lunes, 28 de marzo de 2011 0 comentarios

27. El ciego iluminado


Domingo IV de Cuaresma, ciclo A,
Jn 9
Hermanos:

1. Hoy es el domingo de “El ciego iluminado”. Mejor: Puesto que el sujeto protagonista de este bello y trágico drama no es el ciego, sino el Creador de la luz, Jesús de Nazaret, diremos: Domingo IV de Cuaresma, Domingo del Iluminador. Jesús ilumina a un ciego, un ciego de nacimiento que nunca supo lo que es la luz.
Para él fue el acto de la creación del mundo, cuando Dios pronunció la primera palabra sobre el mundo: “Dijo Dios: Exista la luz. Y la luz existió”. Es el versículo tercero de la Biblia. Así comenzó el mundo.
El universo empezó en la luz, y todo ser que nace empieza en la luz. En el seno materno la criatura vivía en la oscuridad, pero al salir de la placenta materna este niño o esta niña – no sé en qué minuto exacto de su vida – va abrir los ojitos y va a recibir este regalo inmenso del Señor: la luz. Para aquel ciego de nacimiento tener la luz, que nunca había tenido, fue comenzar a vivir.
Lo que ocurre es que aquel ciego de nacimiento, al recibir la luz de los ojos recibió también la luz de su alma: creyó en Jesús. Tantas cosas bellas nos dice y nos sugiere este evangelio lleno de drama, de pasión y de fe…

2. Aprendí, al estudiar la Sagrada Escritura que “las ciencias se interfecundan”; así nos decía un ilustre profesor. Si un literato viene a leer esta página sagrada del ciego de nacimiento, capítulo 9 de san Juan, al punto exclama: ¡Qué belleza! ¡Qué rico material para construir las escenas de un drama que ya nos la ha construido el Evangelio del discípulo amado! No hace falta sino recorrer con atención la secuencia del relato que va fluyendo, y conforme van apareciendo los personajes vamos haciendo los cortes de la trama, que tiene un planteamiento, un desarrollo y un  desenlace. He aquí ocho escenas:
Primero, un evento puramente circunstancial, un ciego en Jerusalén, y una pregunta: Maestro ¿quién pecó: este o sus padres para que naciese ciego?
Segundo, la escena que sigue, la curación con un rito sagrado: la saliva, el barro del polvo sobre los ojos, que evoca la creación del primer hombre, el lavatorio en la piscina de Siloé. ¿Cómo no pensar en la piscina bautismal, y en nuestro bautismo?
Tercero: El ciego ante los vecinos. ¿Es verdad o no es verdad? ¿Eres tú o eres otro? ¿Qué ha pasado? ¿Qué te ha hecho? ¿Dónde está?
Cuarta escena: El ciego y los fariseos con la circunstancia de que aquel día era sábado… y no se podía hacer barro; no se podía trabajar, no se podía hacer curaciones no urgentes. La cosa va en serio. Explícate porque el que obra así es un pecador. ¿Qué dices tú? Pues que es un profeta.
Quinta escena: El asunto se agrava. Los fariseos llaman a tribunal a los padres. ¿Era ciego no era ciego? “Sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo ve ahora no lo sabemos… ya es mayor; preguntádselo a él”
Sexta escena: El ciego y el tribual fariseo: “Da gloria a Dios…; ese hombre es un pecador. Y lo expulsaron”.
Séptima escena: Jesús y el ciego iluminado: “¿Crees tú en el Hijo del hombre? Creo, Señor”
Octava escena: El desenlace, Jesús, los fariseos y el mundo. “Para un juicio he venido yo a este mundo: para los que no ven, vean y los que ven, se queden ciegos”.
La literatura dramática tiene aquí un material dispuesto para componer una tragedia divino-humana: la lucha de la luz y de la oscuridad. Si la oscuridad se rinde, la luz la invade y la convierte en luz. Es el triunfo de la luz. Pero si la oscuridad se cierra sobre sí misma, se hace más oscuridad. Y detrás de la oscuridad solo puede haber muerte; al contrario, detrás de la luz solo hay vida. Si el antiguo proverbio dice tque no hay peor sordo que el que no quiero oír, uno sabe que con también los ojos abiertos el que no quiere ver... no ve.

3. ¿Quién es un cristiano? Un hijo de la luz, un iluminado, el luminoso, el que pasa por la vida bañado en la luz divina y despidiendo luz.
San Pablo nos dice en el mensaje bautismal de hoy: “Antes sí erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor. …Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef 5,8.14)
Recordemos, hermanos, ese emotivo rito bautismal, del cual somos tantísimas veces testigos los sacerdotes. Cuando los padres traen a su niño o a su niña a bautizar, suelen traer una concha marina (al menos aquí, en México) con la cual el sacerdote va a derramar el agua sobre la cabecita de la criatura diciendo “Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; y traen también un Cirio, hermosamente decorado, que se prende del Cirio pascual. Y el sacerdote o el diácono que acabar de verter el agua, dice, entregándoles a los padres, padrinos o a algún miembro de la familia el cirio que han de prender en el Cirio pascual: “Reciban la luz de Cristo”.
Luego se dirige a los padres y padrinos: “A ustedes, padres y padrinos, se les confía el cuidado de esta luz, a fin de que estos niños que han sido iluminados por Cristo, caminen siempre como hijos de la luz y, perseverando en la fe, puedan salir al encuentro del Señor, con todos los santos, cuando venga al final de los tiempos”

4. Yo soy hijo de la luz; es mi identidad bautismal y mi vocación en el camino de la vida. La luz infunde bienestar, irradia alegría, construye  seguridad y crea comunidad. Por otra parte es la suprema experiencia de belleza que en la tierra alcanza el ser creado, y de ella vienen todos los colores y nacen todos los matices de la vida. “Dios es luz y en el él no hay tiniebla alguna”, nos dirá san Juan en su primera carta. Una afirmación soberana, que nos subyuga, y que es equivalente a aquella otra del mismo testigo sagrado de Jesús: “Dios es amor”.
Necesitamos regresar, queridos hermanos, al día de nuestro nacimiento. Pudo ser cualquier día del año aquel día en que nos cristianaron. Nuestros mayores querían que fuese al día siguiente en que abrimos ojos a este mundo; hoy la liturgia da algunas indicaciones sobre los días más oportunos para bautizar, salvando el principio de que cuanto antes mejor. Aquel día Jesús, luz del mundo, luz de la vida, nos traspasó la claridad que bulle en su corazón, para que nosotros en medio de nuestros hermanos fuéramos luz.
Humildemente debemos asumir el peso gozoso de esta vocación, que no está ligada a ninguna jerarquía, a ningún mandato o comisión que se nos hubiera dado, a ninguna condición de nuestras dotes superiores. Todos hemos sigo llamados, cuando Dios nos puso en este mundo, a ser luz. Y somos luz con dos testimonios:
Primero, porque nuestra vida resplandece, brilla desde dentro por sí sola, y a quien tenga los ojos abiertos a la luz nuestra humilde vida cristiana le dará seguridad y paz.
Y también somos llamados a ser luz, porque por nuestra familiaridad con las cosas de Dios, podemos dar un buen consejo a los que vienen detrás, o a quien sencillamente espera una palabra.

5. Las cosas que vamos diciendo son una mera ráfaga o destello que emana de este Evangelio que tanto nos sugiere, en esa confrontación de la fe y de la incredulidad.
El punto cenital es ese punto de encuentro entre el cielo iluminado y el Hijo del hombre. Fue en el Templo. Jesús había desaparecido entre la multitud. Acaso el Evangelio sugiere que fue Jesús a encontrarlo cuando supo que lo había expulsaron. Lo habían excomulgado de la Sinagoga; no era digno de ser contado este hombre entre los hijos de Israel. Jesús se le hizo encontradizo en el área del Templo, en uno de aquellos pórticos por donde podía pasear la gente. Y aquí sucede exactamente igual a lo que sucedió junto al pozo de Jacob, cuando Jesús y la Samaritana se encontraron, según recordamos el domingo pasado. Nosotros, hermanos, estamos hechos para el encuentro; en este caso para el encuentro de la fe.
Si hemos encontrado a Jesús – o, dicho de otra manera, si hemos sido encontrados por él, y hemos aceptado el encuentro – nuestra vida alcanza su pleno sentido, hemos hallado la luz; mientras tanto no. Un filósofo, que hoy está en vías de beatificación, Emmanuel Mounier (1905-1950), escribió en su Diario lo que fue el encuentro con el amor de su vida, su mujer creyente y fiel, como él, a su medida, encuentro en la estación del tren. Era como un camino que, sin buscarlo, Dios se lo ponía delante, y él lo aceptaba en el gozo de un encuentro: “…Este camino. Que no en va absoluto hacia donde quiero o hacia donde no quiero, un camino que no está en nosotros…”.
La fe, hermanos, es el camino de Dios, pero el hombre tiene que ser humilde. Porque sin humildad Dios no puede poner fe.
¡Jesús, Jesús…, encuéntrame y ríndeme ante tu divino encuentro!
Yo quiero la luz, tu luz. Yo creo en ti. Amén.

Para orar con este Evangelio puede verse: Del seno de su madre, ciego oscuro.
lunes, 21 de marzo de 2011 0 comentarios

26. Anunciación, consagración


Anunciación, consagración
(Meditación en torno a la Anunciación del Señor
a María: consagración)


Hermanos:
1. El 25 de marzo celebra la Iglesia la solemnidad de la Anunciación del Señor, en correspondencia con la fecha de la Natividad del Señor, 25 de diciembre. La Anunciación es una de las cuatro fiestas pilares que anualmente celebra la Iglesia recordando el misterio de la Virgen María, unido al del Señor, pues de otro modo María, sin Jesús, desaparece. Por orden del ciclo litúrgico anual son éstas:
- La Concepción inmaculada de María (8 de diciembre).
- Santa María, Madre de Dios (1 de enero, octava de Navidad).
- La Anunciación del Señor (25 de marzo).
- La Asunción de María a los cielos (15 de agosto).
Para completar el calendario mariano vendrían, en segundo lugar, las conmemoraciones unidas a recuerdos evangélicos: la Visitación de María, María al pie de la Cruz…
Una tercera categoría de fiestas marianas son los títulos devocionales (Virgen del Carmen, por ejemplo), advocaciones  de lugar (ahí está la Virgen del Pilar, de Guadalupe, de Montserrat…) o adheridas a otros motivos como apariciones célebres (El Tepeyac, Virgen de Lourdes, Virgen de Fátima). Con tantos recuerdos la Virgen cubre, como con un manto de estrella, la familia congregada en la Iglesia.
El episodio evangélico de la Anunciación es central y ha sido un manantial inexhausto de belleza, de amor y de contemplación… y de éxtasis. Tráigase a la memoria, por ejemplo, una de las Anunciaciones de Fra Angélico, imágenes que él pintó al fresco para la devoción de sus hermanos. ¿Cómo se podría pintar así a la Virgen si no se tuviera el corazón transido de pureza y de amor? Por eso, los cuadros de Fra Angélico fueron testigos de primera categoría el día en que el Papa Juan Pablo II reconoció al eximio pintor renacentista como Beato Angélico de Fiésole.
Vayamos, pues, hoy con el ángel Gabriel “a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre de la casa de David; el nombre de la virgen era María…”

2. Estamos leyendo, como bien sabéis, el capítulo primero del Evangelio de san Lucas, el capítulo de la Infancia que narra estos misterios celestiales: cómo entró el Hijo de Dios en el mundo. Los escritores no raramente redactan la primera página de su libro al final de toda su obra, y por ello esa página primera es de especial densidad. Un estudioso de las santas Escritura nos dirá que el Evangelio de la Infancia no es lo primero, sino posiblemente lo último, lo que se escribió al final en los años en que se fue creando la tradición de los Evangelios. Por eso estos Evangelios de la Infancia (san Mateo y san Lucas) están repletos de sentido.
Habrá que ir seguramente a las cartas del apóstol Pablo para ver los albores de la mariología. “Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley” (Ga 4,4). Este pasaje de Gálatas ¿es acaso el primer texto escrito sobre la Madre de Jesús, sin mencionar su nombre de María…? En todo caso no es desatinado pensar que esta confesión central está escrita antes que Lucas nos transmitiera el relato de la Anunciación.
San Pablo presenta el misterio de María en el seno de la Trinidad, con la mención del Padre, del Hijo y del Espíritu, y en la plenitud del tiempo. Ese es el foco de toda la mariología: la Trinidad, de donde nace la Iglesia, y la plenitud de los tiempos en la historia de Dios. Ahí se sitúa el documento del Concilio que nos habla de la Virgen (Lumen gentium) y ahí mismo se sitúa, como punto de partida, la encíclica mariana de Juan Pablo II, Redemptoris mater. Y ahí nos situamos nosotros, junto con Pablo: la Mujer por la que el Hijo vino al mundo enviado por el Padre y por la acción del Espíritu Santo, está encuadrada en el marco de la Trinidad que se nos revela, y está en el gozne de la historia, en el inicio de la plenitud de los tiempos.

3. Con esta teología leemos con una luz transparente lo que Lucas nos ha escrito. La embajada celestial viene como envío del Padre: “el ángel Gabriel fue enviado por Dios”.
¿Adónde y a quién viene? Vine a una humilde aldea, Nazaret; viene a una virgen desposada con José, el cual, anota el evangelista, era de la casa de David. Viene pues Dios a la Casa de David.
El mensajero trae un saludo de parte del Padre. El ángel desborda sus palabras sobre la humilde virgen Nazarena. No es lo que él piensa, es lo que piensa Dios. “El Señor está contigo”; es la llena de gracia. El corazón de Dios se ha volcado sobre ella.
El ángel trae un mensaje: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo”; y añade: “y le llamarás Jesús”.
Nunca en toda la Escritura se había dicho tal cosa, algo tan absolutamente nuevo, tan verdadero, tan divino y humano.
Dios quiso que en la Encarnación se hiciera con el consentimiento libre de una mujer, criatura frágil y falible, pero prevenida por el Espíritu Santo. María aceptó, y definitivamente pasó de un modo único a la órbita de la Trinidad. María, fecundada por el Espíritu Santo, iba a ser la Madre del Hijo de Dios, la Madre de la nueva humanidad. Y hoy, nosotros que evocamos estos recuerdos, podemos decir, en consecuencia: nuestra Madre, mi Madre.

4. Detengámonos en la propuesta que el ángel ha presentado.
“Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la Casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin”.
El Hijo que se le entrega viene por el cauce de la Casa de David, el cual está dentro de la Casa de Jacob; pero, a la verdad, el don rebosa todas las promesas. La Casa de David, la Casa de Jacob se convierte en la Casa del mundo. María recibe a Jesús en su seno, que es la Casa del Mundo, y por ella nos viene la vida.
La respuesta de María la conocemos: “He aquí la esclava del Señor; hágase en  mí según tu palabra”.
En aquel momento Dios la consagró para sí y María con plena voluntad aceptó esta consagración. Empezaba la historia definitiva del mundo. Yo también estaba en aquella historia; yo también estaba en el seno de la Virgen María, que es la Casa del Mundo.

5. Y hoy, 25 de marzo, recordamos, celebramos, agradecemos. En este misterio divino ¿cómo nos situamos? Como se situó María. Dios nos consagra para sí, y quiere que respondamos con las palabras de la humilde doncella: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.
Nos consagramos a Dios, es decir, renovamos la consagración que Dios nos hizo en el bautismo. La Trinidad se hizo morada y presencia. Somos de Dios, no porque nosotros nos hayamos entregado a Él, sino porque Él se entregó a nosotros y nos apropió a sí mismo. Esto es la raíz y la esencia de la vida cristiana.

6. Y ¿no podemos consagrarnos a María? Sí, hablando con el lenguaje habitual, un lenguaje derivado, acomodado. Pero tengamos presente que la consagración es supremo acto de religión y solo puede terminar en Dios. Yo no puedo consagrarme a ninguna criatura.
Pero yo sí puedo confiarme a María, ponerme en manos de María, para que a su lado mi vida se recoja en Dios, esté toda ella vuelta a Dios, unida a Dios, y pueda yo vivir la consagración que Dios me hizo para sí.
Es lo que hoy gozosamente hacemos.
María Madre mía, Madre de Jesús, Madre del Mesías, Madre del Verbo Encarnado, recíbeme en tus brazos, junto a tu corazón, para que mi ser entero esté del todo consagrado a Dios.
Amén.

Para la oración pueden verse estos himnos de la Anunciacióin a María: La esclava del amor ha dicho sí, El Padre ha originado la Palabra, En la mañana del mundo, María de Nazaret, María, eres silencio.
domingo, 20 de marzo de 2011 0 comentarios

25. Jesús da a la Samaritana el agua viva


Domingo III de Cuaresma, ciclo A,
Jn 4,5-42
Hermanos:

1. ¡Jesús y la Samaritana! Esta mujer, que después que Juan escribió tal escena ha conquistado amores infinitos, ¿cómo se llama? Quisiéramos ponerle un nombre bello, poético incluso, digno del Cantar de los cantares. Mas no tiene nombre; esa mujer eres tú, esa mujer felizmente soy yo. Se trata del encuentro con Jesús: la sedienta, que quizás no sabe de qué tiene sed, ha encontrado al sediento. La que en la vida iba buscando ha encontrado al Buscador, porque Dios, el primero, la iba buscando.
Sí, hermanos, es una escena celestial este pasaje del Evangelio, escrito para enamorados, un encuentro cuajado de poesía y de una íntima belleza.
La liturgia cuaresmal escucha el episodio como una catequesis bautismal: el agua viva que Cristo nos da en el bautismo; catequesis que se continuará, igualmente con significado bautismal, en los dos domingos sucesivos: la luz y la vida, el ciego de nacimiento iluminado, el muerto Lázaro resucitado.
Pero digamos con la misma lealtad que la aplicación bautismal no agota, en modo alguno, el significado de este tan atractivo episodio escénico entre Jesús y la Mujer, que nos evoca el Cantar de los cantares. De hecho, la vida entera de Jesús se esconde tras la escena, donde se besan el Antiguo y el Nuevo Testamento. La mujer ha pasado tras la espera mesiánica del Antiguo Testamento a la contemplación del Mesías en Jesús.
En suma, un episodio para escucharlo y luego para rumiarlo en contemplación, conducidos por donde el Espíritu nos lleve. Digamos algo que brota de él, sabedores de lo que dice un santo doctor, el diácono san Efrén de Siria: Cuando te acercas a esta fuente y bebes, es mucho más lo que dejas que lo que te llevas. El Evangelio, hermanos, es una fuente manante, que nunca se agota, que a todos sacia.

2. Estamos en tierras de Samaria, cuando Jesús camina de Judea a Galilea. Allí hay un poco, un manantial de honda profundidad (unos 32 metros). Como en la región no hay otro de tales características, no es aventurado que los arqueólogos de Tierra Santa, digan: Este es el pozo de Jacob; este es el pozo de Jesús, hoy venerado y custodiado en el interior de una iglesia ortodoxa.
Un manantial sugiere tanto…
Jesús entra, el primero, y pide:
- Dame de beber.
Están solos él y ella.
La mujer, esquiva, recelosa, con cierta insidia femenina y haciéndose valer, le devuelve la pregunta:
- ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?
No sé quién de vosotros, hermanos, ha entrado en una capilla de las Hermanas de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta, Beata Teresa de Calcuta. Allí verá un crucifijo, y junto una frase escrita, a lo mejor, en inglés: Tengo sed, I thirst. Es la palabra de Jesús en la Cruz, de la cual nació el instituto maravilloso de la Madre Teresa, la Madre de los pobres. Es la misma palabra de Jesús: Tengo sed; dame de beber.
Y de esta palabra nació la gran confesión con la que queda coronado este relato: “Verdaderamente este es el Salvador del mundo”.
Quizás la vida comienza con una pregunta, hermanos, para terminar con una afirmación apoteósica; y quizás mi vida esté entre la búsqueda suplicante y el hallazgo que todavía no se ha producido.

3. Se ha iniciado un diálogo, en el cual Jesús acaba de decir:
“Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice ‘Dame de beber’, acaso tú el pedirías a él...”
¿Qué será, pues, el don de Dios, que Jesús conoce y la mujer no conoce? ¿Dónde está y adónde habrá que ir a buscarlo?
Eminentes exegetas, con agudeza, nos responden: No hace falta salir de la frase, para saber quién es y dónde está ese don de Dios, porque Jesús lo está diciendo con una partícula que introduce una frase explicativa, con un “y” que lo dice todo. Quién es el don de Dios y quién es el que te dice… no son dos cosas distintas, sino la misma. Si conocieras el don de Dios, a saber, quién es el que te dice ‘Dame de beber’.
Efectivamente, Jesús es el don de Dios, y en este don se contienen todos los dones. Luego hablará Jesús de un agua viva, que no es el agua del pozo, pero que es un agua que él puede dar. Del don de Dios viene el agua viva. El que posee el don de Jesús posee todos los dones, porque en él está la plenitud de Dios.
Esta agua que Jesús da es la fe, es la gracia, es el Espíritu Santo. Tantos matices se pueden ver ahí… En todo caso, es un agua viva, un agua manante, no un agua estancada; es un agua que brota como un surtidor, y que es vida eterna, que salta hasta ser vida eterna.

4. ¿Se nos ha ocurrido pensar, hermanos, que esta agua viva, origen de la nueva vida se nos ha dado en el bautismo? Allí se nos dio, mas no para que quede estancada – que el agua estancada se pudre – sino para que salte, para que corra, refresque, riegue el jardín y produzca flores y frutos. Ya dijimos que la Iglesia toma este Evangelio como catequesis bautismal. Por ello el Papa nos explica, y nos decía el Miércoles de Ceniza:
“El Tercer Domingo nos hace encontrar a la Samaritana (cfr Jn 4,5-42). Como Israel en el Éxodo, también nosotros en el Bautismo hemos recibido el agua que salva; Jesús, como dice a la Samaritana, tiene un agua de vida, que extingue toda sed; y esta agua es su mismo Espíritu. La Iglesia en este Domingo celebra el primer escrutinio de los catecúmenos y durante la semana les entrega el Símbolo: la Profesión de la fe, el Credo”.

5. Avanza el diálogo y salen otras cuestiones de puntos diversos que, al fin, nos remiten al centro de la vida: Qué espera Dios del hombre, si efectivamente admitimos que Dios es el horizonte del hombre.
- Señor, dame esa agua – le dice la mujer.
- Anda, llama a tu marido y vuelve.
- No tengo marido.
- Tienes razón que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido.
Acaso Jesús le esté descubriendo su pasado, para que piense; o acaso le está invitando a pensar en otra cosa. Cinco ídolos, cinco falsos maridos, traídos de Asiria fueron venerados en Samaria, pero ahora tampoco el culto que dais en el monte Garizim es el verdadero: es otro falso marido que no puede saciar el amor que busca la mujer. Una interpretación sutil y simbólica que tampoco se puede descartar.
En todo caso, entra la mujer en la cuestión esencial: dónde hay que adorar a Dios y cómo.
Y Jesús de modo amable, grave y solemne, le dice a la mujer:
- Créeme, mujer, ha llegado la hora – y ya estamos en ella – en que los verdaderos adores adorarán al Padre en espíritu y verdad.
- Sé que va a venir el Mesías y él nos lo enseñará todo.
- Yo soy, el que habla contigo.

6. Así se hizo el encuentro, y ¿qué pasó…? Uno cierra los ojos para recoger la revelación sublime de aquel momento. O mejor, uno siente que al estremecimiento de esta palabra he encontrado a Jesús.
Lo que yo iba buscando ya lo tengo dentro.
Si ocurre este encuentro, ya no me importan mis pecados. Desaparecieron los cinco maridos. Jesús, y solo Jesús, es el tesoro de mi vida, es mi hallazgo definitivo, es mi marido, es mi amor.
Jesús ha venido a mi encuentro, ha entrado dentro de mí, y en mí está y en él lo tengo todo. Ya no quiero otra cosa.
Hermanos, esto es la Cuaresma: es el encuentro con Jesús.
¡Qué belleza! ¡Qué infinitamente bello es haberse encontrado con Jesús! Es lo más grande que nos puede ocurrir en esta vida.
Quien encuentra a Dios, quien halla a Jesús, se ha metido en el rumbo de la felicidad.
Hermanos, Jesús está junto al pozo, sentado, cansado del camino, y de su corazón sale una voz:
- Dame de beber.
Y sus ojos se me han quedado mirando y me dice:
- Dame de beber.
- Hijo mío, dame de beber…

Amén.

Himnos para orar con el Evangelio de la Samaritana: Agua del pozo quisiera
sábado, 19 de marzo de 2011 0 comentarios

24. Meditación sobre san José



Hermanos:
1. San José es un santo distinto de todos. Es el más amable de todos. La amabilidad es algo que irradia de su persona, algo que envuelve todas las prerrogativas de esta maravilla. Es una figura del Evangelio que no existe por sí, sino existiendo en Jesús y junto a María. Su fiesta nos brinda esta oportunidad para sacar del corazón unos sencillos pensamientos, que no son otra cosa sino una meditación de los mismos Evangelios. Para hablar de san José no tenemos otra fuente directa que el texto de los Evangelio,s los tres primeros: Mateo, Marcos, Lucas, y también san Juan.
Acerquémonos a ellos y veamos unos rasgos esenciales que perfilan la figura de san José.
El año 1989 el Papa Juan Pablo II escribió una exhortación apostólica a todos los fieles católicos sobre la figura y misión de san Jose, titulada “Redemptoris custos”, El custodio del Redentor.
  La ocasión fue que el Papa con este documento quiso conmemorar los 100 años de la encíclica “Quamquam pluries” del Papa León XIII sobre la devoción a san José. A raíz de este documento el anciano Papa León XIII expidió otro documento (un motu proprio) pidiendo a los hogares cristianos que se consagraran a la Sagrada Familia de Nazaret, «ejemplo perfectísimo de la Sociedad doméstica, al mismo tiempo que modelo de toda virtud y de toda santidad».
   Juan Pablo II (a quien bien pronto llamaremos el Beato Juan Pablo II) exponía su magisterio en estos seis puntos: 
   1.    El marco evangélico en el que emerge la figura de san José.
   2.    El depositario del misterio de Dios.
   3.    El varón justo; el esposo.
   4.    El trabajo, expresión del amor.
   5.    El primado de la vida interior.
   6.    Patrono de la Iglesia de nuestro tiempo.

Vamos, pues, al Evangelio, de donde todo ha de partir. Y descubramos allí los rasgos esenciales de la revelación de la figura de san José.

2. El primer rasgo: José, Hijo de David. San Mateo abre su Evangelio con estas palabras: “Libro del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”. Jesús entra en el mundo encuadrado en una genealogía. Jesús es judío, y viene al mundo en el cauce de la historia del pueblo elegido; aparece entre nosotros con sangre judía. Es hijo de Abraham, es hijo de David.
Para un lector de la Biblia esto es de suma importancia. Jesús no viene al mundo al azar; es fruto de una promesa. La profecía más importante del Antiguo Testamento es el oráculo de Natán a David, referido en el segundo libro de Samuel, capítulo 7, profecía que se toma como primera lectura en la misa de hoy. De la descendencia de David ha de venir el heredero.
Y el ángel de la Anunciación, el ángel Gabriel, dirá a María: “el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin” (Lc 1,32-33).

3. El segundo rasgo de la figura de José es lo referente al matrimonio con María. El Hijo de Dios va a entrar en la tierra en el seno de un matrimonio. Pero su entrada es del todo especial. Jesús implanta en la tierra la misma figura que nos trae del misterio de Dios. Es Hijo de Dios, y al ser hijo humano, hijo de Adán, hijo de Abraham, hijo de David, se ha de ver que es hijo por obra del Espíritu Santo. Pero no es hijo de una mujer soltera; es hijo en el seno de un matrimonio, por un misterio virginal, atribuido al Espíritu Santo, cuya verdad aceptamos gozosamente, al mismo tiempo que confesamos que nos transciende.
José, al ver la humana evidencia en lo que en María ha acontecido, quiere retirarse de la santidad divina. No es digno el hombre de entrar en este santuario. El ángel le recuerda a José que  él, esposo de María, es hijo de David y que va a tener parte en este misterio. Es verdad lo que estás pensando – viene a decirle -; lo que acontece en María sobrepasa los cálculos humanos. Pero no tengas miedo; tú has sido elegido para que el Hijo de Dios venga al mundo en el cuadro de una familia. José recibe la misión de esposo y padre, con todo lo que este destino requiere.
José, según los Evangelios, entra en este halo de la divinidad.

4. El tercer rasgo evangélico de la figura de Jesús es éste: que él, al lado de María, recibe y toma parte actividad en los misterios de la infancia. José, en total silencio – de él no se conserva una sola palabra – es receptor y es parte activa de los misterios del nacimiento y de la infancia de Jesús. José está en la hora del nacimiento; José está en hora del homenaje que hace Israel con los pastores; José está presente cuando Simeón y Ana salen al encuentro de Jesús llevado al Templo; y está presente en la consagración del Jesús como primogénito.
Luego san Lucas hablará de la primera visita de Jesús en la peregrinación pascual a los doce años (suponemos que cuando el niño comienza a ser hijo del precepto, bar mitzvá, como dice la tradición de Israel) subió al templo. “Sus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de Pascua. Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre…”. Subieron con el hijo, que por primera vez hacía esta peregrinación.
El exegeta, ante cualquiera de estos datos tiene mucho que investigar, porque hay vetas de teología. No ha sido la biografía lo que ha configurado la persona y semblanza de José, sino la revelación que emana de la Escritura, la teología. Los místicos tiene mucho que decir acerca de san José, partiendo, claro está, de las santas Escritura.
En cierta ocasión, morando en Jerusalén en tiempo de mis estudios, escuché en un grupo ecuménico – y el que hablaba no era católico – un comentario de “lectio divina” acerca de san José. El hermano, glosando aquella frase de “tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados”, nos dijo: De José no ha quedado ninguna palabra en los Evangelios, pero una palabra cierto que sabemos: que él dijo "Jesús", pues el ángel del Señor le da esta misión de poner nombre al hijo.  Lo expresó con verdadera unción espiritual y penetrando un sentido misterioso. Esto provocó en mí un himno que ahora me place recordar, después de muchos años (20 diciembre 1986).
Varón de quien sabemos
tan solo una palabra;
tus labios la dijeron,
tras ellas te ocultabas,
                JESÚS,
la senda de Abraham
allí desembocaba.

José que fuiste justo,
perfecto en la Alianza,
tu dicha fue el silencio,
Jesús tu sola fama,
                JESÚS,
Jesús el Salvador,
promesa a los patriarcas.

Varón de las congojas
al ver que Dios obraba,
no temas la luz pura
que el Hijo en torno irradia,
                JESÚS,
Jesús te acoge a ti,
te invita a su Morada.

José, el esposo fiel,
de Virgen toda santa,
ternura de marido,
mujer bien custodiada,
                JESÚS,
Jesús vivido en medio,
amor que os enlazaba.

Jesús que te servía
contigo el pan sudaba,
si tú le protegías
él era quien salvaba,
                JESÚS,
Jesús el Emanuel,
la gracia y la esperanza.

¡Bendito el Dios amante,
venido a nuestra raza,
del cielo hasta nosotros,
llegó por sangre humana,
                JESÚS,
Jesús el bendecido,
a quien José cuidaba! Amén.

5. Finalmente los Evangelios nos suministran un cuarto rasgo, este referido a la vida pública de Jesús. Fijémonos en el Evangelio de san Juan. “Felipe se encuentra con Natanael y le dice: « Ese del que escribió Moisés en la Ley, y también los profetas, lo hemos encontrado: Jesús el hijo de José, el de Nazaret” (Jn 1,45).
Y cuando el discurso del pan de vida. “Y decían: « ¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo? »” (Jn 6,42).
Es un sumo honor para san José que Jesús en la vida pública también hubiera sido identificado como “Jesús, hijo de José”; y en otros textos “el carpintero” (Mc 6,3), o “el hijo del carpintero” (Mt 13,55).

Concluyo: La figura de san José ahí está, en los cuatros Evangelios, nunca por sí solo, siempre en relación con Jesús, Hijo de Dios, y con María, esposa de José.
El silencio del Espíritu nos adentrará en estos admirables misterios de la Encarnación.

Para la fiesta de san José puede verse también este himno. José bendito, flor de los varones. El himno que hemos citado: Varón de quien sabemos.
martes, 15 de marzo de 2011 0 comentarios

23. Jesús transfigurado. Mi Hijo amado: ¡escuchadlo!


(Domingo II de Cuaresma, año A
Mt 17,1-9)
Hermanos:
1. Si el primer domingo de Cuaresma era Jesús tentado, en la Montaña de la Cuarentena, el segundo – el contrapunto – es Jesús transfigurado, en el Monte de la Transfiguración. La tradición cristiana ha querido localizar este monte: el Monte Tabor, en Galilea. La tentación en el áspero desierto es el punto de partida; la gloria de la Transfiguración, primicias de la Pascua, es el punto de llegada. Juntando los dos puntos completamos el itinerario cristiano.
Pero recordamos el final del Evangelio de las tentaciones, porque allí, tras la victoria, ya amanecía la gloria del Señor. El último versículo decía: “Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían” (Mt 4,11). El servicio de los ángeles está indicando la superioridad de Jesús, como en su momento interpretará la Carta a los hebreos: “Adórenlo todos los ángeles de Dios” (Hb 1,6).
El Evangelio de hoy nos invita a contemplar esa realidad íntima y última en la que el ser de Jesús resplandece. La transfiguración es la emanación, la explosión de esa intimidad luminosa que envuelve a Jesús como verdadero Hijo de Dios, amado del Padre; no es un añadido a su gloria intrínseca. No es sino el descubrimiento, el desvelamiento, de su interioridad, que irradia en cuerpo y ornamentos y que embellece al mundo entero.

2. Sin apartar nuestros ojos de ese celestial icono, hemos de saber, que, haciendo el recorrido de la historia de la salvación, que Dios conducía en el Antiguo Testamento, este domingo es también el domingo de Abraham. A este propósito nos dice el Papa en la catequesis que nos impartía el Miércoles de Ceniza: “El Segundo Domingo es llamado de Abraham y de la Transfiguración. El Bautismo es el sacramento de la fe y de la filiación divina; como Abraham, padre de los creyentes, también nosotros somos invitados a partir, a salir de nuestra tierra, a dejar las seguridades que nos hemos construido, para volver a poner nuestra confianza en Dios; la meta se entrevé en la transfiguración de Cristo, el Hijo amado, en el que también nosotros nos convertimos en hijos de Dios”.
En los domingos de Cuaresma, al leer el Antiguo Testamento, vamos meditando en estos momentos miliares que jalonan la historia de Dios con sus hijos. En el primer domingo recordamos a Adán; en el segundo a Abraham; en el tercero a Moisés; en el cuarto, el pueblo en la tierra prometida; en el quinto a los Profetas.
¿Qué nos está diciendo la persona de Abraham (Génesis 12,1-4ª)? “Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la tierra que te mostraré”. Abraham, padre de los creyentes, es el ejemplo vivo y paradigmático para todos los que peregrinamos en la vida. “Por la fe obedeció Abraham a la llamada y salió hacia la tierra que iba a recibir en heredad. Salió sin saber adonde iba” (Hb 11,8).
Es la actitud de la criatura que se abandona a las manos de Dios. Si realmente Dios es protagonista, guía, pastor, eje y centro de mi vida, la actitud de Abraham es la única posible: Dios merece toda nuestra obediencia, todo nuestro amor, porque él es nuestro Creador y Padre.
3. Estos días acaba de ocurrir un hecho que a las pocas horas conmocionó a la humanidad entera: el terremoto de Japón, ocurrido el dia 11 de marzo a las 2, 46 minutos de la tarde. Dicen los expertos que este terremoto de 9 grados, cuyo epicentro fue en el Pacífico, a 130 km de la costa, “lo convirtió en el terremoto más potente sufrido en Japón hasta la fecha, así como el quinto más potente del mundo de todos los terremotos medidos hasta la fecha”. Añaden los expertos de la NASA “que el movimiento telúrico pudo haber movido la Isla Japonesa aproximadamente 2.4 metros, y alteró el eje terrestre en aproximadamente 10 centímetros” (Wikipedia). Al terremoto sigue el tsunami con olas de hasta 10 metros de altura, una avalancha que ha arrasado todo lo que ha encontrado al paso.
Las imágenes han llenado los informativos y todos hemos hablado del terremoto del Japón, de los muertos, de las familias que ya no tienen otra cosa que su propio cuerpo. Y nos hemos acordado de Haití y de Chile… Desde aquí nuestra solidaridad y oración.
Como creyente uno se pregunta: ¿Qué significa esto? ¿Qué está diciendo Dios? Echemos fuera una respuesta supersticiosa: es un castigo de Dios. No, hermanos, eso no es cierto.
Lo que sí es cierto que Dios se revela no solo por los Profetas y las Escritura, sino también por la historia y por la naturaleza. Y en este fenómeno de la naturaleza Dios está diciendo muy claro que Dios es Dios y el hombre es criatura. No es difícil enlazar una reflexión honda de este grandioso y pavoroso acontecimiento con pensamientos a los que nos invita la Cuaresma y la figura de Abraham, que se pone en manos de Dios.
¿Nos convenceremos de que Dios es el dueño del universo y que es insensato echarlo de nuestras vidas? La vida humana es sublime, pero es, al mismo tiempo, frágil como una flor. ¿Cuándo y dónde he de morir yo? No hay en el mundo nadie que sea capaz de responderme a esta pregunta, que afecta a las esencias de mi ser. Puedo morir víctima de un terremoto como esos hermanos míos de la familia humana, y puedo morir de la manera más tonta y absurda, atropellado por culpa de un conductor embriagado. En suma, no soy el poseedor y patrón de mi existencia. Dios, y solamente Dios, ese Dios grandioso, que infunde respeto y adoración, pero al mismo tiempo ese Dios íntimo y dulcísimo de mis coloquios, solamente Dios es el dueño de mi existencia.
4. Reflexionando sobre estas cosas podemos comprender mejor la actitud de Abraham, la actitud de Jesús.
Vayamos ahora con Jesús, vayamos con Pedro, Santiago y Juan, que fueron los tres elegidos por Jesús, los mismos a los que un día elegirá para la agonía en el Huerto de los Olivos.
Esta escena comienza con esta indicación: “Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto”. Seis días más tarde ¿de qué? De lo que acaba de contar el evangelista san Mateo: “…comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho allí por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: ¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte.” (Mt 16,21-22).
Pues bien, hermanos, seis días después… Jesús subió al monte a orar (así expresamente lo subrayará san Lucas); no fue a hacer una representación espiritual. Jesús fue a aceptar en humildad, en obediencia y amor, el plan de Dios, como en el Huerto de los Olivos. “Y de repente se aparecieron Moisés y Elías conversando con él”. ¿Por qué se aparecieron? Porque era el mundo interior que Jesús vivían; eran sus confidentes, los profetas de Dios, las santas Escrituras que Jesús llevaba no precisamente en su pensamiento como un doctor, sino en su corazón, pues eran vida de su vida. Y conversaban con él.
Pero hay alguien más importante que Moisés y Elías. Continúa el texto sagrado: “Todavía estaba hablando (Pedro, que quería retener esa felicidad celestial) cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo
El Espíritu de Dios estaba en aquella nube luminosa; y el Padre del cielo estaba en aquella voz. Habló Dios y en dos frases nos lo dijo todo, y más no necesitamos:
- Jesús era el Hijo amado de Dios, en quien tiene todas sus complacencias. Jesús es el cielo de Dios.
- Escuchadlo. Escuchadlo es lo mismo que “Obedecedlo”, seguid sus palabras, sed sus discípulos, acoged su Evangelio; nunca os apartéis de él.
El Padre – repito – nos lo ha dicho todo y no necesitamos tras cosa.
Pues hasta aquí hemos llegado, y más no podemos avanzar.  Todo el resto nos lo tiene que decir él, Jesús, en el fondo del corazón de una manera íntima y personal. Jesús es la Palabra verdadera del Padre; Jesús es el amor del Padre. Por eso, Jesús es el coloquio de mi vida. Yo, como cristiano, como discípulo, puedo decirle y le digo: ¡Jesús, háblame, que quiero escucharte! Y, aunque a veces, parece que no te hago caso, ten paciencia conmigo: no dejes de seguir hablándome. Tú eres la verdad y la vida; tú eres el que me amas.
Un día te he de ver cara a cara. He de contemplar tu infinita belleza, y entonces tú me habrás transfigurado. Amén. 
Como himnos para este domingo II de Cuaresma sobre la Transgiguración, puede verse: Aquel hombre que asciende a la montaña; Llega el Reino de Dios en ese rostro; Ha transido tu carne.
sábado, 12 de marzo de 2011 0 comentarios

22. Jesús tentado y vencedor del demonio



Domingo I de Cuaresma, ciclo A
Mt 4,1-11

Puede escucharse en audio
Hermanos:
1. Este año, para hablar de la Cuaresma, podemos referirnos a dos documentos, sencillos y límpidos, de singular autoridad, que nos dan la clave espiritual de este tiempo sagrado que precede a la Pascua: el camino cuaresmal. Me refiero al Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma de este año y a la catequesis al pueblo de Dios, dada igualmente por Benedicto XVI el Miércoles de Ceniza.
En los dos momentos el Papa habla del itinerario bautismal que seguimos los cristianos para llegar al monte santo de la Pascua, celebración cumbre del año, la fiesta de las fiestas. La noche pascual es la noche bautismal. Y los recién bautizados, que también podrían ser confirmados, acceden por primera vez a la Eucaristía. Bautismo, Confirmación, Eucaristía son los tres sacramentos de la iniciación cristiana.
Puedo decirlo con las palabras autorizadas del Santo Padre, según nos ha escrito en su mensaje: “En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia”.

2. Y ya que citamos al Santo Padre bueno será saber cómo vive el Papa la Cuaresma. La primera semana de Cuaresma el Papa y la Curia Romana hacen los Ejercicios espirituales, algo que nos puede hacer reflexionar a todos.
El primer domingo de Cuaresma todos los años se nos presenta a Jesús en el desierto; este año según el Evangelio de san Mateo. La primera frase del texto bíblico dice que Jesús (que acaba de ser bautizado y declarado por el Padre como Hijo amado) fue llevado por el Espíritu al desierto. Tenemos, pues, una clave de interpretación. Y en la misma frase se añade que fue llevado para ser tentado por el diablo; es la segunda clave de interpretación.
Un intelectual que leyera este pasaje, seguramente que diría: Este relato es un mito creado en torno a la vida de Jesús de Nazaret. No podemos aceptar como una descripción de la historia que Jesús fuera transportado por el demonio al alero del templo, ni que fuera llevado de repente a un monte altísimo, desde el que le puedan mostrar los reinos del mundo y su gloria.
A esta persona estudiosa, abierta a la cultura y a las expresiones religiosas de la humanidad, le podríamos recordar que cuando Juan Pablo II explicó los primeros capítulos del Génesis, donde están los relatos en torno al origen del hombre, del misterio del pecado y de la gracia, no tuvo inconveniente en aceptar la palabra “mito”, si la empleamos en el sentido noble de los intérpretes de la cultura.
Las tentaciones de Jesús nos presentan el combate del hombre con las fuerzas incontenibles del mal. Adán y Eva sucumben ante el mal, y hay algo inexplicable que pertenece a la herencia humana sin que sepamos cómo y por qué. Es algo tan inhumano, tan irracional que el pecado sea algo del componente humano, que la Sagrada Escritura, para explicar lo que está más allá de toda explicación, ha dicho que el mal entró desde fuera, por instigación del Malvado, del Demonio. Reflexionando sobre estos relatos que hoy leemos, el libro de la Sabiduría dice: “Dios no ha hecho la muerte…; no hay (en las criaturas del mundo) un veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra” (Sa 1,13-14). “Por envidia del diablo entró la muerte  en el mundo y la experimentan los de su bando” (2,24).

3. Jesús es llevado por el Espíritu al desierto, porque allí ha de luchar contra ese por quien entró la muerte en el mundo, y lo ha de derrotar para acabar con su imperio.
Estaríamos fuera de las intenciones del evangelista, si quisiéramos hacer de las tenciones de Jesús una especie de paralelo de nuestras tentaciones, entendidas como luchas morales entre el placer y la virtud. Una interpretación moralizadora de las tentaciones de Jesús no da en la clave del texto y en esa magnitud sagrada que lleva consigo el texto.
Las tentaciones de Jesús se refieren tanto a Adán, tentado y caído en el paraíso, como al pueblo de Israel, peregrino en el desierto rumbo a la Tierra Prometida, tantas veces tentado e infiel.
Jesús es tentado y sale vencedor. Ahora bien, nos quedaríamos a medias si viéramos que ha salido del peligro y nada más, pero que el enemigo queda con la misma fuerza. Expliquémoslo.

4. Jesús no solamente sale airoso del peligro, sino que Jesús aplasta la cabeza al enemigo y lo deja fuera de combate; lo desarma, le arrebata su fuerza, lo aplasta y lo destruye.
Todas las escenas demoníacas del Evangelio – las expulsiones de demonios – están diciendo justamente esto: que el imperio de Satanás ha sido derrocado. Definitivamente Dios, por su Hijo amado, es el dueño de la situación humana; no hay un opositor antagónico, que tenga derecho o poder alguno.
El triunfo de Jesús queda proclamado en las palabras que él dice: “Al Señor, tu Dios, adorarás, y a él solo darás culto”. Triunfo de Jesús que nos anuncia el triunfo pascual, cuando concluye el Evangelio: “Entonces lo dejó el diablo, y he aquí que se acercaron los ángeles y lo servían”.

5. Ahora bien, el ser humano – yo, discípulo de Jesús – estoy en lucha hasta la vuelta del Señor. El día de nuestra consagración bautismal, por labios de quienes nos trajeron a bautizar prometimos ser fieles a esta consagración a Jesucristo, permanecer en la lucha por el Evangelio.
Sobre este punto decía el Papa, explicando en sus catequesis del miércoles pasado, Miércoles de Ceniza, el significado bautismal de cada domingo. “El Primer Domingo, llamado Domingo de la tentación, porque presenta las tentaciones de Jesús en el desierto, nos invita a renovar nuestra decisión definitiva por Dios y a afrontar con valor la lucha que nos espera para permanecerle fieles. Siempre está de nuevo esta necesidad de la decisión, de resistir al mal, de seguir a Jesús. En este Domingo la Iglesia, tras haber oído el testimonio de los padrinos y catequistas, celebra la elección de aquellos que son admitidos a los Sacramentos Pascuales”.
6. Jesús nos enseñó a orar: “no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. Es una palabra clave del Señor para poder entender su tentación, y situar en la órbita de su vida nuestra propia tentación.
La tentación mayor del hombre es el peligro de la apostasía, el preferir cualquier otro poder, cualquier otro placer al poder de Dios y a la intimidad con Dios. Por eso la tentación de Adán está puesta bajo el signo de la desobediencia a Dios. Caer en la tentación es no obedecer a Dios y pasarse a la otra banda. En toda tentación, del género que sea, hay un oculto peligro de apostasía. Lo que está en juego es la obediencia, y, con otras palabras, el amor: no preferir a Dios y lanzarse en brazos de la criatura.

Hermanos, nacimos con una vocación divina y esa vocación es la pauta de nuestro destino. O Dios o su contrincante.
Solo Dios, solo Dios, solo Dios.
La Sagrada Escritura nos lo está diciendo desde el principio hasta el final. Y esta es la victoria de Cristo: Solo Dios, solo la obediencia a Dios, solo el amor de Dios.
 ¡Oh Jesús, vencedor en el desierto y en la Cruz,
oh Jesús, mi Vencedor y mi Victoria,
a ti toda la gloria, solo a ti! Amén.
        
lunes, 7 de marzo de 2011 0 comentarios

21. El venerable sacramento de la Cuaresma


(Instrucción o catequesis)

Hermanos:

1. Estas palabras no son una homilía; son sencillamente una instrucción o catequesis cuaresmal, como la que anteriormente pronunciamos hablando del tema “Miércoles de ceniza, y qué es mistagogía”.
El Miércoles de ceniza es la apertura y convocatoria de la Cuaresma, pero la inauguración solemne es la celebración eucarística del Primer Domingo de Cuaresma. Sucede que en este domingo por dos veces se habla del Sacramento de Cuaresma, expresiones que en las traducciones a nuestras lenguas con frecuencia desaparece, como veo en el Misal que tengo delante.
La oración del día dice: “Al celebrar un año más la santa Cuaresma…”, cuando en rigor el texto original dice: “Al celebrar un año más los ejercicios del sacramento cuaresmal”.
Luego, en la oración sobre las ofrendas se habla de “las ofrendas que te presentamos y que inauguran el camino hacia la Pascua”. En el texto original se habla de que con estas ofrendas celebramos "el exordio del mismo venerable Sacramento”.
Según este lenguaje la Cuaresma es Sacramento.
¿Cómo que la Cuaresma es sacramento, si los sacramentos son siete, los Siete Sacramentos?
Efectivamente los sacramentos son siete y no son ocho ni son seis. Los siete sacramentos son: Bautismo y Confirmación, Penitencia y Eucaristía, Orden Sacerdotal y Matrimonio, y Unción de los Enfermos.
Y siendo esto así, el Concilio, al hablar de la Iglesia y dice que es Sacramento universal de salvación.

2. Esto procede básicamente de la Sagrada Escritura. El Nuevo Testamento se escribió en griego, y la palabra “mysterion” que obviamente significa “misterio”, se tradujo en lugares muy significativos por “sacramentum” (Efesios 1,9; 3,3; 3,9; 5,9). Y así el misterio escondido desde los siglos en Dios, es el sacramento escondido desde los siglos en Dios.
En suma, en esta perspectiva, )qué es, pues, sacramento? El sentido principal es este:
- Es una realidad divina,
- oculta,
- que pertenece directamente a Dios,
- que Dios mismo manifiesta,
- y que en el Nuevo Testamento incluye todo el designio de Dios con su Hijo Jesucristo,
- que acontece para nosotros,
- y se nos revela para nosotros.
La Iglesia es el Sacramento de Dios, e incluye todos los otros sacramentos, desplegados en una Historia de salvación.

3. Este Venerable Sacramento que iniciamos
1) Es el acontecimiento pascual de Cristo, que incluye
S   muerte de Cristo,
S   descendimiento al abismo (al lugar de la espera),
S   resurrección,
S   ascensión,
S   venida del Espíritu Santo,
S   Parusía de Jesús.
2) Que recoge los misterios anteriores de Cristo, origina­dos por la Encarnación:
todos los Apasos@ de la vida Jesús (por ejemplo, el bautismo, el desierto),
- todos los aspectos de la vida del Señor (el tauma­turgo, el profeta, el maestro...).
3) Que acontece hoy en la Iglesia,
- en la cual habita toda la plenitud de Cristo,
- en la cual late igualmente toda la historia humana y la esperanza de los hombre.
4) Y que se celebra hoy por los signos sacramentales (tiempos, ritos, palabras, signos...).
5) Y que en concreto el Venerable Sacramento que se comienza solemnemente en el primer domingo de Cuaresma y se anticipa en el Miércoles de Ceniza abarca íntegramente, sin que se pueda romper toda la Cuaresma y toda la Pascua.
El tiempo de Cuaresma y el tiempo de Pascua forman una unidad irrompible, como lo expresamos en su momento.
- Celebrar la Pascua es adherirse al triunfo del Señor.
- Celebrar la Cuaresma es adherirse al Desierto de Jesús, a la Pasión y Muerte del Señor.
Es bien evidente que en el centro de la Pascua está Jesús. Esto mismo tiene que hacérsenos evidente cuando hablamos de la Cuaresma: el centro de la Cuaresma es Jesús. Y la gracia de la Cuaresma nos viene del centro, que es Jesús.
4. Pero veamos cómo quiere proyectar Dios en nuestra vida este Venerable Sacramento

El Atiempo@ se convierte en sacramento. El Domingo, cada domingo del año, como Día del Señor, es un sacramento de la presencia y de la actuación de Cristo en la Iglesia y en mi propia vida. El Domingo está penetrado de la presencia de Jesús, el Señor, y de la actuación del Espíritu Santo.
Los 50 días de Pascua son todos juntos puestos en unidad Acomo un gran Domingo@ (expresión de san Atanasio).
Los 6 Domingos de Cuaresma en ningún momento dejan de ser Adías pascuales@, incluso dentro de Cuaresma. Los domingos de Cuaresma son más importantes que los días feriales de Cuaresma.
Y todos y cada uno de los días de Cuaresma, penetrados de la presencia de Cristo, quedan santificados por la presen­cia del Espíritu, y son constituidos como días de Cristo, días en los cuales vamos a pensar en el único Misterio de Cristo,  diversificado a través de todos y cada uno de Alos misterios de la vida del Señor@.
Todo el tiempo ha sido Asantificado@ y Aconsagrado@ por la presencia de Dios en el don del Misterio de la Encarna­ción.

5. Las grandes celebraciones de Cuaresma, en donde resplandecer la acción de Dios en la Historia de la salvación de Dios hoy, son las siguientes:
- la Palabra, entregada, día a día, a nosotros como integrante esencial de la palabras de la Biblia;
- la celebración de la Eucaristía, participando todo el pueblo santo de Dios, y acercándose a la sagrada comunión,
- la celebración del Perdón mediante el Asacramento@ de la penitencia o Reconciliación.
En estas tres celebraciones viene a torrentes a nuestros corazones la gracia del Señor

6. Y aquí, en esta área sagrada, es donde nosotros incluimos lo que la liturgia llama los anuales ejercicios del Sacramento Cuaresmal (annua quadragesimalis exercitia sacramenti@), Oración colecta del primer Domingo de Cuaresma).
Estos ejercicios anuales son el ayuno, la oración y la limosna, temas que son familiares en nuestra predicación.

Hemos querido subrayar esa visión espiritual y mística,    que nos une directamente a Cristo, porque cuanto más centremos la Cuaresma en él, más cerca estamos de la fuente de la vida.
Que su bendición  nos acompañe en todo momento. Amén.


Sobre este tema puede verse el himno ¡Oh hermoso y venerable sacramento!

 
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