miércoles, 31 de agosto de 2011 0 comentarios

87. Jesús, la via pulchritudinis


Coloquio espiritual

Hermanos:
Hoy es miércoles, y he leído el discurso de la audiencia. Nos habla Benedicto de la via pulchritudinis para alcanzar a Dios.
Y me he acordado de un verso de la Escritura, que dice:

“Come miel, hijo mío, que es buena,
el panal es dulce al paladar:
así es la sabiduría para tu vida;
si la encuentras tendrás porvenir,
tu esperanza no fracasará” (Proverbios 24,13-14).

Y me he acordado también de otra sentencia de los Sapienciales, que reza así:
“Si el instruido oye una palabra sabia,
la elogia y le añade otra” (Sir 21,15).
Y así se va haciendo, poco a poco, la tradición de la Iglesia. En este momento, yo, testigo de la tradición de la Iglesia elogio la palabra del Papa, y otra nueva añado de mi cuenta. Traslado el bello discurso de la audiencia de hoy y añado un poema de mi cuenta, que viene a ser un comentario.

* * *
Queridos hermanos y hermanas: en este periodo he recordado muchas veces la necesidad de todo cristiano de encontrar tiempo para Dios, a través de la oración, en medio de las muchas ocupaciones de nuestra jornada. El Señor mismo nos ofrece muchas ocasiones para que nos acordemos de Él. Hoy quisiera detenerme brevemente en uno de estos medios que nos pueden conducir a Dios y ser, también, una ayuda para encontrarnos con Él: es la vía de las expresiones artísticas, parte de esta “via pulchritudinis” -“vía de la belleza”- de la que he hablado tantas veces y que el hombre debería recuperar en su significado más profundo. Quizás os ha sucedido que ante una escultura, un cuadro, o algunos versos de poesía o una pieza musical, sentís una íntima emoción, una sensación de alegría, percibís claramente que frente a vosotros no hay solamente materia, un trozo de mármol o de bronce, un lienzo pintado, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande, algo que nos “habla”, capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el ánimo. Una obra de arte es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se interroga ante la realidad visible, que intenta descubrir el sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos. El arte es capaz de expresar y hacer visible la necesidad del hombre de ir más allá de lo que se ve, manifiesta la sed y la búsqueda de lo infinito. Incluso es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano. Y una obra de arte puede abrir los ojos de la mente y del corazón, empujándonos hacia lo alto.
Hay expresiones artísticas que son verdaderos caminos hacia Dios, la Belleza suprema, que incluso son una ayuda para crecer en la relación con Él, en la oración. Se trata de las obras que nacen de la fe y que la expresan. Un ejemplo lo tenemos cuando visitamos una catedral gótica: nos sentimos cautivados por las líneas verticales que se elevan hasta el cielo y que atraen nuestra mirada y nuestro espíritu, mientras que, a la vez, nos sentimos pequeños o también deseosos de plenitud... O cuando entramos en una iglesia románica: nos sentimos invitados de un modo espontáneo al recogimiento y a la oración. Percibimos que en estos espléndidos edificios se recoge la fe de generaciones. O bien, cuando escuchamos una pieza de música sacra que hace vibrar las cuerdas de nuestro corazón, nuestro ánimo se dilata y se siente impelido a dirigirse a Dios. Me viene a la memoria un concierto de música de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al final de la última pieza, una de las Cantatas, sentí, no razonando, sino en lo profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor que me empujaba a dar gracias a Dios. A mi lado estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: “Oyendo esto se entiende: es verdadera, es verdadera la fe tan fuerte y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios”. Cuántas veces cuadros o frescos, frutos de la fe del artista, con sus formas, con sus colores, con sus luces, nos empujan a dirigir el pensamiento hacia Dios y hacen crecer en nosotros el deseo de acudir a la fuente de toda belleza. Resulta profundamente cierto lo que escribió un gran artista, Marc Chagall, que los pintores han sumergido, durante siglos, sus pinceles en el alfabeto de colores que es la Biblia. ¡Cuántas veces las expresiones artísticas pueden ser ocasiones para acordarnos de Dios, para ayudar a nuestra oración o para convertir nuestro corazón! Paul Claudel, famoso poeta, dramaturgo y diplomático francés, al escuchar el canto del Magnificat durante la Misa de Navidad en la basílica de Notre Dame, París, en 1886, advirtió la presencia de Dios. No había entrado en la iglesia por motivos de fe, sino para encontrar argumentos contra los cristianos. Sin embargo la gracia de Dios actuó en su corazón.
Queridos amigos, os invito a redescubrir la importancia de este camino también para la oración, para nuestra relación viva con Dios. Las ciudades y los países de todo el mundo contienen tesoros de arte que expresan la fe y nos recuerdan la relación con Dios. Que la visita a lugares de arte no sea sólo ocasión de enriquecimiento cultural, sino que se pueda convertir en un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestro vínculo y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar -en la transición de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que expresa- el rayo de belleza que nos golpea, que casi nos “hiere” y que nos invita a elevarnos hacia Dios. Termino con una oración de un Salmo, el Salmo 27: “Una sola cosa he pedido al Señor, y esto es lo que quiero: vivir en la Casa del Señor todos los días de mi vida, para gozar de la dulzura del Señor y contemplar su Templo” (v.4).Esperemos que el Señor nos ayude a contemplar su belleza, ya sea en la naturaleza o en las obras de arte, para ser tocados por la luz de su rostro y así poder ser nosotros luz para nuestro prójimo. Gracias.

***

1. Belleza pura, puerta del amor
y de un suave deleite que enajena,
acaso nunca sepa yo cantarte
y mi silencio sea mi saeta.

2. Mas eres tú, Jesús, la que enamora
belleza que ha creado y que recrea,
que en mí la siento, atisbo, abrazo y beso,
presente ella también como indigencia.

3. Belleza, balbuceo de palabras,
y avara de silencio en la azotea,
paisaje de los cielos en la noche,
secreto que se esconde en cada estrella.

4. Mas eres tú, y solo tú, el nombre
que tiene la belleza en este tierra,
Jesús de Nazaret, el de María,
Mujer vestida toda de pureza.

5. La via pulchritudinis, me dicen
que debo transitar, porque es la senda
por donde tú viniste y te encarnaste;
pues sea tu verdad mi vida bella.

6. Jesús de mis anhelos infinitos,
Jesús de mi mirada que te otea,
Jesús de mis respiros anhelantes
y de estos labios míos que te besan.

7. Bendice tú, Jesús, a Benedicto,
que te predica, ensalza y te hermosea,
y guárdalo debajo de tu mano,
tocado por tu luz, tu gracia y fuerza.

8. Tu eres la belleza y  yo me callo
y vuelvo ya a mi Biblia, que me espera.
que sepa yo leerte iluminado
y que al leerla a ella, a ti te lea.

Puebla, miércoles de audiencia, 31 agosto 2011.
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86. Jesús es la Shekiná


 Domingo XXIII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 18,15-20

Hermanos:
1. En la homilía de hoy me voy a centrar en las últimas palabras de Jesús, que suenan de este modo: “Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús nos habla de una presencia suya, que es real y verdadera, cuando dos o más discípulos suyos nos juntamos en su nombre. Dice, incluso, más, porque la frase completa es: «Os aseguro que, si dos de vosotros se ponen de acuerdo sobre la tierra, cualquier cosa que pidan les será concedida por mi Padre celestial. Porque donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» Palabra del Señor que, obviamente, hay que unirla con la promesa del final del Evangelio, cuando Jesús manda a sus apóstoles a “hacer discípulos a todos los pueblos”, bautizándolos y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,28).
En el título de nuestra homilía hay una palabra que no se ha oído en la Iglesia. Sí, una palabra hebrea, que parece más de clase, de cátedra, que de homilía: shekiná, Jesús es la shekiná. ¿Qué significa shekiná? Shekiná, o quizás en una pronunciación más correcta shejiná, es la presencia, la presencia sagrada de Dios en medio de su pueblo, y, muy especialmente, en el santuario.

2. El que ha leído con atención el Antiguo Testamento, no como un lector literario, sino como un lector espiritual, que va en busca de la manera como se manifiesta Dios en su pueblo y cómo lo van acompañando en su itinerario, percibe poco a poco quién es ese Dios todopoderoso y amante que brilla en todas las páginas de la Biblia. La santidad de Dios, la gloria de Dios...
La gloria de Dios es el resplandor incandescente de eso más íntimo de la divinidad, que llamamos la santidad de Dios. La gloria de Dios se deja ver de una forma esplendorosa sobre el pueblo peregrinos en el desierto, sobre la tienda del encuentro.
Un ejemplo de esta representación: Cuando salomón dedicó el Templo que había construido, “la gloria de Dios llenó el templo. Los sacerdotes no podían entrar en él, porque la gloria de Dios llenaba el templo” (2Cro 7,1-2).
La Shekiná es, pues, esa misteriosa presencia real, entrañable, que tiene Dios con los suyos, cuando estos se juntan a orar con la fe. Dios está presente. Nos e puede tocar, nos e puede oír, no se puede oler... Los sentidos corporales no alcanzan a ese Dios real que lo llena todo, y todo lo mantiene.
Ahora viene Jesús y dice: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús, el Verbo de Dios encarnado, es la presencia de Dios, la shekiná, en nuestra asamblea litúrgica.
Nosotros creemos que Jesús glorioso está real y verdaderamente presente en la hostia consagrada, que está en el sagrario. Por ello, como signo de esta fe, después de la consagración el sacerdote dobla la rodilla, cuando consagra el pan y lo mismo cuando consagra el vino. Y por esa misma razón, nosotros doblamos la rodilla ante el sagrario, que contiene el Santísimo Sacramento.
Pero Jesús está también presente en la asamblea reunida en su nombre.
En la celebración de la Eucaristía Jesús está presente de cuatro maneras distintas: en la asamblea, en la Palabra proclamada, en el sacerdote, en las especies consagradas. Esto es una doctrina de la Iglesia que está expuesta en los libros litúrgico, y especialmente en el documento introductorio del Misal, que es la Ordenación general del Misal Romano. Allí se dice de este modo recordando la palabra del santo Evangelio que estamos comentando:
“En la Misa, o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado y reunido, bajo la presidencia del sacerdote, quien obra en la persona de Cristo (in persona Christi) para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico. De manera que para esta reunión local de la santa Iglesia vale eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la celebración de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, Cristo está realmente presente
Ø  en la misma asamblea congregada en su nombre,
Ø  en la persona del ministro,
Ø  en su palabra y, más aún, de manera sustancial y permanente en las especies eucarísticas” (Instrucción general del Misal Romano, n. 27, en el sitio oficial de la Santa Sede: vatican.va).

3. Desde este punto central, hermanos, hemos de partir para asomarnos a este misterio que llevamos entre manos, en el cual participamos convocados por el Espíritu Santo. Cuando venimos a la santa Misa, hemos de pensar que venimos, sí, porque queremos, por un acto de nuestra propia voluntad, pero hemos de pensar, sobre todo, que es Dios quien nos atrae y conduce.
Y cuando entramos en la Iglesia, ¿con quién nos encontramos? Con una comunidad cristiana, ciertamente, a lo mejor de amigos y conocidos, con un coro parroquial dispuesto a embellecer el acto, por no decir a amenizar el acto, que entonces esto sería una sala de otro género. Nos encontramos, sobre todo, con una presencia viva, que habla, que es escucha, que actúa. Hay que afinar la fe, para ir a lo sustancia, y hacer que lo externo y visible no apague lo que bulle por dentro.
El sacerdote puede ser digno o indigno (esto último no lo permita el Señor); puede ser santo o pecador, pero en él está Cristo, y no actúa en nombre propio, sino “in persona Christi”. Aunque estuviera en graves pecados (no lo quiera Dios), no por eso dejaría de consagrar, dejaría de perdonar, porque Cristo esta en él, y actúa no en nombre propio, sino en nombre de Cristo.
Y del mismo modo Cristo está eficazmente en su Palabra, y esta Palabra, proclamada por un lector o una lectora, explicada por el sacerdote, tiene fuerza para transformar mi vida.
Y lo primero de todo, Cristo está en la familia reunida en el nombre de Cristo. Cuando el sacerdote dice: “El Señor esté con vosotros”, noe s un saludo de cortesía, un “Buenos días” o “Buenas tardes”; es un saludo  sencillo y sagrado que nos hace tomar conciencia activa de que, en efecto, Jesús está presente en medio de nosotros.
Por aquí hay que comenzar, hermanos, para hablar del sentido de la liturgia.

4. Pero hay en las frases de Jesús un aspecto que nos abre a otros misterios que no podemos ignorar. Jesús nos habla de la omnipotencia de la oración en su nombre. “Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en el cielo” (v. 19). Y no hay límite para estas peticiones. Jesús prevé que se puede pedir, incluso, hasta la conversión del pecador. Lo cual ante nuestros ojos no es evidente ni mucho menos,
Ni aparece evidente en la vida de Jesús. ¿Es que Jesús no quería y pedía la conversión de sus hermanos judíos? Jesús tuvo en vida discípulos incondicionales, pero tantos otros, y especialmente las autoridades, no le hicieron caso, y Jesús rezó por ellos. Cuando la resurrección de Lázaro, “Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre, pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado”  (Jn 11,41-42).
Y la carta a los Hebreos, recordando al parecer el momento angustioso de Getsemaní, comenta: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer” (Hb 5,7-8).
La oración de Jesús fue del todo eficaz; era la oración del Hijo amante al Padre amoroso. Fue escuchado. Sí, fue escuchado en la resurrección.
Y este es el misterio que ilumina nuestra oración. Somos hijos en el Hijo. Y en el Hijo y como el Hijo, somos escuchados.
El Señor nos conceda esta experiencia que supera todos los cálculos humanos. Amén.

Jesús es la Shekiná
Estribillo

Jesús es la shekiná
y la Iglesia es su morada,
dos juntos hacen posada
y en medio Jesús vendrá.

Estrofas

1. Yo habitaré con vosotros
en una tienda escogida,
yo pondré mi santo Nombre
en mi heredad bendecida.
Soy y seré vuestro Dios,
vosotros, porción preferida;
soy el Esposo de amor
de la esposa más querida.

2. Las tiendas levantaréis
a mi orden de partida;
posaréis el campamento
donde la Nube decida.
Yo seré siempre presencia,
compañía guarnecida,
seré Ley de cada día,
Palabra que no se olvida.

3. El Verbo de Dios, Jesús,
trajo a Dios con su venida
y es carne la Shekiná
carne humana enternecida,
carne presencia que vive
en la Iglesia reunida,
carne Espíritu de Dios
en la Virgen concebida.

4. Bajo el Nombre de Jesús
con fe firme y decidida
dos hermanos congregados
ven la promesa cumplida.
¡Oh Jesús sacramental,
dulce pan, dulce bebida,
mi Shekiná eres tú,
tú que eres toda mi vida! Amén.

Puebla, 30 agosto 2011
jueves, 25 de agosto de 2011 0 comentarios

85. Alegría y vigor, al eco de las Jornadas


 Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 16,21-27

Hermanos:

1. Si hoy no comenzara la homilía con un Canto espiritual a la alegría, me sentiría fuera de órbita. La homilía tiene tres puntos de referencia: Cristo (centro de toda homilía); el texto, manante de sentido; y la asamblea.
Desde la presencia de Cristo la homilía desentraña el texto sagrado – y muy especialmente el Evangelio –, lo deja hablar desde sí, y, al escucharlo, deja que el mensaje fluya a la vida. La circunstancia concreta que está viviendo la comunidad es inherente al mensaje de la homilía.
Pues bien, la circunstancia precisa donde me ubico es el eco resonante de Madrid, que la semana pasada fue testigo de una gran “ekklesía” mundial de jóvenes cristianos. A diez mil kilómetros de distancia yo viví esos días arrimado el oído a la voz del sucesor de Pedro – más bien, leyendo la voz de Pedro, y la voz de Jesús en él –,  y, entretanto,  mi corazón se iba dilatando más y más con una misteriosa alegría. Hoy, miércoles de audiencia pontificia, el Papa vuelve a evocar aquellas celebraciones de fe, y nos cuenta cómo se sintió. Sencillamente, se sintió feliz.
Dijo el Papa en l audiencia: "casi dos millones de jóvenes de todos los Continentes vivieron, con alegría, una formidable experiencia de fraternidad, de encuentro con el Señor, de compartir y de crecimiento en la fe: una verdadera cascada de luz. Doy gracias a Dios por este don precioso, que da esperanza para el futuro de la Iglesia: jóvenes con el deseo firme y sincero de arraigar sus vidas en Cristo, permanecer firmes en la fe, caminar juntos en la Iglesia".
¡Qué hermoso, incluso, que el tiempo, ardiendo a cuarenta grados, en una tarde combatiera con lluvia y huracán, para que en aquella magna asamblea batida la naturaleza recordara eso: que la vida es ímpetu y combate!
Hay múltiples interpretaciones de aquel evento, multitudinariamente el más grandioso hasta hoy, del pontificado del humilde y vigoroso anciano Benedicto XVI; pero, el más inmediato, el que de sí se impone es que aquella multitud estaba sacudida por una fe ferviente, con rostro juvenil y con gran esperanza para el futuro.

2. Las Jornadas tuvieron una secuencia esplendorosa cuando al día siguiente, el lunes, de nuevo muchedumbres se juntaron junto a la Fuente Cibeles, la gran plaza madrileña del recibimiento al Papa Benedicto y pasaron la tarde con cantos y mensajes, para coronarla con una llamada y una respuesta. Cinco mil jóvenes varones “se levantaron” (así habla la Escritura) para seguir a Cristo con una oblación a fondo perdido en alguna forma de consagración como célibes, dispuesto a lo que Dios pidiera en tal estado: sacerdotes, religiosos, misioneros laicos. Anunciaron: Han contado cinco mil. Y el mismo gesto tuvieron las mujeres, si bien no en el mismo número.
A diez mil kilómetros recojo, medito..., y dejo que el corazón se siente plácidamente en este festín espiritual que podemos disfrutar al amparo de la comunión de los santos.
He percibido que la alegría es Evangelio, pues la alegría es signo de la salvación recibida. Y ¿cómo no estar alegres ante tan inmensa multitud que se siente generosa, porque “ha encontrado” lo que de alguna forma buscaba, peregrinos de las naciones, cargando con la Cruz de las Jornadas, signo de que Cristo Redentor es paz y unidad...?
Si la alegría es Evangelio, la alegría nos está evangelizando, a mí en este momento en que soy receptor de esa oleada de entusiasmo de los que han ido, “y al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas” (Sal 125,6).
Si la alegría es pura como en este caso, es un tónico refrescante y fortificante de fe.
Hoy me resultaría dañino examinar críticamente las protestas para ver en qué, acaso, podían tener razón; y también impertinente ir al balance defensivo de la economía de las Jornadas, como seriamente lo consignaba ayer el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano. La alegría de la fe sobrevuela a esos eventos de grado menor, y comparativamente muy pequeño, que ha acompañado a la Jornada Mundial de la Juventud, en base de que las opiniones de la oposición también deben tener resonancia pública. La alegría del Señor, suave y serena, llena mi corazón de otro modo.
Gracias, Jesús, por la obra secreta y preciosa que tú haces, y has hecho ahora, en los corazones.
La feliz circunstancia, como decía al principio, da el tono a esta homilía.

3. En ella volvemos a Pedro. La semana pasada, iluminado, confesaba a Cristo, y Cristo le confesaba – le proclamaba, le instituía – a Pedro: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt 16,17). Jesús habla de “mi Padre que está en los cielos”, sintiéndose él mismo colaborador y revelador del misterio. A Pedro se le comienzan a abrir las puertas de la Trinidad.
Pero la revelación no termina con esa escena celestial, porque el Jesús total es el Jesús Pascual, y si es cierto que no hay Pascua sin resurrección, igual de cierto es que no hay Pascua sin el sufrimiento de la Cruz, lo cual es escándalo.
A secuencia de la confesión de Pedro, Jesús comienza a descorrer el velo pascual, y deja caer el primer anuncio de la Pasión. Pedro, el de la confidencia celestial, le lleva aparte a Jesús para reconvenirle: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor!” (Mt 16,22). Esta espontaneidad es signo de esa confianza cualificada de la cual disfruta el primero de los apóstoles. Jesús le reprende, como sabemos, hasta llamarle Tentador, Satanás, que, sin quererlo, le aparta de su camino. Los impulsos de un buen corazón no siempre son iluminaciones del Espíritu.
Y entonces Jesús nos habla a todos: “El que quiera venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará” (v. 25). Palabra desafiantes que han escuchado los jóvenes que vuelven de Madrid. Fueron llevando una cruz, y vuelven trasportando esa cruz que va a seguir rumbo a Rio de Janeiro, para las Jornadas de 2013.
“Alegría y vigor” es la consigna cristiana para afrontar un misterio que es sangre y luz, cruz y exaltación, muerte y resurrección.
La Iglesia avanza y los jóvenes van empujando.
Que también nosotros, Señor, con el vigor de tu gracia, nos asociemos a la marcha. Contigo, Jesús Redentor, hasta el final. Amén.

Como poema oracional apara este Evangelio incluimos aquí estos versos.

Tenía que ir

Estribillo
Tenía que ir,
tenía...,
a Jerusalén,
ciudad del amén,
y de Eucaristía;
y luego morir,
que Dios lo quería,
tenía.

Estrofas

1. Que Dios no lo quiera,
Simón le decía;
aparta esa idea
tan fea y sombría,
que nunca suceda
tan gran villanía,
que no es tu camino
ni es cobardía.

2. No tientes, Satán,
Jesús respondía,
no seas tropiezo
porque esta es mi vía,
no quieras salvarme,
con tal osadía,
que el Padre me llama
y la Profecía.

3. Quien quiera seguirme,
ponerse a mi guía,
que tome su cruz
cual tomo la mía,
las dos serán una
en toda armonía,
un solo el amor
si a mí se confía.

4. Quien busque salvar
su vida y valía,
entera la pierda
en  esta porfía,
y en mí encontrará
lo que él no sabía,
su vida divina
que en mí poseía.

5. ¿De qué sirve al hombre
mundial nombradía,
ser dueño del orbe
y la economía,
si pierde su alma
por esto que ansía,
y gana el infierno
que bien lo temía?

6. Jesús amoroso,
en tu compañía
yo quiero marchar
por mi travesía,
Tú vives, tú reinas
en gloria y latría,
y un día vendrás
en tu Parusía.

7. Jesús, el Viviente,
presencia, estadía,
y abrazo de amor
que no fantasía,
mi alma proclama
tu soberanía;
que viva yo en ti,
en ti noche y día. Amén.

Encarnación de Díaz, Jal. 23 agosto 2011
 
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