jueves, 28 de julio de 2011 0 comentarios

76. Jesús, compasión, pan y Eucaristía

 Domingo XVIII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 14,13-21

Hermanos:

1. Los dos milagros más sorprendentes del Evangelio son la resurrección de los muertos y la multiplicación de los panes. Son dos milagros cristológicos, en el sentido de que estos milagros muestran de una manera esplendorosa quién es Jesús. Un lector inteligente, o – si queremos – un lector con espíritu de profeta, que, al leer, con su mirada aguda va hasta el corazón mismo del misterio y luego con la misma mirada otea toda la historia de salvación, al escuchar estos pasajes del Evangelio se pregunta: ¿Qué me está diciendo este relato? ¿Me está hablando de la bondad de Jesús ante cualquier necesidad humana, o acaso, como sospecho, me está hablando, más bien de ese misterioso Jesús de Nazaret, que es vida indestructible y que es alimento inmortal que sacia la necesidad primaria del ser humano, que es comer para vivir?
El relato evangélico no distingue; al contrario se diría que el primer mensaje que el evangelista da como primer testimonio es éste: que Jesús sale al paso de una necesidad humana, y que con amor la resuelve.
Cuando Jesús resucita a Lázaro, resucita a un amigo a quien amaba, por el que lloró y por el que lloraron otros; cuando resucita al hijo de la viuda de Naím, Jesús resucita a una madre sola y desamparada en el mundo; y, en fin, cuando resucita a la hija de Jairo, de doce años, Jesús responde a la súplica de un padre desgarrado:
Lo mismo ocurre en la escena que hoy se nos representa. El texto es explícito; es de un humanismo que nos da en rostro. Oigámoslo: “Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ellos y curó a los enfermos. Como se hizo tarde se acercaron los discípulos a decirle: Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida” (Mt 14,14-15).
El evangelista anota, como anotaría un reportero: Jesús tuvo compasión. Porque tuvo compasión, curó. Que un enfermo tenga el valor de seguir a Jesús, suscita sentimientos de ternura. Jesús curó a los enfermos; y, al decirlo, se sugiere que curó por una fuerza divina.

2. Aquella compasión de Jesús, por tanto, no era la mera compasión del hombre bueno. Era una compasión que nacía de más arriba y que anidaba en el fondo de su corazón. Era, pues, una compasión humano-divina. Los evangelistas han meditado en ello, y Marcos, en este pasaje añade algo de valor teológico de primer interés.  Dice san Marcos, como escritor fiel, como teólogo, como hombre que está escribiendo para la Iglesia y para nosotros: “Al desembarcar Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34). Este evangelista no habla de enfermos, sino de otra necesidad primordial que tenemos los hombres. Aquellas gentes andaban como ovejas que no tienen pastor, ovejas a la deriva, que pueden ir por cualquier sendero y caer en cualquier barranco. Y él, como buen pastor, Jesús, reúne a su rebaño y le da alimento nutritivo: se puso a enseñarles muchas cosas.
La compasión de Jesús desemboca, pues, en las necesidades esenciales que arrastramos con nosotros: queremos salud como enfermos; queremos vida como humanos desfallecidos y hambrientos; queremos un buen pastor, como ovejas a la deriva.
La compasión de Jesús va a cubrir todas esas necesidades. En los Evangelios no se habla del “Sagrado Corazón de Jesús”, pero ¡qué otra cosa es el Sagrado Corazón de Jesús, sino esta figura del Señor que estamos contemplando!
Jesús, pues, tuvo compasión. Al decirlo, sentimos que esa compasión se alarga por los siglos y llega hasta nosotros. Y más secreta e íntimamente: esa compasión de Jesús llega hasta mí, y yo soy y voy a ser su beneficiario.

3. Ante semejante panorama la propuesta de los apóstoles es lógica y coherente. Gracias porque te han seguido; mándalos a sus aldeas, porque aquí no hay nada de comer. La respuesta de Jesús va por otra dirección, y no sabemos cuál es el matiz exacto para interpretarla. ¿Es un reproche? Acaso; de todas formas, es un nuevo acto de compasión. “No hace falta que vayan, dadle vosotros de comer”.
Nos preguntamos. ¿Será que Jesús ha escogido a sus apóstoles para dar de comer a la gente? ¿No dice el Evangelio que Jesús escogió a los apóstoles para enviarlos a predicar el Evangelio del Reino?
Sí, eso dice el Evangelio, pero añade otra cosa. “Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia” (Mt 10, 1, ampliando el texto de Mc 3,15). Donde están Jesús y sus apóstoles o discípulos, ayer y hoy, allí está la compasión de Dios, y el alivio de toda enfermedad y dolencia. Es consustancial a la misión de Jesús, en virtud de la compasión, la proximidad a todo mal que hiere al hombre.
 4. Sigamos, pues con el texto evangélico: “Dadles vosotros de comer”. Y continúa el relato: “Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. Les dijo: Traédmelos” (vv. 16-17).
La exégesis en Latinoamérica, tan sensible a la situación oprimida del pueblo, y siguiendo por esta veta del humanismo de Jesús, se complace en esta exégesis de la compasión, que es la exégesis del compartir. Jesús no hace los milagros de la nada. El pan que había, y lo mismo los peces, si se comparten se multiplican. Lo cual, trasladado al área mundial, significa: El pan que hay en el mundo, si se reparte se multiplica y llega para todos. El egoísmo es la causa del hambre, y la generosidad en el compartir sería el milagro de la humanidad. Las instituciones mundiales - la FAO, creada para dar alimento a todos – busca esto.
Todos estos pensamientos son nobilísimos, y bien podemos ponerlos al cobijo del Evangelio, nosotros, como cristianos.

5. Quizás el significa riguroso tiene otro perfil, apuntando hacia la Eucaristía. Lo que va a suceder a continuación es algo divino: un banquete en el desierto, sentados en la verde hierba, que anuncia el banquete mesiánico del reino de Jesús, ese mismo banquete del que Jesús habla en la Cena, al levantar la primera copa del festín: “Os digo que ya no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios” (Lc 22,18).
El texto sagrado del Evangelio marca ahora cinco gestos de Jesús, que son los que el sacerdote repite en la consagración. Dice que tomó los cinco panes (y los dos peces), que alzó la mirada al cielo, que pronunció la bendición, que partió los panes, y que se los dio a los discípulos. Luego “los discípulos se los dieron a la gente” (v. 19).
Estamos describiendo un rito sagrado, bien conocido por los cristianos que están escuchando este Evangelio. Recordad, hermanos, lo que el sacerdote dice en la Plegaria Eucarística I, el Canon romano, que durante un milenio y medio se ha repetido en la Iglesia, antes en latín: “El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso, dando gracias te bendijo, lo partió, y lo dio a sus discípulos, diciendo: TOMAD Y COMED TODOS DE ÉL, PORQUE ESTO ES MI CUERPO, QUE SERÁ ENTREGADO POR VOSOTROS”.

6. Al frío historiador la multiplicación de los panes le levanta preguntas sin respuestas: ¿cómo es posible que ocurriera eso tal como está escrito, y así por los cuatro evangelistas? Además, Mateo y Marcos tienen el relato de una segunda multiplicación de los panes, como si fuese un relato doblado del anterior.
En efecto, hermanos, la historia profana pregunta y no acaba de responder. Pero hay un historia sacramental dentro de la que estamos, una historia de amor inextinguible que es la que vive la Iglesia. La multiplicación del pan, que fue el milagro cotidiano de Dios acompañando cuarenta años a su pueblo por el desierto, es la historia presente en esta era de Dios.
La Eucaristía es la multiplicación de los panes. Y la Eucaristía, leída y comprendida a la vera del relato sagrado, es la compasión de Dios, la cercanía de Dios, el banquete de Dios en espera del banquete definitivo. La Eucaristía es mi Jesús del Evangelio.
No lo dudemos, hermanos. Cada Eucaristía es el milagro de Dios. Cada celebración de la Eucaristía – dice la Iglesia – es la Pascua del Señor.
Cada celebración es el banquete de Dios con nosotros. No dejemos nunca de comulgar, con el alma preparada, siempre que venimos a la santa Misa.
Ante tanta maravilla digamos: Amén.

Como cántico de comunión para este Evangelio véase en mercaba.org: Cinco panes y dos peces (con su introducción) 

Cinco panes y dos peces

Estribillo
Cinco panes y dos peces,
corazón multiplicado:
que a todos Jesús ha amado
y a todos llegó con creces

Estrofas
1. Alzó los divinos ojos
donde el corazón tenía,
y el Padre que lo miraba
la súplica recogía:
lo que quería Jesús
su Padre igual lo quería
por la mano del Señor
el pan a todos cundía.

2. La gente se recostaba
en la hierba que nacía,
y Jesús que oraba al Padre
los cinco panes partía;
y luego a los doce apóstoles
él mismo los ofrecía,
que los dieran a millares
en aquella carestía.

3. Comieron y se saciaron
y hubo pan en demasía,
que Jesús mandó guardar
pues nada se perdería.
Con gozo estaban cansados
ya la hora atardecía,
volvieron a sus hogares
y nadie desfallecía.

4. Comensales cinco mil
cuentan que eran los que había
más las mujeres y niños
en feliz algarabía;
era fiesta celestial
el pan que se repartía;
la Providencia es Jesús
y se llama Eucaristía.

5. Así siento y así vivo
tu misa de cada día,
Jesús de la compasión,
amor que mi culpa expía.
Jesús, misterio pascual,
que trajo toda alegría:
¡Te adoramos, Dios bondad 
Humanidad, vida mía! Amén.

México D.F. (Tlalpan, Verbo Encarnado), 25 julio 2011
viernes, 22 de julio de 2011 1 comentarios

75. El Evangelio, el tesoro escondido

Domingo XVII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 13,44-52


Hermanos:

1. Por tercer domingo consecutivo estamos leyendo y escuchando las parábolas de Jesús en el Evangelio de san Mateo. Con estas tres de hoy se cierra un ciclo en el primer evangelista.
Recordemos: Hace dos domingos era la parábola del sembrador y su explicación. El domingo pasado había tres: el trigo y la cizaña, con su explicación, y otras dos muy breves: el grano de mostaza, y la levadura en la masa; una de ella dirigida a la sensibilidad del hombre agricultor, la otra dirigida al ama de casa, que sabe lo que es la amasada del pan. Hoy de nuevo tres y así se completa el número de siete: la del tesoro escondido en el campo y la de la perla preciosa que aluden igualmente a la sensibilidad del hombre o de la mujer, y la séptima, para terminar, la de la red que recoge todas clases de peces, y luego se hace la separación, mirando al juicio final.

2. Vamos a centrar nuestra atención en la parábola del tesoro escondido; sin duda el Señor nos dirá cosas que nunca las habíamos pensado.
Si preguntáramos a alguien: ¿Has oído hablar de “el tesoro escondido”, acaso nos responda: No, esa película no la he visto; o “esa novela me suena, pero no la he leído”. Efectivamente, el título sugerido por esas dos palabras juntas “tesoro escondido” suena a una aventura, que a lo mejor sea muy original o acaso sea una sarta de tópicos.
Jesús habla de un labrador que ha encontrado un tesoro en un terreno. Comienza la intriga. No se lo puede llevar, porque ese terreno no es suyo, y, por lo visto, el tesoro pertenece al campo. Jesús quizás está imaginando la aventura con unas costumbres de propiedad rural que nosotros ignoramos. Son detalles que, si los supiéramos, la narración cobraría más vida, pero nada obsta para el sentido clarísimo que tiene el texto.
Hay cinco cosas en esta pequeña parábola, y que las tenemos que ponderar una a una:
1) La primera es que un hombre se ha encontrado un tesoro. Cómo lo ha encontrado, no lo sabemos: se lo ha encontrado
2) La segunda es que al punto se afana por esconder el tesoro. Lo esconde para que nadie lo descubra, pues él quiere hacer con el tesoro una gran operación.
3) La tercera es que, rápido, va y vende todo lo que tiene; es decir, se queda sin nada.
4) La cuarta, importantísima, es que esta operación de quedarse sin nada la hace con toda la alegría del mundo.
5) Y la quinta, naturalmente, es que compra aquel campo para tener el tesoro.

3. La sexta sería lo que pasó luego: aquello cambió su vida, y Jesús la deja a que cada uno termine la parábola. ¿Qué pasaría si yo encontrara un tesoro y por tenerlo vendiera todo lo que tengo, me quedara sin nada, y me entregara con alma, vida y corazón a explotar y gozar este tesoro que he encontrado. No es una fantasía sino una realidad que se nos brinda. He aquí una aventura redonda, que va a implicar nuestra vida, si queremos escuchar a Jesús, ser discípulos suyos.
La terminación del grupo de parábolas lleva una pregunta del Maestro: “"¿Habéis entendido todo esto?” Y sigue el texto. “Ellos le responden: "Sí".”
Vamos a ir por partes, hermanos, a calibrar cada una de las cosas que se dicen y sacar las consecuencias.

4. La primera es el encuentro del tesoro. La vida, hermanos, es un encuentro. No quiero decir que sea una casualidad, porque la casualidad no existe, pero sí un encuentro.
Tantos matrimonios pueden decir: Encontrar a esta mujer es lo más hermoso que me pasó en la vida. Y a la inversa, podrá repetir lo mismo, como un eco, el marido a la mujer. Felices ellos, porque no es un piropo vacío.
En su primera encíclica, escribió el Papa estas frases: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 12).
Si esto es así, puedo definir la vida: “La vida es un encuentro. Lo demás son las consecuencias”.
Y el catecismo podría definir la fe, igualmente, con estas palabras:
- ¿Qué es la fe cristiana?
Y la respuesta sería:
- La fe cristiana es haberse encontrado con Jesucristo.
El encuentro es igual que un enamoramiento. Uno no se enamora por unas convicciones muy sensatas, que las acepta sin dificultad, pero no le encienden; uno se enamora por un chispazo que salta, por una química que empalma. Como si la cosa ya estuviera dentro antes de que se diese.
Yo puedo decir, hermanos: El tesoro escondido es el Evangelio. Puedo decirlo convencido, como lo digo. Mas por eso el tesoro seguirá siendo tesoro, pero escondido.
Para encontrarlo tiene que “haber pasado algo”. ¿Qué es eso? El que lo encuentra lo sabe; y el que no, no lo sabe.
El que ha encontrado el tesoro siente que su vida ha sido movilizada definitivamente en otra dirección. Eso es la acción de la parábola. El hombre afortunado va rápido a negociar, y vende todo lo que tiene; no le importa dejar lo que hasta ahora tenía. Y no es solo que no le importe, sino que Jesús pinta a este negociante como alguien que deja todo “con alegría”. Y eso es – dicen los intérpretes – la punta afilada de la parábola. No le supone ningún sacrificio dejarlo todo cuando lo que le cae encima vale sin comparación más.

5. Esto que vamos diciendo lo podemos ver con el ejemplo de la vida de un santo. El joven Francisco de Asís era hijo de un acomodado comerciante de telas, Pietro Bernardone. Parece que el galán Francisco iba a seguir el negocio de su padre..., pero comenzó a hacer cosas raras. Y a su mejor amigo, cuyo nombre ha quedado en el secreto, le hablaba misteriosamente y le decía que había encontrado el tesoro escondido. El primer biográfico de san Francisco, que escribió la vida con motivo de la canonización que fue a los dos años de la muerte, recuerda aquellos hechos...
“Quienes le oían pensaban que trataba de tomar esposa, y por eso le preguntaban: «¿Pretendes casarte, Francisco?» A lo que él respondía: "Me desposaré con una mujer la más noble y bella que jamás hayáis visto, y que superará a todas por su estampa y que entre todas descollará por su sabiduría». En efecto, la inmaculada  esposa de Dios es la verdadera Religión que abrazó, y el tesoro escondido es el reino de los cielos, que tan esforzadamente él buscó; porque era preciso que la vocación evangélica se cumpliese plenamente en quien iba a ser ministro del Evangelio en la fe y en la verdad” (Vida de san Francisco por Fray Tomás de Celano, 7).
Para san Francisco, hermanos, “el tesoro escondido” fue la pobreza de la que se enamoró Jesucristo, naciendo pobre en Belén y muriendo pobre en la Cruz. Francisco encontró ese tesoro; se desposó con Dama Pobreza. Es decir, se desposó con Cristo pobre y con todos los pobres de la tierra.
Estas cosas no las aprendió en ningún libro. Cristo mismo se las reveló en un proceso de cambio de su corazón que duró varios años.

6. Hermanos, a vosotros os digo lo que a mí mismo me estoy diciendo, el asunto de nuestra vida, el “tesoro escondido” es encontrarse con Jesucristo. Encontrarnos con él es lo más grande que nos puede suceder. Jesús nos dijo:
“Donde estará tu tesoro, allí está tu corazón” (Mt 7,27).
El que encuentra a Cristo, encuentra su tesoro; encuentra su corazón, encuentra en el corazón su vida, el sentido de su vida; encuentra su presente y su futuro.
La súplica que surge de las vivas entrañas es esta: Jesús, haz que te encuentre a ti, que es lo más grande que me puede pasar.
Y Jesús me da la respuesta, que está en el Evangelio:
“Buscad y encontraréis” (Mt 7,7).
Amén.

Puede verse como cántico de oración de este Evangelio, el poema Tesoro escondido (mercaba.org -


Tesoro escondido

Mt 13,44-52
Cántico de comunión
Estribillo
Tesoro escondido
en la Eucaristía,
aquí noche y día
presencia y latido.

Estrofas
1. Divino Evangelio,
tesoro escondido,
los cielos y tierra
jamás fueros dignos
de oír tal noticia,
de ver tal prodigio:
Jesús lo ha anunciado:
yo lo he recibido.

2. El Verbo del Padre 
tesoro escondido,
no cabe en el cosmos
y cabe en mí mismo.
Muy dentro del alma
de mí lo más mío,
plantó su morada
y habita conmigo.

3. Dios es su Palabra,
tesoro escondido;
profetas y reyes,
por Dios bendecidos,
no vieron ni oyeron;
yo sí lo he oído,
que Dios en Jesús
Dios carne se hizo.

4. La Virgen purísima
lo lleva consigno;
lo cree y lo adora,
tesoro escondido.
María nos marca
lo que es el camino:
la fe y obediencia
y afecto purísimo.

5. Él vive, él está,
tesoro escondido,
y llena la tierra,
yo soy su testigo.
Jesús es el cielo,
que al suelo ha venido,
yo soy su discípulo
y yo lo predico.

6. Jesús, mi Jesús,
mi Dios escondido,
Jesús proclamado
a todos los siglos.
A ti me consagro,
pues tú lo has querido;
tu gracia me basta:
guárdame contigo. Amén.

Puebla, 22 julio 2011
(Santa María Magdalena).

 

sábado, 16 de julio de 2011 1 comentarios

74. Dios, el trigo y la cizaña

Domingo XVI del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 13,24-43




Hermanos:

1. En el Evangelio hay dos parábolas que explica Jesús: la parábola del sembrador, que la escuchamos el domingo pasado y la parábola del trigo y la cizaña, correspondiente a hoy. La lectura evangélica de hoy se abre con la parábola del trigo y la cizaña – que es bastante amplia –; le siguen dos breves: una del mundo masculino: el grano de mostaza sembrado en el campo; otra del mundo femenino: la mujer que amasa tres medidas de harina e introduce una pedazo de levadura.
Aquí termina esta pequeña serie. Y sigue el texto: “Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: ‘Explícanos la parábola de la cizaña en el campo’” (v. 36). Y Jesús, según el texto evangélico de Mateo, explica la parábola, dando sentido a cada detalle (como se hace con las alegorías, en las que cada detalle tiene su intención y significado), con la peculiaridad de que el sentido es del todo concreto. Nuestra reflexión de oyentes de la Palabra se va a centrar en esta parábola de la cizaña. Justamente como introducción a esta parábola leemos el texto de la Sabiduría (12.13. 16-19), que es una reflexión sobre el poder paciente de Dios, en espera de nuestra conversión.

2. La parábola es dramática. De hecho, aquí se enfrenta un sembrador y un enemigo. La vida es un drama, y no podemos ignorarlo. Existe el mal en el mundo, y esto no es un dato neutral de la historia. ¿De dónde sale la cizaña?, preguntan los criados al señor de la hacienda. Y  el hombre de parábola responde: “un enemigo lo ha hecho”.
El mal no se produce porque sí. Tiene una causa. Aquí comienza nuestra dificultad, hermanos, porque Jesús nos alerta, y uno se pregunta: ¿Quién es este enemigo? Una enfermedad viene al cuerpo, por múltiples razones, y no precisamente porque uno haya metido un enemigo en el cuerpo, como puede ser el abuso del alcohol. Una persona de vida ordenada, que regula alimentación, trabajo y descanso, de pronto puede padecer un cáncer. El cuerpo no es para siempre, y sin hacer nosotros nada en contra, el germen de la muerte lo llevamos dentro.
En este sembradío que Jesús representa, la cizaña no ha venido de la misma tierra, sino que una mano enemiga ha sembrado desde fuera una cosecha de cizaña.
Y ha sido una siembra poderosa, que luego va a ser atada en gavillas. Esto no pasa en cualquier sembrado, sino en el sembrado que Jesús imagina para su doctrina. Hay un enemigo de la siembra.

3. Nos produce escalofrío dar un nombre a este enemigo. En la explicación de la parábola aparece el nombre del enemigo: “las cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo” (vv. 38-39). Por el contrario, la buena semilla –siempre contando la explicación que registra el Evangelio – no es la palabra de Dios, la buena semilla son “los ciudadanos del reino”. Se trata, por tanto, de hombres buenos y malos, no de otro pensamiento: de que en toda persona hay trigo y cizaña. No es esto, sino de que hay personas que son trigo limpio y bien sembrado, y personas que son cizaña.
Y, por lo tanto, siguiendo la correlación de los datos primeros: el trigo bueno pasará a los graneros del Padre celestial; el trigo bueno son los ciudadanos que pasarán al reino de Dios. Y la cizaña, que son los malos, no será recogida en el reino de Dios, sino que será arrojada al fuego. Es decir, a los ciudadanos del maligno, a los hijos del diablo (por tomar una expresión que se encuentra en otro lugar) los ángeles “los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes”. En consecuencia se trata del destino eterno de unos y del destino eterno de los otros.

4. En el mundo en general, y en la Iglesia particularmente, hay cosas buenas y cosas y acciones malas, que no tiene que existir. Y no hay que aguardar al juicio final para limpiar a la Iglesia de las suciedades que puedan encontarrse dentro. Nuestro actual Papa ha emprendido, con clarividencia y con audacia evangélica, una verdadera limpieza de la Iglesia en cuestión de castidad. Y ha dado ejemplo a todos los obispos para que hagan igual. Allí donde exista un delito de abuso sexual, ha de ser extirpado. El niño o la niña que haya sido víctima de un abuso tiene un derecho superior al de la persona que haya sido causante, se trate de un sacerdote, de un obispo o de un cardenal. Eso es la verdad ante Dios, y esa verdad debe prevalecer por encima de otras razones que no acaban de convencer. Sería un escándalo destituir a un obispo que ha tenido un desliz con un niño, con una niña. Efectivamente sería un grande escándalo; pero sería mayor escándalo, que un niño o una niña fuera víctima, y la Iglesia se callara. Nosotros, y esperamos que la historia también, le damos gracias al papa Benedicto XVI que ha puesto remedio con rigor.
El Evangelio de hoy no dice que hay que tolerar el mal y dejar que las cosas pasen, porque vendrá el fin del mundo y entonces sí se sabrá y entonces a cada uno se le dará su merecido. No dice eso el Evangelio. Por tanto, es obligación de la Iglesia velar, y, si ve que existe el mal, atajar el mal. Es obligación de los cristianos, poniéndose la mano cada cual sobre el pecho, denunciar ese mal, para que se le ponga remedio, como hizo san Pablo cuando en la comunidad de Corintio vio que había alguien que convivía con la mujer de su padre, es decir con su madrasta. La comunidad había disimulado y se había callado. Al saberlo, san Pablo reprendió severamente a la comunidad por ese silencio cómplice, y expulsó de la comunidad a quien había comedido semejante aberración (véase 1 Corintios, capítulo 5).

5. No es eso lo que dice el Evangelio. De hecho, san Pablo no manda a ese pecador al fuego eterno, sino que lo expulsa para que se corrija, se convierta y otra vez se ponga en el camino de Dios,
La parábola nos enfrenta  de cara al destino eterno. ¿Podemos saber nosotros quiénes son los hombres que han de heredar la vida eterna, y quiénes han de ser los que serán arrojado al horno del fuego – al fuego eterno donde ha de ser el llanto y el rechinar de dientes? Jesús responde: No. No podemos hacer nosotros, mientras dura la historia, esa separación de buenos y de malos, como si nosotros fuéramos el árbitro de la sentencia, como si fuéramos quienes dictáramos quiénes son los amigos de Dios y quiénes son los que han de estar con el diablo.
Nadie, absolutamente nadie, puede pronunciar ese juicio. Solo Dios, y Dios va tolerando el mal en espera del juicio final. ¿Qué nos ha dicho la primera lectura? “Pero tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia, porque haces de tu poder cuando quieres. Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores” (Sb 2,18-19).

6. Los mandos de la historia los tiene Dios y no se los ha dado a nadie. Y mientras dure el mundo vamos mezclados buenos y malos, dejando a Dios la última palabra. En la parábola ha dicho el amo a los criados, cuando al instante quieren arrancar la cizaña: “No, que al recoger la cizaña, podéis arrancar también el trigo”(v. 29).
Fijémonos en la razón que se da: al arrancar la cizaña, a lo mejor arrancamos el trigo. Y arrancar el trigo nadie lo quisiera. Según el pensamiento de Jesús, personas que parecen cizaña, pueden ser trigo, y no tenemos nosotros el derecho de matar el buen trigo.
Estamos, pues, en una visión grandiosa de la historia, que Jesús salva como obra de Dios.
Esta parábola es, por lo tanto, la Parábola de la paciencia de Dios en la historia, y del triunfo de Dios al final de la historia.
Nos quedamos con esos pensamientos, tan bellos y estimulantes para nuestro corazón, a saber:
- Solo Dios es el dueño de la historia, conocedor de todos los corazones.
- Solo Dios tienen el triunfo de la historia y la palabra final que ha de dar al mundo.
Nuestra responsabilidad cristiana queda iluminada y fortificada.
Gracias, Señor Jesús, por la lección del trigo y de la cizaña. Amén.

Himno para la oración del Evangelio del trigo y la cizaña: Si yo viera la cizaña.
jueves, 14 de julio de 2011 0 comentarios

73. Sacerdote del Misterio Pascual


Meditación sacerdotal sobre Hebreos 8,1-10,18

A mis hermanos sacerdotes
de la diócesis de Aguascalientes, Ags, (México),
a quienes estoy transmitiendo la Palabra de Dios,
con sincero agradecimiento.

Hermanos:
Continuamos la meditación titulada “Sacerdote de la Encarnación”.
El sacerdocio de Jesús, único y sumo sacerdote de la Nueva Alianza, que arranca en la Encarnación halla su culminación en el Misterio Pascual. El sacerdocio de Jesús aquí tiene dos fases o momentos:
1° Sacerdote de sangre en la Cruz.
2° Sacerdote celestial en el santuario, intercediendo al Padre por nosotros.
La lectura de tres capítulos de Hebreos (8, 9 y 10,1-18) nos da el meollo de esta exposición del sacerdocio de Cristo.

I
Primer aspecto:
Sacerdote de sangre

1. Orden antiguo:
Alianza y Mediador; Alianza y sangre
Hemos de comprender que el sacerdocio de Jesús no es un poder o un mandato ajeno a su persona, sino interior a su persona. Mentalmente debemos prepararnos para comprender que nuestro sacerdocio en Jesús y desde Jesús no puede ser ajeno a nuestra persona, sino interior a nosotros mismos.

1. Alianza y Mediador. Alianza dice mediación; concretando en una persona, Alianza dice mediador. El Mediador que firma una Alianza entre dos partes estampa su firma con autoridad. Y con esa autoridad se hace la mediación.
Esa autoridad es jurídica y real. Imaginemos, en el orden civil la figura de un Presidente o de un Embajador, que pone una firma vinculante; pero su vida íntima y personal queda absolutamente exenta del compromiso que lleva esa firma.
Jesús no es Funcionario de una Alianza. Jesús no firma una Alianza; él mismo es la firma de la Alianza. E, incluso, él es la Alianza. Jesús no está fuera de la Alianza, sino dentro de la Alianza, pues él es esa Alianza.

2. Alianza y sangre. En el Antiguo Testamento no hay alianza sin sangre. “Sin efusión de sangre no hay perdón” (Hb 9,22).
La frase completa es: “Según la ley, casi todo se purifica con sangre, y sin efusión  de sangre no hay perdón”.
Hubo un momento paradigmático de esta constitución de la Alianza con sangre. “Cuando Moisés acabó de leer al pueblo toda la ley, tomó la sangre de los becerros y de los machos cabríos... y roció el libro mismo y al pueblo, diciendo: Esta es la sangre de la alianza que Dios ordenó para vosotros. Con la misma sangre roció la tienda y todos los utensilios litúrgicos” (Hb 9,19-21).

3. Alianza-Testamento y muerte. El argumento de la sangre se convierte en el argumento de la muerte. Sin la muerte no hay testamento; sin la muerte de Jesús no hubo testamento, que en este caso es Alianza.
Ahora bien, una muerte no dice que esa muerte deba ser sangrienta; basta que sea la simple terminación de la vida. La muerte de Jesús no fue el acabamiento de su vida, sino el dar su sangre, muerte sangrienta. Jesús murió dando su sangre. Es decir, Jesús murió dándose en sangre, no porque se terminaba el hilo de la vida. Murió desde dentro (sangre) no desde fuera (apagamiento del ser).

2. Orden nuevo
Jesús y a Sangre en la Nueva Alianza

1. El orden nuevo queda establecido sobre estos tres principios:
Primero: La nueva Alianza, nueva y eterna, se estableció ciertamente con sangre.
Segundo: Jesús no tomó sangre ajena (toros, becerros y machos cabríos).
Tercero: Jesús tomó su sangre propia, y derramando su sangre hizo la purificación eterna.
Hemos de tener claros estos principios, porque aquí estriba una honda espiritualidad sacerdotal, si nos abrimos a la solidaridad con Cristo.
Aprendamos de memoria este versículo:
“(Cristo) No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario un vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna” (Hb 9,12)

Su sangre la tomó de su propia muerte, que no fue muerte pacífica, sino muerte en cruz, desangrado.
Así el testamento, que se cumple tras su muerte, quedó sellado en la sangre de la muerte.

2. ¿Dónde está el valor de la sangre de Cristo? El valor de la sangre de Cristo está en estos dos componentes:
- Por ser sangre suya (su propia sangre) era sangre divina. Valía lo que Dios vale.
- Pero, juntamente con esto, y más adentro de esta “sangre física”, con Jesús estaba el Espíritu eterno, que era el que le impulsaba.
En efecto, como dice el texto sagrado: “¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!” (9,14).

3. Orden presente
El Sacerdote como Sacerdote de sangre

La Alianza está consumada en Cristo y por Cristo. Ahora bien, si el Sacerdote como actualizador del Misterio Pascual por voluntad de Cristo es aceptado dentro de esta Alianza, que se prolonga en la tierra – en el espacio y tiempo - ¿cómo tiene que ser?
- Ciertamente que en solidaridad interna con Cristo.
- Si el sacerdote perdona (yo te absuelvo) perdona perdonando Cristo en él (“Cuando Pedro bautiza, Cristo bautiza”). Su perdón no es una declaración jurídica externa, como si fuese el oficial del ayuntamiento: “Mira, el papel dice que te han quitado la multa”. Sino que, por el contrario, la autoridad intrínseca de Cristo está operando en el sacerdote, y este hecho uno con esa autoridad, ejerciéndola, perdona y absuelve. Esto reclama una espiritualidad de identificación.
- Si el sacerdote sacrifica, está sacrificando la misma sangre de Cristo. Por solidaridad íntima con Cristo, el sacerdote debe sacrificar en Cristo, con Cristo y desde Cristo, “su propia sangre”, que Cristo asume como sangre de su sacrificio. La obra de Cristo pasa a ser obra del sacerdote, y la obra del sacerdote es asumida como obra de Cristo.
En el sacrificio místico de Cristo (y dígase lo mismo en el ejercicio del sacramento del perdón y demás sacramentos), con la sangre de Cristo el sacerdote mezcla su propia sangre. Es sacerdote de sangre. De lo contrario, sería un sacerdote “ejecutor”, ajeno al misterio que está celebrando y para el que ha sido consagrado.

¿Qué es la sangre del sacerdote? La sangre del sacerdote no es solamente su posible sangre “física” (por ejemplo, la sangre del martirio), sino es toda su vida de aflicción por Cristo; toda penalidad externa e interna.

La sangre no basta si no es oblación con el Espíritu eterno. Aplicando el paradigma de Jesús, como hemos dicho que la sangre propia de Jesús va unida con la oblación que dentro de ella hace el Espíritu eterno, de igual modo decimos que la sangre del sacerdote (toda aflicción de su vida) nada vale si no es como oblación del Espíritu eterno.
Dicho con otras palabras de la misma carta: “Y conforme a esta voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre” (Hb 10,10).
Esta es la identificación del sacerdote ministerial, que, en Cristo, se le ha concedido la gracia de participar en el mismo sacerdocio del Único y Eterno sacerdote, Jesucristo.

II
Segundo aspecto:
Sacerdote de Pascua celeste

1. El sacerdocio pascual de Cristo  El sacerdocio pascual, el que él ejerce en la Tienda “más grande y más perfecta, no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado” (Hb 9,11), “en el santuario donde ha entrado una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna”, es el culto que él ofrece en el cielo, y que tiene dos aspectos, unidos entre sí:
El primero es de cara a Dios.
El segundo es de cara a los hombres.

- De cara a Dios, Cristo pascual ejerce el culto, en la glorificación plenaria al Padre, como Cabeza de la humanidad. ¿Qué es esta glorificación? Es la operación integral de Cristo:
o   Amar
o   Alabar
o   Dar gracias
o   Exultar
o   En una palabra: vivir su vida celestial en el seno de la Trinidad.

- De cara a los hombres. Jesús ante el Padre intercede por los hombres: “pues vive siempre para interceder a favor de ellos. Y tal convenía que fuese nuestro Sumo Sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre los cielos” (Hb 7,25-26).

2. Participación del sacerdote en el sacerdocio pascual de Cristo
 El ministro de Cristo, sacerdote ministerial, participa en este doble ejercicio del sacerdocio pascual de Cristo:
- Asumido por Cristo en Cristo, está glorificando al Padre. Esto lo realiza especialísimamente en la Santa Misa, que es el homenaje de glorificación perfecta al Padre.
- Y del mismo modo, asumido en Cristo, la oración de intercesión de Cristo es también oración de intercesión del sacerdote. Lo cual se verifica especialmente en la Santa Misa, y se prolonga en toda la vida del sacerdote, cuya oración es por el pueblo santo de Dios.
Jesús intercedía en los días de su vida terrestre: así cuando dijo a Pedro: “Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague” (Lc 23,32). En el cielo continúa su intercesión hasta su vuelta. Si es propio del sacerdote no solo “sacrificar” sino también “interceder”, ahora su intercesión es una con la intercesión de Cristo glorioso.

En suma de todo lo dicho: ser sacerdote es un modo específico de ser identificado con Cristo para actuar en consecuencia.

* * *

SACERDOTE DE SANGRE Y GLORIA
Rima meditativa sobre
“El Sacerdote del Misterio Pascua”


Estribillo
Soy Sacerdote de sangre,
con Cristo en la cruz clavado;
y sacerdote ante el Padre
con Cristo glorificado.

Estrofas
1. Yo no soy un funcionario
que ejecuta lo mandado
y mira de la barrera
lo que dentro está pasando.
Con el poder del Señor
absuelvo todo pecado,
y con la sangre de Cristo
la mía voy derramando.

2. Yo celebro su Alianza
y en su mandato consagro,
pero dentro ese cáliz
mi sangre la ha consagrado.
Y mi Jesús poderoso
está haciendo ese milagro:
mi sangre es suya y salvífica
cual sangre de su costado.

3. Mi Sacerdote celeste
ha entrado en el Santuario:
gloria y eterna alabanza
al Padre está tributando.
Soy su ministro en la tierra
y mi vida está en sus labios:
en la santa Eucaristía
el Padre en él se ha agradado.

4. Cual sacerdote intercedo
por todo su pueblo santo,
y es Jesús quien intercede,
cuando yo mis manos alzo.
Poderoso intercesor,
Jesús, mi Dios adorado,
mis gemidos y oraciones
en tus brazos se han colgado.

5. Sumo y único y eterno
Mediador del nuevo Pacto,
Sacerdote Jesucristo
que tu mano en mí has posado:
Gracias rendidas te ofrezco
del corazón que has tocado:
hazme humilde sacerdote,
sacerdote enamorado. Amén.

Aguascalientes, Ags., 13 julio 2011

 
;