miércoles, 4 de enero de 2012

168. Epifanía: El Deseado de todos los pueblos

Homilía en la Epifanía del Señor
y ocho himnos de Epifanía


Hermanos:

1. La Iglesia celebra hoy la Epifanía del Señor, que en la triada natalicia de Navidad, Octava de Navidad y Reyes, es la culminación del misterio. Jesús, aparecido primero a los pastores como “gloria de tu pueblo, Israel”, hoy se muestra esplendoroso como “luz de las naciones”. Así cantó el anciano Simeón.
Las fiestas navideñas hallarán su remate el próximo domingo, Bautismo del Señor, como lo explicaremos en su momento.

2. Fiesta de la Epifanía del Señor, fiesta de los Reyes Magos.
¿Qué son los Reyes Magos y ese su real cortejo? ¿Quiénes son esos personajes de Oriente de majestuoso ropaje, que vienen a adorar al Niño, iluminados por una misteriosa estrella? ¿Quiénes son estos hombres de fantasías, codiciados por los artistas de la pintura para pintar con ellos espléndidas escenas, que no pintan los Evangelios?
¿Se trata de un folklore religioso que no hay por qué quitarlo, y que la sociedad laica respeta en todo el territorio español por el arraigo popular que lleva? ¿Es un subproducto espurio de la fe, que la falsifica...? Un informado así podría pensarlo, porque así podría serlo.
Ligado esencialmente a la venida de los Reyes está episodio del cruel rey Herodes que hace matar en Belén y su comarca a todos los niños nacidos dos años para abajar. Estrellas, sueños, muertos a espada... todo ello son ingredientes de una fantástico cuento oriental. De nada de esto ha quedado reliquia en la historia.
Surge la pregunta: El Evangelio ¿’es un cuento oriental? ¿Una fantasía para una etapa de la vida, la niñez, que luego habrá que abandonar...? La cosa es seria si pensamos en el mundo como una aldea global, y si nuestros hermanos de otras religiones miran desde fuera este teatro espiritual, con su comparsa, que se cae por sí solo.

3. Hermanos, sin detenernos en exceso, hagamos una reflexión de entrada y contexto.
Una vez que la fe se ha aposentado en nuestros corazones; se ha arraigado fuertemente dentro, con serenas y firmes convicciones...,, esta fe que modela nuestra íntima identidad, necesita ambiente de cultivo y formas múltiples de expresión.
La fe necesita familia, y generaciones. “Somos católicos de toda la vida”, sin fanatismos, arropados en algo que nos da calor. O protestantes o musulmanes...
La fe necesita hogar, porque la fe es nuestra casa
La fe necesita fiestas. Una fe sin fiestas sería algo parecido a un esqueleto científico.
La fe necesita ambiente. La fe, que es lo más íntimo y personal, necesita la calle, la plaza, los balcones; los colores, los vestidos, las danzas.
La fe necesita geografía y calendario.
Por decirlo, con una palabra síntesis: la fe necesita culto y celebración.

4. La fiesta de la Epifanía, hermanos, nace en el Antiguo Testamento. Nos lo está diciendo la primera espléndida lectura, que llena la boca y el corazón:
“Caminarán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira:
todos esos se han reunido, vienen hacia ti;
llegan tus hijos de lejos,
a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, y estarás radiante;
tu corazón se asombrará, se ensanchará,
porque la opulencia del mar se vuelca sobre ti
y a ti llegan las riquezas de los pueblos.
Te cubrirá una multitud de camellos,
dromedarios de Madián y de Efá.
Todos los de Saba llegan,
trayendo oro e incienso y proclaman las alabanzas del Señor” (Jr 60,2-6).

Este canto a Jerusalén, que va a ser reconstruida después de su gran ruina, ¿cuándo se ha cumplido? No volvieron los tiempos gloriosos de David, pero Jerusalén, y el pueblo elegido, alimentan un gran sueño, abierto a una vocación de universalidad en medio del mundo, aunque todavía con ciertos resabios de nacionalismo y de desquite (Ver Nota a la Biblia Oficial  Is 60,10).
Jerusalén tiene la más hermosa vocación que se puede confiar a un pueblo: ser luz del mundo. Quizás el pueblo judío, que ha supervivido en la historia alimentado en las Escrituras, con esa vocación singular que se le ha confiado, no acaba de deshacerse de una “nacionalismo espiritual”, que lo ha tomado de la Biblia, pero que tiene que ser superado desde la misma Biblia.

5. En todo caso, bien vemos que esa epifanía de luz y esa llamada a todos los pueblos, que es la trama del relato de Mateo, ya estaba germinando en el Antiguo Testamento.
No son solos los profetas. También los salmistas nos han presentado a ese Rey ideal – el Mesías -, como tan bellamente lo hemos escuchado en el salmo responsorial:
“Que en sus días florezca la justicia y la paz
hasta que falte la luna;
que domine de mar a mar,
del Gran Río al confín de la tierra.
Que los reyes de Tarsis
y de las islas le paguen tributo.
Que los reyes de Saba y de Arabia
le ofrezcan sus dones; que se postren ante él
todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan” (Salmo 71).

El sueño dorado de la paz universal lo han tenido los hombres de bien cuando se han puesto a pensar en el futuro, viendo el presente tan lleno de discordia y de contradicciones. Los hombres de fe saben que Dios mismo puede ejercer su soberanía en el mundo, y han soñado en ese Rey que Dios nos envíe.

6. Recogiendo toda esa preciosa herencia que hemos recibido de la fe milenaria, nosotros, creyentes en Jesús, hemos visto y confesamos que Jesús es el punto final de las promesas.
La fiesta de los reyes Magos, como fiesta que nace en el Antiguo Testamento dentro de la profecía, diremos, ante todo, que es
- Una fiesta profética.
- Y como fiesta profética, una fiesta mesiánica.
- Una fiesta que rompe nacionalismos políticos; es la fiesta de la llamada humana a la salvación: todos quedan convocados a adorar al recién Nacido. Fiesta e la Fraternidad humana.
- Hoy, en la aldea global, es la Fiesta de la Emigración universal.
- Fiesta de la Epifanía, fiesta misionera. No queremos hacer un proselitismo de mercado o de conquista, sino brindar al mundo entero la salvación que se encierra no en un palacio, sino en una pobre cuna.
- Fiesta eclesial de Cristo, Salvador de las naciones.
- Fiesta ecuménica: tres fueron los Magos y cada quien ofrece sus dones, oro, incienso y mirra.
- Fiesta de la Esperanza del triunfo de Dios sobre todos sus hijos.
- Fiesta de la llegada de Dios para envolver de luz a todos sus hijos: la Encarnación no tiene barreras de geografía o de raza.
- En una palabra, Fiesta escatológica, fiesta de la gloria de Dios que ya se anuncia en un Pequeño y en una cuna.
Hermanos, ¿cómo decir estas cosas, no en un lenguaje reflexivo o erudito, como lo estoy intentando yo ene este momento, sino del modo más simple y directo, visual e intuitivo...?
De otra manera, nos lo está diciendo el Evangelio de la Infancia de san Mateo, con un relato de amor, al son de las profecías.

Concluyamos con una entrega: Se postraron, adoraron, y le obsequiaron con sus dones.
Jesús, luz del Padre, nacido en Belén, hasta ti hemos llegado. Ante tu divina carne nos postramos, adoramos, y te ofrecemos el don de nuestra propia vida. Gloria y amor a ti en tiempo y eternidad. Amén.

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