lunes, 2 de enero de 2012

167. Creer, vivir, comulgar la Encarnación

Tres fórmulas de un solo misterio
Meditación de rodillas y sentado

Oración preparatoria y gracia que deseo alcanzar.
- Concédeme, Dios eterno, que yo crea en el misterio de la Encarnación;
- y la crea de tal forma que yo viva la Encarnación, sea vida de mi vida; hasta el punto de que de que me sienta personalmente inmerso en ella, impregnado de ella;
- y llegue a comprender y experimentar que es un único misterio Encarnación, Pasión, Resurrección;
- y cuando celebre el misterio cristiano comulgue en un misto acto Encarnación, Pasión y Resurrección;
- y entonces y desde ahí perciba en las célula de mi ser que el mundo entero, para mi gozo y dolor, es mío igual que lo fue para Jesús, experimentando que el mundo y el Verbo Encarnado Dios ha establecido una unión de sangre que nadie ya la podrá romper.

Composición de lugar.
- Misa de Gallo (Misa de Nochebuena). El sacerdote celebra ante el altar en una pequeña iglesia que está adornada con adornos de Navidad: lucetitas parpadeantes, bolas de oro, hojas de acanto, guirnaldas de plástico, letreros con frases muy bellas, y, sobre todo, una nacimiento con Jesús, María y José en el centro, y alrededor mucha fantasía en las figuritas y los Reyes magos de Oriente que van viviendo. El sacerdote está predicando y dice a los fieles: Hermanos, lo que estamos celebrando es
- Un sacerdote amigo, a diez mil kilómetros de distancia me escribe: “En los retiros que estoy dando en este tiempo de Adviento y de Navidad ha sido "¿Qué creo de la Encarnación del Verbo?". Y lo hago porque me parece que esta realidad va perdiendo peso y se va diluyendo. ¡Se dice cada cosa! Se nos llena el ordenador de homilías y comentarios sobre los textos de estos Domingos; y compruebo que muchos de los textos que se ofrecen... no afrontan la verdad de la Encarnación del Verbo y se orientan a puntos, a mi juicio muy marginales. Creo que la formación y aceptación del Verbo Encarnado hoy están a la baja; y me hace sufrir mucho”.
- Y yo, a diez kilómetros de distancia, en mi imaginación le respondo: “Querido amigo: yo, pecador, que trato de amar a Dios como bien puedo, también sufro por estas cosas. En la primera Misa de Nochebuena (porque celebré más de una) le dije, de vuelta, al conductor que me llevaba: - Pepe, estoy y triste... Y él me respondió: - “¿Por qué, padre?”. – “Porque la mitad de la gente que ha venido no ha comulgado” – “No, padre, no esté triste... La celebración ha sido bonita. No esté triste” – “No sé..., no sé... A lo mejor tienes razón... Procuraré no estar triste; al fin, es Navidad”

Esta meditación tiene tres puntos
Punto primero: El Verbo carne: Verbum caro.
Punto segundo: La Carne Dios: Caro Deus.
Punto tercero: Yo y mundo Dios: Ego-mundus Deus.

PRIMER PUNTO: VERBUM CARO

1. ¿Quién se encarna? El Verbo de Dios. Hemos de volver a la fe de Nicea (325), al Símbolo Niceno: «Creemos en un solo Dios Padre omnipotente... y en un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, nacido unigénito del Padre, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial al Padre...»
Las Vísperas de ayer, 1 de enero, tienen un himno de Aurelio Prudencio (348-c. 410): “Corde natus ex parentis |ante mundi exordium...” (Nacido del corazón del Padre | antes del exordio del mundo). Este es el que se encarna. (Las Iglesias de la Reforma cantan un bellísimo coral de este himno de Prudencio: Of the Father’s love begotten, ere the worlds began to be, que se escucha en Internet).
Este que se encarna es el Creador: “Ipse iussit et creata, | dixit ipse et facta sunt” (Él lo mandó y fueron creados | lo dijo y existieron).
El poeta admira el parto virginal de la doncella: “Oh dichoso nacimiento aquel, cuando la Virgen parturienta dio a luz nuestra salvación, fecundada por el Espíritu Santo; el útero sagrado lo entregó  como Niño Redentor del mundo”.

2. Este Verbo de Dios se hace “carne”. Et Verbum caro factum est, dijo Juan  (Jn 1,14). Pudo haber dicho perfectamente: Et Verbum homo factum est, y el Verbo se hizo hombre. Pero escogió la palabra carne (sarx) y en este caso dejó a un lado la palabra hombre (ánthropos). Porque el escándalo de la Encarnación no es que el Verbo se haga hombre, sino que el Verbo se haga carne, es decir, debilidad, ignorancia, y, en definitiva, dolor, pasión y muerte.
El término de llegada de la humanidad amante de Cristo es el escándalo, pero en ese escándalo está nuestra salvación. El amor divino resulta escandaloso por los modos y niveles que este amor alcanza: que es el estado humano ruinoso en que nos había dejado el pecado.

4. Y la Encarnación se sigue actuando en esa zona oscura de nosotros mismos: el Verbo baja hasta el fondo de mi pecado, de mi tiniebla, de mi temor (¡oh!, el temor del rechazo divino, de la condenación eterna... ). Ahí se encarna el Verbo de Dios Salvador.
Yo soy salvado no por mis méritos, por mis virtudes, por lo buenas personas que somos (así nos dice la gente), sino porque en mi “carne”, que abarca también lo más hondo del espíritu, en mi absoluta miseria e impotencia, viene la luz divina del Verbo, Jesús Niño.
Dios “enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne” (Rm 8,3). Esta frase de san Pablo va en total consonancia con la declaración solemnísima de Juan: Y el Verbo se hizo carne. Podía haber aniquilado el pecado de otra manera; por ejemplo, con una oración  mística del Hombre Jesús; pero, no. Condenó el pecado en la carne de Jesús, en la miseria de Jesús, que, en definitiva, era la mía
La miseria nuestra – carne – nos va a acompañar toda la vida, hasta la muerte, y la muerte misma es la mayor evidencia de que somos “carne”: la muerte será nuestra suprema humillación humana, y la suprema oportunidad del amor total. El que ama da; pero normalmente, al dar, nos quedamos con algo. Entonces, al gustar la muerte, tenemos la posibilidad de dar todo el amor sin quedarnos con nada para nosotros mismos; la carne se dispone, pues, para el tránsito de la resurrección.
Aquí, en México, se hace cada día más normal la “cremación” de los muertos, y las parroquias lo fomentan, ofreciendo a los fieles las “criptas” donde se depositan las urnas. Yo estimo (es opinión) que es más humano (sobre esta distinción de homo y caro) no “acelerar” el proceso degenerativo de la caro (física) mediante el fuego, sino dejar que la carne (caro) hable por sí misma en su absoluta impotencia, hasta que por sí misma sea polvo (repito: es opinión; y me agrada la expresión genial de Quevedo: “polvo enamorado”, aunque en su soneto no sea una expresión teológica, sino poética)


SEGUNDO PUNTO: CARO DEUS

A los que hemos recibido al Verbo de Dios “les dio poder de ser hijos de Dios” (Jn 1,12). La “caro Mariae” se convirtió en divina maternidad; mi carne se convierte en divina filiación.
Y Pablo nos explica las consecuencias de esta elevación transformadora: “Como sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, Padre! Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijos, también eres heredero por voluntad de Dios” (Ga 4,6-7).
En el estado presente de la fe nos debatimos – como tan fuertemente han marcado los teólogos alemanes del siglo pasado – entre el “ya” y el “todavía no”. Tener los bienes divinos que corresponden a nuestra condición d hijo, los tenemos; pero los disfrutamos “en fe”, no en disfrute personal plenario. Nuestra condición de “caro” no nos lo permite todavía.
Y mientras tanto, el Padre en su bondad nos puede conceder un más y un menos. Por ejemplo, puede embriagarnos de amor y gustar una migaja de las delicias celestiales.

“¡Indigna cosa es, carísimos, el embriagarse! ¡es excesivamente grave! Pero ¡no me dirijo a los presentes, lejos de mí! Porque yo creo que vuestra alma está del todo libre de semejante enfermedad y miseria. Y la prueba de vuestra sanidad es que estáis aquí reunidos; que habéis venido con toda diligencia; que oís con atención. ¡Ninguno de los que se embriagan puede andar deseoso de la divina palabra! ¡No queráis embriagaros de vino, en el que se encuentra la lujuria! ¡Embriagaos del Espíritu Santo! (Ef 5,18) ¡Embriaguez bellísima es ésta! ¡Adormece tú el alma con esta abundancia del Espíritu, para que no la adormezcas con la otra embriaguez! Procura con tu mente y con tus pensamientos adelantarte a fin de que esa desvergonzada enfermedad no encuentre en ellos sitio. Por esto no dijo Pablo: participad del Espíritu, sino henchíos del Espíritu. Llena tu mente hasta los bordes, como una copa, con el Espíritu, a fin de que no pueda el diablo meter ahí ya cosa alguna. Porque no conviene que participemos en cualquier modo del Espíritu Santo, sino que nos repletemos con salmos, himnos y cánticos espirituales, como vosotros lo estáis el día de hoy: razón por la cual yo he confiado en vuestra templanza” (Homilías de san Juan Crisóstomo, hom 23).

TERCER PARTE: EGO-MUNDUS DEUS

También san Pablo habló de esto: hay una solidaridad de origen y destino entre el mundo y yo, de modo que padecemos la misma suerte y nos cubre la misma esperanza. No hablaba como físico (pues no lo era), ni hablaba como filósofo (pues, pudiendo serlo, no lo fue); hablaba como vidente de Dios, como ministro del Evangelio.
“La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios” (Rm 8,19). La creación fue sometida a nuestra miseria “no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (vv. 20-21).
En suma, la creación, por el hombre y desde el hombre, por Jesús y desde Jesús, es beneficiaria de la Encarnación, que estamos disfrutando estos días con el realismo místico-sacramental de la liturgia.
Puebla, 2 enero 2012.

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