza le estorba. Los pacientes heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Estos que tienen hambre y sed de justicia no son los que quieren el orden y la justicia humana, el castigo de los corruptos y malhechores. La justicia de Dios es la santidad de Dios, el amor de Dios. Y hay personas que tienen hambre de ese amor de Dios, ardiente sed de que la bondad de Dios triunfe en la tierra. Y sufren porque lo desean y ven, por el contrario, que la maldad campea en el mundo. Jesús nos asegura que si tenemos ese hambre y esa sed quedaremos saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Esta Bienaventuranza nos puede traspasar el alma. Los hombres no somos misericordiosos; somos justicieros, vengativos, la misericordia y el perdón es el mayor milagro que pueden ver nuestros ojos. Los discípulos de Jesús son misericordiosos. ¿Por qué? Porque lo hemos visto en él y de él lo hemos aprendido, no de ningún otro. Lo recuerda la primera carta de san Pedro. Mirando a Jesús, dice: “…el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba, sino que se ponía en manos de Aquel que juzga con justicia; el mismo que, sobre el madero, llevó nuestros pecados en su cuerpo” (1P 2,23-24). Por eso nos dice que debemos seguir sus huellas. En una palabra, Jesús fue misericordioso; sus discípulos debemos ser misericordiosos.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Para ver a Dios, para poseerle en el día definitivo, Jesús apela al corazón. Y él pide ese corazón limpio y transparente, corazón que no es doble, sino que va derecho a lo que va. En suma, un corazón nuevo que Dios ha creado. Esos son los discípulos de Jesús.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. El mundo tiene muchas instituciones en pro de la paz. Sin duda que eso dignifica y humaniza. Sean alabadas. Jesús habla más hondo. Jesús habla de la paz que trae el Mesías, que va unida al perdón de los pecados. Dichosos los que han descubierto esa paz y ponen alma y vida, para que la nueva fraternidad que Jesús trae se abra paso en el mundo. Nosotros, discípulos, estamos empeñados en esa tarea.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Esta Bienaventuranza del Señor está contemplando la situación de perseguidos en que se ven sus discípulos. Si al Maestro le persiguieron, lo mismo les van a perseguir a los discípulos  Jesús lo está viendo: insultos, calumnias, cárcel… Jesús dice: Estad alegres, saltad de júbilo… La historia comenzó en los apóstoles. De la primera vez que les encarcelaron en Jerusalén, cuenta el libro de los Hechos que luego “…ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre” (Hch 5,41).

5. Hermanos, que compartís conmigo el mismo Evangelio, estas son las Bienaventuranzas de Jesús.
Las Bienaventuranzas miran, es cierto al final, pero aquel remate feliz de la vida está revertiendo ahora. Ahora mismo nosotros, en el sufrimiento, podemos ser felices.
Las Bienaventuranzas, felicitaciones de Jesús por lo que Dios está haciendo en el mundo, caen sobre nosotros, como una lluvia de felicidad.
Jesús nos llama. ¡Seamos felices, sirviéndole a él, como lo fue María glorificando a Dios y cantando el canto del Magníficat! Amén.
Poema para orar sobre el Evangelio de este domingo: 
Gracias, Maestro divino.
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viernes, 21 de enero de 2011 0 comentarios

10. Padre, que todos sean uno


(Semana de oración por la unidad de los cristianos,
18 - 25 enero)

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Hermanos:

1. ¡La unidad! La unidad de los suyos, de la Iglesia. Tocar esta palabra es tocar lo más íntimo y vivo del corazón de Jesús. Es retornar al Cenáculo, la noche sagrada de despedida, cuando se pronunció aquella oración, que en estos siglos recientes se ha llamado en la exégesis la Oración Sacerdotal de Jesús, es decir, la Oración de Jesucristo Sumo Sacerdote, que ora por sí mismo, por estos, que son “los suyos”, por cuantos han de creer en su Nombre mediante la predicación de los discípulos.
“No ruego sólo por éstos,
sino también por aquellos que, por medio de su palabra,
creerán en mí,
para que todos sean uno.
Como tú, Padre, en mí y yo en ti,
que ellos también sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,20-21).

Bien se puede decir que la unidad es el ápice de todas las plegarias de Jesús. Jesús pide el Reino, la acción de Dios en el mundo; y sabe que ha de venir, que su oración no cae en el vacío. Ni el Padrenuestro de Jesús, ni el Padrenuestro de sus discípulos, quedan diluidos en la estratosfera. Lo que pedimos se cumple y se cumplirá.
Pues bien, el remate de su oración es que la obra de Dios, sea coronada en la unidad. La unidad es el amor de vasos comunicantes. Compartimos el amor, comunicamos linfa y sangre y lo demás viene de por sí; es regalo de añadidura.

2. Pero la realidad cotidiana es otra, y muy dura, y esta herida sin cicatrizar la llevamos de siglos atrás. Gracias a Dios, la herida no está enconada (lo estuvo durante un milenio) y se encuentra en vías de curación. El 7 de diciembre de 1965, al concluir el Concilio Ecuménico Vaticano II, Pablo VI, Obispo de Roma y de la Iglesia Católica, y Atenágoras I, Patriarca de Constantinopla con su Santo Sínodo, hicieron una declaración conjunta de mutuo perdón y reconciliación. Querían borrar la mutua excomunión que se dieron las Iglesias el año 1054, siendo Patriarca de Constantinopla Miguel Cerulario. “Declaran de común acuerdo: lamentar las palabras ofensivas, los reproches infundados y los gestos condenables que de una y otra parte caracterizaron y acompañaron los tristes acontecimientos de aquella época. Lamentar igualmente y borrar de la memoria y de la Iglesia las sentencias de excomunión que les siguieron y cuyo recuerdo actúa hasta nuestros días como un obstáculo al acercamiento en la caridad relegándolas al olvido. Deplorar, finalmente, los lamentables precedentes y los acontecimientos ulteriores que, bajo la influencia de diferentes factores, entre los cuales han contado la incomprensión y la desconfianza mutua, llevaron finalmente a la ruptura efectiva de la comunión eclesiástica”.
Esto por lo que se refiere a nuestros hermanos ortodoxos. Luego, en el siglo XVI, acaeció, en circunstancias turbulentas, lo de la Reforma protestante, y los fraccionamientos que sucesivamente han venido. La verdad es que hay varios niveles de encuentro entre creyentes en un mismo Evangelio. Hay un protestantismo de gran solera intelectual con el cual los intelectuales católicos puede conversar con elegancia, sin acritud, y con talante de hermanos. Hay otras capas en las cuales un diálogo lleno de cordialidad y de espetuosa amistad resulta imposible. Y entonces la mutua ignorancia es la salida de emergencia.
Pero la Iglesia es una, y el proyecto de Jesús es uno. Y su voz suplicante, el gemido que sube al Padre cruza los siglos.

3. El drama de la unidad de los cristianos, que le hace estremecer a uno cuando realmente abre los ojos a la realidad, es, en el fondo, un drama derivado de lo que acontece en nosotros. Si uno llega a percibirlo, seguramente que cambiará su reflexión cristiana sobre esta situación, la más dolorosa, que padece la Iglesia.
La desunión está dentro de mí mismo. Además, por un misterio que nos rebasa, la desunión se proyecta con respecto a personas íntimamente ligadas por el amor, sea un amor de amistad, sea un amor de familia.
Hermano, hermana, ¿nunca en tu vida ha habido una frustración en el amor en aquella parcela, la más querida, la mejor cultivada? ¿Nunca ha habido un desencuentro que haya dejado una herida que todavía supura? Un balance de culpabilidades no resuelve nada. Nos parece, más bien, que estamos pasando a la zona del misterio del ser humano.
Nuestros matrimonios, nuestras familias… ¿dónde está esa unidad que el proyecto como tal está clamando desde sí? Los distintos pareceres sobre un mismo asunto; la dureza de postura que esto provoca, frecuentemente con acritud, los silencios para esquivar dificultades, la frialdad que se genera, la indiferencia… todo ello siembra el campo de cizaña, y no sopla esa aura placentera de la unidad.
Entonces uno comprende que el universo de la Iglesia, en proporciones pequeñas, totalmente reales y quizás dramáticas, lo vivo dolorosamente en mi propio ámbito.
Hemos nacido para el amor, antesala del cielo, y a lo mejor peregrinamos con la herida del corazón. Cualquier herida, pero no herida del corazón, dice una sentencia de la Escritura (cf. Sir 12,13).

4. ¿Qué podemos hacer por la unidad?, se pregunta un corazón que en sinceridad anhela a Dios.
No nos sacudamos con frivolidad ese desgarro de nuestra falta de unidad, si en efecto, hemos percibido de qué se trata. Si lo hemos visto con intensidad, seguro que por ahí en medio anda escondida una vocación de agentes de unidad, de discretos misioneros del amor. Y quizás, en una zona de delicada espiritualidad, de víctima de la unidad de la Iglesia, que significa: dar la vida para que los cristianos seamos uno.
Tenemos santos que han recibido este carisma del Señor, el de vivir y morir silenciosamente por la unidad de la Iglesia, para que se cumpla la plegaria de Jesús: Padre, que todos sean uno, como tú en mí y yo en ti.
La Eucaristía nos lleva a esta espiritualidad de comunión, de ofrenda incondicional por la unidad desde el corazón del Señor. La Misa de cada día nos invita a esto. En la oración que precede al saludo de la paz, se pide: “concédele a tu Iglesia la paz y la  unidad”. De esta unidad de la fe, de esta paz del amor es de lo que hablamos.
Qué hermosa oración. Vuelve a nuestras almas y es el colofón de nuestra reflexión en esta Semana de la Unidad

“Señor Jesucristo,
que dijiste a tus apóstoles:
'La paz os dejo, mi paz os doy',
no tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia y, conforme a tu palabra,
concédele la paz y la unidad”.
Amén.

Puede consultar un poema espiritual para esta semana de la Unidad: 
Unidad es vocación / en mi ser por Dios impresa
Y también una pequeña obra, en el mismo sitio:mercaba.org | Rufino María Grández |,El Pan de unos versos | Oblación por la unidad.
martes, 18 de enero de 2011 0 comentarios

9. Pescadores de hombres


(Domingo 3 del tiempo ordinario, ciclo A)
Si deseas, puedes escuchar este texto en audio
Hermanos:
1. Se abre hoy ante nuestros ojos el panorama de la vida pública de Jesús, tras esos misterios plenos del Bautismo, que ya lo celebramos, y de las Tentaciones en el desierto, que lo recordaremos al inicio de Cuaresma. Este comienzo lo evocará años más tarde Pedro en un discurso en casa de Cornelio, según cuentan los Hechos de los Apóstoles: “Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo” (Hch 10,37).
La cosa comenzó en Galilea y se consumó en Jerusalén, y la entrada definitiva de Jesús en acción fue cuando termina Juan el precursor, hoy encarcelado y mañana degollado.
Tengamos, pues, ante los ojos el mapa de la Tierra Santa: Galilea al norte; Judea y Jerusalén al sur. Nazaret está en la campiña de Galilea, y Cafarnaúm, también en Galilea, la ciudad principal de aquellos pueblos que rodean el lago. Jesús se estableció en Cafarnaúm, ¿acaso al amparo de la familia de Simón Pedro? Allí es estableció, de momento, según el dato de san Mateo, quien unos capítulos después, dice: “Subiendo a la barca, pasó a la otra orilla y vino a su ciudad” (Mt 9,1). Cafarnaúm es, pues, la ciudad de residencia de Jesús.
Este dato de la vida de Jesús invita a una reflexión. ¿Por dónde ha de comenzar uno para hacer la obra de Dios? La respuesta se impone: Uno ha de comenzar allí donde está. San Francisco de Asís, cuando fue llamado por el Señor a una vida nueva de pobreza, de humildad, de servicio, de identificación con Cristo, en suma, de alegría primaveral, comenzó por Asís y allí surgieron sus primeros compañeros, un plantel de santos. Jesús comenzó por Galilea, y resulta que en aquellos pueblos estaba las columnas de Iglesia, Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Aquella criada que tentó a Pedro en la Pasión, cuando el discípulo tristemente dijo que no lo conocía, le espetó, diciendo: Pero ¿no eres tú galileo, como él? ¡Si se te nota al hablar…!
Hermanos, donde hay un gran hombre hay junto a él otro gran hombre, otro y varios: el primero es el líder; el segundo está en lo oculto. Si no se descubre el primero, nunca aparecerá el segundo… Acaso nos lo podamos aplicar a nosotros: necesitamos que Dios suscite líderes, para que en torno a ellos haya una floración espléndida de Evangelio.

2. Jesús comenzó en Galilea y, vistas las cosas desde la altura, el evangelista interpretó este simple hecho en la órbita de una profecía mesiánica. Y con un sentido espiritual de la Escritura cita al profeta Isaías: “para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido” (Mt 4.14-16).
Galilea era tierra abierta, por donde las caravanas del continente tenían salida hacia el mar. Gente contaminada de paganos, por eso despectivamente queda marcada como “Galilea de gentiles”. Pues aquí comienza Jesús, y esto es una profecía. Aquí están sus Apóstoles; aquí se inicia la misión universal de la Iglesia. Este pueblo que, según la Escritura, vivía en tinieblas, vio una gran luz. Era la luz de Jesús.
Ciertamente que Jesús no salió a la Diáspora, como Pablo. Podía haber pensado en el Mediterráneo, en Antioquía, en Alejandría, donde había tantos judíos. Podía haber sido misionero por estos mares. Pero, no. Jesús no salió por esos mundos. Su vida quedó confinada en unos pocos kilómetros. Y  desde allí fue la luz en las tinieblas.

3. Y comenzó con el anuncio del Reino. El tiempo se ha cumplido; el Reino de Dios irrumpe: convertíos, creyendo en el Evangelio (cf. Mc 1,15). Este pregón es el mensaje total de Jesús, que luego se ha de desmenuzar en muchas parábolas.
Las palabras de Jesús eran palabras poderosas llenas de Dios. Aparentemente dice lo que dice el austero Juan. Los dos anuncian la venida del Reinado de Dios, que inaugura la era definitiva de la humanidad. Los dos hablan de conversión, que es el viraje de vida que da el ser humano, entrando en un terreno nuevo. Juan pide la confesión de los pecados y con ella el bautismo.
Si uno baja al abismo del ser, comprenderá que hay algo superior a la confesión humilde de los propios desvarío, e, incluso, a ese reconocimiento último de que yo soy pecador. Jesús nos pide que acojamos el Reino como un tránsito de fe. La fe, como abandono en Dios, es el amor más puro.
Jesús se ha abandonado a su Padre y puede pedirnos lo que primero que nadie él ha hecho. Eso es creer: dar entada a Dios en todos los poros del ser, en todos los ámbitos de nuestra existencia, en todo respiro de nuestro corazón. Nada se escapa de la fe. La fe es el mayor don que Dios nos ha dado, la fe, que es inseparable de la esperanza y del amor. Creer es dejarse deificar la vida entera. Creer es ser hijo de Dios con todas las consecuencias.

4. Pero en el mensaje de Jesús hay algo latente, que el discípulo lo va a descubrir con inmenso gozo y exultación. Creer es aceptar a Jesús; el Reino de Dios mismo es Jesús mismo; el Evangelio, la Buena Noticia no es otra cosa sino Jesús, a quien los cristianos nos gusta también llamar “el Señor”.
La cosa comenzó en Galilea y allí la luz venció a las tinieblas.

5. Ya el Reino de Dios ha bajado, Reino que es “reinado”, ejerciendo Dios su ciudadanía divina en la tierra. Y ahora Jesús, con este fuego que le abrasa, requiere hombres para la tarea. Ninguno es digno, ciertamente; pero él, Cristo que llama, hará el milagro en cada uno. Dios es capaz de convertir a un recio, y acaso duro, pescador en un Apóstol de su Hijo divino; de cambiar a un publicano, perdido en monedas y cuentas, en un Apóstol del Verbo Encarnado. Esto lo hizo con Leví o Mateo.
Allí junto al lago faenaban dos parejas de hermanos: Simón y Andrés; Santiago y Juan con su padre, el Zebedeo. Jesús les dijo una palabra, traspasada con una mirada que arrebataba. “Venid conmigo”. ¿Fue la palabra o la voz? ¿Fue la mirada? ¿Fue acaso lo que se sentía estallar detrás de aquella humanidad vertida en unos ojos y en una voz?
Y añadió: Os haré pescadores de hombres. ¿Pescadores de hombres? Nunca se había dicho con este sentido misionero. Jesús se inventaba algo que se les clavó en el alma. ¡Hay que pescar? Hay que lanzar el anzuelo y tirar con energía. Dejad esas redes; dejad esa barca. Hay otra pesca que nos aguarda. Yo busco hombres, yo quiero hacer de toda la tierra una comunidad amada de salvados. Os necesito; venid conmigo.
Jesús hizo el milagro. Al instante, dejaron las redes, dejaron la barca, dejaron a su padre, dieron la espalda al pasado y al futuro, y como estaban, con lo puesto, fueron consagrados discípulos de Jesús, los primeros discípulos del Reino. Sencillamente, dejándolo todo, “le siguieron”.

6. Así comenzó la Iglesia, Comunidad ferviente de Jesús, y tiene que suceder – y sucede – hoy. La Iglesia nacía como creación de Jesús, como si en aquel momento se hiciera el día primero de la creación, cuando hijo: “Hágase la luz”, y la luz se hizo. Y vio Dios que era bueno.
Comienza el Reino, se anuncia a la Iglesia.
La palabra de Jesús no es menos potente que la palabra imperativa de Dios en la creación.
Hoy es bella la Iglesia cuando se la ve en un solo corazón obediente a la Palabra de Dios. La Iglesia no es estadística. La vida no es más que la densidad del amor.
Y acaso lo grave de esta palabra sea que puede ser que Dios me la esté dirigiendo a mí mismo. Sería el acontecimiento de mi vida y eternidad.
Hermano, si Jesús está pasando, no bajes tu mirada. Enciende tus pupilas al mirarle a él. Que sea él tu Pescador, y déjate capturar. Amén.

Poema para orar sobre el Evangelio de este domingo:: El Pescador de hombres.
miércoles, 12 de enero de 2011 0 comentarios

8. Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo


(Domingo 2 del tiempo ordinario, ciclo A) 

Si deseas, puedes escuchar este texto en audio


Hermanos:

1. Estamos ya caminando en el tiempo ordinario del año, desde que el domingo pasado se cerró el ciclo navideño con el Bautismo del Señor. Tiempo ordinario que frente a Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua, no significa tiempo de segunda importancia, sino tiempo en el que se contempla el misterio del Señor no en una determinada peculiaridad, sino en su síntesis y totalidad. Ya nos advirtió el Concilio que el Domingo, cada Domingo, es la fiesta primordial del cristiano, porque en él se celebra, por la Eucaristía, la muerte y resurrección del Señor. El Domingo, inicio de la semana (y no fin de semana), es la matriz de todas las fiestas.
En este domingo, introduciéndonos en la vida pública de Jesús, empalmamos bautismo de Jesús con el ministerio siguiente. Hay una frase en el Evangelio, que la sabemos muy bien, porque suena en todas las misas, cuando el Sacerdote invita a los fieles a que vengan a la mesa del Banquete Pascual del Señor. Mostrando el Pan y el Vino consagrados, dice: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, frase que justamente procede del Evangelio de Juan, apenas proclamado. Frase que se alarga con aquel versículo del Apocalipsis: “Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero” (Ap 19,9).

2. Estamos hablando, hermanos, con un lenguaje simbólico, poético, místico…, absolutamente sagrado, que infunde sumo respeto. No lo han inventado los expertos que han elaborado la liturgia; procede directamente de la Biblia, y como discípulos del Señor nos atrevemos a entrar por este terreno divino, para el que Dios, nuestro Padre, nos da franquicia libre.
Le acabamos de oír a Isaías: “El Señor me dijo: Tú eres mi siervo, Israel; en ti manifestaré mi gloria” (Is 49,3). Ha sido la primera lectura de hoy, recogiendo el Tercer Cántico del Siervo de Yahvéh. El oráculo de aquel singular profeta que estaba anunciando a Israel su misión, prosigue: “Es poco que seas mi siervo solo para establecer a las tribus de  Jacob y reunir a los supervivientes de Israel; te voy a convertir en luz de las naciones, para que mi salvación llegue a los últimos confines de la tierra”.
San Juan Bautista ha leído y meditado estos oráculos admirables, en aquel clima de expectación mesiánica que se vivió en sus días, pero no ha tenido la osadía de aplicárselo a sí mismo. Al contrario, él ha afirmado con rotundidad: Yo no soy ese.
Pero este Pregonero de la venida de Dios, está señalando a Alguien. Y nos lo sigue señalando a nosotros, que nos sentimos, como cristianos, la Comunidad Mesiánica de Dios. “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

3. A todo el pueblo judío, el nombre escogido del Cordero le lleva, ante todo, a la Pascua que se inició con Moisés en la salida de Egipto, paso de la esclavitud a la libertad, anuncio de la victoria del pecado y la donación de la gracia. Un cordero por familia, sin defecto, macho, de un año (Ex 12,3-5). Nosotros llamamos a este cordero – podía ser también un cabrito (Ex 12,5) – el “cordero pascual”.
San Juan lo llamó “el Cordero de Dios”. No habían dicho esta expresión los libros bíblicos. El Cordero de Dios, por eso es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.
Cordero de Dios, que quiere decir: Cordero elegido por Dios.
Cordero que ya lleva su destino: Cordero destinado al matadero. A la Cruz, decimos nosotros, los cristianos.

4. Y este Cordero destinado al matadero nos está evocando lo que se halla escrito en los mismos Cánticos del Siervo de Yahweh. “Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca” (Is 53,7). Es un pasaje que escuchamos en Viernes Santo, hablando del Siervo de Yahvéh, Jesús Crucificado.
Para interpretar correctamente el pasaje del Evangelio hemos leído el oráculo del Siervo: Tú eres mi siervo, Israel…; te hago luz de las naciones…

5. Esta forma de presentar a Jesús, antes de comenzar a narrar los episodios concretos de su vida, nos dice qué piensa el evangelista, como escritor, acerca de él; y cómo Juan da un mensaje orientado al que viene después de él.
¿Por qué Juan el Bautista, que invita a sus discípulos a que pasen a ser discípulos de Jesús, no se ha hecho él mismo discípulo de Cristo?, pregunta que lanzaba un joven interesado, al escuchar la explicación de este pasaje. Pregunta sabia, que tiene muchas implicaciones históricas, si intentamos rescatar la realidad de los hechos. Juan Bautista, que confiesa al Hijo de Dios, podía haber sido ya discípulo de Jesús y acaso pertenecer al grupo de los Doce… Pero no es así. Juan Bautista es el Precursor, y, por una Providencia que excede nuestro pensamiento, Juan Bautista está a la puerta indicando, y el menor de los que han pasado el umbral es mayor que el más grande, Juan el Bautista, de todos los anteriores.

6. La intención del mensaje evangélico es valorar la figura de Jesús que va a entrar en acción. Él es el que tiene, en posesión, el Espíritu derramado de Dios; Él es el Hijo de Dios. Y en otras palabras: él es el que uita el pecado del mundo, el único que quita el pecado del mundo,
Se me está diciendo que él es el perdón de mis pecados, el que me purifica ante el Padre, porque, si quita el pecado del mundo, yo estaba dentro de este pecado.
Este es el Jesús de la historia cumplida por los caminos de Palestina. Este es el Jesús de mi historia, de mi fe y de mi intimidad.
Con esta efigie de Jesús por delante, puedo comenzar a leer el Evangelio, que es la Tienda del Encuentro de Dios con el hombre. Este es Jesús, que ha de forjar mi corazón para la vida eterna.
Él es mi victoria; mi paz, mi Salvador en tiempo y eternidad. Amén.
Poema para la liturgia sobre el Evangelio de este domingo: mercaba.org | Rufino María Grández | Tiempo odinario, ciclo A - Domingo 02: Cordero de Dios, Jesús
miércoles, 5 de enero de 2011 0 comentarios

7. El Bautismo de Jesús desde la tierra y el cielo


Si deseas, puedes escuchar este texto en audio .

Hermanos:

1. El Bautismo de Jesús, arranque de su vida pública, podemos contemplarlo desde la tierra y el cielo, con una doble perspectiva: ¿Qué dice – o puede decir – la historia? ¿Qué dice la fe: qué nos está anunciando, y  a mí, en particular, la fe?
Dos preguntas que es imposible partirlas, como si fuesen dos cosas separadas. El Bautismo de Jesús es uno, y como un solo Bautismo llega hasta mí. En él hallamos a múltiples personas: el protagonista es él, que, movido por una decisión personal, ha venido a las aguas del Jordán. Con él está el Bautista, Juan. Con Jesús hay gentes de cerca y de lejos, según narra el Evangelio, que han venido a recibir el bautismo de Juan. Pero se rasga el cielo y se escucha la voz del Padre, y viene el Espíritu en forma de paloma. Cada una de estas personas que circundan el hecho tiene una presencia y actuación, si bien tan diferente. La Trinidad invade la escena, que por eso nuestros hermanos de Oriente hablan del Bautismo de Jesús como de Teofanía, palabra que significa: “manifestación de Dios”. Y el icono del  Bautismo del Señor, que es uno de los iconos de las fiestas de Oriente, representa el Bautismo del Señor de esta manera: Jesús metido en el Jordán, con las manos juntas en oración, su santo cuerpo desnudo; las aguas con sus ondas vibrantes, presas de un estremecido recogido; los peces, como vivientes en las aguas, que anuncian la renovación del cosmos; en la ribera del Jordán los ángeles, con manos alzadas, sostienen, adorantes, mirando a Jesús, la ropa de la que él se ha despojado; Juan como testigo y bautizador; el cielo abierto, con rayos que de arriban descienden hasta la cabeza del Hijo amado; el Padre que habla; la Paloma, con las alas extendidas, signo de la nueva creación nupcial que se está produciendo en la tierra. Y si el nacimiento de Jesús nuestros hermanos de Oriente lo unen con el misterio de la resurrección – pues la cunita semeja un sepulcro, y las fajas del Niño las vendas del cuerpo sacrosanto del sepultado para resucitar, algo de esto podemos apreciar en el icono de la Teofanía del Bautismo: el agua sale como de una cueva rocosa.
Y nosotros ¿dónde estamos en este icono? Nosotros estamos en la celebración, mirándolo. Estamos fuera y estamos dentro, como un día estuvimos dentro al recibir en nuestro bautismo las aguas santificadas en el Jordán. Tratemos, pues, de desmenuzar algunos rasgos de esto que es el conjunto humano-divino de un solo misterio.

2. Y tenemos que comenzar por la historia, acaso una humildísima historia, que nosotros, por íntima necesidad de nuestra fe la hemos teologizado desde su nacimiento. Debemos reconocer que el episodio histórico del bautismo de Jesús de Nazaret ya en la misma página que nos lo ha contado, y para ello tenemos los textos de los cuatro evangelistas, viene ya vivido, celebrado, teologizado.
Todos los investigadores, incluso en la época más dura del racionalismo, aceptan que el hecho escueto del bautismo de Jesús es real e histórico. Aquí comienza, en rigor, el Evangelio. Cosa distinta será la interpretación, esa carga de sentido con que los evangelistas nos han transmitido el Bautismo de Jesús Mesías, de Jesús, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, de Jesús Hijo de Dios.
En el libro teológico que siendo Papa ha escrito el sabio creyente Joseph Ratzinger, “fruto de un largo camino interior” (Prólogo) afronta el contexto histórico de la escena. En tiempo de Jesús en el desierto de Judá había unas Comunidades, llamadas de Qunrán por la cueva-refugio donde fueron hallado sus escritos, que esperaban la venida escatológica de Dios y la de un Gran Mensajero. “Parece que Juan el Bautista – escribe el Papa -, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente. (…) No es de excluir que Juan el Bautista hubiera vivido algún tiempo en esta comunidad y recibido de ella parte de su formación religiosa” (p. 36). Habría sido, pues, un esenio; todo esto en el terreno de una hipótesis de investigación.
Juan el Bautista, en la senda de los profetas, llega al convencimiento de que el tiempo de Dios ha madurado, y es más: definitivamente estamos en el acontecimiento final. Pide a las gentes un cambio radical, que se ha de manifestar en la conversión con la confesión de los pecados. El bautizando confesaba sus pecados y se sumergía en el agua; empezaba su vida nueva en la era de Dios.

3. Y en estas circunstancias viene Alguien no de Jerusalén ni de Judea, sino de la lejana Galilea, y quiere sumergirse en este bautismo. Pero Jesús no puede decir: Yo he sido desobediente a la voluntad de Dios; yo he infligido mal a mi prójimo, absolutamente nada de esto. Hay, pues un forcejeo, entre el Bautista, terrible y místico predicador, y Jesús, humilde Cordero, Siervo de Dios según lo había prefigurado Isaías. Jesús vence con una autoridad que nadie puede resistir: “Déjalo por ahora porque es necesario que se cumpla toda justicia”. Juan cede y el esclavo bautiza a su Señor. Toda justicia es toda voluntad de Dios.
En modo alguno podemos imaginar que el bautismo era una representación espiritual y un buen ejemplo, para animar a los demás. En el fondo, esto no habría sido sincero. El Bautismo de Jesús en la tierra fue verdadero, el más verdadero, el más solidario de todos. Jesús se bautizó con todos los hombres, bajando hasta el abismo. Por eso podrá decir un día: Id y bautizad a todas las naciones… El bautismo de Jesús son las primeras aguas de mi bautismo. Jesús, al bautizarse, llevó consigo todos mis pecados.

4. Y, si habíamos empezado hablando de este bautismo sobre la tierra que Jesús recibe, ya nos hemos entrado en un bautismo celestial. ¿Qué pasa en el corazón de Jesús? ¿Se podrá decir de alguna forma? ¿Sabremos cuál es el misterio que en él existe? El misterio de Jesús es el misterio del Padre y del Espíritu. Del cielo se desprende una voz: “Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias”. Y el Espíritu derrama su santa Unción. Nuestra fe se queda parpadeando.
El Papa en su estudio dice: “Una amplia corriente de la teología liberal ha interpretado el bautismo de Jesús como una experiencia vocacional: Jesús, que hasta entonces había llevado una vida del todo normal, en la provincia de Galilea, habría tenido una experiencia estremecedora. (…) Pero nada de esto se encuentra en los textos. Por mucha erudición con que se quiera representar esta tesis, corresponde más al género de las novelas de Jesús que a la verdadera interpretación de los textos” (pp. 46-47).

5. ¡Bautismo de Jesús! ¡Bautismo del Siervo de Dios! Nos quedamos con la misma impresión que ante el misterio de la Eucaristía o de la concepción virginal de Jesús. Dios está ahí.
Lo nuestro, abiertos a toda investigación que los creyentes puedan hacer, es adorar, y pedir nueva inteligencia del misterio, en este caso inicio del Evangelio.
Señor Jesús, adéntrame en las aguas de tu Bautismo y dame una partecita del gozo infinito de tu filiación divina que se me ha regalado en mi bautismo. Amén.

Sobre el Bautismo de Jesús hemos escrito diversos textos que pueden verse en mecaba.org El pan de unos versos | Año litúrgico | Navidad |Bautismo de Jesús. Son los siguientes:
1. Desnudo el nuevo Adán, con alma pura
2. En él no está el pecado, nunca estuvo
3. A la fosa del mundo
4. Mi predilecto, el Padre dice
5. Oh santa Epifanía del Señor
6. La luz rompió del cielo sobre el Hijo
7. Comienza el Evangelio en el Jordán
8. La blanca vestidura del bautismo (Complementario del Bautismo)
9. La fragancia de Jesús 

Imagen tomada de L'Osservatore Romano, 9 enero 2011
 
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