lunes, 28 de noviembre de 2011 0 comentarios

146. Bellos recuerdos de Adviento

La amable pedagogía de Adviento


1. He aquí un coloquio espiritual – ninguna estancia se prohíbe atravesar al viajero que viaja en alas del amor – que establecemos dialogando sobre el Adviento.
Hoy, que ya hemos aprendido tantas cosas de liturgia, los sabios nos pueden decir para adentrarnos en el tiempo convertido en culto, cómo nació el adviento:
1. Al principio fue el Domingo, fiesta primordial origen de todas las fiestas, fiesta a la que ninguna otra hay que anteponer.
2. Y del Domingo nació la Pascua anual, centro y corona de la liturgia cristiana.
3. Y de la plenitud desbordante de la Pascua nació el tiempo pascual, que es la Pascua prolongada pro una cincuentena.
4. De la Pascua nació la cuaresma.
5. Y del misterio de la Pascua nació la celebración anual de la Encarnación: santa Natividad de Dios hecho carne.
6. Y con la Navidad nació la preparación de la Navidad.
Esta catalogación de fiestas o celebraciones la podemos ver hoy, descrita con toda naturalidad, en el Misal Romano – libro grueso del altar (y libros manuales también) – que tiene unos documentos previos, entre ellos, el “Calendario Romano”, con su adecuada explicación.

2. Con este cuadro por delante, quiero añadir ahora que el Adviento tiene un encanto especial, tema de nuestro coloquio. El aprendizaje de la liturgia, y otras cosas, se hace por ojos y oídos, por vivencia. La vida se traspasa dentro cuando la vida nos envuelve.
No con ánimo nostálgico, sino fraternalmente in simplicitate cordis, voy a recordar mi primer Adviento vivido en la Orden, como novicio capuchino, en el hoy lejano diciembre de 1955. En aquellos tiempos y en el ámbito donde me movía no existía la Corona de Adviento, que luego fue rodando hasta América...  A lo mejor en Cataluña sí había Corona de Adviento, porque los catalanes iban por adelantado en cuanto apertura a Europa. Se iba popularizando el Movimiento litúrgico, y bogaba pujante.
Existían otras cosas bellísimas, milenarias, como Rorate, caeli, desuper y las Antífonas de la O en latín, que esperan salir de los bellos Museos litúrgicos y transitar por casa... Se me escapan los recuerdos por el teclado, pero no es por comparar a desfavor de las nuevas generaciones con las que convivimos... Es porque la literatura tiene sus recuerdos, sus querencias.
A lo que íbamos: que a los cincuenta años de mi profesión fui evocando al por menudo lo que fue mi noviciado – un noviciado de entonces, como la mayoría  – y gratísimamente iba paladeando que el Adviento me enseñó el amor a la liturgia. Lo que escribí fue lo siguiente, evocando mi noviciado en Sangüesa (Navarra), a pocos kilómetros de Leyre.


3. “Adviento, primavera de la liturgia. El Adviento es como la primavera de la liturgia. Por el Adviento yo comencé a gustar la dulzura, la hermosura, la poesía y la teología de la liturgia. Ya en Zaragoza (nuestro colegio de filosofía, precedente al noviciado) leíamos en el comedor las explicaciones litúrgicas del P. Pío Parsch, y nos habíamos adentrado en el espíritu de la celebración de la Iglesia.
En el noviciado, al menos para mí, el sabor de la liturgia fue cosa especial, y desde entonces ha ido creciendo a más y a más. La liturgia, según la entiendas, es el soporte de la teología de la Iglesia. Y viene a ser la estructura esencial del ser Iglesia. El pensamiento penetrante del hasta hace poco teólogo Ratzinger va por ahí..., una Papa, por cierto, de una luz esplendorosa.
Cerca de nosotros está la abadía benedictina de Leyre, entonces un priorato que empezaba a formarse, restaurado por obra del Gobierno de Navarra el antiguo monasterio, donde están enterrados algunos de los reyes de Navarra. El P. Augusto Pascual, superior (luego primer Abad 1979-1993, añado), fue llamado por el P. Maestro a darnos algunas explicaciones de liturgia. Había buena relación entre capuchinos y benedictinos. En Leyre, he podido saber después que vivió el Padre Azcárate, el que escribió La flor de la Liturgia, un manual muy divulgado años atrás. El P. Azcárate vivió muchos años en Argentina.
No recuerdo de qué temas nos habló el P. Augusto Pascual, porque sus charlas no pasaron a mi Cuaderno espiritual. Pero sí recuerdo, y lo que voy a referir me viene a la mente siempre que iniciamos el Adviento, la anécdota de aquel monje anciano. Había en su monasterio un monje anciano que cada año, al llegar el Adviento y oír cantar el responsorio del primer domingo Aspiciens a longe..., se le iluminaba el rostro como a un profeta que miraba a lo lejos venir el Mesías, y parecía como un iluminado y traspuesto; diría - añado yo - como el monje Virila, San Virila, del mismo monasterio de Leyre que salió una tarde a pasear y perdido en el bosque, al oír cantar a un pajarillo, se quedó en éxtasis... trescientos años. La Fuente de San Virila lo recuerda.
¿Qué era y qué es Aspiciens a longe...? Es el responsorio más largo que se encuentra en el oficio divino, un responsorio que nos representa en un cuadro dramatizado, con frases tomadas de la Biblia, la espera anhelante del Adviento. Me agrada recordarlo:

R.  He aquí que veo venir a lo lejos el poder de Dios y una niebla que cubre toda la tierra. * Id a su encuentro y preguntadle: * *Dinos si tú eres el que esperamos, * el que ha de reinar en el pueblo de Israel.+
V.  Plebeyos y nobles, ricos y pobres,
R.  Id a su encuentro y preguntadle:
V.  Pastor de Israel, escucha, tú que guías a José como a un rebaño:
R.  Dinos si tú eres el que esperamos.
V.  (Portones!, alzad los dinteles, levantaos, puertas antiguas: va a entrar el Rey de la gloria.
R.  El que ha de reinar en el pueblo de Israel.
V.  He aquí que veo venir a lo lejos el poder de Dios y una niebla que cubre toda la tierra. * Id a su encuentro y preguntadle: * *Dinos si tú eres el que esperamos, * el que ha de reinar en el pueblo de Israel.+

Es un responsorio musicalizado, en latín, por autores clásicos. Así, uniéndonos a la caravana de los que de lejos miraban al Mesías, entramos en Adviento. “En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos: a longe eas aspicientes et salutantes” (Hb 11,13)” (Memoria del noviciado. Historia de un novicio y su noviciado narrada a la vuelta de 50 años, 1956-2006. Pamplona, julio 2006).

4. El Adviento se ha cernido en varios siglos y litúrgicamente es una elaboración exquisita. Los cuatro domingos son los cuatro pilares, y es necesario percibir bien el mensaje de ellos, sin dejarse aprisionar por títulos a los que, sin pretenderlo, a veces quisiéramos ajustar los textos. Ciertamente hay una intencionalidad de selección de textos, pero el espíritu de la liturgia es abarcar siempre, por texto particulares, el misterio total de Cristo. Entrar en Cristo es el arte de entender los textos.
Isaías es el profeta de Adviento. Y es muy bello comenzar a entender el misterio de la celebración desde la profecía. Luego el profeta, que nos ofrece una abundante lectura del mensaje, se desmenuza en partículas a través de las antífonas que esmaltan todo el recorrido del Adviento.
Desde hace ya bastantes años los Directorios o Calendarios “litúrgico-pastorales” nos dan la mistagogía de Adviento, para apreciar las modulaciones que encontramos a lo largo de las cuatro semanas. Para uno que comienza  a saborear la liturgia el estudio minucioso, preciso de estas aparentes minucias le aportan nuevos descubrimientos de filones espirituales.
No se puede cantar cualquier cosa... (Claro que es preciso tener variedad para poder escoger, y disponer de textos verdaderamente nobles y hermosos, que no siempre se encuentran); no se puede subjetivizar la liturgia domándola al gusto de un grupo juvenil... La liturgia hay que conocerla por dentro, y luego desde dentro, cuando proceda, hacer las proyecciones necesarias.

5. Pero me quiero referir, coronando estas consideraciones, a un punto específico, que es delicado de expresar. La liturgia, que sin puritanismos requiere un “sensus” estético, precisa, sobre todo, un sensus fidei y un ánimo contemplativo. La liturgia tiende a la contemplación, es decir, a la “penetración” del misterio. Hay, pues, una actitud de tipo transversal que atraviesa toda la liturgia. Lo podemos ver con un ejemplo que acaba de llegar y se aplica al Adviento.
El cardenal prefecto de la Congregación para el Clero, Mons. Mauro Piacenza, acaba de escribir un mensaje de Adviento, dirigido a los Sacerdotes. Es el límite de su competencia; pero el mensaje como tal sirve para todos.
Habla en torno a la Vigilancia (Evangelio de ayer, domingo I de Adviento) explicándola como “memoria” y “apertura” y centrándola en María:
“...Amigos muy queridos: ¡Cristo vela incesantemente sobre su Iglesia y sobre cada uno de nosotros! Y la vigilancia en la cual nos llama a entrar, es la apasionada mirada de la realidad, que se mueve entre dos directrices fundamentales: la memoria de todo lo sucedido en nuestra vida al encontrarnos con Cristo y con el gran misterio de ser sus sacerdotes, y la apertura a la “categoría de la posibilidad”.
La Virgen María “hacía memoria”, es decir, revivía continuamente en su corazón todo lo que Dios había obrado en Ella y, teniendo certeza de esta realidad, realizaba su tarea de ser la Madre del Altísimo. El Corazón Inmaculado de la Virgen estaba constantemente disponible y abierto a “lo posible”, es decir, a concretar la amorosa Voluntad de Dios tanto en las circunstancias cotidianas como en las más inesperadas. También hoy, desde el Cielo, María Santísima nos custodia en la memoria viva de Cristo y nos abre continuamente a la posibilidad de la divina Misericordia”.
¿Es una pía consideración...? Es mucho más. Es provocar un talante con el cual uno se acerca a los textos, a las oraciones y sienten que los libros hablan de otra manera, por con los libros, con la comunidad está una presencia que todo lo transforma.
Es Jesucristo.
La liturgia es bella, pero el ápice de la hermosura es la presencia de Cristo en el corazón, la presencia de Cristo en la comunidad.

Puebla, lunes de la primera semana de Adviento, 28 noviembre 2011.


Pueden consultarse otros escritos espirituales del autor sobre el Adviento, en mercaba.org, a saber: En el Jardín de la Esperanza (Introducciónpoético-espiritual) --- ADVIENTO: Teología, Liturgia, Estética (Carta de un poeta)
 Adviento interior
Rima meditativa de Adviento


1. Mi Dios inmanente,
candor de belleza,
tu esencia amorosa
es ser la presencia.
¡Oh Dios de la zarza,
que ardía en la estepa
y no se apagaba,
pues tú mismo eras!

2. ¡Oh fuego secreto,
oh brasa y hoguera!,
se anuncia en el alma
que Dios está cerca.
Dios es nuestro hogar
y dentro se asienta,
ninguno más íntimo
que a mí más me quiera.

3. El día primero
de Adán y de Eva,
Dios puso su nido
en un alma bella.
Del mismo pecado,
que trajo su huella,
por obra del Padre
se alzó la promesa.

4. El Verbo Encarnado,
por ser carne nuestra,
más pura, indeleble,
dejó huella impresa.
Su sangre divina
palpita en mis venas;
su Adviento es latido,
mi origen y meta.

5. Vivir el Adviento
con alma despierta,
es ir hacia adentro
cerrando la puerta.
Mi Dios viene entonces
y el diálogo empieza;
mi Dios que me ama
es Dios que me espera.

6. Yo soy el que soy
y el tiempo en su esfera,
es punto que junta
edades enteras.
Yo soy unidad
y llego a tu puerta;
no midas los años
por astros y reglas.

7. Yo soy anticipo
de la hora postrera;
yo hago el instante
historia completa.
En ti yo me instalo,
mi Dios y mi fiesta,
mi Adviento dulcísimo,
ni gozo y tarea.

8. Jesús asociado
a la hora paterna;
su triunfo es el tuyo,
su gloria, tu herencia.
A ti me presento
con gran reverencia;
tu amor es mi amor,
tu gracia en mí sea. Amén.


Puebla, lunes de la primera semana de Adviento,
28 noviembre 2011.

domingo, 27 de noviembre de 2011 0 comentarios

145. Adviento: Cristo esplendente, triunfo de Dios


Primer domingo de Adviento
Mt 24,37-44; Mc 13,33-37; Lc 21,25-28.34-36


Hermanos:

1. En esta meditación de Adviento prolongamos la homilía del domingo, recogida en el número anterior. Nos referimos ahora no a un testo del domingo A, del domingo B, del domingo C. A todos ellos en conjunto; más aún, a los textos que reaparecen aquí y allí en los Evangelios cuando Jesús habla de su destino final. Queremos poner en evidencia que Jesús ha vivido el Adviento de Dios como estrella polar de su vida, y que esto se muestra en tres hechos conscientes de su vida, que son alma de su existencia:
1° En el hecho de que él ha escogido como título y designación para sí el título de Hijo del hombre de la literatura apocalíptica del libro de Daniel.
2° En el hecho de que él ha hablado del final del mundo como el triunfo incuestionable de Dios, dentro del cual él se ha autopresentado como protagonista.
3° En el hecho de que la venida de Dios al mundo él, desde su propia vivencia individual, la ha puesto como la petición de sus discípulos, como la súplica primera de las peticiones del Padrenuestro. Expliquemos el padrenuestro como el adviento de Dios al mundo compartido con su Hijo amado.
Todo ello apunta a una conclusión: el anhelo del triunfo de Dios en el mundo, un deseo exultante que es certidumbre total es la verdad primacial de Jesús. Y de ahí deriva Jesús la verdad de su propia resurrección.

2. En la meditación de estos pensamientos surge en nuestro espíritu, por cierto atisbo intuitivo, lo que sería la oración de Jesús Hijo ante su Padre.


Oh Dios de amor, festín de mis deseos,
sutil cadena de mis pensamientos,
oh Padre de mi origen, gloria mía,
realidad fontal, mi tierra y cielo.

Tus brazos son la cuna que me acuna,
la santa sepultura de mi entierro,
tu voz con tu palabra es mi palabra
tu ser es dulcemente mi silencio.

Confío en ti, me arrojo a lo infinito,
y cual Señor del tiempo te confieso;
tu triunfo yo proclamo, tu gloria toda,
que se ha de hacer visible al universo.

Tu Reino, Santidad y Voluntad
es esa la oración que al mundo enseño,
tu Vida es mi delicia y esperanza,
la nueva creación de Padre bueno.

Mas yo de ti, mi Dios, jamás me escindo,
que en ti yo existo, en ti me siento y veo,
en ti y en el Espíritu amoroso,
que somos unidad y eterno beso.

De ti, mi Dios, Señor omnipotente,
el día del amor será mi Adviento,
de ti he venido, oh Dios, de ti vendré,
tu Reino y esplendor será mi Reino.


3. En la comunidad cristiana la Venida de Dios – la parusía del rey celestial – será con frecuencia la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Así aparece ya en la primera carta paulina, que es la primera a los tesalonicenses (año 51): “Os convertisteis a Dios, abandonando los ídolos, para servir al Dios vivo y verdadero, y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús desde el cielo, a quien Dios ah resucitado de entre los muertos” (1Ts 1,9-10).
En la primera a los Corintios Pablo, al comienzo, da gracias a Dios, porque ha enriquecido a la comunidad en todo. Y añade: “de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientas aguardáis la manifestación de nuestros Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor” (1Cor 1,7-9).
Jesucristo ha de volver en gloria. No podría volver en tal estado si no lo tuviera, es decir, si previamente no hubiera resucitado. La fuerza de la frase no recae en la resurrección, sino en la venida gloriosa, que, al parecer, sin definirla absolutamente, se la veía que ya venía como algo felizmente sin remedio.

4. La meta de Jesús fue la gloria del Padre, que coronaba una historia divina, llamada Historia de salvación. Y la meta de la Iglesia es al vuelta del Señor. Con esto no queremos relativizar hasta el desprecio a este mundo pasajero, que sería cerrar los ojos para ver en él la huella indeleble de Dios. No es eso. Con esa visión de la vuelta de Jesús, en la gloria del Padre, queremos, más bien, ver el logro de Dios, que no queda garantizado actualmente en el mundo, donde tantas veces impera impunemente al injusticia.
Por poner un ejemplo de nuestro entorno: día a días se van acumulando cadáveres, obra de la maldad demoníaca del narcotráfico. La gran mayoría de analistas que observan la situación, anotan como una cruel constatación: la gran mayoría de los crímenes se pierden en la impunidad. Familias desoladas que, si no supieron antes llorar, lo aprenderán con la desaparición de los seres queridos.
El olvido y la injusticia no pueden ser la palabra de la Historia. Dios saldrá en la defensa de los humildes, que es salir en defensa de sí mismo.
Pero será seguramente no cuando lo hayan de ver nuestros ojos, “que han de bajar la sepulcro”, sino después. Uno podría objetar: Si eso va a ser después, y en tanto que durante nuestra vida no han de levantar la cabeza, a nosotros ya ¿qué nos importa?
No es justa la objeción. Sí que nos importa. Porque el saber, por la fe, que al gloria de Dios, ha de ser la afirmación frente a la maldad y al pecado, hoy mismo, sin esperar a después, vemos se se levanta ardorosamente nuestro ánimo dando la Razón a Dios.

5. Hermanos, Dios es la Razón de la historia. Y esa razón llega hasta mí en este momento en que vivo y escribo. Dios es la Razón de su Hijo y la Justificación de su Hijo amado.
He aquí este salto a lo divino, que robustece nuestra fe y le da el marco más hermoso al cuadro de todo cuanto creemos.
Nosotros en el triunfo de Dios: ¡levantemos el ánimo!
Hagamos de este triunfo la arquitectura de nuestra vida. Jesús así lo hizo y desde ahí predicó. Y él, como decimos y repetimos, se involucró en la victoria de Dios, haciéndose él mismo victoria inmortal.
Hagamos de este triunfo de Dios – celebrándolo, adorándolo, gozándolo – la dimensión verdadera de nuestros corazones, La vida y la muerte podemos meterla en es victoria inmortal.
El aliento de vivir hasta lo infinito se alimenta de esa esperanza que Jesús ha tenido en el triunfo de Dios en la historia.
¡La esperanza! Es la virtud que arranca de la fe, y está dispuesto a afrontar toda la dificultad que la vida nos depare.

6. En fin, hermano, al contemplar la cima final, brota de las entrañas un canto de exultación: la vida es fuerza, pues sin fuerza la vida estaría muerta.
La venida de Dios en gloria da un dinamismo nuevo a todo el devenir humano.
Hermanos, terminemos nuestra reflexión con una frase de Jesús que suena así en el primer Evangelio: “Entonces aparecerá en el cielo el signo del Hijo del hombre. Todas las razas del mundo harán duelo y verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria” (Mt 24,30).
Estas son puras esencias del Adviento, el aire refrescante que nos llena de divinidad.
Pidámosle a Jesús:
Jesús, Hijo del hombre, que has alcanzado tu destino,
desde la altura tiende tu mirada a tu familia:
no pedimos un camino de rosas para alcanzar la meta.
Pedimos la esperanza que alentó en tu corazón.
Pedimos el mismo milagro de tu vida:
tus mismos ojos puestos en el Padre,
Amador de la humanidad.
Y entonces nuestra vida se contagiará
De tu amor que encendió la humanidad.
Amén.

Para este primer Domingo de Adviento véase en mercaba.org el himno: Vendrá con gran poder, con fuerte gloria
En este sitio se encuentra. incluso, íntegro cantado.

Puebla de los Ángeles, primer domingo de  Adviento 2011

viernes, 25 de noviembre de 2011 1 comentarios

144. Adviento: Cristo esplendente

Primer domingo de Adviento, ciclo B
Mc 13,33-37

Hermanos:

1. Para representar gráficamente el Adviento entremos imaginariamente en una basílica romana, en una catedral románica. La nave de los fieles va toda ella abocaba al altar y al ábside que es el fondo escénico de la celebración. En el ábside hay un gran Cristo, Pantocrátor. Sus rasgos faciales en el conjunto de la representación hierática están llenos de majestad, y por la majestad, misteriosamente, fluye la ternura. Esta figura grande de Cristo, con el Evangelio abierto en su mano izquierda, con tres dedos de la derecha alzada que bendicen, infunde seguridad a la asamblea que mira y, al mirar, ama y adora. Esta imagen gloriosa y sencillamente divina está profiriendo una palabra: Vendré. Dos veces habla el breve Evangelio de que el Señor vendrá. Y al principio y al final del sagrado texto, Cristo nos dice: Vigilad.
¿Qué es exactamente el tiempo de Adviento? Los libros litúrgicos lo describen así:
““El tiempo del Adviento tiene dos características: es a la vez un tiempo de preparación a las solemnidades de Navidad en que se conmemora la primera Venida de Hijo de Dios entre los hombres, y un tiempo en el cual, mediante esta celebración, la fe se dirige a esperar la segunda Venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estos dos motivos, el Adviento se presenta como un tiempo de piadosa alegre esperanza” (Calendario Romano n.39).
En este párrafo se nos habla de “dos motivos” y los dos van en la misma dirección por cuanto que suscitan en el alma una “piadosa y alegre esperanza”.

2. Ya veis, hermanos: tiempo de esperanza – o, más exactamente - expectación – y tiempo de alegría. Se podría pensar que el Adviento es un tiempo paralelo a la Pascua, que es la preparación a la gran fiesta. Pero este paralelo no es exacto. Porque la Cuaresma tiene un acento severo que no es igual en Adviento. Tiempo penitencial es la Cuaresma; tiempo de ayuno, de reflexión, de confesión de nuestros pecados, que son notas no así marcadas en el Adviento, aunque la voz severa e Juan, testigo de la verdad, nos hablará todos los años en el segundo domingo de ese cambio de corazón que Dios está esperando para acoger a su Hijo.

3. En la vida social el Adviento no existe, porque el comercio y la mercadotecnia son los que dan el color a la vida. La Navidad, como ocasión de venta, empieza un mes antes de la Navidad. Las calles y fachadas se adornan con luces y arreglos navideños, y si entramos en un supermercado, donde se encuentra de todo, con facilidad vamos a escuchar dentro de unos días canciones de Navidad como ambientación, a destiempo de lo que el cristiano va viviendo en su corazón. Las bellas canciones de Navidad pueden molestar cantadas a destiempo. Pero el mercado y el dinero son los reyes que quieren adueñarse de nuestro corazón. No existe, pues, el Adviento en la vida cotidiana de la ciudad, que es nuestra casa grande.
Y entonces el cristiano tiene que refugiarse en vivencias personales y crear el ambiente adecuado. Ojalá que esto que el amante de las cosas de Dios percibe y vive en su intimidad puede traspasarlo a su hogar, que es una iglesia doméstica, y hacer él decorativamente un espacio y ambiente que hable del misterio que la Iglesia prepara.
En mi Parroquia de la Preciosa Sangre de Cristo (en Puebla) se ha organizado un taller de manualidades para el día anterior al Adviento. Se ha invitado a quien guste a preparar la Corona de Adviento para ponerla en casa y esta Corona se bendecirá en las misas del primer domingo. La van a elaborarla allí mismo en las horas del taller: técnica, materiales que se proporcionan, explicación del sentido espiritual de la Corona de Adviento.
La Corona de Adviento va en función de los cuatro Domingos de Adviento, y en estos domingos la clave de cada uno de ellos nos da el Evangelio:
Cristo esplendente, el que ha de venir revestido de la gloria del Padre, es el Evangelio todos los años del primer domingo. Juan el Bautista que invita al cambio de vida es el Evangelio del segundo domingo. Juan el Bautista que muestra al Mesías esperado es el Evangelio del tercer domingo; y todos los años María, la más bella esperanza de Adviento, es el Evangelio  del cuarto domingo.

4. Vamos a contemplar ahora, hermanos, esa figura de Cristo Pantocrátor, Cristo Soberano del universo y de la historia con que hemos abierto nuestra reflexión.
En cuanto misterio nos atrevemos a ir a la vida humana de Jesús, y a entender desde ahí qué significa la vuelta de Jesús en gloria. Bien podemos sospechar que esta, más exactamente que su resurrección, es la verdad central, original, que vive Jesús desde el íntimo núcleo de su ser, que es su filiación absoluta.
El ser humano se enfrenta ineludiblemente a preguntas esenciales que brotan del ser, que están ahí plantadas desde el momento de nuestra creación. Uno podrá sofocarlas por algún tiempo, relegarlas al olvido, pero jamás quitarlas: ¿Quién es Dios y cuál es mi destino? Eso Jesús se lo ha preguntado sin remedio; en este caso con inmenso gozo y exultación. Diríamos más: Jesús no se lo ha preguntado como una pregunta que cae de fuera de sí. Jesús lo ha vivido desde las raíces del ser.
¿Quién es Dios? Mi Padre es Dios. Jesús lo ha vivido de una manera que nosotros no podemos registrar, porque los módulos de la conciencia de Jesús no son, sin más, los de nuestra conciencia. Nos perdemos en  estas vivencias que, siendo psicología, son más que psicología. Sencillamente nos exceden.
Desde esta intimidad absoluta con Dios, Jesús se ha interrogado, se ha enfrentado con la pregunta ineludible: ¿Y qué será de mí? ¿Cuál será mi futuro absoluto? Por una lógica esencial, que dimana de su filiación, Jesús se ha respondido: mi futuro es la gloria de Dios; esa gloria que inunda y traspasa mi ser, esa gloria que es hoy presencia y ha de ser consumación.
La gloria de Dios es la verdad sustancial de la vida de Jesús. La gloria de Dios va a ser gloria suya. Jesús se ha visto así cuando ha tomado, para designarse a sí mismo, un misterioso pasaje del libro de Daniel: “Vi una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo” (Dan 7,13). Jesús en los Evangelios se autorreconoce e identifica como “el Hijo del hombre”.
Esta es la palabra suprema que Jesús pronunció en la Pasión ante el tribunal judío, cuando le preguntaron si era el Mesías, el Hijo del Bendito. “Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo” (Mc 14,62).
Tal es el panorama espiritual que ha vivido Jesús; y de esta visión celestial se han derivado las palabras que ha pronunciado Jesús sobre su destino inmediato, la inmediata victoria sobre la muerte, la certidumbre de su resurrección. La propia resurrección es una derivación – nos atrevemos a decir – de la visión del triunfo final que Jesús vive y anuncia por un abandono total en Dios. Y en el mismo Evangelio de san Marcos que hoy se nos ofrece Jesús, un versículo antes, ha sentenciado: “En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre” (Mc 13,32).

5. Hermanos, siempre la celebración del culto, la Eucaristía, nos eleva a ese Cristo esplendente que, lleno del Espíritu Santo, es el triunfo pleno de Dios y el triunfo total del Jesús de Nazaret, que ha convivido con nosotros.
Jesús de mi Adviento, mi corazón también se llena de gozo al mirarte, pues yo sé que tú, y sólo tú, eres la seguridad de mi vida. Tú eres la respuesta a mi vocación de vida e inmortalidad.
Por eso, Jesús, como los primeros cristianos, llenod e confianza y ternura, te grito:
¡Maraná thá! Señor, ven. ¡Ven, Señor Jesús!

Viernes, 25 noviembre 2011.

Para honrar la Corona de Adviento he aquí este poema, que puede verse, con su explicación precedente en mercaba.org: Poema de la Corona de Adviento.


Poema de la Corona de Adviento


Apertura

1. Corona de Adviento,
verdor de esperanza,
al Verbo Encarnado
la Iglesia proclama.
Con ramas fragantes,
con fúlgidas lámparas
con la poesía
nacida en las almas.

2. Corona de Dios
que Él mismo regala:
el Hijo del Rey
su Boda prepara.
Corona de triunfo
que espera en la patria,
el fin del Adviento
será nuestra Pascua.

Lámpara del primer domingo de Adviento
Evangelios: Mt 24,37-44; Mc 13,33-37; Lc 21,25-28.34-36
3. Con lámparas vivas
salid a su encuentro;
es Cristo que viene
con gloria en su reino.
Señor de la historia
y juez de los tiempos;
vendrá con sus santos,
la cruz por trofeo.

4. De todos los hombres
el Hijo más bello,
Esposo divino,
la gloria del cielo.
De Dios Trinidad,
Jesús Heredero,
Hermano entre hermanos,
Jesús primogénito.

Lámpara del segundo domingo de Adviento
Evangelios: Mt 3,1-11; Mc 1,1-8; Lc 3,1-6
5. Haced penitencia
clamaba el Bautista,
con firmes propósitos
que cambien la vida.
Dejad los pecados,
rencores y envidias;
matad viejos odios
y toda injusticia.

6. Quien tenga dos túnicas
comparta y divida;
y al pobre y hambriento
le lleve comida.
Yo soy mensajero,
yo soy voz que grita:
quien viene detrás
él es el Mesías.

Lámpara del tercer domingo de Adviento
Evangelios: Mt 11,2-11; Jn 1,6-8. 19-28; Lc 3,10-18
7. Marchad y anunciad
a todos los vientos,
las misericordias
que en Él estáis viendo:
los ciegos y cojos
ya danzan contentos;
y de los sepulcros
se yerguen los muertos.

8. Es Cristo Mesías
en su Advenimiento:
llegó la alegría
en el sufrimiento;
Jesús Redentor
cambió el universo;
Adán ha llorado:
¡termine el lamento!

Lámpara del cuarto domingo de Adviento
Evangelios: Mt 1,18-24; Lc 1,26-38; Lc 1,39-45
9. La Virgen María
se siente a la espera,
y adora en silencio
a Dios a quien lleva.
A ella cantaron
los santos profetas;
los pobres y humildes
marcaban la huella.

10. Oh Madre purísima,
de suma belleza,
tu seno es la cuna
del Verbo que llega.
Y tú eres, oh Madre,
la llave y la Puerta:
por santa María
Dios es carne nuestra.

Puebla de los Ángeles (México),
21 noviembre 2011.
martes, 22 de noviembre de 2011 0 comentarios

143. Ha llegado la Belleza - 4


La belleza del rostro de Cristo, espejo del Padre


1. Habíamos comenzado a hablar de la Belleza como camino hacia Dios. (Me remito a los números 112, 113 y 114 de estas entregas, correspondientes al 17 y 18 de octubre). “Camino” es poco; porque es llegada. La Belleza es experiencia de lo divino. Para reemprender el vuelo, hablando hoy de la Belleza del rostro de Cristo, como este Papa por íntimo talante de pensamiento y estética, es especialista de la Belleza, o, si se quiere, del pensamiento Bello, voy a referirme a él.
En una de las audiencias generales hablaba del mensaje dimanante de la Catedral gótica. Era en la audiencia del 18 de noviembre de 2009, tres días antes del famoso discurso a los artistas, en la Capilla Sixtina (21 noviembre 2009). Y decía así:
“Queridos hermanos y hermanas, ahora quiero subrayar dos elementos del arte románico y gótico útiles también para nosotros. El primero: las obras maestras en el campo del arte nacidas en Europa en los siglos pasados son incomprensibles si no se tiene en cuenta el alma religiosa que las inspiró. Marc Chagall, un artista que siempre testimonió el encuentro entre estética y fe, escribió que "durante siglos los pintores mojaron su pincel en el alfabeto colorido que era la Biblia". Cuando la fe, especialmente celebrada en la liturgia, se encuentra con el arte, se crea una sintonía profunda, porque ambas pueden y quieren hablar de Dios, haciendo visible al Invisible. Quiero compartir esto en el encuentro con los artistas del 21 de noviembre, renovándoles la propuesta de amistad entre la espiritualidad cristiana y el arte, que ya promovieron mis venerados predecesores, en particular los siervos de Dios Pablo VI y Juan Pablo II.
El segundo elemento: la fuerza del estilo románico y el esplendor de las catedrales góticas nos recuerdan que la via pulchritudinis, el camino de la belleza, es una senda privilegiada y fascinante para acercarse al misterio de Dios. ¿Qué es la belleza, que escritores, poetas, músicos, artistas contemplan y traducen en su lenguaje, sino el reflejo del resplandor del Verbo eterno hecho carne? Afirma san Agustín: "Pregunta a la belleza de la tierra, pregunta a la belleza del mar, pregunta a la belleza del aire dilatado y difuso, pregunta a la belleza del cielo, pregunta al ritmo ordenado de los astros; pregunta al sol, que ilumina el día con su fulgor; pregunta a la luna, que mitiga con su resplandor modera la oscuridad de la noche que sigue al día; pregunta a los animales que se mueven en el agua, que habitan la tierra y vuelan en el aire; a las almas ocultas, a los cuerpos manifiestos; a los seres visibles, que necesitan quien los gobierne, y a los invisibles, que los gobiernan. Pregúntales. Todos te responderán: "Contempla nuestra belleza". Su belleza es su confesión. ¿Quién hizo estas cosas bellas, aunque mudables, sino la Belleza inmutable?" (Sermo CCXLI, 2: p l38, 1134).
Queridos hermanos y hermanas, que el Señor nos ayude a redescubrir el camino de la belleza como uno de los itinerarios, quizá el más atractivo y fascinante, para llegar a encontrar y a amar a Dios”.

2. ¿Qué diremos del rostro de Cristo como encuentro con la belleza de Dios?
Estos días pasados se han dado en Puebla, en la Universidad UPAEP, unas conferencias sobre Imágenes no pintadas por manos humanas, y en concreto tres: la Sábana de Turín, la imagen de la Virgen de Guadalupe, y el Santo Rostro de Cristo de Manoppello (en los Abruzos de Italia). Personas críticamente muy serias porfían en que en este lienzo está grabado el rostro de Jesús, que estampó su imagen viva yaciendo en el sepulcro. Este lienzo sería en realidad el lienzo que según el Evangelio de Juan estaba “aparte” de las vendas cuando Pedro y Juan de madrugada fueron al sepulcro, vieron y creyeron. Personas de solvencia científica como el profesor de arte cristiano en la Gregoriana P. Heinrich Pfeiffer así opinan.
No entramos – por incompetencia –en el asunto del “milagro” e “historia” de este lienzo, que nos representa a Jesús con la boca entreabierta y como sonriente, y que se acopla perfectamente, sobreponiéndolo, al rostro que recoge la Santa Sábana de Turín, Santo Volto que visitó el peregrinación el Papa Benedicto XVI (6 septiembre 2006), y para el que compuso una oración.
Sin entrar en debate nuestra pregunta teológica y espiritual, en torno a la Belleza de Cristo, que es via Patris, es ésta:
- Pero ¿sabemos realmente cómo eran las facciones de Jesús?
- Y aun más: ¿es que se pueden saber en absoluto?
- ¿No hay una contradicción insoluble entre la belleza concreta de un rostro, el que sea, y la belleza infinita del divino rostro de Jesús, nacido de la Virgen María y hoy resucitado?
- ¿No sería una frustración profunda poseer una foto real de Jesús de Nazaret (como tenemos una foto nuestra), porque ningún ser humano, miembro de una raza, es bello a lo infinito, como es el rostro de Jesús, que se encarnó como hermano de todas las razas?
- ¿Qué aportaría en verdad es hipotética estampa, vera effigies, de Jesús de Nazaret?
A veces, por aproximar a Jesús a nuestro mundo cotidiano, se ha tomado a un joven artista – “agraciado” – se le ha puesto un turbante, con barba no muy crecida, se le ha pedido una dulce y simpática sonrisa, y de esta figura se ha hecho un ¡Jesús Nazareno!
¡Qué horror, Dios mío! Ese no es Jesús, me está diciendo el corazón; quítenlo. Prefiero mil veces un icono bizantino Jesús  con una extraña hermosura a esa bella imagen cinematográfica...

3. Acaso con estas ráfagas de pensamiento estamos dando en la clave. Digamos:
1. Jesús de Nazaret es el más hermoso de los hijos de los hombres.
2. Pero el Jesús de Nazaret que pasó por esta vida es absolutamente imposible separarlo del único Jesús que existe, que es Jesús resucitado.
3. Confieso que como el maná que era maná acomodándose a todos los gustos, el rostro de Jesús es el rostro para todos los hombres, para todos, de todas las razas. Del maná dice el Sabio alejandrino del libro de la Sabiduría: “Este sustento revelaba a tus hijos tu dulzura, pues se adaptaba al gusto de quien lo tomaba y se convertía en lo que cada uno quería” (Sa 16,21)
4. Por eso, el rostro de Jesús – que humaniza y diviniza – solo se puede ver con los ojos del corazón.
Ahora la Escritura viene en nuestro apoyo, y allí escuchamos frase como estas: “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor” (Sal 26,8).
Ya sabemos que Dios no tiene rostro, que no puede ser visto con los ojos de la cara. Por eso Israel desde su origen ha estado como vacunado para rechazar toda representación material de Dios, con rostro de hombre o de animal, porque habría sido la puerta de la idolatría. Dios no puede ser visto - repitamos – sino con los ojos del corazón.

4. Los santos se han enamorado de la hermosura de Cristo, porque donde hay6 amor hay hermosura, y es imposible el amor sin la hermosura que lo provoca. Es conocida la escena de aquel paso de “conversión” que da teresa de Jesús, al contemplar la imagen de Jesús: “Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle” (Libro de la vida, capítulo 9).
Pero la misma santa precisa que ella, arrebatada por la humanidad de Cristo, nunca se pudo representar su rostro; no podía dar figura, perfil, al rostro de Jesús: “.Yo sólo podía pensar en Cristo como hombre. Mas es así que jamás le pude representar en mí, por más que leía su hermosura y veía imágenes, sino como quien está ciego o a oscuras, que aunque habla con una persona y ve que está con ella porque sabe cierto que está allí (digo que entiende y cree que está allí, mas no la ve), de esta manera me acaecía a mí cuando pensaba en nuestro Señor. A esta causa era tan amiga de imágenes. ¡Desventurados de los que por su culpa pierden este bien! Bien parece que no aman al Señor, porque si le amaran, holgáranse de ver su retrato, como acá aun da contento ver el de quien se quiere bien” (9,6).
Un día vio las manos de Jesús, y otro el rostro. “Estando un día en oración, quiso el Señor mostrarme solas las manos con tan grandísima hermosura que no lo podría yo encarecer. Hízome gran temor, porque cualquier novedad me le hace grande en los principios de cualquiera merced sobrenatural que el Señor me haga. Desde a pocos días, vi también aquel divino rostro, que del todo me parece me dejó absorta. No podía yo entender por qué el Señor se mostraba así poco a poco, pues después me había de hacer merced de que yo le viese del todo, hasta después que he entendido que me iba Su Majestad llevando conforme a mi flaqueza natural. ¡Sea bendito por siempre!, porque tanta gloria junta, tan bajo y ruin sujeto no la pudiera sufrir. Y como quien esto sabía, iba el piadoso Señor disponiendo” (Libro de la vida 28,1).
En fin, para concluir con santa Teresa, que con tanta sutilidad y sagacidad ha hablado de las visiones, he aquí la hermosura de Jesús humano – en su totalidad – visto por esta mujer apasionada, hermosura beatificante de la santa humanidad:
“Un día de San Pablo, estando en misa, se me representó toda esta Humanidad sacratísima como se pinta resucitado, con tanta hermosura y majestad como particularmente escribí a vuestra merced cuando mucho me lo mandó, y hacíaseme harto de mal, porque no se puede decir que no sea deshacerse; mas lo mejor que supe, ya lo dije, y así no hay para qué tornarlo a decir aquí. Sólo digo que, cuando otra cosa no hubiese para deleitar la vista en el cielo sino la gran hermosura de los cuerpos glorificados, es grandísima gloria, en especial ver la Humanidad de Jesucristo, Señor nuestro, aun acá que se muestra Su Majestad conforme a lo que puede sufrir nuestra miseria; ¿qué será adonde del todo se goza tal bien?” (28,3).
A santa Teresa se le ha atribuido esta letrilla del “Véante mis ojos” (la edición de las Obras Completas de la Editorial de Espiritual no la registra), que, en todo caso, expresa bien ese éxtasis de amor y de unión en busca del rostro de Jesús.

Véante mis ojos,
dulce Jesús bueno;
véante mis ojos,
muérame yo luego.

Vea quién quisiere
rosas y jazmines,
que si yo te viere,
veré mil jardines,
flor de serafines;
Jesús Nazareno,
véante mis ojos,
muérame yo luego.

5. Venga la poesía en nuestro auxilio. Ni el “Santo Volto” de Manoppello, ni el de la Sábana Santa de Turín son la ecuación del Bello Rostro que llevamos dentro. Pero, al honor del Santo Volto, vayan estos versos:

SANTO ROSTRO DE JESÚS
en Manopello

1. Eternidad de amor en esos ojos,
los dulces ojos de Jesús amando,
mirada de mi Dios que se revela
y trae paz, inmensa paz, resucitado.

2. Tu frente luminosa y dilatada
acoge cuanto Dios haya pensado;
allí estoy yo, eterno pensamiento,
creado para ti en tu reinado.

3. Me dejo penetrar muy dulcemente
por la luz de tu rostro sacrosanto;
tu rostro buscaré; es mi refugio,
tu gloria es mi perdón, mi gracia y manto.

4. Tus labios son palabra para mí,
festín de la Escritura que yo amo,
divino Verbo de María Virgen,
mi todo Dios, donado y encarnado

5. Tu santo rostro brille, e ilumine
la faz del mundo entero atribulado,
y sea la alegría regalada
que el Padre y el Espíritu me han dado.

6. Dulcísima esperanza de mi vida,
oh santo rostro de mi Dios amado,
a ti mi gratitud y mi alabanza
ahora y por los siglos consumados. Amén.

(Puebla de los Ángeles, 15 noviembre)

He aquí otro himno al rostro de Jesús, ante el Icono del Rostro de Jesús. Es un himno pascual. En Cristo  habita “corporalmente toda la Plenitud de la Divinidad” (Col 2,29). Y todo está en su rostro.

Tu rostro, mi Señor, tu santo rostro,
tu luz, la eterna luz de tus pupilas,
tu rostro corporal, exacta imagen
del Padre y del Espíritu de vida.

Tus ojos sí, dulcísimos, hermosos,
venidos por los ojos de María,
tus ojos: que me miren y me basta,
que en ellos, si me miran, Dios me mira.

La espesa cabellera que circunda
tu frente esplendorosa y tus mejillas,
tus labios, como un beso regalado,
oh labios de perdón y de delicias.

Tu imagen adorable en los pinceles,
sagrado encuentro, bella epifanía,
que invita a estar, mirarte y deleitarte,
oh Dios de nuestra casa y compañía.

Icono del Señor, oh sacramento
que dice amor y hiere con herida,
oh rostro del Señor, oh paz perfecta,
en ti descubre el alma su semilla.

¡Oh Santa Trinidad que te revelas,
visible en nuestra tierra en faz divina,
la gran misericordia sea gloria,
brillando en esa luz que deifica! Amén.

(Jerusalén, 1985.)


Puebla de los Ángeles, 22 noviembre 2011,
Santa Cecilia.

 
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